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16 min
Javier & Francisco (Capítulo 4)
Amor |
21.02.17
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Sinopsis

...Finalmente, se hizo cierto aquel sueño con Eloísa junto al río cuando, recostados de igual forma, ella giró su rostro para besarlo, y sin embargo, había sido la boca de Francisco la que se abrió para entregarle una caricia urgente y apasionada. Esta vez, era el Francisco de carne y hueso...

Caminaron, casi sin hablar, por más de una hora, bajando a través de un angosto sendero en medio de una exuberante vegetación, hasta llegar a los pies de un bellísimo lago en medio de frondosos bosques de grandes cipreses, robles, raulíes, avellanos y hasta algunas maravillosas araucarias que sobresalían por encima de los demás árboles con sus más de 40 metros de altura. La playa, era un manchón de arena volcánica de color gris que se extendía no más de 15 metros por la orilla del agua y otros 10 hacia los árboles que la rodeaban. Tenía un pequeño muelle de pesca, un bote de remos  y, a pocos metros, rodeada de arbustos y helechos, había una preciosa cabañita que, Francisco, explicó, servía de refugio en caso de que se soltara la lluvia que, a veces, caía “como si el Arca de Noé estuviera a punto de zarpar”.

Se paró en la orilla del muelle. Sus ojos escudriñaban las transparentes aguas en busca de alguna señal que le sirviera para confirmar que las grandes truchas andaban por ahí. Luego, y afanosamente, preparó su caña; eligió la lombriz más gorda y grande, y con esa cierta repugnancia que le daba siempre cuando tenía que sacrificar al bicho que se retorcía entre sus dedos, la clavó en el anzuelo.

Francisco, lo miraba hacer desde la banca adjunta al muro de la cabaña. Le causaban gracia los gestos que hacía tratando de enterrar la lombriz en el anzuelo. Así también, le encantaba la manera en que Javier movía sus manos para hacer cualquier cosa. Tenía gracia y habilidad

Menos para clavar gusanos –se dijo, soltando una risa

Minutos después, ambos se afanaban en jugar con sus cañas inventándose “técnicas” y trucos que atrajeran a las truchas a sus anzuelos. Javier, tomaba el sedal con una mano y le daba pequeños tirones para hacer que la carnada se moviera. Francisco, le daba un par de vueltas al carrete para hacer lo mismo y luego levantaba bruscamente la caña "por si acaso" la trucha tenía el gusano en la boca, pero no se decidía a morderlo.

Después de algunos largos minutos de tedio y silencio, por la mente de Francisco se cruzó la idea de alguna lluvia torrencial que los hiciera tener que refugiarse en la pequeña cabaña que tenía una chimenea, una cocinilla, algunos víveres y una cama ancha y cómoda. Se estremeció. Miró al cielo y no había ninguna nube, ni la menor señal de lluvia hasta donde la vista se perdía en el horizonte.

De pronto, el sonido de un trueno a lo lejos le hizo sentir un dulce escalofrío. Sin embargo, él sabía muy bien que un trueno por esos lados no significaba nada.

 

¡La tengo…la tengo! –gritó de pronto Javier, al tiempo que caña se curvó violentamente. No tenía ninguna experiencia en la pesca con carrete automático ni con la regulación de la bovina para controlar su resistencia. El zumbido del carrete le decía que por más que giraba la manivela para enrollar el sedal, el pez tiraba más fuerte que el freno de la resistencia, y entonces en su fiero intento de liberarse se llevaba con él cada vez más sedal…

El sonido del carrete alertó a Francisco que dejó su caña en la arena y corrió hacia Javier

¡Ajústale el freno! –le gritó

¿¡Cuál freno!?

