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14 min
Instinto
Drama |
05.06.19
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Sinopsis

Salía de casa pensando en ser mejor persona, repitiéndose una y otra vez que debía cambiar, sabía que lo que hacía estaba mal, pero también sabía lo difícil que se le hacía poder controlarse. Dentro de casa junto al amor de su esposa e hijas era uno, cruzando esa puerta era otro. Todo comenzaba en el paradero, mirando de pies a cabeza a toda niña o mujer que apareciera. Ya dentro del bus no sacaba la mirada de la elegida de la mañana sin importarle que ella estuviera incómoda y él recibiendo miradas vigilantes y arriesgándose a ser gritado, insultado, grabado o hasta golpeado. Si estaba sentado junto a alguna chica y esta se paraba para bajar del bus él hacía como si se le hubiera caído algo y se agachaba para oler el asiento donde estuvo sentada. Eso lo excitaba y se imaginaba cómo sería tener sexo con ella. A veces se ponía atrás de alguna niña que creía sumisa o tímida y si veía que la niña no decía nada comenzaba a frotarse con ella, una y otra vez, hasta que ella lograba cambiarse de lugar o bajar en su paradero. Luego se sentía mal consigo mismo, lleno de remordimientos, pero en el momento no podía evitarlo. Se reconocía como un peligro y se avergonzaba de sí mismo, cuando pensaba en sus hijas se sentía un miserable, pero cuando trataba de controlarse, esos pensamientos se arremolinaban en su cabeza, perturbándolo más, ocasionándole dolor de cabeza y ansiedad, cuando en cambio se dejaba llevar en ese momento sentía placer y satisfacción.

Continuamente de regreso a casa, planeaba estrategias para tratar de cambiar, cómo saciar sus deseos, a veces mirando pornografía en la televisión, en internet, teniendo mucho sexo con su esposa, antes de dormir, en la madrugada y otra vez antes de levantarse, pero nada parecía funcionar. Cuando sus hijas eran más pequeñas también habían sido parte de sus desviadas intenciones, una vez las tocó inapropiadamente y hasta el día de hoy no se lo perdona. Esa vez intentó suicidarse tomando una gran cantidad de pastillas para dormir que lo tuvieron internado en un hospital por cuatro días y luego tuvo que llevar terapia psicológica, la misma que abandonó a los dos meses.

Y así, a la siguiente mañana repetía su rutina. Pero lo que no sabía es que en su trabajo estaba siendo observado ya que algunas trabajadoras se habían sentido intimidadas por sus constantes miradas. En el primer recorte de personal que hubo el encabezó la lista. Ya en su casa no le dijo nada a su familia, estaba pensando qué excusa dar. Con toda esa ansiedad acumulada no podía esperar a que amaneciera para salir a la caza. Pero ahora estaba sintiendo algo distinto, sentía impotencia, rabia, odio consigo mismo, pero también ganas de vengarse de la causa de sus perturbaciones, de las mujeres, de las niñas, del sexo, del deseo, no quería sentir más eso, esa necesidad imperiosa, sea obsesión, esa compulsión. Ya no quería seguir viviendo así, lo estaba limitando, no solo había causado que pierda su trabajo sino que con las referencias que  darían de él sería más complicado sino imposible que consiga uno nuevo pronto.

Así que se dijo que si tal vez hiciera realidad su más íntima, profunda y oscura fantasía, se podría librar de los deseos y órdenes de su mente enferma. Sabía que habría un antes y un después, que las cosas nunca serían iguales y que tardaría mucho si es que un día lo lograra poder mirar a los ojos a sus hijas. Pero era algo que tenía que hacer, era algo que diariamente su mente le recordaba que quería y él no complacía. Tal vez dándole gusto lo dejaría tranquilo y la acallaría o por lo menos podría controlarla y así arreglar su vida. 

En una cabina de internet, abrió Google y comenzó a escribir en el área de búsquedas, sus ojos no se despegaban de la pantalla, no parpadeó ni una vez, comenzó a observar fotografías, se acercaba y distanciaba al ritmo que estas aparecían a todo color y calidad en el monitor. Su pulso se aceleró, miró hacia los lados para comprobar que estaba solo y nadie lo observaba. Se sobó una y otra vez la entrepierna, la sintió humedecerse, se acomodó el pantalón. Siguió buscando hasta que encontró lo que parecía cumplía con sus expectativas. Comenzó a escribir entusiasmado. Tomó capturas de pantalla, las envió a su correo personal, tomó fotos con su celular, y anotó algo breve en el lado en blanco de una hoja doblada que tenía metida en su pantalón.

