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9 min
ILUSION
Amor |
18.09.13
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Sinopsis

Un loco amor, o un amor loco

ILUSIÓN

 

Atravesó corriendo la cancha de microfútbol, en pleno partido. Su cabello ya irradiaba el fulgor de siempre, pero era menudita y flaca: su cuerpo aún no se había desarrollado.

“Las chicas nos desarrollamos a cierta edad”, explicó un día Amara, la profe de Salud, poniéndose de pie y contoneándose sobre sus zapatos de tacón, con su vestido corto y sus caderas rozando nuestros hombros. Nos rociaba con ese aroma caliente que surgía de algún rincón de su enorme pecho, mostrándose a sí misma como el ejemplo típico de una maduración como Dios manda. “Tiene casi los 35 años y se divorció hace poco, y aunque está muy sola no le faltan pretendientes”, contaba mi madre, que se sabía la vida de todo el mundo. Nosotros pensamos en la profe Amara en secreto, a cualquier hora. Algunos desaparecen en los recreos para encerrarse en el baño a seguir pensando en ella. Pero nadie se atrevería a decirle nada; solo es sentirla cerca para quedarse paralizado y mudo. Debe ser el perfume. Eso si, enseñar, enseña de maravilla; entendí perfectamente lo que significa eso de la maduración: se trata de un cambio, un cambio a más. No es que engorden, digamos que se amplían. Ocupan mas espacio, hacia los lados y hacia arriba, como si antes fueran una simple semilla de maíz pira y después una espléndida palomita crujiente.

La melena resplandeciente ondeaba en dirección opuesta a su veloz carrera. Pensé en una roca flameante surcando la noche. Fue una imagen repentina que me hizo desconfiar de mi cabeza, pero el profe de español enseñó, meses después, que esas comparaciones se llamaban metáforas. Al parecer no era algo original, ya se les han ocurrido a muchísimos otros antes. Lo malo es qué, entretenido en la roca sideral, no me di cuenta del fantástico pase de López que me dejaba frente al portero, listo para liquidar el encuentro. El balón pasó de largo. Me llovieron insultos y burlas terribles. O sea qué, gracias a ella, compuse mi primera metáfora y gané mis primeros agravios.

Volví a verla una mañana cualquiera, al año siguiente. Su cuerpo ahora era sinuoso, como moldeado por colinas suaves. Parecía más alta que nosotros. Se había desarrollado. Caminaba despacio, sin fijarse en nadie. A su alrededor se establecía una atmósfera tibia y pegajosa. Un repentino calor me recorrió de pies a cabeza, cuando pasó a mi lado. Fue a ocupar el pupitre que antes era de Hurtado, el que se retiró del curso para ir con su padre, a quien  le salió un buen puesto en la Costa. Qué envidia me daba Hurtado; lo imaginaba en la playa cada tarde, después de clases. Para mí el mar es un universo lejano, que jamás he visto. Pero en ese momento me alegré por su ausencia: Claudia, que así se llamaba, ocupó el puesto vacío. El mío, en la fila contigua, casi a la misma altura, solo un poquito atrás, me otorgaba una posición privilegiada; me permitía observar las hebras doradas que cubrían parcialmente su cuello tapizado de vellitos transparentes. Y sus orejas. Nunca hubiera imaginado que me llegarían a interesar las orejas de alguien. Las mías son alargadas. Las de mi amigo Mesa están muy separadas de la cara y por eso le decimos Hojaldras. Las orejas son feas y retorcidas, frecuentemente acumulan suciedad y gérmenes. Pero las de Claudia eran distintas. El lóbulo le sobresalía un poquito entre los cabellos sedosos. Tenían un color entre blanco y rosado, como el del caracol de mar que tenemos en casa, y parecían tan suaves que me daban muchas ganas de tocarlas. Y sus piernas, recubiertas del mismo tapiz delicado del cuello, destellaban con la caricia del sol matutino. Cuando se inclinaba hacia adelante, para concentrarse en las explicaciones, la falda se recogía a la inversa y descubría el final de sus muslos. Pero lo mejor de todo era que ella me miraba como si no existiera nadie más, y aunque su boca no se moviera ni un milímetro, yo sabía cuando me sonreía.

Se me iba el tiempo esperando esos prodigios y mi rendimiento académico se vino a pique. Tambien abandoné los encuentros de microfútbol del recreo para sentarme a su lado en las gradas que conducían al preescolar, en medio de un manto oscuro de eucaliptos y pinos. Era su sitio preferido. Allí, supe que no podía hablar, me lo escribió en un papelito.  Nos quedábamos junticos durante los 20 minutos del descanso. Su cuerpo despedía un calor perfumado, que después, en la noche, se metía en mis sueños.

Siempre estaba pensando en ella y no eran suficientes las horas del día. Empecé a decaer; estaba siempre cansado, sin muchas ganas de nada. Se preocuparon los profesores, luego el coordinador, luego Magdalena, la psicóloga, y claro, finalmente mi madre. Un día, Magdalena me citó en su despacho.

“¡Pero mi rey, mira cómo estás! Eso es que estás enamorado, picarón”, dijo, con una gran  sonrisa de dientes blancos y labios rojísimos.

Sus ojos, grandes y verdes, como si se hubieran impregnados de mar, me inspiraron confianza y casi sin querer le fui contando todo. . 

“Eso nos ha pasado a todos”, dijo, y echó un gran suspiro. “Lo que no podemos permitir, es que descuides tus estudios, amorcito”.

