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24 min
Javier & Francisco (Capítulo 2)
Amor |
30.01.17
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Sinopsis

A pesar de su corta edad, Javier, no dimensionaba nada homosexual en sus gustos y deseos. Para él, lo de Francisco era como una cosa propia de cualquiera de las experiencias que ocurrían en muchos de los animales que aparecían en los artículos científicos de las revistas de su papá. Le molestaba que la gente hablara de “homosexualismo” en referencia a las prácticas de tantos animales con otros miembros de su mismo sexo. Desde que se enteró que el sexo entre iguales en algunas especies es una forma de sostener el equilibrio social del grupo, sintió que sus sensaciones respecto de Francisco respondían a una emoción absolutamente normal y que naturalmente todo se resolvería más adelante una vez que a él le llegara lo que las revistas describían como la “madurez sexual”.

Lo despertó la tibia humedad en sus calzoncillos...

Javier, se sentía inquieto. En su mente vagaban las locas imágenes de su onírico momento de pasión con Francisco. Tenía un cierto temor de toparse con él y no ser capaz de disimular la turbación que le había producido su sueño erótico.

Sin embargo, cuando coincidieron en la sala, la mirada y el hola de siempre de su compañero de internado le dio a entender que Francisco no tenía la más mínima conexión con sus fantasías. Y eso, junto con aliviarle, le produjo una rara sensación de inquietud y ¿excitación?

Saber que sus emociones eran indetectables para Francisco y que estaban seguras en su guarida, le hacía sentir más libre para dejarse llevar por sus fantasías y abandonarse un poco más a las ansias y anhelos de su febril imaginación.

A pesar de su corta edad, Javier, no dimensionaba nada homosexual en sus gustos y deseos. Para él, lo de Francisco era como una cosa propia de cualquiera de las experiencias que ocurrían en muchos de los animales que aparecían en los artículos científicos de las revistas de su papá. Le molestaba que la gente hablara de “homosexualismo” en referencia a las prácticas de tantos animales con otros miembros de su mismo sexo. Desde que se enteró que el sexo entre iguales en algunas especies es una forma de sostener el equilibrio social del grupo, sintió que sus sensaciones respecto de Francisco respondían a una emoción absolutamente normal y que naturalmente todo se resolvería más adelante una vez que a él le llegara lo que las revistas describían como la “madurez sexual”.

Con ese discurso tenía de sobra para fantasear y pensar en Francisco sin culpas. Sin embargo, no podía traspasarle ese mismo salvoconducto al hermano Elías.

¡No, por ningún motivo! El cura es un hombre adulto, un calentón que se aprovecha de un chico inexperto –se dijo convencido

Aquella noche de Lunes, y mientras Javier leía a hurtadillas en la cama, su mente divagaba en otras cosas y le resultaba casi imposible concentrarse en la lectura. De vez en cuando atisbaba a la silueta de Francisco durmiendo en su cama y sentía un incipiente calor en su entrepierna. De pronto, el ruido de la puerta le hizo apagar la luz de su linterna. Los pasos furtivos se detuvieron frente a la cama de Francisco.

¡Cura maricón! –masculló la voz con rabia adentro de su cabeza

Al asomar su cara entre las sábanas y tras un esfuerzo por acostumbrar sus ojos a la tenue luz del pasillo, se sorprendió al ver la figura sentada en la cama de Francisco mientras su mano parecía acariciarle la cabeza. Ese, no era el hermano Elías. ¡Era el hermano Andrés!

¡Curas maricones! –se dijo, furioso

El hermano Andrés, era un hombre de 53 años, profesor de Filosofía y un eximio intérprete de guitarra clásica. No había nada en él que fuera exótico, divertido o medianamente colorido. Era un hermano muy serio, formal, y a simple vista, no parecía estar muy conectado con la sociabilidad del resto de los otros curas.

Javier, no podía relacionar a Francisco con un personaje tan sin gracia y aburrido como el hermano Andrés

¿Cómo diablos le puede gustar un cura viejo y desabrido como ése? –se preguntaba

Sintió una profunda decepción.

