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7 min
¡Hoy no!
Suspense |
15.02.16
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Sinopsis

¿Alguna vez usted ha visto un niño pobre, famélico y entristecido que sólo carga desgracia en los ojos? Yo sí. Y muchas veces, son pequeños pillos que buscan subsistir. Esta es la historia de uno, y uno muy desgraciado.

¡Hoy no!

Eran las 6 de la mañana de un sábado en un pequeño pueblo de montaña. Uno de esos pueblitos que encuentras en la cordillera de los Andes. Un niño estaba sentado al borde del techo de un edificio muy alto. Éste era un niño sin padre y madre. Era un niño pobre y desharrapado hasta más no poder. Se vestía con los trapos que conseguía de donaciones la iglesia o de ropas muy usadas y desteñidas de gentes  <<caritativas>>.  Tenía un zapato distinto al otro, cada uno con su respectivo agujero y sin calcetines, lo que irritaba sus pequeños pies de niño de 8 años. Tenía por única posesión –y podía jactarse de que en verdad era suyo– una pequeña medallita de oro de una virgen, entre tantas vírgenes, alrededor de su cuello. Ni siquiera sabía como la había obtenido, sólo sabía que era suya.

Éste era un moderno pillo francés con su propio argot desligado del entendimiento de los hombres. Un simple huérfano que vivía del pillaje de los bolsillos incautos. Le esperaba un largo día, un día de fríos, pues, vivía en la cordillera. En lo primero y en lo último que uno piensa es en el bendito frío que se cala hasta los huesos. Si eres oriundo de ahí –de la cordillera– te ve nacer, y si eres afortunado, te ve morir.

El niño reflexionaba, mientras miraba a los madrugadores habitantes del pueblo arrastrar carretas con hortalizas, preparar sus puesticos de ventas para los turistas o llevar cubos de agua o leche para sus humildes familias. Ellos tenían su rutina, y él, la suya. La recordaba de memoria. Observar. Elegir. Distraer. Tomar. Correr. El resto, era simple. Se basaba en llevarle el botín a Casimiro Fuenmayor –conocido en el bajo mundo del pillaje local como <<El Pispás>> por la rapidez con la que robaba cuando era un jovencito–, su <<jefe>> el cual le daba algo de efectivo para su subsistencia a cambio de lo obtenido del día. ¿Qué robaría? ¿A quién robaría? Tal vez a un gringo con algún Iphone nuevo del que presumir o algún bolso de marca fina de una europea desentendida. ¿Qué comería? Posiblemente un par de empanadas de Doña Lola de desayuno, y uno que otro plato de arvejas hirviendo robado del Fogón Meridiano y media hogaza de pan duro. Para la cena, probablemente un trozo de arepa tiesa con leche agria de dos días. Su estómago se retorcía frente al tentador plan que le tendía su cerebro. Sólo tenía que esperar, y tener un poco de suerte. Si no, tocaría vaciar los bolsillos de algún argentino desprevenido, un goloso mexicano o un chileno tacaño. Pues tenía una regla, no robar a los suyos.

El sol asomaba por la cumbre de la montaña, lanzando sus destellos de oro sobre el apretujado pueblo de paso. Con su vista de joven lince, miró, observó y examinó con malicia y celo todas las calles –desde el edificio en el que estaba podía ver todo el pueblo–, con la intención de <<pillar>> a alguna diva mañanera intentando comprar los víveres más frescos. Agudizó el oído intentando captar algún vocablo de idioma o entonación diferente a la que habituaba escuchar. No encontró nada.

Desvió la mirada hacia el vacío empedrado sobre el que se balanceaban sus pies de niño sin infancia. Su corazón se empequeñeció ante la posibilidad de no pillar a nadie. Ya le había pasado. No deseaba que volviera a suceder.

Recordaba las patadas y los escupitajos. Los puntapiés y los baldes de agua fría. Las noches de frío en las que durmió como perro. La inclemente voz de El Pispás gritándole:

-¡Mocoso de mierda!

-¡Bueno para nada!

-La próxima vez que no me traigas una mierda… ¡Te vuelvo mierda para que aprendas!