¡Ese de ahí! –lo tomó del brazo y le señaló con el dedo la parte frontal del carrete

En ese instante, una enorme trucha emergió del agua a 40 o más metros de distancia y el brillo del arcoíris en su lomo los dejó petrificados. Antes que alcanzaran a reaccionar, el carrete dejó de sonar y los últimos dos metros de sedal serpentearon violentamente a través de los anillos de la caña antes de saltar fuera del último de ellos y desaparecer entre las aguas…

Javier, estaba pálido. Se dejó caer de rodillas en la arena. ¡No lo podía creer! Era la trucha más grande que había pescado nunca…bueno, que casi había pescado…

Francisco, se arrodilló a su lado. Le dio una suave palmada en la espalda y tímidamente dejó su brazo sobre sus hombros

¡Pucha…qué mala suerte! –le dijo a modo de consuelo

El contacto del brazo de Francisco hizo tambalear la aún vívida y dolorosa imagen del lomo de la trucha y su refulgente arcoíris, junto con la otra imagen, la de la cola del sedal agitándose como una víbora en su furioso escape por los anillos de la caña hasta perderse para siempre en las aguas de la laguna.

Si enganchaste esa, de seguro pescarás otra…¿No crees? –su mano le acariciaba la espalda

Javier, sintió un escalofrío. Giró su cabeza para mirarlo y vio en su rostro esa expresión anhelante, ese brillo en sus ojos que era como una señal de ansiedad y súplica…

Sintió el calor del deseo reavivándose en su bajo vientre

Sí, tienes razón –dijo desviando la mirada y luego cerrando sus ojos para esquivar las ansias de besar esa boca entreabierta que parecía necesitar aire

Francisco, quitó su brazo de la espalda de Javier y luego se inclinó hacia adelante entrelazando sus manos entre sus piernas. Era como un gesto de desesperación

Javier, lo vio hacer y sintió que una ola ardiente de cariño, deseo y compasión se apoderaba de él, y sin poder contenerse, estiró sus brazos para rodear a Francisco por los hombros y lo atrajo hacia sí envolviéndolo en un abrazo dulce y apasionado. Por un instante, ninguno de los dos se atrevió a deshacer el abrazo, porque el loco frenesí que les hacía palpitar, emocionar y conmoverse, les hacía también desear y temer lo que harían después cuando se volvieran a mirar a los ojos…

Mientras disfrutaban del abrazo y la incertidumbre de sus emociones, los brillos del agua en la laguna refulgían como si hubiese un cielo en llamas frente a sus ojos. De pronto, y como una explosión de luz, el brillante lomo arcoíris de la enorme trucha emergió de las aguas agitándose violentamente en el aire antes de volver a sumergirse.

Los dos, con sus bocas abiertas por el asombro, parecían estar en éxtasis. Se quedaron así por unos cuantos segundos hasta que Javier se desprendió del abrazo, pegó un salto y corrió a la orilla del agua

¡Se enredó…se enredó…el sedal está enredado en alguna parte! –gritó, mientras sus ojos buscaban afanosamente alguna vara más larga que las cañas…

Francisco, aún arrodillado en la arena, estaba como aturdido, sin reacción…  

Javier, con la vara en sus manos corrió al bote y, antes que Francisco se pusiera de pie, ya estaba remando en dirección a donde creyó haber visto saltar a la trucha

En ese instante, el pez volvió a asomar su refulgente lomo a poca distancia del bote. Javier alcanzó a divisar la línea del sedal que se tensó bruscamente a escasos metros de donde él estaba. Metió la vara en el agua varias veces hasta que, de pronto, el sedal apareció enganchado en ella.

¡La tengo…la tengo! –gritó dirigiéndose a Francisco, quien, impávido, lo contemplaba desde el muelle.

 

El recuerdo del sedal cortando su carne aquella vez que luchó por más de media hora para sacar una trucha en el río, le hizo tomar precauciones, y apenas logró hacerse de la línea, inmediatamente la enrolló en la punta de la proa del bote.