¡Pobre Francisco! –se dijo- a lo mejor es un enfermo sexual

Durante el desayuno, se puso a observar con detenimiento a Francisco en la búsqueda de alguna señal que le confirmara su lado “desviado”. Tenía que haber algo, algún gesto, quizás un guiño o alguna expresión o una mueca que diera pistas sobre su lado oscuro, esa parte sombría de sí mismo que sabía ocultar muy bien. Así, y mientras más lo analizaba y recorría con la vista, extrañas emociones, completamente opuestas a sus pensamientos críticos, lo invadían.

Había algo en él que le parecía demasiado sensual. Lo que no lograba descifrar era qué. No sabía si era solo su imaginación, pero sentía que su rubio compañero le enviaba una señal invisible, una chispa imperceptible, algo que cruzaba el espacio y le encendía la piel, como un perfume, como el olor aquel que habitaba en su cerebro cuando algunas noches deseaba masturbarse con la imagen de su boca recorriendo la piel de Eloísa por cada rincón de su cuerpo al que jamás había tocado, ni siquiera con sus manos. 

Los días que siguieron fueron de muchos apuntes, libros y notas. Eran las fechas de los exámenes semestrales y todo el colegio vivía un frenesí de repasos y estudio. Los hermanos maristas tenían fama de exigentes y se tomaban muy a pecho el nivel académico del colegio.

No estaba Francisco en el grupo de estudio en el que le tocó participar. Por lo tanto, fue una semana en la que su mente estuvo concentrada en los exámenes y terminaba demasiado cansado como para leer en las noches o siquiera espiar a Francisco y sus visitas nocturnas. De hecho, casi ni se topó con él más que para saludos a la distancia y uno que otro furtivo cruce de miradas. Le parecía raro convivir con alguien en la sala a pocos metros de distancia y separados por siete camas en el dormitorio, y así y todo, no encontrarse de frente durante la semana completa.

¿Me estará evitando? –se preguntó- ¿O soy yo el que lo estoy eludiendo?

Los sábados de internado son días donde todo parece estar detenido en el colegio. De los 800 alumnos que durante la semana atiborran el aire de gritos y algarabía en los recreos, apenas 40 de ellos pululan por los grandes patios, la cancha de futbol o bajo los árboles que adornan los jardines frente a la piscina sin agua.

Javier, dormitaba sobre el pasto con su cabeza apoyada en el pie de un sauce. Su mente, que vagaba por los parajes de su casa en La Hondanada, el río, las truchas y los ojos soñadores de Eloísa, se desviaba de pronto para irse al rostro de Francisco. Sentía una necesidad imperiosa  por descifrar esa especie de magnetismo sexual que él presentía como una energía oculta detrás de la aparente impertérrita personalidad de su compañero de internado. Su intuición le decía cosas raras, como que Francisco era tan masculino como femenino.

¡Qué locura! No entiendo de dónde saco esos pensamientos –se dijo

Javier…¿Estás durmiendo?

La voz, le llegó como a través de un túnel. Era el hermano Elías que lo observaba sentado a su lado con las piernas cruzadas.

No quería interrumpirte, pero como me voy a España en un par de semanas…bueno, quise aprovechar este momento para hablarte sobre un tema algo delicado…

A Javier no le gustó mucho que el hermano estuviera sentado frente a él mientras dormitaba. Sin embargo, la curiosidad pudo más en él y se preparó para escucharlo sentándose con su espalda apoyada en el árbol.

Usted dirá, hermano

A ver, lo que te diré es algo confidencial, por lo tanto tengo que pedirte que no lo andes pregonando entre los demás alumnos…¿Puede ser?

Sí…claro

Bien. Tú, conoces a Francisco Bennet, obviamente…

Javier, se sintió inquieto. Un leve escalofrío bajó por su columna vertebral

O sea, sé quién es, perfectamente, pero a él no lo conozco mucho, en verdad

Sí, pero eso no importa. Lo que sí importa es que Francisco está muy enfermo –dijo el cura y se le quedó mirando como quien espera alguna reacción importante

Javier, sintió un nudo en el estómago

¿Enfermo…como de qué? –preguntó, sin revelar casi nada de su conmoción

No quiero entrar en demasiados detalles. Es algo bastante complicado. Tiene una enfermedad hereditaria causada por una enzima defectuosa que lo habrá de llevar progresivamente a desconectarse de la realidad. Es un mal cerebral…

Javier, se quedó petrificado. Sintió ganas de llorar.

