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5 min
In Situ (II).
Varios |
05.01.14
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Sinopsis

<<El fracaso es una gran oportunidad para empezar otra vez con más inteligencia>>

Llevaba todo el verano intentando hacerse la idea de que era hora de “volar del nido”, aún así, no pudo evitar echar un vistazo atrás antes de cerrar la puerta del coche.  Sentado en la parte trasera, acompañado de su hermano, el viaje hasta la estación se hizo interminable, un silencio que mezclaba pena y felicidad reinaba en el ambiente. Los veinte minutos de trayecto parecieron una eternidad.

A la llegada, el tren ya estaba en el andén,  la salida estaba prevista para las 16:10, apenas faltaban diez minutos. Apresurados bajaron las maletas, tan numerosas que cuando Neo intento abarcarlas todas, incluso con su altura, apenas sobresalía un poco de su media melena castaña.

Conforme se acercaban al vagón que le habia tocado a Neo en su billete, las lágrimas empezaban a aflorar en el rostro de su madre, algo normal en una persona tan protectora y afectuosa como era ella con sus hijos.

Sonó por megafonía el aviso, era hora de partir. Con sendos abrazos a sus padres y una media sonrisa hacía su hermano se despidió y con algunas dificultades, debido a la cantidad de equipaje que llevaba, se montó en el sexto vagón de ese viejo tren que parecía llevar muchos viajes a sus espaldas.

El tren estaba lleno, mucha gente debía regresar de sus vacaciones, por lo que a Neo le llevó unos minutos llegar hasta su plaza y acomodarse. Su asiento, junto a la ventanilla como él quería, se veía acompañado por una mujer de mediana edad, con la que no intercambio palabra alguna en las aproximadas cinco horas de viaje que separaban su pequeño pueblo de la capital. Pronto el traqueteo y la música que escuchaba a través de sus cascos, hicieron que el sueño lo atrapara profundamente, este solo despertó cuando el personal del abordo avisó de la llegada a su destino. Solo acertó a esbozar una sonrisa de entusiasmo antes de salir apresurado de aquel ruinoso tren.

Era la primera vez que iba a la ciudad, ahora mismo se sentía la persona más pequeña dentro de aquella enorme estación abarrotada de gente. Tras una breve parada para ir al baño y beber un poco de agua, mapa en mano emprendió camino hasta la que sería su casa durante al menos  cuatro años, una bonita residencia masculina, cercana a la universidad. Cuando salió a superficie, la inmensidad de todo lo que vio en un breve vistazo,  le asombró en gran manera.  A pesar de todo lo que había estudiado y visto por Internet, nada era comparable a la sensación de sentirse  como un pequeño punto dentro de la gran urbe.

Tocaba emprender camino, su reloj marcaba ya las 22:20, y a pesar de la energía propia de estar ante algo nuevo, el cansancio del largo viaje y las ganas de darse una buena ducha primaban en su mente. Según marcaba en su mapa, fielmente elaborado por su padre, desde la estación debía buscar la parada de metro más cercana y desde allí coger dicho transporte, que en unas cuatro paradas lo dejaría a escasos cinco minutos de la residencia.

Le costó centrarse debido a las miles de nuevas distracciones que lo rodeaban, pero pronto dio con su acometido. Tras coger por primera vez, con ayuda de una pareja muy simpática, el metro, se veía ahora a escasos metros de su destino, la Residencia Cobalto. Las fuerzas, bastante mermadas, solo le dieron para recorrer los últimos metros antes de llegar a la recepción, y caer extenuado en un pequeño sofá de piel negra, donde esperaría pacientemente al supervisor de este su nuevo hogar.

Tras más de quince minutos de espera, por la puerta del salón principal, salió un hombre bajito, regordete, de unos cincuenta años, con traje impoluto y fino bigote perfectamente recortado y peinado. La primera impresión fue impactante, pero pronto, la sonrisa y la mano tendida del supervisor le aportó a Neo la confianza suficiente para saber que se sentiría como en casa. Tras las presentaciones y las preguntas de rigor acerca del viaje, Octavio, que así se llamaba el supervisor, entregó las llaves de su habitación a Neo, que sin más dilación se dirigió hasta ella. Eran ya pasadas las 23:00, cuando Neo llegó a la habitación que le había sido asignada, la 155, que ahora mismo se encontraba vacía, como casi la totalidad de la residencia.

Los parpados le pesaban, y tras una breve pero reconfortante ducha y una escasa cena compuesta por un pequeño bocadillo que le había preparado su madre para el viaje, decidió irse a dormir. Mañana será otro día, debió pensar antes de girar su cabeza contra la almohada.

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Cosecha del 94´. Estudiante de Historia en la UM. Recuerdo escribir desde que tengo uso de memoria.

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