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5 min
Hoy cumplo 80 años.
Reflexiones |
12.04.18
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Sinopsis

Tuve una buena vida, viví bajo mis reglas, intente ser lo más noble que mi humanidad me permitió, ame muchísimo y a muchos, me amaron muchísimo, fui inmensamente feliz.

“Creo que empiezo a hacerme vieja” – pienso, mientras una sonrisa pícara emerge. Me levanto de la cama sin muchas ganas. Aún recuerdo todas aquellas mañanas en que mi madre gritaba desde la cocina NIÑA LEVANTATE LLEGARAS TARDE A LA ESCUELA, A LA UNIVERSIDAD, AL TRABAJO. Puedo imaginarla en la cocina preparando el desayuno y renegando por tener que hacer todo el trabajo ella sola pese a que jamás aceptó que alguien la ayude. Desearía escuchar su alboroto una vez más.  Abro la puerta del armario y después de dar un vistazo rápido cojo un vestido de hilo color negro.  Mi hermana lo habría detestado. Probablemente habría hecho algún comentario un tanto hiriente. Así era ella, amaba tanto y tan intensamente que a veces lastimaba pero era la mejor amiga que podría haber deseado y en ocasiones la mamá engreidora que me hacía falta. Al entrar al baño miro mi reflejo en el espejo y veo los profundos surcos que las arrugas han marcado en mi rostro.  Mi mente vuela hacia el pasado y evoco todas las veces que mire mi reflejo para ver si lucia guapa, para ver si el maquillaje había quedado perfecto, para llorar, para decirme que todo estaría bien, para ver la felicidad en mis ojos después de alguna cita perfecta,  para odiarme, para reírme,  para comprobar que aún estaba allí dentro la niña traviesa y curiosa. Hoy miro mi reflejo y casi no reconozco a la viejita que el espejo me muestra, agudizo la mirada y la encuentro. La pequeña continúa allí, un poco menos enérgica pero siempre sonriendo. Me dedico una sonrisa afectuosa y salgo a la cocina. El sonido del collar metálico me hace notar la presencia del viejo siberiano en la habitación de al lado. Cojo la bolsa de galletas de la mesa y busco el plato rojo y mordisqueado en el suelo. Como por arte de magia el siberiano aparece frente a mí con el plato en el hocico. Lo miro con ternura y susurro “Buenos días” él me devuelve el saludo lanzando el plato a mis pies. Al final nunca logre entender si lo adopte yo a él o él a mí. Al cruzar a la sala me detengo a observar las fotos colgadas en la pared. Casi una docena de personas me observan atentamente. Algunas sonríen desde  una balsa en el corazón de la selva, otras se abrazan en una playa hermosa, un chico de rizos alborotados y barba espesa me abraza mientras el sol se oculta, otras saludan desde la sala de la casa de la abuela. Muchas personas en muchos lugares y en todos siempre yo. En algunas fotos soy una niña de 11 posando con la familia con expresión  aburrida. En otras soy una chica de 22 sonriendo tímidamente con amigos de siempre, en otras una mujer de 30 riendo sin temor a la vida.

Miles de anécdotas de juventud corren alrededor de mi mente. Una brisa helada me saca de mis pensamientos. Cojo una vieja chalina desgastada y deshilachada. La abrazo con sincero amor y recuerdo a mi abuela, sentada en un mueble esponjoso moviendo los palitos de tejer como una extensión de sus dedos pequeños y hábiles. Su cabello crespo y blanco con pequeños destellos de un negro cobrizo de juventud jamás conoció el tinte y su rostro nunca admitió al maquillaje como opción. Enrosco la chalina a mi cuello y trato de apartar el recuerdo de su arroz con leche de los sábados y su torta de chocolate. Viejos lujos que a mi edad son inadmisibles. Salgo a la terraza y me siento en la mecedora. El cielo está despejado y las olas un tanto inquietas. El viejo siberiano atraviesa la puerta con toda la velocidad que sus años le permiten y empieza a saludar al océano con ladridos agitados y un menear de cola acelerado. Dejo de observarlo para tomar un viejo diario de la mesa de mimbre. Corrupción, asesinatos, robos y escándalos de infidelidad plagan cada página del periódico. Mi padre y yo solíamos sostener eternas charlas y discusiones sobre la crisis política del país y cuanto tema surgiera. El me enseñó a defender mis ideas y siempre ser dueña de mis decisiones. Dejo el diario y cierro los ojos, por un instante puedo ver a mis padres, a mi hermana, mis sobrinos, mis viejos amigos y mis viejos amores. Tuve una buena vida, viví bajo mis reglas, intente ser lo más noble que mi humanidad me permitió, ame muchísimo y a muchos, me amaron muchísimo, fui inmensamente feliz. Mientras un adormecimiento extraño se apodera de mi cuerpo puedo sentir las patas llenas de arena del siberiano contra mi pecho. Su llanto se hace cada vez más lejano y una última idea cruza mi mente: Debí colocar más galletas en su plato.

