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4 min
Inmune
Varios |
28.01.08
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Sinopsis

Fue el lunes de hace ya tres semanas cuando mi hermana de diez años comenzó a dejar de serlo. Gritaba totalmente ida. Eran las ocho de la mañana. Asomé la cabeza a su habitación y nada más verme alargó los brazos hacia mí desde su cama, mientras mis padres la sujetaban. Antes, cuando levantaba la voz, se sonrojaba y se tapaba la boca con las dos manos. Ese día, mientras cerraba la puerta de casa para irme a la universidad, la oí amenazarme de muerte. El día anterior había tirado por la ventana a un crío de su clase, desde el tercer piso, donde están las clases de primaria. El crio sigue en coma.

Ese mismo lunes de hace tres semanas tenía un examen que suspendí. Luego, la chica de la que he estado colado sin remedio me rechazó soltando el tópico >; tardé dos años en reunir el valor para hablarle con sinceridad. Me dieron ganas de matar a todos los que me aconsejaban que dijera lo que sentía. La gente siempre está dispuesta a darte el último empujoncito para ver cómo acabas; no te dejan vivir resignado o utópicamente ilusionado si te da la gana. Cual fue mi sorpresa, que al día siguiente me dijo que estaba arrepentida, que no quería ser tan seca. Así es, rechazado dos veces para que ella pudiera quedar bien a la segunda. La gente siempre tan humilde y preocupada por ti. Lo de colarse por alguien muchas veces puede ir en contra del sentido común. Quien sea te puede putear o hasta reírse de ti, y esa persona sigue siendo lo primero en lo que piensas por la mañana. Es como comer mierda pensando que es chocolate. Hay quien posee cierto magnetismo que le hace tener inmunidad al desprecio de los demás. Es cierto que a veces es la chica guapa, o el tipo carismático, pero muchas otras veces no. Si la persona deseada es muy atractiva o tiene dinero, no cuenta. Si la persona deseada es del montón, entonces el amor es ciego. Así que, de una forma u otra, todos salimos perdiendo. O es interés o es estupidez pasajera. Entonces te lo piensas. Decides si quieres ser liberal y preocuparte sólo por la parte sexual del asunto, o si quieres amor; sin pensar que fácilmente puede ser mierda en lugar de chocolate.

Durante la segunda semana de gritos en casa, era martes y no podía concentrarme con la Filosofía. Más exámenes. No me asomaba a la habitación de mi hermana. Mordió a mi madre en el brazo, y mi padre creyó conveniente ir a urgencias para vacunarla contra la rabia. A mi hermana esas vacunas no le habían servido para nada. Los psicólogos ya venían a casa a pares. Nuestro médico de cabecera, la primera mañana de gritos, le había mirado la garganta, dijo que era faringitis y fiebre y le regaló el palito a mi hermana. Mis padres estuvieron tres horas esperando en urgencias con ella el jueves de esa primera semana, y no la atendieron hasta que le dio un empujón al carrito de un bebé, que al final no se hizo nada. En realidad, a mis padres lo que parecía preocuparles ya de verdad, era que yo no dijera nada a nadie. Porque a esas alturas ya pensaban en los curas.

En la tercera semana, éste lunes pasado, atropellaron a Cristina. La chica del rechazo doble. Digo ahora el nombre porque ya es lo único que queda de ella. Iba de camino a la universidad y un camión la esparció por la carretera como si hubiera chocado con un bote de mermelada de metro setenta. Yo no estaba presente, pero a mediodía fui hasta la calle del accidente. Había sangre esparcida cuatro o cinco metros. Creo que fue el rencor lo que evitó que pudiera sentir algo de compasión. Seguía pensando en ella, pero
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