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14 min
Ikuko
Terror |
24.03.14
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Sinopsis

Cuando Lorena recibió aquel regalo, no lo valoró, pero pronto Ikuko se convertiría en su muñeca favorita y en su protectora, capaz de hacer muchísimo daño a quien se atreviera a dañar a su dueña.

 

Cuando Lorena abrió el regalo, no podía imaginarse lo que había dentro, para una chica de quince años, lo que más ansiaba en aquel momento era el nuevo Smartphone, o el nuevo disco que el grupo de pop de moda había sacado al mercado, sin embargo el regalo la desilusionó.

Sin duda, su abuela Naoko, llamada así porque era japonesa, no tenía ni idea sobre las modas actuales. Lorena cogió despacio la muñeca que había dentro de la caja y la miró, después miró a su abuela, que la observaba sentada en su mecedora, con esa cara de placidez que no solía cambiar nunca, y sonrió.

--Muchas gracias, abu—le dijo.

Se acercó a ella y le dio un beso en su arrugada mejilla, después miró a su madre y ella adivinó sus pensamientos, cuando ella había cumplido quince años, también había recibido una muñeca japonesa ichimatsu de la mano de su abuela, había aceptado el regalo resignada y lo había puesto en su dormitorio, sabía que ese día su hija recibiría el otra muñeca.

Sabía que Lorena ahora no lo entendía, pero al igual que ella, cuando su abuela muriera, valoraría aquel regalo más que ningún otro.

--Ahora el mío—dijo haciéndola sonreír.

Le dio una caja pequeña, rectangular y envuelta en un papel de flores, cuando lo abrió, la cara de la adolescente se iluminó.

--¡El nuevo Smartphone!—gritó.

Dejó caer la muñeca sobre la mesa, la abuela Naoko frunció el ceño y espetó un gruñido, pero nadie la escuchó.

Después Lorena recibió el regalo de su padre, en efecto, era el nuevo disco del grupo de moda, al finalizar la mañana era la adolescente más feliz del mundo, y todavía quedaban los regalos de sus amigos, con los que celebraría su cumpleaños en una cafetería, lejos de su familia.

Cuando subió a su habitación, vio que había olvidado la muñeca de su abuela, iba a ir a buscarla, pero su teléfono nuevo parecía llamarla para que lo observase, lo usase y lo quisiera, era algo normal en la tecnología, fabricada y vendida para que el ser humano dependiera de ella más que de ninguna otra cosa.

Como si fuera un tesoro, se tumbó en la cama y empezó a mirar el menú, a configurarlo, a enviar mensajes a sus amigos, a actualizar su estado en las múltiples redes sociales en las que estaba inscrita….

En dos minutos se había olvidado por completo de la muñeca.

Alguien llamó a la puerta, antes de que pudiera decir nada esta se abrió y su abuela entró.

Su abuela Naoko tenía ciento tres años, y a pesar de esa edad, parecía que tuviera sesenta, se había casado con su abuelo, un español, muchos años atrás, y aunque él ya estaba muerto, ella aseguraba que continuaba a su lado, para ella ni siquiera la muerte podía apagar el amor verdadero.

Entró ayudándose de su bastón, que apoyaba despacio en el suelo emitiendo un sonido como si unos nudillos llamasen a una puerta, en la otra tenía a la muñeca, apretada contra su pecho como si fuera una niña minúscula.

Lorena la miró y se sentó en la cama, inmediatamente se sintió culpable por hacerla enfadar, quería a su abuela, y mucho, ya que era su única abuela que le quedaba viva, pero ya era muy mayor para jugar con muñecas.

--Lo siento, Abu—dijo—Tu regalo en muy bonito, pero…

Se encogió de hombros, Naoko, ayudándose de su bastón, tomó asiento a su lado, en la mullida cama.

--Pero ya eres mayor—dijo.

--Si—dijo Lorena con un leve titubeo.

La abuela Naoko le enseñó la muñeca.

--Esta es Ikuko—dijo como presentándolas— Para las niñas japonesas las muñecas son muy importantes, son nuestras mejores amigas, y si, aunque padezca una tontería, pensamos que tienen  una vida propia, no como tú y yo, sino una vida especial, no se trata de tener edad o no, es un asunto espiritual.

--Como las plantas—estuvo a punto de decir Lorena, pero se calló por respeto.