Remó hasta la orilla, saltó al agua y trató de subir el bote sobre la arena

¡Francisco, ayúdame! –gritó buscándolo con la vista. Sin embargo, para su total sorpresa, no lo vio por ninguna parte

¡Puta madre! –exclamó, con sus pies resbalándose en la arena, mientras tiraba del bote con todas sus fuerzas. Finalmente, exhausto, se dejó caer de rodillas para recobrar el aliento, pero, casi al instante, y con algo de temor, tomó el sedal amarrado al bote y empezó a recogerlo lentamente hasta que el tirón que vino del agua se lo arrancó de las manos. La línea se tensó hasta el punto que parecía que iba a romperse en cualquier momento

¡Guau…ésta es cosa seria! –se dijo al tiempo que sus ojos buscaron afanosamente a su alrededor

¡Francisco…Francisco…! ¿¡Dónde estás!? –gritó enrabiado y luego corrió hacia la canasta de pesca en su mochila y sacó un par de guantes que tenían las palmas cubiertas de goma.

Tras largos minutos de recoger y soltar, de tirar y ceder, finalmente, y con el corazón latiéndole a mil por hora, logró llevar hasta la orilla a una hermosa, enorme y extenuada trucha arcoíris que no podía, según sus cálculos, pesar menos de dos kilos y medio o quizás, tres.

Cuando, a duras penas, luchando con su peso y su piel resbaladiza, la pudo poner en la arena, le dieron ganas de llorar. La contempló extasiado por unos segundos mientras el pez boqueaba abriendo y cerrando sus branquias tratando de respirar.

¡Perdóname! –le dijo, antes de girarla para exponer su cabeza y descargarle un certero golpe con un remo.

Lavó la trucha con todo cuidado y borró toda señal de la sangre que emanó de sus branquias tras el golpe fatal. Aún sentía ganas de llorar, pero no sabía si era por la emoción indescriptible de haberla pescado o por la otra emoción que abarrotaba su consciencia con la pena de haber matado a un animal tan hermoso, un ser único…

Francisco, no aparecía por ninguna parte. Envolvió a la trucha con su cortaviento y la puso cuidadosamente en su mochila. Miró a su alrededor y cuando sus ojos se toparon con la cabaña, se le ocurrió que ahí estaría Francisco

A lo mejor, se sintió mal –pensó

Abrió la puerta y tras unos segundos de acostumbrar la vista a una habitación en penumbras, alcanzó a ver a Francisco recostado en la cama con un antebrazo cubriendo sus ojos

Cuidando no tropezar con algún mueble, Javier, se acercó sigilosamente hasta llegar a su lado.

Francisco…¿Estás despierto? –dijo en un murmullo

Apartando el brazo de su rostro, los ojos húmedos de Francisco lo miraron como si estuvieran cargados de tristeza o quizás decepción

Ahá… -dijo con una voz cansada- …es que no me siento muy bien…

¿Qué te sucede? –el rostro de Javier expresó una honda preocupación

No sé…nada en especial…sólo este cansancio que me da de vez en cuando…y que me agobia…

¿Quieres que regresemos ahora o quieres descansar un rato?

¿Qué hora es? –preguntó Francisco con los ojos cerrados. Su rostro pálido parecía la faz de una chica hermosa esculpida en mármol y absorta en un acto de tristeza ¿o abandono?…

Javier, lo contempló por un par de segundos y se sintió invadido por deseos de abrazarlo. Sacudió la idea de su mente y con una cierta vacilación y temor, llevó la palma de su mano hasta la frente de Francisco. El contacto lo estremeció

No…no tienes fiebre –miró su reloj- …y son las 5 con 20

Hueles a pescado…-dijo, Francisco, sin abrir sus ojos

Oh, sí… -rió, Javier, recordando a su trucha-…es que ¡la pesqué!...¡Vieras lo enorme y hermosa que es…!

Qué bien…te felicito…-el tono de su voz no denotaba el menor entusiasmo- …en el baño hay un jabón líquido especial que quita ese olor…

Después de lavar varias veces sus manos y olerlas otras tantas, Javier, se sentó en la tapa del excusado. Su mente se debatía en pensamientos ansiosos.

