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6 min
Imposible perdonarte
Terror |
23.12.15
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Sinopsis

ADVERTENCIA: Un relato violento, sádico y de esos que te deja mal sabor de boca con el estómago revuelto. El terror explícito nos gusta a algunos, a los que no les gusta NO LO LEAN. Que mejor que un poco de violencia para esta hermosa navidad. Un abrazo (enterrándote las garras por la espalda).

                                                                Imposible perdonarte

 

Papá atrapó al sospechoso del rapto de su hija. Se metió por una ventana abierta, lo encontró viendo pornografía infantil, lo amenazó con un palo de hockey y al no entregarle a la niña le apagó las luces con un golpe en la cabeza.
El sospechoso despertó muy lejos de casa, atado a una silla y con la boca tapada. Papá le enseñó una aguja y se la acercó al ojo, el cautivo trató de gritar.

-Te voy a hacer unas preguntas y por cada mentira te voy a picar, ¿entendiste? -Explicó papá acomodando los demás instrumentos en la mesa. Le quito la cinta de la boca y preparó la aguja.

-Por favor, te lo ruego; no sé dónde está tu hija… -Suplicó el preso cuando papá lo cayó de tres puñetazos en la nariz.

-Responde las preguntas, nada más. ¿Alguna vez has lastimado a un niño? -Preguntó papá sobándose la mano y le rasguñó la mejilla con la aguja.

-Sí… -Confesó el hombre asustado.

-¿Cuál te excita más? -Papá le mostró la foto de una mujer en traje de baño y la de una niña jugando.

-La… la niña. -Tuvo que contestar el confundido individuo para que no golpeara nuevamente.

-Bien, ya nos estamos entendiendo. ¿Cuándo fue la última vez que tocaste a un niño?

-Hace seis años, te lo juro. Me metieron a la cárcel y desde entonces… -Explicaba ilusionado de hacerlo entrar en razón y papá le enterró la aguja entre la uña y el dedo pulgar. Se sacudió y para callar los gritos le metió un trapo a la boca.

-Te dejan libre y en menos de dos semanas desaparece mi hija. ¿La has visto? -Papá le acercó a la cara una foto de la niña en cuestión.

-¡No! -Aseguró el presunto culpable.

Papá tomó el cuchillo de carnicero y le cortó el pulgar. Le puso el trapo en la boca, calentó el sartén y cuando estaba en su punto lo puso en la herida para cerrarla y para provocarle más dolor.

-Eres nuestro vecino, nosotros sí te vimos cuando te mudaste y cuando salías por las mañanas. -Papá eligió las pinzas y le quitó el trapo.

-Sí, sí la he visto pero sin morbo. ¿Me dejas decirte una cosa? -Preguntó con timidez.

-Sí, dime.

-Me dieron terapia tres veces por semana y me dejaron salir antes por buena conducta. Aprendí que mi enfermedad no se cura pero si se puede controlar. Me he mantenido en línea estas dos semanas; no voy al parque ni a las escuelas. Solo regresé a esta casa para venderla, me voy a ir en cuanto la venda. Tienes que creerme, no tengo a tu hija.

-¿Nunca te acercaste a ella? ¿Nunca le hablaste? -Preguntó papá preparando un instrumento para mantenerle la boca abierta.

-No, jamás me acerqué a ella ni le hable; te lo juro.

Le metió el aparato, lo abrió hasta la máxima extensión, tomó las pinzas y le sacó una muela. Le mostró una foto de él dándole una pelota a la niña.

-Esta foto me la dio la madre de Carlitos, ¿te acuerdas de él? -Preguntó papá sacando unos clavos. -Te ha estado vigilando día y noche desde que regresaste.

-Carlos Cervantes, le robé su inocencia hace siete años. -Aceptó el culpable con lágrimas de dolor y miedo.

-Te encerraron por él, solo por uno. ¿Cuántos otros niños hubo? ¿Cuándo empezaste?

-No recuerdo con exactitud. Empecé en mi adolescencia y hubo muchos, entre veinte y treinta. El último fue Carlos, tienes que creerme.

Papá le anestesió la cara rompiéndole la computadora portátil en la frente.

-¡Y las fotos de mi hija que encontré en esta computadora! ¡También encontré ropa de ella y de otros niños en tu closet! -Le gritó levantándole la cara de los cabellos.

Dejó salir al demonio que tenía dentro y le sacó cuatro dientes con las pinzas. En los nuevos espacios le hundió cuatro clavos. Salió a tomar aire y le dio un trago a la botella de tequila. Al regresar le arrancó trozos de cabello con las pinzas removiendo también un poco de piel del cráneo. Lo roció con gasolina y le prendió fuego. Se apuró a llenar una cubeta con agua y lo apagó porque se le había pasado la mano.

-No tengo a tu hija, revisa mi escondite; el sótano de la casa de mi madre. -Aseguró el moribundo con dificultad para expresarse.

-Vas a morir, no puedo dejarte libre después de todo lo que te hice. Lo que si puedes evitar es más dolor. Dime dónde está mi hija y morirás rápido. -Le dio tiempo para responder.

-Las fotos que tomé me mantienen bajo control, igual que la ropa que robé. Con eso ya no tengo necesidad de hacer nada más. Robé la ropa, pero no robé a tu hija. La foto de tu niña en mi jardín fue culpa de ella, se le fue la pelota a mi casa; yo no la busqué.

Papá perdió la paciencia y le hizo pequeños cortes en todo el cuerpo con la hoja de un rastrillo. Sabía que si no encontraba a su hija pronto solo encontraría su cadáver. Ya no quería escucharlo, solo lastimarlo. Le cortó la lengua con las tijeras de jardinero, le bajó los pantalones y le cortó su hombría, y terminó por sacarle un ojo con una cuchara. Antes de sacarle el otro sonó su celular y salió a contestar.

-Soy el detective Mancera, por favor no cuelgue. Lamentó mucho la manera en que terminó nuestra última conversación. Retiro lo dicho, no levantaré cargos por haberme golpeado; entiendo su impotencia. Le dije que podía confiar en mí, acabo de arrestar a los secuestradores de su hija y me da mucha alegría informarle que la niña está intacta. No le pusieron un dedo encima, no tiene de que preocuparse.

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Mexicano viviendo en Japón, gozando de mis dulces 16 (por segunda vez), godin deprimido, rapero frustrado, comediante serio, escritor (bastante malo [maligno, no mediocre]{creo}) y organizador del Torneo de Escritores (tengo otro perfil: torneoescritores@gmail.com)

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