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4 min
INSTINTO II - Mea Culpa
Fantasía |
12.12.19
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Sinopsis

Lana regresó a su forma animal. Sus brazos dejaron de abrazar la cabeza de Arel cuando se volvieron peludas patas de lobo. Recordaba sus últimas palabras pronunciadas como grabadas a fuego en su corazón.

Miró con sus azules ojos a su condenado e inocente amado. Mea culpa.

 

No pudo soportar la mirada suplicante de éste y salió lentamente de la cueva. Sin despedidas. En su piel de lobos, no tenían la necesidad de ofrecer ese afecto.

La luna ya se había ocultado tras las montañas creando una oscura noche, pero aún faltaban unas horas para el amanecer. No registró ningún movimiento cercano e impelida por la pesadumbre que la embargaba  emprendió una carrera ladera abajo que la llevaría junto al curso del río.

Debía abandonar cuanto antes esos territorios. Sola, era un animal vulnerable. Aceleraba progresivamente, sus poderosos músculos estaban preparados para resistir una larga jornada de viaje. Los abetos sólo sentían una corriente de aire a su paso.

 

Mea culpa. Lana lo sabía. Sabía que ambos estaban pagando su error. 

No tuvo tiempo de pensar más en él. De repente un movimiento en el otro margen del rio llamó su atención. Se quedó muy quieta, esperando.

Dos ojos enfocados hacia ella aparecían entre la densa vegetación de la ribera. Hasta ella llegó un olor terroso, húmedo y de cuerpo caliente, intenso. 

Y luego un gruñido sordo emitido por una garganta fuerte, profundo y continuado. Pudo intuir el color de su pelaje. Rojo. Estaba en su territorio.

El pelaje de su lomo se erizó. Reanudó su marcha, ya no corría, casi levitaba entre la maleza.

La densa niebla que se levantaba del calado suelo le impedía ver, pero podía escuchar el leve roce de sus pezuñas en el terreno. No era sólo un individuo, se le habían unido dos o tres más. 

Amanecía por el este, hacia donde ella se dirigía. Era inútil intentar esconderse entre la bruma. Conocían su olor y podrían seguirla hasta el fin del mundo.

Subida en una roquera los vio. Tres fuertes lobos con  denso pelaje rojizo, brillantes ojos ambarinos y una cola espesa y negra. 

Se habían detenido y olfateaban el aire, mirando hacia un lado y otro. Pero no avanzaron un paso más.

Segura de que había cruzado el límite de su territorio, emprendió la marcha.

 

—Lana, baja, la cena está a punto.

Arel había cocinado una musaka al horno y la tenía dispuesta en la bandeja de barro sobre la mesa baja, preparada ya  para la cena. Dos largas velas y la cálida luz que emanaba de la chimenea era suficiente iluminación.

Regresaba de la cocina con la botella de verdejo y dos copas cuando la vio bajar la escalera, con un kimono corto atado a la cintura, descalza y el pelo recogido en una alta cola. Intuyó que poco había debajo de su atuendo.

Pero lo que más le impresionó fue su mirada fundiéndose en la suya. 

Le sirvió una copa y realizaron el brindis ritual, sonrisa por medio, sabedores de que el momento de la cena iba a retrasarse.

 

El lobo gris, torturado por sus recuerdos, salió de caza para evadirlos. Lana regresaría. 

Tras unas horas de búsqueda, captó el rastro de un venado. Se situó a contraviento y aguzó la vista. El sol apenas alcanzaba esa ladera de la alta montaña y con la luz diáfana pudo ver los ojos del animal, huidizos, buscando siempre al depredador. 

La tensión bloqueó cualquier imagen en su mente, el cuerpo alerta cada vez mas cerca de su presa. Ni un sonido que pudiera servir de aviso al ingenuo animal salía de sus pisadas entre la alfombra de hojas muertas.

Y saltó. Un salto inhumano que le hizo aterrizar parcialmente sobre el lomo del venado, sus colmillos se enterraron entre su cuello y la garganta, cerrándose su boca con una firme solidez. Sólo se oyó un breve gemido y el animal expiró.

La sangre bañaba su hocico. Salía intermitente del todavía cálido cuerpo inerte, por la herida que había desgarrado piel, carne y venas. 

Devoró su parte, dejando el resto del animal intacto como pago de su estancia en esas tierras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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