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4 min
INSTINTO IV - La Cueva Esmeralda
Fantasía |
13.12.19
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Sinopsis

Mis más sincero agradecimiento a los que habéis llegado hasta este episodio final.

Sus pasos la volvieron a llevar al límite de las tierras del Lobo Rojo. Conocía la cueva. Arel se la describió entusiasmado una noche de luna que estuvieron juntos como humanos. 

Esperaba no encontrarse otra vez con aquellos impresionantes lobos rojizos, quizá esta vez no se limitaran a observar como pasaba por sus tierras.

Encontró el camino, una impresionante cuesta que desaparecía detrás de las nubes. Siguió el camino toda la noche y al traspasar la capa algodonosa se encontró bajo un cielo infinitamente estrellado, infinitamente eterno. 

 

Llegó a la gran Cueva Esmeralda, descendió unos metros por ella y allí, oculta entre sombras, la pequeña entrada aparecía negra como boca de dragón. Sintió un escalofrío recorrer su columna cuando la atravesó. 

Oscuridad. Frío. Ascendió muchos metros entre estalagmitas, pero se rindió al escuchar el sonido de agua correr cerca de sus patas. Si caía en un río de agua helada a oscuras, no podría salir sin ver.

Se tumbó en el suelo a descansar. Esperaba encontrar la manera de ver, pero el agotamiento la superó y quedó dormida.

Esa noche soñó con ruedas verdes ocultas entre el follaje de la ribera del río. Las malditas giraban a gran velocidad y escapaban a sus intentos de acercarse a ellas. De repente entraban en una sombra y desaparecían. Agotada su mente, la despertó un sonido de agua cayendo cerca de su cabeza. Abrió los ojos lentamente y, asombrada, contempló la maravilla que tenía ante sí: la luz solar se filtraba en haces por diversas rendijas e iluminaba las geodas que reflejaban infinitud de puntos de luz verde del berilo de esmeralda.

 

Despertó de madrugada y abandonó la cueva antes de que saliera el sol. Sintiendo movimiento en la paz impertérrita de las montañas, Arel se dio cuenta de que sus rojizos y peludos congéneres se estaban reagrupando,  seguramente se estaba preparando una partida de caza. Nueve ejemplares emprendieron la marcha hacia el noreste. Tuvo un presentimiento. Sin preámbulos, fue siguiendo desde las alturas al grupo que cada vez avanzaba más deprisa. Tenían localizada una presa, o no tenía sentido tan apurada marcha. El camino los llevaba a la Cueva Esmeralda. Recordó una ocasión en que se la describió a Lana. No podía ser. Ella no transgrediría las normas, sólo tenía permiso para cruzar el territorio en vísperas de luna llena.

 

Lana anduvo entre las lanzas que se elevaban de la tierra observando con continua sorpresa los juegos de luz sobre las paredes de roca, las motas de polvo en suspensión, los arroyos que descendían de la cima de la montaña. Y entonces tuvo conciencia de una enorme rueda dentada que giraba en sentido contrario a las agujas del reloj. Verde esmeralda. 

Al mismo tiempo percibió el fru fru de las pezuñas almohadilladas de los lobos que se acercaban por su espalda.

—Es el final —pensó.

 

Nueve lobos. Con sus colmillos al aire, los ojos fijos en ella, el macho alfa emitía un gruñido sordo, amenazador.

Una vez aceptado su sino, decidió que su sacrificio sirviera para algo. Dando la espalda al grupo, se alzó sobre las patas traseras, con las delanteras deteniendo, no sin esfuerzo, la Rueda Temporal. Cambió de lado y empujó con fuerza...

 

El primer lobo se lanzó hacia ella. Su salto fue desviado por una mancha gris. Rodaron entre las estalagmitas, gris contra rojo, con los colmillos amenazando sus gargantas. 

Y entre los destellos verdes, el lobo gris rieló y se transformó en un ser humano. El lobo no entendía la magia que acababa de obrarse y asustado se apartó de un salto. 

El macho alfa aulló desde su puesto en la retaguardia y los nueve lobos partieron tras él. Éste comprendió que acababa de suceder algo para lo que no estaban preparados. Podían entender el hambre, la sed, el sueño, el grupo... eran simples; eso...superaba sus esquemas.

 

Arel se levantó del frío suelo y buscó con la mirada a su amada. La vió encogida, estaba agotada, y llevándola en brazos salieron a la cálida luz del sol.

—Lo conseguiste, Lana —sonrió él al hablar.

—Lo conseguimos, los dos. —Y besó sus labios.

Esta vez fue ella la que sucumbió al sueño entre sus brazos.

—Descansa, mi amor, yo velaré tu sueño.

 

El caos se había revertido. 

El pensamiento volvía a ser libre.

 

 

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