¡Guau…qué tremendo! –pudo decir

Así es. Sus papás están muy abatidos y nos han pedido ayuda. A Francisco hay que vigilarle que no practique juegos en los que pueda darse golpes en la cabeza. Tampoco puede exponerse ni siquiera 15 minutos al sol entre las 10 de la mañana y la 3 de la tarde, y lo otro, lo más importante, hay que chequear cada noche que no  duerma con fiebre. Y es justamente por mi viaje a España que quiero pedirte que nos ayudes a controlar esa parte importantísima de los síntomas de Francisco. Mientras él está despierto tendrás que tomarle la temperatura sólo con tu mano en su frente durante unos 4 días de la semana subsiguiente…Lo especial de esta enfermedad de Francisco es que la fiebre cuando se da, ocurre sólo en el umbral del sueño. Si se ha dormido sin fiebre, ésta no se disparará posteriormente… 

¿Y qué pasa si tiene fiebre? –preguntó un tanto alarmado, mientras en alguna parte de sí sentía que lo invadía la vergüenza…

Pues, tienes que despertarlo y hacer que se tome una pastilla que lo hará caer en un sopor y le hará dormir nuevamente… y sin fiebre

¿Y si es así, por qué no se la toma siempre antes de dormir? –la incomodidad que sentía seguía creciendo y se hacía apenas controlable

Porque ahí está el truco para contener esta enfermedad. La pastilla se toma sólo cuando hay fiebre

Ese fin de semana en el internado fue uno de los peores momentos que había pasado nunca en su vida. Se sintió horrible y despreciable. Lloró de vergüenza recordando lo que llamó sus “estúpidos pensamientos” acerca de Francisco con el hermano Elías o el hermano Andrés. Haber visto el cuadro del un par de buenos samaritanos sentados en la cama acariciando la cabeza de Francisco como si fuera un encuentro sexual, le hacía sentirse humillado y abochornado por la bajeza de sus elucubraciones. Su único deseo era desaparecer del colegio y huir a refugiarse en su casa. Fue tan intensa su incomodidad y desasosiego que le vino una fiebre repentina acompañada de vómitos. El hermano Roberto, el inspector general del colegio, lo mandó para su casa al día siguiente.

Fue maravilloso para Javier regresar al abrazo del paisaje que se abría ante sus ojos desde la cuesta, justo donde el camino culebreaba su descenso hasta La Hondanada. Una buena parte de sus males físicos y emocionales desaparecieron casi por completo ante la vista esplendorosa de su casa allá en la colina y el olor único que emanaba de la tierra, los bosques, arbustos y flores.

¿Cómo te sientes? –preguntó su padre al volante

Bien, papá, gracias –respondió sin ninguna demostración de alegría. No quería parecer demasiado repuesto por miedo a que lo mandaran de vuelta al colegio.

Se tuvo que dejar mimar por Doña Hortensia, su madre, y tomarse una sopa de agua de arroz que a duras penas la pudo hacer pasar por su garganta. Bien arropado en la cama y con el termómetro en la boca, miró su caña de pescar colgada en la pared y le arrebataron las ansias por calzar sus botas, agarrar la pala y sacar esas lombrices largas y gordas de la tierra olorosa al lado de los duraznos.

Su madre, le quitó el termómetro de la boca y le dio un beso en la frente

Al menos, no tienes fiebre –le dijo, al tiempo que depositó un paquete sobre su pecho- Te traje algo para que leas

¡Gracias, mamita!

Eran 3 libros: “El Pequeño Nicolás”, “Charlie y la Fábrica de Chocolates” y “Lancelot, el Caballero de la Carreta”.

Trató de enfrascarse en la lectura, pero su consciencia insistía porfiadamente en castigarlo con las imágenes de sí mismo como un perfecto imbécil. Se tapó la cara con sus manos. Veía el rostro de Francisco mirándolo como quien observa a un bicho repugnante.