Al mirarse los pies se dio cuenta que tenía los zapatos mojados y también buena parte de sus pantalones.

Francisco, aún con sus ojos cerrados, le dijo que encendiera la chimenea para secarse.

Tras varios intentos logró encenderla.

 

Sentado en el sofá, Javier, se sentía algo incómodo en calzoncillos mientras sus brazos extendidos exponían el pantalón al calor de las llamas al tiempo que por el rabillo del ojo vislumbraba la silueta de Francisco.

De pronto, y mientras su imaginación lo había puesto en la cama recostado junto a él, la voz de éste rompió el silencio

Javier…ven, por favor –su voz sonó como una súplica

Trémulo, con sus manos intentando cubrirse el frente de sus calzoncillos, se acercó hasta que sus rodillas se toparon con el colchón de la cama. Sentía el loco palpitar de su corazón porque intuía algo que lo hacía temblar, temer y desear. En la penumbra pudo ver el rostro de Francisco que lo miraba como si le faltara el aire…

Javier, tiritaba, sin saber qué hacer. Lo dominaba una mezcla entre miedo y deseo. Su erección se hizo evidente aún en aquel espacio apenas iluminado.

Francisco, notó el bulto en su entrepierna y lo tomó del brazo.

No…no tengas miedo –le dijo con una extraña voz entrecortada- Yo tampoco sé qué hacer…no lo sé…

Javier, era incapaz de moverse. Un rubor le llenó el rostro cuando alcanzó a ver los ojos de Francisco mirando furtivamente a su entrepierna, pero al mismo tiempo sintió la excitación en todo su cuerpo…

Seguía inmóvil, aunque sus pulsaciones se aceleraban progresivamente porque presentía que todo estaba a punto de explotar.

Lo invadió un escalofrío de placer cuando la mano de Francisco le palpó su miembro erecto

Mi…mira cómo estás –le dijo con voz trémula mientras sus dedos lo acariciaban

Se dejó hacer conteniendo la respiración. Temblaba entero. Un ardor exquisito lo invadió por completo.

Francisco, lo jaló del brazo hasta hacerlo recostarse a su lado.

Javier, permanecía inmóvil, incapaz de tomar cualquier iniciativa. Lo dominaba una emoción entre temor, deseo y vergüenza.

Francisco, ya no parecía aquel chico sereno y templado. En sus ojos había fuego y determinación. Calculadamente, y en un movimiento lleno de sensualidad, se giró y le dio la espalda  

El contacto de los cuerpos y el olor dulce e intenso que emanaba del cuello de Francisco, le hicieron sentir un ardiente deseo de abrazarlo y pegarse a él, y éste, ya sin nada capaz de contener sus anhelos, arqueó su pelvis y pegó su trasero al miembro endurecido de Javier, quien le respondió apretándose en contra de esa parte del cuerpo de Francisco que tanto había imaginado y deseado.

Finalmente, se hizo cierto aquel sueño con Eloísa junto al río cuando, recostados de igual forma, ella giró su rostro para besarlo, y sin embargo, había sido la boca de Francisco la que se abrió para entregarle una caricia urgente y apasionada. Esta vez, era el Francisco de carne y hueso. Y no era aquel que él conocía, sino alguien que parecía tener el control de todo. Alguien que de pronto se quitaba la ropa con un gesto de sensualidad exuberante y que parecía tener mucha experiencia en las cuestiones del sexo.

Javier, titubeó por un instante frente a esa revelación, pero la excitación y el contacto con la piel desnuda del trasero de Francisco le hicieron perder la noción de cualquier cosa que no fuera el ardiente deseo de hacerlo suyo.

