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19 min
Isela
Suspense |
16.12.16
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Sinopsis

El narrador se encuentra ausente, aunque el peso de su espíritu y alma presentes. Debe sacar a flote, furtivo, los recuerdos que le atormentan. Le apesadumbra su ausencia... Isela es el relato del aciago día en que, dos hombres muertos, seguirán viviendo casi por una misma consecuencia: una mujer.

Tengo un cansancio endemoniado y un anhelo por soñar más que terrible; tristeza, le dicen. Hoy al igual que ayer, te he pensado, pero te pensé demasiado, te pensé sin tregua. Te pensé hasta que te derramé por mis ojos. Y hoy al igual que ayer, vendrá la vieja luna del crepúsculo y se burlará de mí, señalándome con el tosco peso de su fulgor, puesto que no hay día, ni noche, en que no deje de pensar en ti.

No sé si no sé. No sé si me hallo desasosegado, o si sólo me hallo. No sé si por el hueco de la persiana apenas se cuela cierta luz demacrada. Tal vez hoy soñaré una tormenta, pues mi mente se halla nublada.

Entre el duelo por su ausencia y la sensación de beodez que produce la melancolía, los recuerdos de los siguientes hechos se ofuscan y se atisban, y me resultan todavía más difíciles de asimilar y comprender, incluso, he comenzado a dudar de mi propia cordura. Siento cómo un martillo golpea mis sienes. Hay en toda la habitación la frialdad de un fantasma. Pero el hecho es que sí pasó. No soy ningún mentiroso. Ahora, entrego a discreción del lector, la veracidad de mi siguiente relato:

Aquel día no fue muy distinto de los demás, excepto sólo por un detalle menor: ese día no fui a trabajar. Acaecía sobre mis hombros, y después sobre mi pecho, una pesadez abrasante, una horrible carga, una carga como de mil demonios, o del mismísimo diablo. Muchos le hubieran llamado stress. Otros tal vez le hubiesen confundido vagamente con los síntomas de un inminente infarto. Pero no se trataba de eso. No era nada que pudiese ser medido. No era, en efecto, nada fisiológico. El caso es que no me presenté a laborar, pero como soy yo una persona de valores, llamé a mi trabajo, enterándoles de mi condición. Expresé que me procuraría una cita con el médico, como así fue. Me dirigí de inmediato a la clínica, sin que aquella carga desconocida cesara, y en cambio, se convirtió en una espantosa opresión. Y crecía cada vez más violenta y encolerizada. La sentía tan viva, enraizándose, iracunda, en mi pecho, como si pretendiera estrujarme los huesos, el corazón y los pulmones. Al llegar a mi destino, aquel era un infierno terrenal, quizá, más horrible que el real (si es que hay uno real). Había decenas de pacientes —e impacientes— en la pequeña sala, que apestaba a mortandad. La atmósfera era húmeda y espesa. Había enfermos y moribundos, grandes y pequeños, sentados y parados, exasperados; ávidos por el turno. Centenares de moscas, enormes y desgarbadas moscas verdes volaban desasosegadas por entre toda la morbidez. Los enfermos tosían, escupían y vomitaban. Unos gritaban, algunos maldecían. Otros morían, allí, en la espera… sí, murieron… murieron en la espera… Creedme. Yo le juro lector, que no miento. Aquella sala terminó hinchándose de lamentos, de alaridos, ¡y de blasfemias! Cómo le describo de la manera más fiel y atinada la náusea, el mareo y la repugnancia que me provocó el heteróclito lugar. Apenas vi todo esto, me marché de inmediato. Cuando estuve por fin afuera, me sentí extraordinariamente bien. Respiré el primer hálito fresco que me regalaban los fuertes y verdosos árboles de las banquetas, y su fragancia me aseó. Caminé solo un poco y miré mi reloj: la manecilla grande se posicionó en el número dos y la pequeña en el seis. El sol parecía ya estar listo para caer. No me sentía exhausto, me sentía descansado, maravillosamente descansado, era un milagro. “Mi tormento murió”, pensé.