La voz de su madre desde el dintel de la puerta vino a sacarlo de sus oscuros pensamientos

¿Estás presentable, mijo? –le dijo al tiempo que se puso a estirar las frazadas, ordenar las pantuflas y poner una silla frente a su cama- Tienes visita

La cara ansiosa de Eloísa y un par de ojos negros, dulzones y algo angustiosos, se asomaron en el umbral de la puerta

Hola, Javier ¿Cómo estás? –se sentó en la silla con esa forma tan propia de algunas chicas tímidas que juntan las rodillas mientras sus zapatos apuntan el uno contra el otro. Traía un pequeño paquete que puso sobre su regazo

Bien…bueno…mejor –respondió Javier sintiendo en alguna parte de sí que aquella Eloísa no se parecía en casi nada a la chica ansiosa y ardiente que aparecía en sus sueños

¿Y qué fue lo que te pasó?

No, nada…una cosa del estómago…parece. Pero, ya me siento más recuperado

Ahá…

¿Y tú qué tal? –dijo por decir algo

Bien, estudiando. Hoy, no tuve clases porque hay reunión de profesores…

Ahá…¿Y tu mamá? –no supo porqué preguntó por la doña.

Bien…está bien. Pero, no quería dejarme venir…

¿No…¿Y por qué? –Javier, hizo la pregunta a pesar de que estaba seguro que sabía la respuesta: la señora no le tenía ningún aprecio porque temía que Eloísa se enamorara de él…

(¡Qué señora tan jodida! –pensó)

No lo sé –Eloísa, rió- es que mi mamá me cuida demasiado…siempre anda imaginando cosas…

¿Cómo qué? –preguntó Javier haciéndose el desentendido

No sé…cosas. Pero, no te hagas bolas, son tonteras de una mamá miedosa –sonrió y luego extendió sus brazos para entregarle el paquete– Toma, es para ti

¿No son truchas, verdad? –dijo Javier, y ambos rieron

Era una hermosa cajita de madera de no más de 15 x 10 cms, labrada de forma muy artesanal. La tapa traía el grabado en relieve de un par de conejos enfrentados, con sus hocicos unidos como en un beso. Al abrirlo, encontró un diminuto candado y una llave.

¡Gracias, Elo…es linda! –un suave rubor cubría las mejillas de Eloísa mientras sus ojos parecían esquivar la mirada de Javier

En ese instante, apareció Doña Hortensia en el umbral de la puerta

Eloísa, tu mamá te está llamando

Javier y Eloísa, se miraron y soltaron la risa…

Doña Hortensia, no supo qué pensar de aquello.

El miércoles, fingiendo estar “bastante mejor” de sus achaques, Javier disfrutó de salir a caminar por los alrededores. Se moría de ganas de ir al río, pero su madre le había advertido que no hiciera demasiados esfuerzos ni se expusiera al frío o al calor que en esa época del año se daban indistintamente.

La vuelta al colegio era una amenaza que lo atormentaba. Para su alegría, Don Jacinto, su padre, le dijo que como recién había terminado sus pruebas trimestrales, sería mejor que se recuperara bien y no regresara a clases sino hasta el Lunes siguiente. ¡Qué le dijeron!, el jueves muy temprano en la mañana, sacó suficientes lombrices para un día completo de pesca. Doña Hortensia, un poco a regañadientes, le preparó una merienda para su excursión e incluyó ropa de abrigo, gorro y bloqueador solar en su mochila.

¿Por qué no le pides al Aliro que te acompañe?

No estoy seguro, mamá. El Aliro es muy tonto para pescar, no le gustan las pozas, le gusta tirar en la corriente, pero se le enreda la plomada en todas partes, y al final, tengo que andar ayudándolo todo el tiempo…No me deja concentrar en la pesca como a mí me gusta…

Pero, mijo, no seas tan maniático…-dijo la doña risueña, pero inmediatamente cambió el tono- No te lo voy a repetir, ve a buscar a ese niño y le pides que te acompañe ¿Me oyes?

Aliro, era un muchachón de 14 años, nacido en esa finca, moreno (por el sol y el poco jabón), fuerte, bruto y macizo, siempre dispuesto a seguir a Javier a donde éste le pidiera ir. No era un chico de muchas habilidades, pero tenía un espíritu emprendedor que no se detenía por su falta de talento o de conocimiento. Aliro, le metía con todo a cualquier cosa que hiciera y casi siempre lograba pegarse en los dedos por usar alguna herramienta equivocada o caerse del caballo por ir pajareando y chocar con alguna rama o dejar a la finca sin luz por meter sus manotas y cortar el cable equivocado.  Lo que sí, es que siempre se levantaba del suelo con una sonrisa en los labios después de aquellos revolcones que conseguía darse por atarantado o por echarle para adelante sin tener demasiada idea de lo que hacía.