Más y más insultos. Más y más humillaciones. Más y más agravios para un pequeño que cometió el pecado de nacer pobre y solitario. Ayer volvió con las manos vacías, tarde o temprano los compinches de El Pispás lo atraparían por semejante insolencia.

Contempló el vacío empedrado de nuevo. Pero esta vez, veía en él la salida. Veía el fin de su sufrimiento y de sus noches de hambre y frío. Veía el fin de años de niño mendigo. Veía el fin de los insultos y vejaciones del maldito Pispás.

Echó un vistazo lúgubre y amplio por su pequeño pueblo. Sus techos de paja y paredes de barro. Sus empedrados manchados por la orina y el estiércol de animales. La heladería de Don Canelo en una esquina, diagonal a la farmacia y a la panadería de Don Alejandro. Cuando pasó su pequeña mirada de lince por la calle del Hambre –una calle con muchísimos puestos de comidas, dulces y bebidas –, derramó una lágrima por aquellas tantas de veces que Doña Lola que le regaló una empanada de pollo y queso. Probablemente moriría y se quedaría sin pagarle.

Cerró los ojos durante un momento, como si dejara que su alma eligiera su destino. El viento gélido acariciaba su cabeza llena de chichones y sus mejillas tan coloradas por el frío que parecían los tomates de la mejor cosecha. Los abrió de golpe.

Un poco del silbido del silencio. Frío. Hambre. Miedo. Ansiedad. Duda. Eso y mucho más sentía este inocente –pero no tan inocente– niño. Los niños no son capaces de contener todas estas emociones, y mucho menos, al mismo tiempo. Empezó la duda, creando el miedo en el niño. El miedo creó ansiedad. La ansiedad hizo que le diera hambre. El hambre le recordó el frío en su vacío estómago. Y el frío, bueno, él sólo creó más duda. El niño estaba harto. De los golpes. Del condenado frío. Del hambre. Quería acabar con todo. Sabía cuál era la salida. Saltar.

Saltar. Lanzarse. Volar. Eso equivalía a ser libre. Era simple, era dejar esta existencia tan tortuosa y atada al sufrimiento. Quitó su manita izquierda del borde, y la puso en su regazo. Con la derecha, tomo la medallita de una de tantas vírgenes y la besó. No sabía su nombre, pero requeriría de su intervención si iba a hacer lo que iba a hacer. Cerró los ojos con tristeza y pesadumbre. Y comenzó a contar hasta diez.

-Uno… Dos… Tres…

A medida que avanzaba, la duda crecía…

-Cuatro… Cinco... Seis…

Por lo menos aprendió algo bueno con El Pispás, a contar…

-Siete… Ocho… Nueve…

Se despejó de sus dudas y tomó todo valor que pudo reunir. Estaba a punto de saltar…

-Diez…

-¡Hey! –dijo una voz aguda y estridente, como la de un gato cuando tiene hambre– ¡I want an empanada, Dad!

Sus ojos se abrieron de golpe. Paró de contar, justo como su corazón. Agudizó el oído, para ver si sus siniestras fantasías no lo engañaban.

-¡Dad! ¡I said that i want an empanada! –el pataleo de la niña atravesó todo el pueblo, llegando hasta los congelados oídos del desesperado niño.

El hombre miraba a su hija con desprecio. Vestía ropa muy abrigada, demasiado abrigada incluso para las temperaturas, sin mencionar que el señor se movía aparatosamente –parecía una bola de grasa sobre un montón de alfombras–. Con los dedos enguantados, tanteó la parte de atrás del bolsillo del pantalón, consiguiendo lo que buscaba, una billetera rebosante de billetes, magníficos –y probablemente de los grandes– billetes.

Con los ojos como platos, y sin quitar la vista de su gordo y adinerado objetivo, el niño bajó rápidamente por los tejados de las casas –dejando a su paso un rastro de paja y tejas rotas–.

-Hoy no –dijo ansioso–. ¡Hoy no!

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Los desgraciados se desahogan con plumas entintadas de melancolía, desgracia y soledad. ¿Cuándo ha visto usted que los desgraciados escriben acerca del amor, la belleza de la vida y la alegría de los hombres?

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