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4 min
Inferno
Reales |
28.05.21
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Sinopsis

Pequeños tropiezos en el infierno.

Llegué de tierras hiperbóreas cargado de vida. El deseo de experiencia me inundaba. No importaba el dolor o el placer, solo el hecho de experimentar una amplia gama de sensaciones. Allí un celibato con cadenas de miedo , un celibato en cárceles de carne , alcohol y sexo. La racionalidad me mantenía atado a objetivos mundanos.

Olvidé aquellas noches sevillanas en que, con los ojos cerrados y muerto de miedo, me tumbaba en la autovía con una amante hasta que pasara el primer coche pitando y maldiciéndonos como hecho potenciador del deseo y placebo afrodisíaco. Aquellos días granadinos en que robamos sillas de locales delante de los vigilantes para luego travestirnos en dragqueens con el pecho descubierto como estrategia para seducir a dos pitonisas que prometían introducirnos en sus misterios. Aquellos viajes a tierras lusas con extranjeras viviendo por unos días un sueño. Aquellas noches durmiendo en cuevas desde donde se oía el mar rompiendo, en costas sureñas y a la mañana jugábamos desnudos con italianas en la arena. Y también aquellas noches absurdas de juerga madrileña en que orinamos en los orificios de la mesa de un billar, cuyo propietario poseía también la llave que abría todas las cadenas que aprisionaban a una diosa desempeñando el papel de camarera. En fin, aquellas innumerables aventuras que la inconsciencia y la juventud a veces brindan. Aquellas aventuras en las que, a veces, nuestro cuerpo salía perjudicado pero que robustecían nuestro espíritu.

Lo prohibido siempre fue amigo de la libido. De esas tierras de ultramar vine cargando nombres de aquellas que invitaron a la lascivia en lenguas extranjeras. Pude encontrar allí pequeñas variaciones en el infierno de lo idéntico. Pequeños oasis circulares con pequeños abrevaderos concéntricos. Y el misterio de la vida, el Wakan, el Orenda, lo sagrado, lo ancestral, lo numinoso, corría por mis venas. Mi vida onírica volcaba en sueños mis verdaderos deseos. Mi cuerpo daba buena cuenta de ello toda mañana. Y , haciendo una excepción, sin obviar el deseo matinal , el incómodo deseo no satisfecho, me arrojé a la vida al llegar a tierra adentro. A mi tierra natal.

Llegué y mi energía vital, la energía acumulada en mi cuerpo , parecía hacer de mi un ser que tenía cierta luz. Cierto brillo salvaje e indómito. Todos los preconceptos que la civilización había inoculado en mi para hacerme más dócil y manejable, habían desaparecido. O eso pensaba yo. Tierra adentro hay sierpes humanas con lengua bífida, dotadas de tal poder de encandilamiento, con tal poder de seducción, con un veneno tan potente, que solo con un lengüetazo cargado de mentira pueden convertirle fácilmente a uno en esclavo de los instintos más básicos. Obnubilado por tal ofidíca seducción , tras breves y sanos escarceos amorosos , caí preso en una cárcel carnal. Un infierno.

El peor infierno es el mental. La cárcel que uno mismo se construye en sus adentros. Y bajo el influjo de un insano deseo, las cábalas mentales pueden conducir fácilmente a uno a espinosos y lacerantes laberintos de los que es muy difícil escapar.

A aquel infierno, yo lo llegué a llamar "amor". Escapé de él con psicofármacos y he tenido la buena fortuna de no volver a caer en uno igual.

He sabido , por conocidos, que almas masoquistas disfrutan ese infierno. Lo disfrutan por años. Y nunca desean escapar. Almas en pena. Nos rodean. En tierras hiperbóreas . En ultramar. Y en este pedazo de terruño que llamo hogar.

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  • Desafortunadamente para muchos escritores y lectores en esta página estáis a otro nivel literario, más profundo y filosófico, pero cada uno con su esencia y estilo propio hace lo que puede publicando lo que le dicta su creatividad o su necesidad. En éste mundo de locos todo vale pero solemos quedarnos con lo que nos reconforta, nuestra capacidad para aceptarnos y relacionarnos no siempre responde a las expectativas. Un saludo bú.
    Hola amigo Stavros. Primero de todo darte gracias de nuevo por tu comentario. Sobretodo por tu comentario , que siempre enriquece el texto. Tus comentarios muchas veces son como relatos dentro de relatos. Metarrelatos se podía llamar. Y si, tienes razón, da pena ver en qué se ha convertido TR. Una pena. Esta página antes tenía su utilidad y las valoraciones servían para algo. Ya no. Recuerdo cuando comencé a escribir aquí hace 15 años con otro perfil que aún está activo, por cierto. Recibías una crítica constructiva con su correspondiente valoración (2 ó 3 estrellitas) y le dabas valor a eso. Y te servía . Y lo agradecias. Yo me emocionaba cuando alguien que escribía mejor que yo me corregía y me daba consejos. Y antes aquí estas cosas se hacían. Lo de menos (al menos para mí) eran las estrellitas. Lo importante era otra cosa: mejorar como escritor y nutrirse de ideas fructíferas. Al menos yo lo veía así. Mucho clientelismo literario y mucho traje del emperador visten los usuarios de esta página. Van desnudos y lo ignoran. Antes aquí yo veía un nivel literario infinitamente superior al de ahora. Los buenos escritores han huido de aquí. TR ya no sirve a fines nobles. Una pena. Asique yo aún valoro cuando alguien se toma la molestia de lewñer mi texto y comentarlo . Por ello tus comentarios son siempre bienvenidos y para nada me parecen aburridos. Un abrazo.
    Hola amigo bú: aunque ya te dije que detesto los "apocados" comentarios tipo: "me gustó", "es muy bueno", "eres genial", y otros por el estilo, que creo que no aportan nada al esfuerzo creativo de los textos, (así como ignorar algo de lo mejor que corre por aquí. Ya sabes que TR es como una Eurovisión vengativa: “Si tú no me votas, no cuentes con mi voto”) tampoco voy a volver a calentarte la sesera con mis "elucubraciones comentaristas" con las que imagino te habré aburrido hasta la saciedad. No obstante, no quiero pasar de largo y enchufarte las "dichosas y detestables estrellitas de TR" y sanseacabó. Pero acabo, después de haberte leído con gran satisfacción, con este pequeño epígrafe: "Instruir y apasionar" Y así no vuelvo a endilgarte un nuevo latazo. Un abrazo-Stavros
  • Nunca sabemos el momento que ocurre el extraño suceso de comenzar a vivir.

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