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  • Hola Kerman, no tienes idea de la sonrisa que me has pegado en la cara. Leer tu comentario me ha hecho muy feliz. Muchas gracias!!
    Hola Jordi, muchas gracias por tu comentario. Un abrazo!
    Inmensamente hermoso, no tengo palabras pero sí una mezcla de regocijo y de sensibilidad al leerte que, sin quererlo, en este momento también a mí me has hecho inmensamente feliz. Enhorabuena y gracias, kf
    Soy amante de los relatos que se pueden visualizar cuando los estas leyendo. Gracias por tu visita y comentario.
    Muchas gracias Carlos. Siempre es un placer leer tus comentarios
    Bello y humano, emotivo y lleno de imágenes que nos hacen pensar. Abrazo.
    Oh muchas gracias Roluma. Un fuerte abrazo!
    Me ha gustado tu relato. Gracias por compartirlo partirlo. Un abrazo
  • Abro la aplicación con la ilusión de que, por algún error en la red o en el universo, mi mensaje no haya salido y eso explique porque no me responde. Leo el mensaje y veo los malditos checks en negro.

    Me baje del taxi sin mucha prisa y camine. Al doblar la esquina vi una silueta difusa erguida en el frontis de mi casa. Enfoque la mirada intentando descubrir la identidad de la silueta.

    Tuve una buena vida, viví bajo mis reglas, intente ser lo más noble que mi humanidad me permitió, ame muchísimo y a muchos, me amaron muchísimo, fui inmensamente feliz.

    De pronto dejo de luchar con ella, ya no discuto ni le doy argumentos para convencerla de que no está bien. Cierro los ojos y la dejo viajar, la dejo alejarse y la dejo recordar.

    El sonido de la puerta principal cerrándose me da el aviso que estaba esperando. Es el fin de un largo día de oficina. Apago la computadora, cojo mi cartera, me coloco los audífonos, busco la lista de reproducción indicada y empiezo a caminar. 10 cuadras de distancia me separan de la casa de mi abuela, el cielo esta nublado y gris. El clima perfecto para caminar y pensar.

    Sus manos empiezan a tocar mi pecho esparciendo un gel frio y viscoso. Un calambre en el estómago es el inicio de una extraña sensación que nunca antes había experimentado. Una bola de fuego desciende desde mis estomago hacia áreas menos exploradas y un ligero rubor cubre mis mejillas.

    Una reflexión de mi situación actual. Mañana quien sabe!

    Salí del baño, tomé la cartera y empecé a caminar con prisa hacia la salida. Al llegar a la entrada, estiré la mano para girar el pomo y me detuve. No podía salir aún, sabía que él estaba afuera esperándome.

    El terror me invadió por completo, mis piernas estaban clavadas al suelo sin que pudiera moverlas para salir corriendo, mi voz se apagó y mi corazón se encogió. Mientras te acercabas a mí sentía como las voces se hacían más fuertes, ya no susurraban ahora gritaban con desesperación

    La tranquilidad de la mañana fue interrumpida por el estrepitoso sonido del despertador. Como todos los días busque entre sueños algún objeto contundente para destrozar aquel artefacto maligno. Cuando ya tenía ubicada una vieja zapatilla recordé que ya era viernes. Hoy era el día!

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Esto es lo que pasa cuando no hay mucho que hacer en la oficina y estas cargada de sentimientos: Te pones a escribir...

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