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5 min
Investigadores descubren cómo será el apocalipsis
Varios |
16.05.17
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Sinopsis

Porque cada década contiene su propio fin del mundo.

Las ventas de mordazas de todo tipo se dispararon, teniendo más éxito las que se usan en juegos sexuales, seguidas de las propias de caballo junto a los bozales de perro.
Se inauguró sin origen la moda de portarlas. Uno iba por la calle y, de mirar con recelo a uno o dos al día, se terminó por ver a gente amordazada por todas partes.
Quienes no llevaban se pasaban el día quejándose. Poco a poco los alborotadores se fueron reduciendo.
Una chica recuerda el origen, pero no es consciente que fue ella quien lo ocasionó. Recordaba hablar con otra persona que lloraba. Se sentía atacada por cada lágrima que derramaba la agredida. Se situó en la misma frecuencia y supo que tenía que hacer algo. Por casa tenía una mordaza de bola que ya no usaba desde que cortó con su novia. La buscó, le quito el polvo, y fue en busca del agresor. Sin darle oportunidad a preguntar, se la colocó.
Tras ese día todo cambió, había provocado un efecto y se sintió poderosa. Fue a comprar más mordazas y paseó por las calles en busca de gente afectada. No tardó en encontrar a más.
Por cada lágrima de afectado colocó una mordaza. No preguntaba, ver sufrir era la excusa, y sus juicios resultaron los más rápidos de la historia.
Un día hubo un incremento exponencial cuando la justiciera selladora también tapó la boca de un agredido. Lo hizo sin pensar, saturada de todo lo que decía, colmada cuando el propio arremetido la censuró: a ella, que tanto estaba haciendo por los demás. Estaba claro que no sabía lo que decía, y en esos casos es mejor tener la boca cerrada.
A la amordazadora se le sumaron más partidarios, y juntos consiguieron amordazar al planeta entero. Una vez lo lograron, comenzaron a hablar de qué hacer a continuación, y sin darse cuenta acabaron discutiendo hasta el punto de amordazarse.
Ese día la justiciera de a pie que dio inició a todo no se encontraba presente. Fue a visitar a sus compañeros y los vio a todos con la boca oculta, obstruida o incluso cosida. Y fue entonces que el silencio se hizo de notar. Siempre había estado ahí, pero por primera vez se había fijado. Se marchó de allí.
Paseó por las calles y sólo obtenía el sonido de coches y algún pájaro urbano. Se alejó a la periferia y allí el silencio tenía presencia. No tardó en volver a la ciudad.
Regresó al centro, creyendo que nunca iba a llegar debido a que temía por su vida. Por el camino la gente la miraba y acusaba; el mundo, con esos labios ocultos o modificados que enaltecían la mirada. Observaban de lejos, al pasar, al salir de las puertas o esperando antes de entrar. El silencio se identificó entonces con respiraciones. La boca taponada provocaba que todos respirasen por la nariz, y el aire era expulsado, absorbido, silbidos… sentía que la cordura estaba siendo moldeada, necesitaba refugiarse.
Conforme entró al bar notó la presencia. Analizó alrededor, a todas esas personas de ojos vivos y pechos hinchándose y desinflándose.
Se sentía diferente, así la acusaban. La gente de aquel lugar se fue incorporando uno a uno y se imitaron el andar. Se balanceaban, tal era la impresión, y se acercaban a ella con miradas de odio.
Era única en el mundo y debía pagar por ello.
La agarraron y varias manos apresaron su cabeza.
Dedos por todos los orificios de la cabeza.
Su boca quedó apresada por la mordaza.
Paseaba por las calles de nuevo. Ya nadie la miraba. Era una más y su sino era ser ignorada: volvía a las reglas de la sociedad.
Se preguntó cómo podría a partir de ahora hablar con alguien. Comenzó a echar de menos sus discusiones contra agresores, su fuerza al censurar y el poder que iba adquiriendo al proteger a agredidos que ella misma había amordazado antes.
La tristeza cobró un nuevo sentido.
Llegó a una cafetería con terraza. Había todo tipo de personas, de todas las razas y culturas vestidos cada uno a su forma y sin importar. Parecían felices, tan dispares y comprensibles dentro del silencio. Eran diferentes salvo en un detalle: respectivamente cada uno miraba con mesmerismo un móvil. Los agarraban de la misma forma con las dos manos.
Sintió un río de renovación recorriendo el interior de su pecho. Sacó su móvil y buscó un sitio, al lado de una chica a la que intentaría cortejar.
Por debajo del silencio se apreciaba el tecleo de los pulgares.

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