Me sentí más vivo que nunca. Mis hombros se aligeraron igual que las hojas que levitan por el viento y mi pecho se purificó con la misma frescura de la menta más suave y dulce. Y pensé que todo lo que necesitaba era caminar y tomar el aire fresco, bajo el éter naranja, y despejar mi mente. Resolví visitar el faro, ese que a Ella le encantaba y del que siempre estuvo enamorada, desde el primer día en que la llevé. Ahí, está el mar, con su arena toda blanca. Y más allá de la arena blanca, está aquella montaña de rocas, grandes y serias rocas ancestrales color carmín, levantando, con sus amplios pechos, una gran edificación de metal y concreto, de donde se alza el alto faro, con sus franjas rojas y blancas en espiral. Pero hace tiempo que su rayo se apagó y hoy ya no sirve para nada, mas que para atormentarse. En el faro, las puestas de sol son más hermosas, aunque más melancólicas. Y de noche, la oscuridad es más negra, el cielo más fosco, y las estrellas, más encendidas.

Llegué pues, enseguida. No me demoré más de treinta minutos, pues me hallaba, de hecho, no muy lejos del muelle, donde se encuentra el faro. Llegué, el cielo apenas tomaba colores azules un poco oscuros, pero muy muy suaves. El mar danzaba y se balanceaba precipitándose como si yaciese embriagado contra las rocas. Entonces fui y me senté y observé la fina puesta del sol, en la misma roca donde, siempre asiduos, nos tendíamos, yo y Ella.

Y estando ahí, pensé, y el tiempo se detuvo, por un instante. Toda la Tierra, todo el Mar y todo el Cielo callaron, suspiraron y se estremecieron, porque habían muerto; pero sólo por un instante. Y cuando terminé de pensar, volvieron a vivir.

Hasta que por fin vino la noche y colmó todo el lugar con las más densas tinieblas. Mi corazón empezó a latir fatigosamente. Alcé mi mano para enterarme de la hora, pero no pude ver ni mi reloj ni mano. Ya era momento de irme, así que me levanté apresurado. En ese momento sentí muchas ganas de orinar. No me reprimí. Bajé un poco más por entre las rocas, con gran precaución, hasta que hallé un buen espacio para ejercer mi necesidad. Estaba tan oscuro como en el averno, tenía que andar como los ciegos, palpando todo. Me encontré en un punto plano, y de inmediato procedí a evacuar mi vejiga. Durante el acto, sentí cómo la brisa del mar acariciaba mis mejillas y cómo el estruendo de las olas salpicaba un poco mis cabellos, y los despeinaba. Terminé, con un gran suspiro de alivio. Ahora, tenía que subir, con una dificultad mayor que con la que fue bajar. Y mientras pensaba, una  horrible pestilencia violentó mis fosas nasales, un aciago olor a azufre, a descomposición y, ¡a muerte!

—No es más que algún perro despistado que ha tenido la mala fortuna de resbalar y caer, muriendo al instante por los golpes de las hirientes rocas —dije, por lo bajo.

Así que me dispuse a escalar las mismas rocas y marcharme definitivamente del faro y del muelle. Pero en cada ocasión en que yo instalaba un pie y alguna mano para apoyarme sobre ellas, algo o alguien me tomaba de los brazos y me detenía bruscamente, de tajo, jalándome hacia abajo, de regreso. Y cada que ocurría esto, la pestilencia se presentaba cada vez más aguda y pesada. Sentía cómo me abrazaba, cómo me tomaba y me atormentaba, como un espíritu intranquilo. Por momentos sentí que me ahogaba. Y sentía cómo se aferraba a mi cuello como si deseara estrangularme. Me faltó el aire, hubo vértigo. Quería huir, correr, o morir. Las tinieblas se volvieron aún más densas, el mar se agitó con más ímpetu y las olas reventaban despiadadas contra las rocas, como para partirlas, pero las rocas no se partían. Y el faro se conmovió y se mecía como si fuera la hoja más marchita del árbol más agostado. En mi desesperación, llevé mis manos a mi rostro, como para evitar lo inevitable, y me mantuve así por unos segundos, sin observar nada y moviéndome al azar apenas sólo un poco. Cuando hube quitado mis manos de mi rostro y mis ojos volvieron a mirar, me hallé frente a una gran roca, irregular y escabrosa, tres veces más grande que las otras, y advertí que debajo de ella, por un pequeño hueco, provenía aquella peste malsana. En ese momento, todo el vértigo, todo el asco y toda la repugnancia fueron despojados descaradamente por la duda y la excitación. Por el éxtasis y el deseo de conocer, de saber qué era aquello, lo que me llamaba. Porque me llamó, ¡me estaba llamando! Me decía ven. Susurraba mi nombre, en un eco, sordo. Me arrojé, precipitadamente, al hueco de la roca, como un ávido pirata que busca su tesoro, mientras sacaba, con la misma celeridad de un rayo, una pequeña lámpara de mano que cargaba siempre en mi bolsillo. Caí sobre la arena mojada, pues había llegado al pie de la última roca y a su límite con el mar. Y esa noche, aquel fue el único límite entre la tierra y el infierno, y el demonio que yo vi, yacía tirado al fondo del hueco de la gran roca. Déjeme describirle su aspecto con la pericia más pulida y trabajada: era un esqueleto.