Qué bonita era Magdalena. Lo malo es que estaba casada con el larguirucho Cajas, el profe de Biología. Según mi madre, éste no la trataba muy bien. Yo no podría llegar a entender cómo no se puede tratar bien a alguien como ella, que siempre te dice, “amorcito”, que te mira como si fueras lo más importante del mundo. Sé de algunos que sacan malas notas a propósito para que los envíen  a su consultorio. Ella se acerca por detrás y te susurra al oído: “Que vamos a hacer contigo ¿Ah, cariño?”, mientras sus manos te acarician tiernamente. “Prométeme que no vas a volver por acá, y seré buena contigo”, te dice, mientras te hace perder la noción del tiempo y de la vida. Bueno, eso es lo que dicen, a mí no me consta; yo no sería capaz de perder una sola materia, mi madre me mataría. 

“Dile a tu madre que venga mañana mismo. Te mandaré a donde un colega, para que empieces un tratamiento. Es simplemente para que puedas comer y dormir bien. ¿De acuerdo, cariño?” Desde ese momento me gustó Magdalena mucho más que Claudia.

Mi madre fue a verla al día siguiente. Estuvieron encerradas casi una hora. Sin querer me enteré de todo lo que hablaron porque mi madre es muy comunicativa. Magdalena quería saber cómo era nuestra vida. Mi madre, encantada por el interés, se extendió en detalles. Según ella, nuestra vida es tranquila, pero se siente muy sola desde que nos dejó papá; no se hace a la idea, y eso que han pasado varios años. Magdalena le explicó que era normal mi interés por el sexo opuesto. Era solo el resultado de una serie de cambios comprensibles. A mi madre no le debió sentar muy bien lo de los cambios, porque se puso de muy malhumor conmigo. Renegando, me arrastró al consultorio del Medico. 

“Es increíble la poca consideración que tienes con tu pobre madre”, decía.

En la sala de espera, siguió riñéndome delante de otras personas y me hizo sentir mucha vergüenza.

“Esto no va seguir así jovencito: harás caso a todo lo que diga el doctor, y te vas a olvidar de tanta tontería. O si no, ya me encargaré yo misma de que lo hagas.”

Si mi madre hubiera sabido lo que le esperaba, se habría ahorrado las amenazas. Resulta que Clímaco, el doctor, un señor algo mayor que ella, también viudo, la encontró simpática. Empezó a visitarla de tarde en tarde y se casaron al año siguiente. Es decir, ella consiguió el amor definitivo y a mi se me esfumó el primero. Porque después de aquél día, fui olvidando a Claudia poco a poco y ella debió notarlo. Empezó a venir menos a clase y apenas me miraba. Las escasas veces que me determinaba, parecía furiosa. No le hice mucho caso y me reincorporé definitivamente a los partidos de los recreos, con fuerzas renovadas; las pastillas de Clímaco me hacían dormir a pierna suelta. Un día llovió torrencialmente, el patio se inundó y no pudimos jugar. Entonces, subí hasta nuestra escalera y le dejé una nota:

“Hasta nunca, amor mío”.

No la volví a ver.

Clímaco no es mi padre, pero me trata bien. Nos prometió llevarnos al mar las próximas vacaciones. Yo cuento cada día que falta para que llegue ese día maravilloso.

”Mira amiguito”, me dijo, (siempre me dice amiguito) “lo tuyo no es nada grave, pero vas a tener que tomar la medicación todos los días, sin falta. Así, llevarás una vida normal”.

Luego, en un tono más confidencial:

“Aquí entre nos, intentaré convencer a tu madre para que el año que viene te matricule en un colegio mixto. Así las podrás ver de carne y hueso”.

 

 

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  • ¡Qué bueno! Un final extraordinario. No podía ni imaginarlo. La historia ya me estaba gustando muchísimo, pero el final pone el remate perfecto. Me ha encantado. :)) Un beso.
    Qué buen relato! Sí, señor. Disfruté muchísimo esta vuelta al colegio secundario. Las descripciones de los personajes femeninos son magistrales y la historia tiene un remate que te deja la "sonrisa bobalicona" que señala mi compi José Manuel. Un saludo
    Un placer volverte a leer por estos lares. Y una historia deliciosa con final ingenioso que no esperaba. Tintes psicológicos pero llenos de creatividad, juegas con el lector moviéndolo de un lado a otro a través de la sensualidad para conducirlo finalmente a un final sorpresivo. Pero aunque no fuera ese el final el relato seguiría siendo delicioso y de buen hacer. Aunando ambas cosas el resultado es excelente.
    Me alegra tener nuevas tuyas, compa. Y celebro que aprecien tu calidad. Este es tal vez tu relato mas psicologico, los otros describen otros paisajes. Me quedo con esta frase "y aunque su boca no se moviera ni un milímetro, yo sabía cuando me sonreía." Y con el final. Abrazos
    Adoro los relatos y las historias con ésta clase de finales. ¡¡Maravilloso!! Las descripciones, tus expresiones; las de un novelista de primera. Sencillamente genial.
    ¡Bueno, qué final extraordinario! Y que gran relato, sólo se aprecia su soberbia calidad después de relamerse al final de la lectura; me daba cuenta que el cuento iba mejorando según avanzaba; me chocaba que quedaran atrás fantásticos personajes como Amara, pronto me fijé en las grandes dotes de observación del narrador a pesar de su juventud; pensé que con Claudia se encauzaba el cuento desde su curso medio, y aunque Magdalena era una encantadora de serpientes no comprendía el cambio. El cuento se acababa y me temía un tortazo por despreciar tantos buenos personajes femeninos; y, en fin, aquí sigo con la sonrisa bobalicona del que ha gozado a rabiar. Saludos.
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