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6 min
INCIDENTE
Varios |
17.08.18
  • 4
  • 11
  • 2036
Sinopsis

     INCIDENTE

Ella lo vio venir de lejos por el camino de tierra colorada, levantando polvo con su moto pesada y lenta. Llegó cerca de la portera y gritó algo que la mujer no entendió. Le hizo señal que entrara, que llegara más cerca, al final, de la portera hasta la casa habían más de cien metros. La mujer caminó hasta él, sin alejarse mucho de la casa, siempre precavida, siempre pronta para defenderse. Pasaba casi toda la semana con su hijo pequeño, mientras su marido trabajaba en una estancia. Eso la dejaba siempre en estado de alerta, principalmente cuando sucedía algo que salía de la rutina.

El hombre quería un poco de agua e informaciones, ya que estaba perdido en la inmensidad de campos y más campos. Ella lo hizo esperar a una distancia prudente de la casa. Volvió con una jarra y un vaso. Él bebió con exagerada prisa, dejando caer un chorro que mojó su barba por hacer y corrió hasta su pecho peludo, que aparecía un poco  ya que su camisa estaba entreabierta. La joven mujer le indicó como salir de aquel camino y encontrar su rumbo. El viajero se despidió con una sonrisa blanca y perfecta, agradeciendo la gentileza. Se dirigió hasta la portera, se detuvo y volvió. ¿Ella no tendría algo para él comer? Tenía dinero y podría pagar, sin problemas.

La mujer dudó un instante. Finalmente respondió que sí, que esperara un poco. Volvió con una silla y con un plato con carne asada, aunque fría, y pan. Le dijo que podría comer debajo de los paraísos, que estaban a algunos metros de la casa. Volvió a la casa y, por una de las ventanas, lo vigiló discretamente, observándolo mientras comía. Trató de adivinar la edad, pero no era muy buena en esas cosas de edades. Siempre se equivocaba para más o para menos. Era un hombre fuerte y parecía decidido. Un hombre interesante como lo eran muchos de la ciudad.

Él comió sin prisa, con la mirada perdida en el horizonte, mirando de vez en cuando para la casa, perdida entre tanto campo verde y tanta soledad. Cuando terminó, se levantó y caminó decidido hasta la casa. La mujer salió inmediatamente y lo atajó antes de que llegara cerca de la puerta.

- ¿Cuánto le debo, señorita?

- Señora – respondió ella-. Y no me debe nada. Siga su viaje en paz.

- Me gustaría pagar…

- No, no debe nada.

- Muchas gracias, usted es muy gentil. ¿Puedo decirle algo sin ofenderla?

- Depende – respondió la mujer, colocándose en una posición francamente defensiva.

- Usted es una mujer muy hermosa. ¿Cómo se llama?

- Elisa. Ahora debe seguir su camino. Mi marido está por llegar y no le gusta que converse con extraños. Es muy nervioso y celoso. No me parece correcto que lo encuentre aquí.

- ¿Será?- sonrió él y le extendió la mano -. Gracias por todo, Elisa.

Ella le dio la mano y se arrepintió inmediatamente. El contacto le produjo una electricidad desconocida en la piel.

Lo vio alejarse, subir en la moto y partir. Se quedó mirándolo mientras se alejaba. Lo vio perderse en el horizonte, después de la suave colina.

Pasó la tarde entera con una ansiedad inexplicable subiendo y bajando por su pecho. Algo no estaba bien. Estaba perturbada. El visitante, de alguna manera, la había dejando intranquila, nerviosa. Era como si hubiera tocado en algún resorte escondido dentro de su sensibilidad, algo desconocido que le provocaba sensaciones desencontradas, emociones contradictorias, cosas que raramente la afligían.

Al atardecer ya había concluido sus tareas diarias. El niño ya estaba alimentado y pronto para dormir. Ella aprovechó para bañarse. Mientras lo hacía, la figura del desconocido se hizo presente. Trató de alejarlo de su pensamiento, pero la imagen del hombre bebiendo agua y el recuerdo del toque de su mano la perturbaron todavía más. Enjabonándose pensó en las manos del hombre. Eran manos delicadas, no castigadas por el trabajo duro y brutal del campo, manos suaves, diferentes, manos que deslizaban por su cuerpo y le proporcionaban caricias inéditas, toques que ella nunca había sentido, llegando a su más profunda intimidad. Sin querer, el gozo se adueñó de su cuerpo, arrancando gemidos de su boca entreabierta. Se recostó contra los azulejos fríos y se recuperó lentamente de aquel momento de placer inesperado. El llanto del niño, llamándola, la devolvió a la realidad.

La noche cayó sobre el campo. Era hora de dormir. Pero, ella no conciliaba el sueño. No encontraba la posición correcta para dejarse llevar noche adentro. De pronto se sobresaltó. Escuchó muy a lo lejos el ruido de un motor. Era una moto. Casi nadie pasaba por aquel camino durante la noche. Su marido, que también tenía una moto, debía regresar dos días después. Entonces, no era él. Todos los vecinos que vivían más adelante, ella siempre los veía pasar, ya estaban en sus casas. Un pensamiento inquietante la asaltó: el joven de la moto. Sólo podría ser él. Por algún motivo estaba volviendo. Saltó de la cama y se asomó a una de las ventanas. Vio como la luz vacilante del vehículo vencía la distancia y se acercaba a la portera. Corrió hasta el ropero: allí guardaba la escopeta. Revisó para ver si estaba todo en orden y fue hasta la puerta de entrada. Sus sentidos le informaron que el visitante nocturno ya había pasado la portera y se acercaba. Le extrañó que los perros no ladraran, pero se concentró en la puerta. Alguien estaba forcejeando para entrar. No hesitó. Apretó el gatillo y sintió el estampido. Vio como la bala atravesaba la puerta que no era tan gruesa. Escuchó un gemido y, enseguida, el llanto asustado de su hijo. Abrió la puerta de golpe, con el arma aún en una mano. Un grito desesperado creció de su garganta: era su marido.

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