Si Aliro tenía alguna competencia especial, era su capacidad para hacerse el heredero universal de las cosas de Javier; ropa, zapatos, gorros, chalas, cinturones, todo lo que Javier cargara encima era material hereditario con destino a su persona. Lo único que tenía que hacer (y que hacía) era poner cara de “tímida admiración” y, como quien no quiere la cosa, clavar sus ojos repetidamente en alguna de las prendas que Javier llevara puesta.

Después, cuando Javier partía a su colegio, Isolina le hacía entrega al pillo de Aliro, algún  paquete con tal o cual cosa que pareció haberle gustado tanto.

Un día, y mientras iban de camino al pueblo, Javier le pidió que descansaran un poco porque le dolían los pies. Se sentaron en unas rocas a la orilla del camino y entonces Aliro fijó su mirada en la nuevas botas vaqueras de Javier y puso una de sus mejores caras de encandilamiento…

Ah, no –exclamó Javier- no me vengas con cosas. Éstas, no las vas a tener… Me encantan mis botas nuevas, pero me aprietan los dedos –haciendo un esfuerzo se las pudo quitar y se masajeó los pies- Es que no estoy acostumbrado a los zapatos de punta…

Aliro, lo miró con cara de interrogación y frunciendo el ceño como quién no tiene la menor idea de lo que le hablan

Ay, sí, claro…si no te conoceré… -dijo Javier soltando una risa sarcástica

¿No quieres que te las amanse? –dijo, Aliro, de pronto

¿Qué?...¿Amansarlas? –le tomó un instante entender la pregunta y luego miró los pies Aliro en sus chancletas y le parecieron demasiados anchos y enormes

Yo creo que no te entran. De hecho, estoy seguro que te van a triturar esos dedotes cochinos y gordos que tienes, jajaja

Haciendo caso omiso a las burlas, Aliro se enfrascó en una lucha, a todas luces titánica, por meter sus pies adentro de ellas. Sudoroso por el esfuerzo, pero sin la menor demostración de dolor o molestia, se puso de pie y mostró orgulloso su nuevo calzado

¿Qué tal? –dijo

¡No mientas, cabrón…estás que te cagas con las botas!

¡No, para nada! –el muy ladino no mostraba ninguna señal de incomodidad

¡Ya… perfecto! –dijo Javier y se puso las chalas-  Ahora, tú te vas con mis botas y yo con tus chancletas hediondas…

De vuelta a casa, Aliro continuaba caminando alegremente con las botas, mientras Javier seguía sospechando que el muy pillo se estaba aguantando el tormento.

¿Y cuánto te demoras en amansarlas?

De aquí al Domingo las tengo listas –contestó muy convencido- Esta la noche les meto unas bolas de papel con alcohol  para que enanchen en la punta…

El paquete que Isolina le entregó a Aliro ese Domingo llevaba en su interior unas botas que Javier ya no quiso volver a usar. No sólo se veían deformes sino también le quedaron anchas…

Parece que el Aliro anda con su papá –dijo la señora mientras barría el patio de tierra bajo el parrón donde  colgaban suculentos racimos de uvas negras, blancas y rosadas

Ahí viene la Eloísa, ella debe saber

Vestía una falda muy coqueta que parecía no llevarse muy bien con unos botines de esos que sirven mejor para hacer excursiones al cerro. Arriba, llevaba puesta una blusa suelta que dejaba sus hombros al descubierto. Se veía casi demasiado sensual e inclusive algo fuera de foco para la realidad del paisaje que la rodeaba. Olía a recién bañada.

¿Vas de pesca?