Aún tenía un poco de carne, muy poca, y se le veían sus desteñidas ropas, bañadas por la descomposición natural del cuerpo. La espuma de las olas del mar discurría sobre la arena, empapando un poco mis pies y mis piernas. Dentro del hueco había cangrejos, demasía de cangrejos, cangrejos carroñeros. Apunté mi lámpara hacia el fondo, desenfrenado, y, cuando yo lo miré, ¡oh, lector!, cuando yo lo miré, me inundé, me drogué, me extasié de éxtasis. No es ninguna redundancia, en ese momento sentía  como iba a tener un ataque al corazón, incluso ahora, sólo de imaginarlo una vez más. Pero es preciso finalizar este relato antes de morir. Juro que no miento.

De niño, no había objeto ni situación que me avivara más, que la idea de ir a visitar al abuelo, que era médico, y le diré por qué: me refiero, primeramente, no a visitarlo en su casa, sino en su trabajo. A menudo él tenía problemas por esto, pues los pequeños no podían andar solos por el hospital, mucho menos tratándose de una ‘visita’ familiar. Pero él era un buen abuelo, el mejor de todos. Recuerdo que él me escondía en su consultorio y me hacía un pequeño lugar en la camilla, que era perfectamente blanca, tras aquellas pulcras cortinas azules y escurridizas. Sacaba después una paleta de miel y me la entregaba. Y así estaba yo, con la hilaridad de un ángel, o de un serafín. Y ahí, ahí estaba eso: el esqueleto. Uno de yeso, pero tan estricto como uno real, colgando de su soporte metálico negro. Y yo no sabía por qué hallaba la extraña figura tan bella y tan hermosa, tan sutil y festiva. Deseaba tenerla, sobre todo, la cabeza, deseaba la cabeza; el cráneo, ¡la calavera!

Un día no pude contenerme más y le dije al abuelo —por primera vez—, que por favor, me la obsequiara. Él sólo me miró serio y me preguntó que para qué quería tal objeto. Y que, aunque él quisiera obsequiármela, pertenecía al hospital y no podía tomarla. Entonces yo entristecí y lloré mucho, derramando mi alma, a pedacitos, entre cada lamento y lágrima. Usted se ha de imaginar que tan grande era mi anhelo. Y después, sólo para consolarme, el abuelo me decía que si me portaba bien, un tal ‘Santa’ me traería una nueva para navidad, sólo si me portaba bien. Entonces mis ojos volvían a brillar y se reían, tan jocosos y alegres como los del abuelo.

Pero ahora, justo ahora, tenía una frente a mis ojos. Una real, de un esqueleto real. No pude contener más mi excitación y me hundí por debajo de la roca, a través del hueco, donde estaba aquel cadáver, y le arranqué la cabeza.