Cogió la muñeca y la miró despacio, hizo el imperioso esfuerzo de dejar el móvil a un lado.

--No sabía eso—dijo—Lo siento, abuela, ahora me gusta más.

Naoko sonrió, se levantó y salió, aunque no muy convencida de las palabras de su nieta.

Lorena miró a la muñeca, sin duda, era bonita, vestía un quimono que se extendía por los lados, y venía en una peana que la ayudaba a mantenerla de pie, su cara era blanca, con una expresión dulce y plácida, como la que solía tener su abuela cuando estaba sentada en su mecedora.

--Menuda tontería me ha soltado—dijo.

Ella era una adolescente. ¿Por qué le había contado esa historia? Ella solo quería divertirse y pasarlo bien.

Aquella tarde salió de casa arreglada, iba a celebrar su cumpleaños con sus amigos y estaba pletórica, deseosa de verlos, sobre todo a Iván, ese chico tan guapo con el que saltaban chispas cuando se miraba, en ese momento era la chica más feliz del mundo, quizás por eso, o quizás porque estaba ensimismada mandando mensajes en su Smartphone nuevo, no vio al tipo que caminaba en dirección contraria a ella.

Había poca gente alrededor, era la oportunidad perfecta.

--Tu—le dijo el tipo—Dame todo lo que lleves encima.

Lorena le miró y sus ojos se imantaron hacia la navaja que llevaba, lo suficientemente grande para mandarla al hospital, o a la tumba, si no accedía.

--No me hagas nada—dijo—Por favor, por favor.

--¡Dame la cartera, venga!—gritó el tipo con voz pastosa.

Lorena agarró la correa de su bolso por instinto, el tipo la agarró también, forcejearon, pero él era sin duda más fuerte, logró arrancarle el bolso y este cayó al suelo, el tipo se agachó y lo cogió, la miró y observó el teléfono de última generación que llevaba la joven en la mano, era algo demasiado suculento para dejarlo pasar.

--Y el teléfono—dijo amenazándola con la pistola—Dámelo ahora mismo.

Lorena retrocedió, ¿Su teléfono nuevo? No estaba dispuesta a dárselo tan fácilmente.

--¡Vamos!—apremió el tipo—Dame el teléfono o te rajo.

--No, por favor—dijo ella—Es un regalo, por favor, ya te he dado el bolso.

Se produjo un nuevo forcejeo, el tipo se impacientó. ¿Y si llamaba a la policía? ¿Y si acudía alguien? Decidió usar el camino más largo, deslizó la navaja hacia la joven y la clavó en su costado.

Lorena sintió la punzada y se olvidó del teléfono al instante, se miró la herida y se la palpó torpemente mientras caía al suelo, el atracador ya había salido corriendo con una rapidez inusitada.

Por suerte para ella, una mujer salió de un comercio y la vio, llamó a una ambulancia y pronto la llevaron al hospital.

Al día siguiente despertó, causando la alegría de su familia.

--¡Hija mía!—exclamó su madre--¡Que susto nos has dado!

--¡Menos mal que estás bien!—dijo su padre.

Lorena miró alrededor suyo, estaba en una cama de hospital, junto a ella estaban sus padres y su abuela Naoko, que la miraba sonriente, recordó lo que le había pasado, en ese momento, sus pertenencias no le parecían nada importantes.

--Te pondrás bien—dijo su madre—La herido no ha sido grave.

--Mis cosas…--dijo Lorena, todavía adormecida por la medicación.

--No te preocupes—dijo su padre—Te compraremos otro teléfono.

--No es por eso—dijo Lorena—Es por la muñeca de la abuela.

Naoko se inclinó sobre la cama, curiosa.

--La llevaba en el bolso porque quería enseñársela a mis amigos—dijo—La perdí, por favor, abuela, perdóname.

Por primea vez, Lorena hablaba en serio, o mitad en serio, sí, llevaba a Ikuko en el bolso, pero era para enseñársela a sus amigos y reírse de ella, un regalo tan tonto le habría traído risas con sus colegas, no obstante, se sentía mal por haberla perdido.

Su abuela le cogió su mano.

--¿Estaba en el bolso?—dijo—Bueno, entonces todo se solucionará.