¿Y cómo todos se enteran de todo en este lugar? –dijo Javier riendo

La Isolina me contó

¡Cómo no! Bueno, sí, voy por unas truchas y ando tras de Aliro para ver si me acompaña. Mi mamá está empeñada en que no vaya solo

Aquel, se fue a cosechar garbanzos con su viejo y no va a volver hasta la tarde…Pero, si quieres… yo te puedo acompañar

A pesar de que lo invadió una cierta excitación ante la perspectiva de un paseo en solitario con Eloísa, la cara poco amistosa de Doña Carmen se le apareció en su mente

¡Estás loca!, tu mamá se puede enojar

Mi mamá se fue a la ciudad y no regresa hasta mañana

¿Y tu papá? –sintió un cálido alboroto en su entrepierna

Mi viejo no se hace problema. Ahora voy y le aviso. Si quieres, nos juntamos en el cruce del estero…

Antes que pudiera abrir la boca, Eloisa ya se había echado a correr.

Mientras hacía cálculos ardientes para la excursión con Eloísa, se le vino a la mente una especie de sentencia, una advertencia de un cínico vividor que escuchó o leyó por ahí en alguna parte: “…cuando imagines que no vas a ser capaz de pensar adecuadamente en frente de una mujer que te excita terriblemente, pero a la que quieres conquistar, nunca llegues a una cita con ella sin haberte masturbado primero…”.

Encerrado en el baño, se empeñaba en ver a Eloísa desnuda con su boca entreabierta y sus labios sensuales pidiéndole a gritos que la hiciera suya ¡Javier…oh Javier…Javier!

Los rudos golpes de unos nudillos en la puerta le hicieron dar un brinco y lo sacaron bruscamente de su viaje a un clímax que ya estaba cerca

¡Javier, teléfono…!

¡¡#$%&…kxkxkx…%&*!! 

Cuando llegó al cruce y la vio apoyada en un árbol, inmediatamente sintió el sofoco de la excitación en el bajo vientre. Maldijo su mala suerte y la maldita llamada telefónica de su tía Aurora para que fuera a visitarla. Ahora, en vez de concentrarse en las truchas, sintió que tendría que lidiar con unos pensamientos que sólo querían dirigirse al cuerpo desnudo y los labios carnosos de Eloísa.

El camino hasta su lugar favorito, era una senda apenas visible a través de lengas, cipreses y helechos, y que bajaba culebreando hasta llegar al filo de un acantilado donde se podía ver el río 20 metros más abajo. Había que  ir afirmándose de los arbustos para seguir la huella hasta finalmente alcanzar la pequeña playa de arena gris frente a una bellísima poza rodeada de vegetación y protegida por el enorme muro de un farellón.

Durante todo el ascenso, Javier iba adelante abriendo el camino y de vez en cuando  giraba su cabeza para ver cómo venía Eloísa. Varias veces, su mirada se topó con sus calzones, y aunque intentó quitar rápidamente la vista, los ojos de ambos se encontraron y Javier creyó ver en los de ella alguna chispa de picardía.

Eloísa, a pesar de estar ensimismada en una cándida coquetería ante Javier, era una chica de campo bien instruida por su madre en la cocina y también en los menesteres de la casa. De su mochila sacó un gran mantel que extendió sobre la arena y luego abrió un paquete donde venían sándwiches, frutas, una caja con maní, nueces y almendras,  jugos envasados y hasta un par de servilletas de género. Luego, se recostó sobre el mantel cuidando de bajar su falda pero sólo lo justo para cubrir sus calzones.

Javier, hacía enormes esfuerzos en simular su absoluta concentración en la caña, el sedal y el anzuelo. Sentía el calor de las miradas de Eloísa que buscaban atraer su atención.

Le resultaba evidente que ella quería darle un carácter de picnic romántico a lo que él había planeado como una jornada gloriosa de pesca después de días de encierro y un cargante y persistente sentimiento de culpa y vergüenza por el episodio de Francisco.

Así, la excitación que en un momento había experimentado ante las provocaciones infantiles de Eloísa, se apagó bruscamente hasta el punto en que se sintió incómodo y se quedó pegado en su lado más analítico (a pesar de lo idílico de la situación, el ambiente y la falda corta de Eloísa). Mientras más pensaba en ella, más tonta la encontraba. Hasta su coquetería le parecía el acto de una chica poco lúcida e infantil. Sin embargo, y como siempre, le ganaba el sentimiento de culpa y no se atrevió a simplemente dejarla allí recostada sobre el mantel sin compartir con ella.