Salí huyendo, desmesuradamente, como una liebre, saltando entre las rocas de aquel faro y del muelle. Antes de que pudiese ser visto, me quité la camisa y tapé la cabeza recién cercenada con ella, como si fuera una pelota. Me sentí paranoico, endemoniadamente paranoico. Ansiaba llegar a casa de inmediato. Tome un taxi y emprendimos la marcha. Me senté detrás del chofer. Me sentí nervioso y con fiebre. Bajé los vidrios de las ventanas para tratar de filtrar el pútrido aroma que desprendía mi pelota y que, poco a poco, ya empezaba a hacerse notar. Mis piernas empezaron a temblar, sin que fuera producto del terror, sino de la excitación. El chofer me miraba por el retrovisor. Tal vez él lo sabía, ¡sí, lo sabía! La paranoia me obligó a pedir mi parada tres cuadras antes de llegar a mi casa, no podía permitirme que él conociera mi domicilio y, después, me delatara. El taxista atendió mi orden. Se detuvo. Pagué sin esperar mi cambio: “así está bien”, le dije. Bajé del taxi. Caminé un poco hasta que dio vuelta atrás, perdiéndose entre los faroles del boulevard. Las calles estaban solas, debía ser ya muy tarde, pero no miré mi reloj y mejor corrí frenéticamente hasta mi anhelado hogar. Una vez ahí, me dirigí inmediatamente al patio trasero, donde desenvolví la cabeza y la coloqué sobre el lavadero, para limpiarla. No prendí las luces, no estaba tan oscuro, quizá me alumbraba un poco la luz del hogar de algún vecino. Observé que la cabeza aún conservaba algunos cabellos. Olía como a atún descompuesto. Era café rojiza, como la mancha que deja el yodo. Tenía muy poca carne en la boca y en los pómulos. Ya no tenía sus ojos y le faltaban algunos dientes, arriba y abajo. No se distinguían sus facciones. Cuando terminé de desollarla y limpiarla muy cuidadosamente, comprendí lo que sostenían mis manos. Tenía yo, al fin, mi calavera tan ansiada. Fui a mi habitación y la coloqué de frente, sobre el tocador de mi recámara. Prendí la lámpara, la contemplé un rato, y era bella y hermosa. Luego apagué la lámpara y me recosté en mi cama, como cualquier día, como todos los días, y descansé, con una gran sonrisa dibujada en mi rostro…

El reloj marcaba las dos y treinta de la mañana cuando escuché el susurro. Me pareció, primero, que se trataba de algún reflejo mío por alguna turbación de mi sueño. Comprendí después, que el sonido venía como a lo lejos, y que no era un susurro, sino un sollozo. A partir de ese momento, sentí cómo los ángeles del cielo me abandonaron y sin misericordia me entregaron al infierno…

—¡¡ISEEEELAAAA!! —gritó, chilló sin piedad, atroz, en mis oídos, una horripilante y desgarrada voz. ¡Era la calavera!

—¡¡ISEEEELAAAA!! —¡exclamaba la maldita calavera cada vez con más fuerza y dolor, desgarrándose cada vez más en un llanto incontenible, indecible, inefable!

Mi corazón se sobresaltaba, helando, desde mi cabeza hasta mis pies, todos y cada uno de mis huesos y las fibras de mi ser. Me levanté de un brinco, horrorosamente despavorido. La luz de la luna se colaba ansiosa por mi ventana y se posaba en su totalidad sobre el tocador… ¡y allí estaba la calavera, le gritaba a Isela!, abriendo al máximo sus quijadas, que vivas parlaban y pronunciaban el maldito nombre. Y la (infame) calavera también danzaba, saltaba, brincaba exacerbada. Y con su vehemente baile golpeaba el cristal de mi tocador y lo sacudía terriblemente, tirando al suelo todas las cosas puestas sobre él. Hasta que no tuve más remedio y, con un profundo pesar en mi alma y en mi corazón, le hablé:

—Qué… ¿qué necesitas?

—¡A ISELA! ¡ISELAAAA! —me respondió. Dejó de saltar por un momento, pero no disminuyó ni un ápice su angustia.

Por su tono de voz, que era como chillón, y por aquel nombre femenino del que se acongojaba, esclarecí que se trataba de la calavera de un joven varón. Entonces le respondí:

—Y ¿dónde puedo encontrar yo a ‘Isela’ en este tiempo y a esta hora? —y como si no hubiese escuchado nada de lo que le dije, me respondió con urgencia:

—¡Ella me está llamando!... ¡Te ruego, que me lleves!

—¡A dónde? —Le contesté apresurado.

—¡CON ELLA, Y AHORA! —y acto seguido, dio un gran salto, asiéndose de mis cabellos con sus dientes muertos (aquí es conveniente aclarar que llevo yo mis cabellos largos, pero no demasiado largos).

Y comprendí que la calavera —o el hombre— no me dejaría jamás, hasta que yo le llevase con ‘Isela’. Así que sin hacer más preguntas, mudé mis ropas y emprendimos la (ciega) búsqueda.