Aquellas palabras extrañaron a todos, pero nadie dijo nada, ese mismo día le dieron el alta a Lorena, le mandaron reposo y una pastillas por si los puntos le dolían, dos policías acudieron a su casa y ella les detalló una descripción del tipo, la cual  era bastante descriptiva, pelo largo y negro, vestido de chándal y con una verruga sobre el labio superior, aunque ella tan solo quería descansar y recuperarse.

 

Lejos de allí, en un sucio apartamento, el atracador ya había vendido el teléfono y el bolso de Lorena, por el Smartphone había sacado doscientos euros, y por el bolso unos cincuenta, ese dinero lo había empleado en la única razón de su existencia, heroína.

Dentro del bolso, además, había encontrado maquillaje, un cedé de música y una extraña muñeca, no había podido vender nada de aquello, y ahora estaba tirado en un rincón de aquel edificio a medio hacer que él había ocupado porque le había dado la gana.

Estaba tirado en un colchón, con la platilla quemada a su lado, sumido en uno de los viajes que la droga le daba, sonreía y babeaba como buen drogadicto, un despojo humano que sobraba en la sociedad.

Solo podía emitir sonidos guturales, pero sus ojos veían bien, o al menos eso creía cuando vio moverse algo por el rabillo de su ojo.

No le dio importancia, no era la primera vez que tenía visiones, solamente gruñó y continuó en su viaje.

De nuevo, algo se movió a su lado, se sobresaltó. ¿Qué se había metido en el cuerpo? ¿Podría ser que le hubieran dado una droga más pura? Giró la cabeza despacio y tan solo vio los restos de su atraco.

La muñeca parecía sonreírle, allí tirada, como había dejado a su dueña, eso le hizo reírse, sintiéndose ganador ante una adolescente indefensa, además recordó que era guapa y atractiva, pero él no tenía más amor que la droga.

Todavía estaba rememorando su hazaña cuando Ikuko se movió, le hizo dar un respingo. ¿Estaba alucinando, fruto de la heroína en sus venas? ¿O se había movido de verdad?

--Puta muñeca—farfulló.

Ikuko se movió de nuevo, había quedado apoyada en la pared, sujeta a su pedestal, movió la cabeza y le miró.

Dio un grito y se incorporó torpemente, quedando sentado en el sucio colchón y sin poder separar los ojos del apacible rostro de la muñeca.

--¡Se ha movido!—balbuceó--¡Me cago en la puta, se ha movido!

Una risa de niña se escuchó de pronto, chirriante y escalofriante, sin duda era Ikuko, pues movía su boca como si fuera una niña de verdad.

El atracador, el yonqui, lanzó un grito de terror, reptando sobre el colchón como si estuviera ante una visión espectral.

--¡Fuera!—gritó--¡Fuera, maldita muñeca!

Ikuko levantó una de sus piernecitas y la separó de su peana, después hizo lo mismo con la otra, entonces comenzó a caminar hacia él, despacio, con movimientos mecánicos y sin dejar de sonreír.

El yonqui enloqueció, si su mente ya estaba tocada por las drogas, la visión de aquel ser inanimado cobrando vida le adentró de lleno en la oscuridad de la locura.

Dio un grito de espanto mientras la muñeca se detenía, giraba la cabeza y clavaba su mirada en algo depositado en el suelo. Era un trozo de cristal, sucio y abandonado, se agachó y lo agarró con sus dos manitas, una por cada lado del cristal, todo con movimientos lentos.

El yonqui decidió que era hora de huir, si quería salir vivo de allí debía hacerlo ya.

Se levantó, pero sus piernas le fallaban, tenía demasiada heroína en el cuerpo para correr como alguien decente, tropezó y comenzó a gatear como un perro tullido.

Ikuko saltó, con una sorprendente habilidad, y se colocó sobre su espalda, sobre aquella cabalgadura tan bizarra, alzó sus manitas y clavó el cristal en la columna del hombre. El grito fue de dolor y espanto, cayó al suelo de bruces, boca abajo, sintiendo una y otra vez el cristal clavándose en su espalda, Ikuko comenzó a reír al igual que antes, era la risa del mismo mal personificado, la risa de la venganza, la punta del cristal escarbó en la carne sin miramientos y con fuerza, después llegó al hueso de la columna, y continuó a pesar de que el hombre ya estaba más muerto que vivo, cuando tocó la médula le hizo convulsionarse, cortando el cartílago que unía las vértebras y vertiendo el líquido cefalorraquídeo, todo ello sin dejar de reír, pues para ella era un juego.