Sabía que tendría que tener un plan muy bien pensado, y que tendría que ser muy paciente y cuidadoso. Primero, con la liquidación que le dio la empresa donde trabajó se compró un carro de segunda a buen precio e inmediatamente después se inscribió en dos empresas de taxi por aplicativo, así taxiaría mientras encontraba otro trabajo de oficina mejor del que tenía, así le había animado su esposa. Ahora salía a primeras horas de la mañana y se dirigía directamente a la dirección anotada en el papel doblado, se quedaba estacionado a una media cuadra y comenzaba a observar y ver quien entraba o salía, tomaba apunte de las horas y de los movimientos que se daban en esa casa. Afilaba su vista para captar los máximos detalles de cada miembro de la familia y trataba de adivinar algunas características de su carácter por su vestimenta y forma de caminar. El primero en salir fue el padre, era piloto o algo así, vestía uniforme y llevaba una maleta de mano, parecía que arriba de ella había una gorra, era un hombre muy alto, corpulento y bien parecido. Lo despidieron en la puerta de la casa, la joven y bella esposa con un beso en la boca, y sus dos hermosas hijas se prendieron de sus piernas, una en cada una. Él no llegaba a escuchar lo que decían pero se lo podía imaginar. Subió a su auto aún con una sonrisa dibujada en su rostro. Se perdió de vista en el camino. Al rato llegó la movilidad del colegio de las niñas, subieron rápido después de despedirse de su mamá y se fueron. Ella se quedó sola en casa. Él siguió a la movilidad y estacionó frente al colegio de las niñas. No solo eran gemelas idénticas, sino que todos sus movimientos y gestos también lo eran. Observó esto excitado y se dio cuenta que estaba salivando. No pudo despegar sus ojos de ellas hasta que entraron por la puerta principal moviendo sus loncheras rosadas con un ritmo hipnótico, bajó del auto para leer en el letrero de la puerta el horario del colegio y regresó al auto a ensimismarse en sus pensamientos, cuando reaccionó estaba a muy poco de chocar contra el auto de adelante, había encendido el auto y ya estaba adelantando. Se dijo a sí mismo que estaba muy enfermo, nuevamente comenzó a auto flagelarse pero sus pensamientos estaban todos mezclados, sabía que estaba mal lo que hacía pero no podía sacar de su mente esas dos melenas rubias que se movían tan rítmicamente a cada paso que daban. Esos dos cuerpos tan frágiles y delgados no salían de sus pensamientos y comenzaba a fantasear con ellas en diferentes circunstancias, ninguna positiva. Trataba de pensar en sus hijas como para retractarse de lo que pensaba hacer pero esos pensamientos se diluían, ya no tenían fuerza para echar sus planes para atrás.

A los pocos días, la mamá de las niñas hizo un pedido de taxi por aplicativo, él, que estaba siempre rondando la casa, aceptó la carrera. Estuvo frente a su casa al minuto. Subieron mamá e hijas. Él muy educado bajo para abrirles la puerta y ayudarles con los paquetes que llevaban, las saludó muy cortes y sonriente. Les causó buena impresión. El auto olía a fresas, estaba impecable, tenía una linda foto de su familia sujeta con un clip al tapasol, estaban todos juntos riendo tirados en el césped, un orgulloso hombre de familia, también colgaba del espejo retrovisor un rosario y la imagen de la virgen María y un deodorizador con la forma de una gran fresa con rostro feliz. Ese detalle religioso le gustó a la joven madre, lo relacionó con buenos valores y pensó que debía de ser buena persona. Él observaba a las niñas con mucho disimulo y de manera esporádica, conteniéndose las ganas de mantener la vista fija en ellas y examinar sus facciones detalladamente. Lo que menos quería es que su madre se diera cuenta siquiera que las miraba. Se despidió de la madre muy educadamente y con una sonrisa, les deseo tengan un buen día. A los pocos días vio otra vez la solicitud de taxi, esta vez la dejó pasar, no podía ser tan obvio. A la próxima voy yo de todas maneras se dijo. Primero me gano la confianza de la madre y luego de ellas. Había probado con otros clientes decirles para hacer la carrera cancelando el aplicativo, así no tendría que pagar el 25% de comisión que le cobraban. Algunos aceptaban sin problema, otros en cambio sobre todo algunas mujeres no aceptaban ya que al cancelar el servicio el viaje se hacía sin ningún control, ni seguimiento de la ruta por parte de la empresa, era como tomar un taxi de la calle, y esto conllevaba los riesgos que ya todos conocemos.

Las siguientes veces ahí estaba, siempre disponible, parecía taxi particular, cuando la madre le preguntaba sobre esas casualidades él le respondía que todo lo tenía cerca, su casa, su negocio inventado, el colegio de sus hijas, le dijo que disfrutaba de dar el servicio a clientes tan agradables como ella y a familias tan agradables como la de ella. Así poco a poco se fue ganando su confianza y ya hacían los viajes cancelando la aplicación para que no le cobren la comisión. Ella sabía de la importancia de ir ahorrando de poco en poco para dar una mejor calidad de vida a su familia, y si así podía ayudarlo a él en algo, por qué no hacerlo.