Finalmente, su día de pesca resultó bastante mejor de lo que pudo ser. Se las arregló para salvar la situación con Eloísa después de superar la etapa de los coqueteos, contándole parte de la historia de Francisco. Algo, que también le sirvió para aliviar la pesada carga de su culpa con nuevas reflexiones, tanto propias como aquellas que propuso Eloísa y que lo sorprendieron…

Yo, odié a mi papá cuando supe que tenía una amante. Por semanas enteras, y cuando miraba a mi mamá, la veía tan tranquila que me daba rabia que fuera tan babosa y no tuviera ningún orgullo. Me sentí muy re tonta después, cuando me enteré que no era verdad y que una mujer despechada y estúpida fue la que había echado a correr el chisme…¡Qué mierda de vieja y que tonta yo por andar creyendo leseras!

Gracias por lo que me toca –dijo Javier con una risita

Yo creo que no es culpa nuestra que estemos tan confundidos –prosiguió Eloísa- Nadie nos dice nada y todos mienten, especialmente los más grandes.  Al final, una tiene que andar adivinando las cosas…¡y es ahí donde nos equivocamos!…

Al observar la expresión de su rostro, el brillo de sus ojos y el énfasis de sus manos al ritmo de sus palabras, Javier, vino a descubrir que Eloísa no tenía un pelo de tonta. De hecho, le pareció que el único verdaderamente tonto, era él.

...continuará

 

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  • ...Finalmente, se hizo cierto aquel sueño con Eloísa junto al río cuando, recostados de igual forma, ella giró su rostro para besarlo, y sin embargo, había sido la boca de Francisco la que se abrió para entregarle una caricia urgente y apasionada. Esta vez, era el Francisco de carne y hueso...

    ...Sentía el calor emanando del cuerpo de Javier y colmándolo por completo de gozo. Sentía la caricia de su mirada, el vigor que lo invadía cuando sus ojos se llenaban de su figura, su cuello, su espalda y todo Javier moviéndose al ritmo de su cabalgar.

    A pesar de su corta edad, Javier, no dimensionaba nada homosexual en sus gustos y deseos. Para él, lo de Francisco era como una cosa propia de cualquiera de las experiencias que ocurrían en muchos de los animales que aparecían en los artículos científicos de las revistas de su papá. Le molestaba que la gente hablara de “homosexualismo” en referencia a las prácticas de tantos animales con otros miembros de su mismo sexo. Desde que se enteró que el sexo entre iguales en algunas especies es una forma de sostener el equilibrio social del grupo, sintió que sus sensaciones respecto de Francisco respondían a una emoción absolutamente normal y que naturalmente todo se resolvería más adelante una vez que a él le llegara lo que las revistas describían como la “madurez sexual”.

    ...Cuando Eloísa giró su rostro para mirarlo, tenía el rostro de Francisco, y cuando ella abrió su boca de labios sensuales para besarlo, tenía los labios de Francisco. Fue un beso largo, ardiente y desenfrenado. Su pelvis se agitaba con el ritmo de un frenesí arrebatador.

    "El rencor es como beberse un veneno y esperar que la otra persona muera" Carrie Fisher

    Mi imaginación vuela y desde las alturas, muy cerca de las nubes, veo el espectáculo increíble del suelo con sus calles, sus casas, los árboles, la serpenteante agua del río, los coches y las gentes como pequeños insectos moviéndose en todas direcciones. Soy un pájaro

    ...¡Eso, tenía que ver con la idiota que se deja embarazar como si no supiera que su tonta vida se va a echar a perder de ahora en adelante…

    Fernando, no podía comprender el significado de aquellas palabras que daban vueltas en su mente: “No me gustan los putos maricones que parecen buena gente…” ¿De dónde salieron esas malditas palabras? ¿Por qué le parecían estar clavadas a fuego en su cerebro como si las hubiera llevado consigo durante toda su vida?

    Reírte hasta las lágrimas, te puede ayudar a conseguir una pizca de felicidad, pero también te puede conducir directamente al infierno

    ...Las nuevas hipótesis acerca de las razas alienígenas apuntan a que los seres y ovnis que pululan subrepticiamente a través del Cosmos, no son otros que nosotros mismos venidos desde un futuro, 45.000 años adelante.

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Sobre mí, no sé qué pensar. Tengo más dudas que certezas, aunque no tomarme demasiado en serio es mi certidumbre favorita

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