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6 min
Ilustres nada ejemplares
Reflexiones |
26.02.16
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Sinopsis

Una reflexión en absoluto sistemática acerca de los pequeños vicios de algunos grandes nombres de las letras.

En artículo anterior recuerdo haber reivindicado la obra de ciertos autores ―Céline, Jünger, D´Annunzio―, hoy denostados por motivos ajenos a la calidad de aquélla, meras consideraciones ad hominem y, por ende, profundamente falaces. Porque, permítanme insistir: igual que lo cortés no quita lo valiente, escribir con cierto gusto no conlleva, por necesidad, el ejercicio de una vida virtuosa. Además, la virtud tiene mucho de constructo social, de manera que buena parte de lo que resultaba inaceptable a las generaciones pretéritas es hoy el pan nuestro de cada día. Ni que decir tiene que el colaboracionismo de Céline, su antisemitismo confeso y filonazismo subyacente son repugnantes ahora y siempre, pero ello no resta un ápice de valor a maravillas como Viaje al fin de la noche o Muerte a crédito. Ejemplo palmario éste de la justicia de deslindar escritor y persona ―tipejo, habrá quien reponga, y con razón―, no escasean, de hecho, los casos en que la excelencia artística no se ha visto adornada con una santidad correlativa. En muchos de los cuales el alcoholismo, más o menos consuetudinario, juega un papel fundamental. La historia ―si bien no sólo de la literatura, sino de la humanidad toda― está plagada de borrachines ―y borrachuzos― geniales, desde Li Bai ―tradicionalmente conocido como Li Po―, poeta chino del siglo VIII de quien se cuenta que murió ahogado cuando, en el transcurso de una curda antológica, intentó abrazar el reflejo de la luna en el agua, hasta Jack Kerouac, que bebía para superar una timidez poco acorde a aquel porte suyo de galán del Hollywood clásico, hábito que, también a él, acabó por llevárselo a la tumba, aunque a guisa mucho más prosaica ―desangrado tras el estallido de una variz esofágica―. Con todo, una dipsomanía razonablemente llevada ―no hay por qué ponerse en plan Dylan Thomas― parece inherente al oficio, pues éste se acompaña de una cuota de soledad tan generosa como imperativa, y ya se sabe que nada marida mejor con el trago a deshora.

Está probado que cuando uno sobrepasa el número de copas prescrito por los facultativos, tiende a sobrevalorar las capacidades propias ―ya hemos visto como la apreciación de Li Bai rayaba en lo astronómico―, lo cual quizá explique la belicosidad autodestructiva con que culminan tantas y tantas borracheras que, sin embargo, empezaran probablemente como inocentes reencuentros amicales. A ese respecto, varios son los grandes nombres de las letras que a la previsible condición de bebedor suman la de pendenciero impenitente. Caso de Bukowski, cuyos vagabundeos por los antros de la peor calaña en busca de gresca integran los mimbres de buena parte de su aportación al realismo sucio. O de Pushkin, arquetipo del romántico disoluto, muerto en duelo ―no era el primero en que se veía envuelto, tanto va el cántaro a la fuente…― a los 37 años, tras una vida de admirable disipación. De manera deliberada excluyo a Hemingway de esta relación, por otra parte en absoluto sistemática. No obstante sus arduos y denodados esfuerzos por encarnar un personaje en la línea de los anteriores, no le alcanzaron más que para componer una figura artificiosa y, a lo sumo, fanfarrona.

Encontramos después una nómina igualmente nutrida de autores que gustan de platos más condimentados. Burroughs, conmilitón de Kerouac en la Beat Generation, dedica Yonqui a su conspicua adicción a la heroína. Su correspondencia con Ginsberg, otro crápula distinguido, a cuenta de las experiencias de ambos con la ayahuasca, constituye un desopilante hito epistolar. Hunter S. Thompson y su celebérrima Miedo y asco en Las Vegas tienen, creo, mucho de pose oportunista, aunque sigo creyéndomelos más que las forzadas imposturas de Hemingway.

Más allá de la consabida afición de algunos a la inabarcable gama de nefandas sustancias químicas, encontramos a otros cuyo estilo de vida, a la sazón escandaloso, nos resultaría hoy, como afirmé al comienzo, boutade inofensiva, si acaso. Provocador profesional lo era Jean Lorrain, simbolista francés que enarbolara una homosexualidad ostentosa y hortera en un tiempo en que ésta era ―como poco― tabú y, en numerosas ocasiones, objeto de persecución judicial. Así le sucedió a Oscar Wilde, otro dandi a ultranza, aunque de inclinaciones bastante menos bizarras, quien hubo de cumplir dos años de trabajos forzados por sodomía y grave indecencia. Como no hay mal que por bien no venga, tan absurda condena dio por fruto dos obras maestras tales que De Profundis y La balada de la cárcel de Reading. Pero maldita la gracia, ¿no creen? Viendo cómo las gastaban las autoridades de la época no extraña que Proust, por ejemplo, se cuidase mucho de abandonar el sólido cobijo del armario. Es famoso, de hecho, el duelo que lo enfrentó al citado, hiperbólico Lorrain, la madrugada del 6 de febrero de 1897, con vistas a reparar los infundios que al respecto andaba este último propalando. Por cierto que ambos tiraron al suelo, ninguno querría acabar como Pushkin.

O tempora, O mores!, que exclamara Cicerón en sus Catilinarias. No hace falta comulgar con el freudianismo ― ¿o es freudismo?― ultramontano para colegir que la represión no engendra sino toda suerte de variopintas perversiones, o lo que la pacata moral dominante tendría por tales. Sólo en el contexto de una estricta socialización victoriana puede entenderse el florilegio de escatologías contenido en las cartas de Joyce a su esposa Nora Barnacle. Vaya por delante que el Ulises no es una hoja parroquial precisamente, pero, comparadas, las cartas harían sonrojar a más de uno de aquellos paladines de la lubricidad convocados por el Divino Marqués de Sade a sus 120 jornadas de Sodoma, eso sí, ciento veinticinco años antes.

En fin, a sabiendas de que me dejo, seguro, decenas de ilustres en el tintero, no queda sino justificar que nadie es perfecto. Ni siquiera Cervantes, prócer de las letras patrias, el cuarto centenario de cuya muerte se celebra este 2016 con el estruendo institucional acostumbrado ―lo cual me reafirma en la creencia de que, en este país ingrato y envidioso, no hay mayor mérito que quitarse de en medio―, quien ideó el universalísimo Quijote durante su estancia en prisión por apropiación indebida en el desempeño de su cargo como recaudador de impuestos. Como se ve, nuestro Príncipe de los Ingenios fue moderno incluso en la comisión del delito. La de epígonos, y no literarios, que le salen cada día por estos predios. Un ejemplo, vaya. Aunque, a diferencia de sus Novelas, y valga la redundancia, nada ejemplar.

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