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6 min
IN CRESCENDO
Varios |
10.04.20
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Sinopsis

Mucho tiempo sin pasar por aquí. Escribo poco en prosa. Mis enemigos (y algunos de mis amigos) opinan que eso es bueno para el castellano y para la narrativa: no entiendo muy bien a qué se refieren. De todas formas ahí les dejo un relato en el que salta a la vista lo fácil que es encontrar la solución de un problema que parecía insoluble, siempre y cuando se preste la debida atención.

      Debía suceder un día u otro. Era inevitable. Siempre te gustó la vista desde el veinteavo piso. Mira a esos cabrones atajo de ratas correteando laberintos: de lunes a jueves la nariz sumergida en expedientes y pedidos, facturas e informes, corbata limpia y cronómetro. Los viernes oteando el espejo que les devuelve tragos y polvitos ocultos, canas al aire, bailecitos chaca-chaca, ron en la barra, el baño a la derecha vomite y no se vaya.  Lástima me dan los pobres chinches ceñidos al hueso y hasta la médula. Y ésta jodida mierda (gracias por el traguito y por oírme el puto rollo) venía pasando desde que hicimos las maletas y nos mudamos al largo edificio gris con aires de rascacielos neoyorkino mi punta llega al cielo sin paradas en la vía (y por las dudas con escalera de incendio en caracol. Los poetas sucios que bajen rodando) ok, sigo la historia y no me pierdo: fue como un violento carrusel de guiños y sonrisas, de copas y frases lapidarias, obligado preámbulo para antes de la cena y en pleno uso del cigarrillo post-coito. Nunca supe bien lo que en realidad le atraía de esa impúdica contemplación viciosa, suerte de mínimo voyeurismo que solo pretendía la minuciosa observación de pequeñas figuritas imposibles de fijar en la memoria. Algo tendría que ver su doctorado en matemática pura, o tal vez los seis meses que estuvo recluida en un psiquiátrico del puerto. No lo sé, pero en alguna que otra ocasión hice vanos esfuerzos por averiguarlo. Recuerdo que le pregunté a su hermano por el posible origen de tan ridícula e inútil afición: Deja a la Silvia quieta. No te metas de cabeza en semejante vaina. A la chica le gustan las cornisas, las vidrieras, las ventanas, los helicópteros, ¿y qué?...nadie es perfecto. Vaya mierda de contestación me dio el cuñado. A pesar de mis interrogatorios sin tregua (incluso remití una carta a Boston esperando que su madre pudiera aclararme la situación, utilizando para ello el recurso de la foto adjunta: su hija, con medio cuerpo colgando por fuera de la ventana y casi cayendo el culo en pompa. Jamás obtuve respuesta. Ni siquiera una palabra, ni un punto, ni un guión: nada, silencio absoluto, espacio en blanco, siguiente línea) por lo que decidí cerrar el pico y no poner objeciones a su conducta, al menos hasta conocer la experta opinión de dos reconocidos psicoanalistas freudianos, a quienes expuse el caso por separado y honorarios mediante. El primero de ellos me quiso endilgar esa conocida peripecia del lenguaje, que consiste en calificar de alma libre a cuanto loco de carretera se atraviese en la ruta. El segundo fue de una crueldad tajante en su aseveración: fenobarbital, no hay remedio, está como una cabra. Cobraron y se perdieron, me sacaron el cuerpo, me dejaron sólo para decidir su suerte y la mía: o bien vestirme de Fauno y tocarle la flauta a una Náyade loca, o bien tenerla sedada con cara de boba lengua fuera todo el día. Lo cierto es que la dolorosa elección me acorralaba con más y más fuerza, en la medida que el ángulo de inclinación hacia más factible su entrada de cabeza al lovy, sobre todo desde que descubrió las ventajas inherentes al uso de la escalera de tres peldaños, abandonada por el inquilino anterior en el armario de nuestro cuarto, que potenciaba en alto grado el amplio espectro de maromas gestuales y la cada vez más lógica cercanía espacial de sus gritos, siempre dispuesta como estaba a fustigar con insultos a cuanto enanito atrevido osara pasar por la calzada o cruzar la calle. Cualquier otro en mi caso hubiera optado por apelar a su historia clínica: hospital, ambulancia, traslado, rejas, horario de visita, ya vengo mi amor te lo prometo.  Decidido a no someterme al manido expediente de la camisa de fuerza y el té con pasas de las cinco en punto, subí al bus que todas las tardes me retornaba a casa una vez cumplidas mis ocho horas de jornada laboral. Después de treinta minutos desperdiciados en la contemplación inane del paisaje que iba dejando atrás, supuse que lo indicado, ante lo insoluble del caso, era seguir adelante en pose de abnegado marido, siempre dispuesto a soportar los más arduos sacrificios que su condición le impusiera. Llegué a nuestro edificio después de caminar la media cuadra que lo separaba del terminal. Subí confiado, casi feliz, como si al derribar un muro de dudas hubiera encontrado el puerto donde podía recalar en calma: la entrega total a cualquier precio. Metí la llave en la cerradura, le di vuelta, y abrí la puerta con una gran sonrisa de payaso circense. Apenas había terminado de cerrarla tras de mí, cuando la vi correr a mi encuentro desnudita y risueña. Se prendió de mi brazo y me jaloneó hasta llevarme por fin a la ventana, indicándome por señas que el espectáculo de hoy era en particular conmovedor, trágico, sónico, ético, y sin lugar a dudas estúpido. Desde siempre me asombró su singular y oblicua tragedia gestual, indispensable para la emisión de los espaciados babeos, muecas grotescas, y disonancias rituales que daban forma a su multifacético lenguaje: se había ido quedando sin palabras poco a poco. Llegados al mítico lugar de su predilección se subió al tercer tramo de la escalera, se dobló por la mitad y comenzó a bracear estilo 100mts mariposa sin relevo. Confieso que sus nalgas en mi cara desviaron por un momento la ya efímera atención que le prestaba a esos arranques de inaudita frecuencia. Puse una mano en cada una de ellas y sentí la carne dura y tibia. Escuche un poco de su verborrea intraducible antes de dar con la solución que hasta entonces me había hecho burla. Seguro de haberla enviado en la dirección correcta encendí un cigarrillo y me aparté de la ventana vacía. Era incluso demasiado simple: solo esperaba un empujoncito para salir volando.   

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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