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26.09.18
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Sinopsis

Hay veces que no nos damos cuenta que vivimos en un espejismo. La realidad siempre supera a la ficción.

Aquí estoy, sentado en ese escalón que marcó el comienzo de una etapa inolvidable de mi vida. Todavía escucho a mi madre chillando desde la cocina de casa al llegar más de dos horas tarde a cenar. Eran otros tiempos, esos en los que todos nos reuníamos en torno a un banco del parque para comentar la última peli de terror o el fichaje estrella del equipo de turno.

No olvido esas primeras palabras que me dijiste tras alzarme hasta el cielo con tu primer beso: “Si me pilla mi padre me mata”. No supe intuir que estas palabras eran un aviso de lo que ocurriría en un futuro no tan próximo. 

Siempre fui un chico sincero, nunca me consideré demasiado inteligente pero no me costaba demasiado aprobar las asignaturas del instituto. Tú, en cambio, siempre fuiste la chica brillante que destacaba por encima de la media, una digna sucesora del notario del pueblo. 

Por mucho que me dijeras que tu padre me apreciaba, todos sabíamos que no veía con buenos ojos que su hijita del alma saliera con un cazurro sin futuro. Todavía recuerdo el día que me vio con el uniforme de la fábrica, si las miradas pudieran matar me habría destrozado en ese mismo momento.

Nunca supo decirle que no a su niña, así que tragó con su yerno durante muchos años. Cuando le dijiste que te ibas a la ciudad a estudiar se le iluminó la cara, pensaba que poner kilómetros de distancia entre nosotros serviría para enfriar nuestra relación, no obstante pasó todo lo contrario y nos unió incluso más.

Seis años de esfuerzos en los que siempre estuve ahí, eternas épocas en la biblioteca que te impedían tener tiempo libre o esos ataques de ansiedad que sufrías cuando se acumulaban los exámenes en pocos días. Unos años en los que conseguí ascender en la fábrica hasta cobrar un sueldo digno hasta que la crisis económica estalló.

Trabajos basura por doquier mientras ella se encerraba en la biblioteca en busca de esa plaza de funcionaria que tenía predestinada desde su nacimiento. Cuatro años de rutina para conseguir ese puesto de trabajo que tanto ansiaba, cuatro años en los que sólo nos veíamos fines de semana y fiestas de guardar.

Ves las señales, pero no quieres identificarlas. No quieres creer lo que todo el mundo te quiere decir desde hace meses. En un principio te culpas a ti mismo por no ser lo suficientemente buenos para ella, ¿cómo coño pretendes estar con una profesional de esa categoría si estas en el paro y sólo aspiras a un curro de seis meses?

Un amigo se acerca con un litro de cerveza en la mano y me golpea en el hombro con familiaridad.

— Ya te estás martirizando otra vez, macho parece masoca. Saca un mechero de su bolsillo y con un movimiento rápido quita la chapa del litro, le da un trago y me lo pasa.

— No puedo dejar de pensar en ella tío, no creía que fuera capaz de hacerme eso. Le contesto antes de dar un largo trago.

— Macho es que siempre has sido un inocente ¿de verdad creías que la hija del notario se casaría contigo? Saca de su bolsillo un paquete de tabaco, en su interior esconde dos chinas de hachís. 

— Estábamos enamorados.

Con destreza mi amigo comienza a quemar el hachís, saca un cigarro y lo deshace para mezclarlo todo. Después lo introduce en un papelito de arroz con una boquilla de cartón, siempre dice que así le entra mejor.

— Estábamos enamorados, estábamos enamorados, tú eres tonto. Me dicen antes de encenderse el porro.

— No te rías joder, que lo estoy pasando fatal.

— Déjate de gilipolleces tío, la tipa se largó con un médico, que es un tío acorde a su estamento social.

— Ya estás con tus mierdas comunistas. Le comento antes de cambiarle el litro por el porro.

— No he sido yo el que ha dejado a un currito por un médico con una nómina de más de cuatro mil euros al mes. Me contesta con sorna.

Mi primera calada a esta estaca de la felicidad provoca que mi cerebro se aletargue, pero a la vez me permite ser mucho más lúcido. Puedo comprobar que mi supuesta pareja me había abandonado, me había cambiado por un tipo que vestía mejor y había sido educado para ser parte de la élite social.

— Creo que tienes razón y es hora de pasar página. 

— Trae ese porro que te lo estás pinchando entero anda, que desde que te dejó la pijita de tu novia te estiras menos… 

— No me seas cabrón, que ayer pagué yo los litros. Le contesto.

Tras dos largos tragos de cerveza, saca su teléfono móvil para mirar la hora y da un pequeño sobresalto.

— ¿Qué pasa? Le digo

— No me había dado cuenta de la hora que era, que yo había quedado hoy con la hija de la panadera.

— ¿Esa no estaba divorciada o algo así? Le comento mientras le pido el litro.

— Desde hace año y medio que está divorciada, es el momento de atacar para ver si puedo echar una canita al aire.

— Eres un puto buitre, siempre esperando para aprovechar las situaciones. Digo antes de terminar de un trago el litro.

— Ya aprenderás amigo, ya aprenderás. Apaga la chusta en el suelo y se marcha sonriendo.

Es un cabronazo, pero es mi amigo y nunca me ha fallado. En el fondo tiene razón, lo vivido con mi ex ha sido todo un espejismo. Los pobres siempre vivimos de ilusión, pero por mucho que queramos nunca podremos llegar a conseguir a alguien como ella. Por lo menos su padre estará contento, por fin ha conseguido al yerno que tanto deseaba.

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