Días después, la policía encontró el cadáver del yonqui con una extensa puñalada que dejaba ver su columna destrozada, algunos agentes novatos corrieron a vomitar, los más veteranos, que habían visto muchas cosas, dijeron que esta podía archivarse con las más violenta y fuertes.

En la habitación, tan solo encontraron las pocas pertenencias que quedaban de Lorena, entre ellas, una muñeca japonesa con la cara manchada de sangre.

Se investigó, pero el caso quedó sin resolver, todos hablaban de una venganza entre drogadictos, o un asesinato movido por la avaricia o incluso por una alucinación fruto de la droga, nadie podía imaginarse que la verdadera asesina medía treinta centímetros  y había estado en comisaría durante días enteros.

Días después, Lorena todavía estaba en cama, aunque ya casi recuperada, su abuela Naoko no se había separado de su lado, sentada en su mecedora y haciendo punto con aquel gesto de placidez que siempre tenía.

Su madre entró, claramente escondiendo algo tras ella y sonriendo.

--Tengo una sorpresa para ti—dijo.

Lorena la miró curiosa.

--¿El qué?—preguntó.

--¡Mira quien ha vuelto a casa!—dijo su madre enseñándole a Ikuko.

Lorena gritó y estiró los brazos hacia la muñeca.

--¡Es Ikuko!—exclamó--¡Mira, Abu, es Ikuko!

Naoko sonrió, como si supiera algo que nadie sabía.

--¿Ves como te dije que todo se solucionaría?

--No han podido recuperar tu Smartphone—dijo su madre—Lo siento, hija.

La respuesta de Lorena fue tajante.

--Eso no me importa—dijo—Ya me compré otro teléfono, pero esta muñeca me la regaló mi abuela, tiene un significado personal para mí.

Lorena no podía hablar más en serio, esos días habían sido especiales, recuperándose del ataque, su abuela había estado al lado de su cama todo el tiempo, sin separarse de ella, aquel gesto le había hecho comprender el amor de aquella mujer hacia ella, y supo que se había portado como una idiota al haberse reído de su regalo.

Se prometió a sí misma no volver a rechazar nada de aquella mujer, ni mucho menos un gesto como el que tuvo con ella al regalarle a Ikuko.

Su madre le contó cómo había muerto el atracador, pero a Lorena no le importaba lo más mínimo esa historia, incluso no sentía demasiado odio hacia el drogadicto, ya que tenía a Ikuko a su lado, estaba tranquila y feliz.

Horas después, Lorena bajó a cenar, después subió y se acostó con la muñeca a su lado, su abuela Naoko subió para darle un beso.

--Buenas noches, cariño—le dijo.

--Gracias por cuidarme, Abu—dijo Lorena—Y me gusta mucho Ikuko, de verdad.

Naoko sonrió, ahora sabía que hablaba en serio.

--Será tu mejor amiga—le dijo—Cuídala y ella te protegerá siempre.

Lorena asintió, sabiendo que lo haría, pero pensó que  la muñeca era más como un amuleto que otra cosa, para nada podía imaginar hasta que punto podía llegar aquella muñeca para protegerla.

Todas las mujeres de su familia había recibido una muñeca ichimatsu por su quince cumpleaños, y todas la había tenido toda su vida, todas había triunfado, consiguiendo siempre lo que se proponían, además, las personas que las habían dañado habían recibido un castigo ejemplar, como había pasado con ese atracador.

Aquella noche, Lorena durmió plácidamente con Ikuko a su lado, puesta sobre su peana en la mesita de noche, en medio de la oscuridad, los labios artificiales de la muñeca se curvaron levemente hacia arriba, quizás fuera un efecto óptico por la luz de la noche, o quizás no.

 

FIN

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Miguel Ángel Sánchez de la Guía nació en Toledo en 1983, desde joven se interesó por el mundo de la literatura hasta que quiso traspasar la frontera entre espectador y creador y comenzó a escribir. Es autor de la novela de ciencia ficción Thanatos así como de numerosos relatos, muchos de ellos publicados en su blog personal. Es miembro de la Asociación de Escritores El Común de la Mancha, formando parte de su junta directiva, también ha colaborado con varios programas en Radio Quintanar. http://www.lulu.com/spotlight/sanchezdelaguia

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