Un día a primeras horas de la tarde en que las gemelas tenían un cumpleaños, las envió solas en el taxi. Era su oportunidad. Cuando las tuvo dentro del auto supo que ya no había vuelta atrás. Canceló el aplicativo. Las niñas jugaban y reían despreocupadas en el asiento de atrás. Él ahora sí podía mirarlas con descaro, con malicia, volvía a salivar, volvía a excitarse, se humedecieron sus pantalones, se comenzó a masturbar. Las niñas seguían entretenidas y confiadas, era como un tío para ellas y además su mamá confiaba en él, entonces ellas también confiaban. Entonces sacó un spray de la guantera, lo sostuvo con la mano izquierda, mientras se tapaba con un pañuelo y contenía la respiración, volteó rápidamente y se los roció en el rostro. A los pocos segundos ambas estaban profundamente dormidas. Abrió todas las ventanas del auto, ya habían llegado, era un espacio alquilado en el sótano de una cochera de un edificio multifamiliar y un amplio depósito estaba justo al costado. Les pidió perdón a su esposa e hijas. Se maldijo, se tiró de puñetazos en las piernas, de un solo tirón rompió la pita que sujetaba la imagen de la virgen y el rosario que saltó desperdigado por todo el piso del auto. Volteó la cabeza hacia el asiento de atrás y vio su tesoro, sus tesoros, dos diamantes perfectos, idénticos como siempre deseo poseer. Se sintió el hombre más afortunado del mundo, pero también el más maldito. Su cuerpo estaba empapado en sudor, sentía el cuerpo frio, pero su rostro lo sentía encendido, caliente. Su respiración estaba acelerada, su pulso igual. Hasta ahora todo estaba saliendo bien, no había nadie, nadie lo había visto entrar. Abrió la puerta de atrás lo máximo que daba y tomó a una de las gemelas de los hombros, la jaló hasta que todo su cuerpo salió del auto, luego tiró de su cabello hasta dentro del almacén, eso no lo planeó pero tuvo ese deseo repentino. Y era ahora que tenía que cumplir sus deseos. Hizo lo mismo con la otra pequeña, se sentía extraño, como estar en otro mundo, en otro lugar, en otra dimensión, no creía ser la misma persona que era, esposo y padre, que tenía un pasado y que quería enderezar su futuro. Pero ya no había tiempo para filosofar, solo tenía tiempo para actuar, y darle gusto a su mente, realizar esa fantasía tan perturbadora que nunca lo dejó tranquilo. Había ambientado el almacén, había poca luz pero era suficiente, había llevado una bolsa de dormir, una almohada y una sábana blanca, unas botellas de agua y unos rollos de papel higiénico. Las puso a las dos juntas, echadas de la misma manera, colocó los brazos y las piernas estirados, les soltó el cabello y se los puso todo hacia adelante, les hizo beber un poco de agua mezclada con unas pastillas que pulverizo unas horas antes. Las iba a mantener todo el tiempo dopadas, eran una joya invaluable que apreciar en todo su esplendor, las desvistió con cuidado, abrió sus piernas, las admiró, las acarició desde el cabello hasta los pies, una y otra vez. Las tocaba, las olía, las besaba. A las dos, primero a una y después a la otra. Esperaba que no recuerden nada. Quería cumplir su fantasía prohibida, pero no quería dañarlas demasiado. En esos precisos momentos se odiaba, se aborrecía, y a la vez se sorprendía de haberse regalado tanto. Su lengua mojaba los labios e invadía la boca de las gemelas aún inconscientes. Mientras descendía por sus cuerpos hacía lo mismo más abajo. Luego enderezó su columna, se quedó de rodillas y contempló el cuerpo mojado de las gemelas con su saliva. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, muchas, continuas. Rompió a llorar. Mientras secaba a las gemelas con el papel higiénico pensó en sus hijas, en lo enfermo que estaba, en lo lejos que tuvo que llegar para darse cuenta que ya no podía más. Las vistió, les amarró el cabello y con precaución de que no los vean las subió nuevamente al auto. Dos horas más tarde desde que las recogió las estaba dejando aturdidas y somnolientas en la puerta de la casa del cumpleaños.

Nunca más volvió a ver a esa familia ni asomarse por la zona. Ese día llegó a su casa y se arrodilló ante sus hijas llorando y suplicándoles perdón, ellas le preguntaban de qué tenían que perdonarlo. A su esposa le dijo que estaba enfermo y que no podía seguir así. Ella lo abrazó y no dijo más. Las preguntas vendrían después.

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