No logro asimilarlo. Me resulta más que ridículo. Pero sé que no estoy desvariando. Pasó, sé que pasó. Esto pasó, lector. Antes de salir de casa, mi atormentador liberó mis cabellos y se acomodó sobre mi hombro izquierdo. “Así me escucharás mejor”, me dijo, tranquilo. No respondí y salimos.

La desolación de las calles y el sonido sombrío de los vientos era tal, que pudo haber sido escuchado hasta por el más sordo. Esa noche no hubo luz que fulgurara tanto como la de la luna. Calculo que erramos por las calles alrededor de tres horas. “Por aquí, por aquí la oigo más”, me decía la calavera. Andábamos a ciegas, guiados únicamente por una voz que yo ni siquiera escuchaba (debería estar loco), entre calles y callejones que parecían laberintos interminables. Hasta que por fin, llegamos al ansiado lugar: aquella era una antigua y fea casa, abandonada en un lote lleno de maleza, no muy lejos de los hombres. Llegué ahí terriblemente jadeante, hollando toda la grotesca hierba y abrí la puerta de un golpe, pues sólo parecía atascada. Entré, con la calavera todavía sobre mi hombro. Apenas di unos pasos adentro, cuando la maldita calavera exclamó de nuevo:

—¡Isela! ¡Te escucho! ¡Te escucho! —y diciendo esto, saltó precipitadamente hacia el suelo. Yo estaba muy exhausto, no podía continuar más, pero con mis últimas fuerzas, la seguí. La maldita brincaba como una rana, moviéndose más rápida que una mosca que vuela desesperada. Todo estaba muy oscuro. En los pasillos había grandes ventanas y por ellas penetraban las sombras de los tristes y agostados y retorcidos árboles de afuera. La carrera fue maratónica: tropecé tres o cuatro veces, violentamente. Iba tambaleándome igual que un borracho, chocando entre paredes y muros fríos y desgastados. Lo recuerdo bien: primero fue una vuelta a la izquierda, luego otra a la derecha y de nuevo una más a la derecha. En ésta última me hallé en un largo pasillo que terminaba en una sola puerta, y la puerta estaba entreabierta. Ahí vi a la calavera entrar apresurada. Y cuando lo hizo, yo me quedé rígido como una piedra, no pude mover ni un solo cabello más. Una frigidez me congeló desde la cabeza hasta los pies. No sabía que iba a pasar después en ese lugar. No sabía que iba a ser de mí, o de la calavera, o de Isela. Pero hasta ese momento, pensé que ya no tenía nada más que perder, puesto que recordé que ya la había perdido a Ella. Así que despojándome de todo sentimiento, me levanté decidido, sin temor a nada, y atravesé aquella última puerta…

Hacía calor y hedía a humedad, a musgo. Frente a mí, el resplandor de la luna se colaba por una vieja ventana oxidada y adornada con dos blancas persianas, que se agitaban como dos afligidos fantasmas que salen a danzar de noche. Debajo, había una gran cama, y sobre la cama una mujer recostada, horriblemente desfigurada, y muy delgada, con un vestido blanco, muy blanco, que yacía como muerta. Vi que allí estaba la calavera, murmurando, al pie de la cama:

—¡Oh, Isela!, querida, ¿acaso no te he jurado, ante el cielo y ante el infierno, que yo volvería? —y la calavera lloraba mucho y desgarraba su voz con sus lamentos, pero por los tristes huecos de sus ojos no brotaba ni una lágrima. Aquella mujer no contestó nada, entonces la voz del hombre se afligió aún más y se quebrantó con el quebranto más violento y cruel que nunca nadie jamás pudo expresar. De pronto, a lo lejos, nos visitó una voz muy suave y apacible. No había duda, aquella era la bella voz de una dama, que decía:

—Y ¿acaso no te he jurado también, ante Dios y ante su enemigo, que yo te esperaría?

Dicho esto, la cabeza maltratada de la mujer yacida en cama se desprendió de su cuerpo, con brusquedad, de un único salto, y se desvistió de sus pieles, de sus cabellos y de sus cueros. Y siendo ahora también ella una calavera, se dirigió a su amado:

—¿Por qué lloras? si vuestros juramentos no han sido en vano. Hoy, es verdad, nuestros cuerpos perdieron ante la vida. Pero hoy, amor mío, nuestras almas ganaron ante la muerte.

 

 

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