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6 min
JAMBATO
Varios |
17.09.19
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Sinopsis

Dos hechos absolutamente reales, y entre esos hechos: una historia familiar.

Cuando a Gabriel García Márquez le preguntaron sobre la milagrosa recuperación de su no tan famosa dolencia, la respuesta que se obtuvo de él fue para muchos extraña. Se trataba de la misma enfermedad que sufría su mítico personaje, Aureliano Buendía: golondrinos, una forma de llamar a los forúnculos que caracterizan a la hidradenitis supurativa. Gabo realizó varios tratamientos, sin resultados. Hasta que le “transfirió” su mal a uno de sus personajes y, solo entonces, la patología remitió.

Como si se tratase de realismo mágico.

Algunos dicen que en el mundo suceden cosas así de extrañas todo el tiempo. A mí parecen querer convencerme de esto ya desde los siete años, cuando mi padre desapareció.

Era ya muy tarde. Y por el frío que hacía en la calle, mamá y yo estábamos preocupados porque papá no llegaba. La librería donde trabajaba solía cerrar temprano. Insistí con la idea de quedarme esperando despierto, una ofrenda despreciada por el raciocinio; y es que, como ya era casi una costumbre, estaba muy enfermo. Mi pequeño cuerpo necesitaba descansar.

De todas formas, una vez metido en la cama, supe que no podría dormir. La lluvia, el calor de casa y la oscuridad rasgada a momentos por el fuego de la chimenea, habían atraído a unas cuantas ranitas negras que parecían querer inmolarse contra la ventana a base de golpes ceremoniales. Ignorante de mí, se trataba de inofensivos Jambatos. Por fortuna, y para tranquilidad de mi nervioso corazón, papá llegó. Escuché cómo saludó agitado, preguntando por mí, su “Jambatiño”, para enseguida ir directo a mi habitación. Era la rutina de siempre: se asomaba en medio de la penumbra del pasillo, iluminado solo por una de las velas negras de mamá, para irse más tranquilo, sabiendo que yo dormía sin toser.

Pero quería saber qué es lo que le había pasado. Me levanté y fui a escondidas atrás de él. Como era de esperar, mamá le preguntó sobre el tema, compartiendo mi misma curiosidad.

Papá había tenido otro día difícil en la librería. Había perdido un libro antiquísimo reservado para un importante cliente. Y su jefe, mi abuelo, lo había hecho buscarlo por todas partes, sin éxito, para al final dejarlo marchar con la amenaza de no pagarle su sueldo hasta recuperar el dinero que había sacrificado en conseguir esa joya de esoterismo. Mi padre, controlándose para no gritar, le decía a mamá que estaba harto de trabajar para su suegro. Le explicaba que el libro se había extraviado de forma muy extraña, encontrándose con una asquerosa rana en donde él juraba haber dejado listo el pedido en una caja imposible de olvidar. A la vez, maldecía la hora en que había tenido que aceptar las condiciones del abuelo, con tal que ella no perdiese la oportunidad de recibir el apoyo económico necesario para poder seguir estudiando.

Encima, decía mi padre, el abuelo sabía bien de mi mal estado de salud, y no parecía tener intención por preocuparse tan siquiera de preguntar por su único nieto.

Todo por haberte casado con un negro, concluía mi padre entre sollozos.

Haría lo que fuera, sentenció él, cualquier sacrificio para que tú y mi Jambatiño estuvieran bien.  

Mamá intentó calmarlo, haciéndole ver que el día ya casi expiraba, asegurándole con ello la llegada del mejor momento para actuar con su arte… Además, añadió, por fin tenía en sus manos la llave que podía dar solución a muchos de nuestros problemas.

Mi padre no dijo nada. Solo miró a mamá con gesto incrédulo, y antes de que le diese tiempo a decir nada, mamá salió corriendo a la habitación que usaba como taller y estudio. Donde la magia se hace presente, decía ella, siempre y cuando se estuviese dispuesto a pagar el precio, y cuyo acceso estaba prohibido a todo el mundo. Tuve que agazaparme para evitar ser descubierto cuando mamá pasó casi corriendo junto a mí.

Al volver, mamá traía en sus manos una botella de vino y una caja con un lazo negro.

— ¡La caja! —exclamó mi padre, intentando, inútilmente, hacerse con ella—. ¿Alma, pero cómo…?

— Antes de nada, brindemos.

Papá sonrió.

Él no lo sabía, creo. Pero estaba a punto de desaparecer.

 

Cuando sacrificaron la botella de vino, en medio de trabalenguas y música extraña a bajo volumen, vi lo impensado: mi madre invitó a pasar a su taller a mi padre. Mencionó algo de empezar una oración, ¿o habrá dicho oblación? Lo cierto es que esa fue la última vez que lo vi. Era 1988; casualmente, el mismo año en que se dio por extinta la especie del Jambato negro.

Y continuando con las casualidades, mi salud mejoró notablemente después de esa noche. El abuelo, víctima de una confusión (según la policía), falleció a los pocos meses, luego de haber formado parte de una boda que degeneró en aquelarre. Mi madre, en cambio, con la ayuda de la abuela, se puso al frente de la librería, a la par que concluyó sus estudios como bióloga.

Nuestra vida en general dio un vuelco, como si todos nuestros males hubieran sido “transferidos”.

¿Y papá?

Todo este tiempo las pistas en torno a su paradero resultaban estériles. Hasta que me topé, hace pocos días, con un interesante titular en el periódico:

ENCUENTRAN EN LAS ORILLAS DEL RÍO AMBATO A UNA RANA QUE SE CREÍA EXTINTA DESDE HACE VEINTIOCHO AÑOS

Acudí enseguida al lugar referido en la noticia. Allí estaba mi madre, en medio de sus habituales cabilaciones.

– Tú y yo daremos la bienvenida oficial al Atelopus ingnescens –dijo, nada más verme.

– ¿A quién?

– Al Jambato neg...

– ¿Para qué, mamá?

Silencio.

 

Intuición, hijo –respondió al fin, sonriente–. Eventos así abren la puerta a resurrecciones igual de inesperadas…

– Como si se tratase de realismo mágico…

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