¡Calma, Javier!…espera…déjame ayudarte

Hasta la voz excitada e imperiosa de Francisco le pareció extraña, pero sintió un escalofrío exquisito cuando la mano ya adentro de sus calzoncillos le acarició el miembro al tiempo que le esparció algo viscoso y resbaladizo que desprendía una fragancia de frutas, un aroma que lo excitó aún más.

Por un segundo, su mente trató de entender de dónde salió esa cosa que Francisco había puesto en su miembro, pero la misma mano que lo acariciaba lo guió hacia donde él quería entrar. Después, todo se transformó en un loco frenesí.

 

Su mente bullía en pensamientos que lo llenaban de intranquilidad e incomodidad. Caminaba por el sendero detrás de Francisco y le parecía que un abismo se había abierto entre los dos.

Francisco, había regresado a ser el de siempre y no mostraba la menor señal de toda la locura que habían vivido juntos. De vez en cuando, él se volteaba para entregarle una sonrisa o hacerle algún comentario sobre tal o cual árbol, flor o planta. Javier, hacía como que le escuchaba o le devolvía la sonrisa con apenas una mueca mientras lo dominaban sentimientos encontrados y unos deseos urgentes de llegar pronto a la finca y luego partir a refugiarse en su casa al abrigo de un espacio propio en soledad. La repuesta naturalidad de Francisco, como si nada hubiese pasado, le producía una hiriente sensación de despecho.

Recordó aquel momento cuando quiso abrazarlo minutos después de vestirse. Para él, fue como un despertar crudo e inesperado. La mano de Francisco en su pecho deteniendo su impulso fue el gesto que le hizo darse cuenta que todo aquello que pasó no fue más que puro sexo y que su ingenua conexión con otros sentimientos no era sino la tonta imaginación de un iluso. Francisco, tras detener la intención del abrazo de Javier, lo miró con el gesto y la simpatía propia de quien se ha dado por bien servido.

Vamos, Javier, debemos irnos… -le había dicho, y antes de darse media vuelta para salir de la cabaña, acompañó sus palabras dándole un suave golpe de puño en el pecho.

Javier, se sintió humillado. No reconocía casi nada de este Francisco que de pronto parecía ser mucho más distante, frío e indiferente  que aquel chico lloroso y abandonado que suplicaba con la mirada minutos antes.

¡Qué cabrón! –se dijo con rabia

 

Continuará…

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  • Lucius, agradezco tus comentarios, pero no entendí aquello de tus disculpas. ¿Me puedes explicar?
    No hace falta decir que me han gustado tus historias. Eres muy bueno. Por cierto aprovecho la situación para pedirte disculpas, mis historias estaban muy sucias, no me había dado el tiempo de checarlas. Espero puedas darme otra oportunidad.
  • ...Finalmente, se hizo cierto aquel sueño con Eloísa junto al río cuando, recostados de igual forma, ella giró su rostro para besarlo, y sin embargo, había sido la boca de Francisco la que se abrió para entregarle una caricia urgente y apasionada. Esta vez, era el Francisco de carne y hueso...

    ...Sentía el calor emanando del cuerpo de Javier y colmándolo por completo de gozo. Sentía la caricia de su mirada, el vigor que lo invadía cuando sus ojos se llenaban de su figura, su cuello, su espalda y todo Javier moviéndose al ritmo de su cabalgar.

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    ...Cuando Eloísa giró su rostro para mirarlo, tenía el rostro de Francisco, y cuando ella abrió su boca de labios sensuales para besarlo, tenía los labios de Francisco. Fue un beso largo, ardiente y desenfrenado. Su pelvis se agitaba con el ritmo de un frenesí arrebatador.

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    Reírte hasta las lágrimas, te puede ayudar a conseguir una pizca de felicidad, pero también te puede conducir directamente al infierno

    ...Las nuevas hipótesis acerca de las razas alienígenas apuntan a que los seres y ovnis que pululan subrepticiamente a través del Cosmos, no son otros que nosotros mismos venidos desde un futuro, 45.000 años adelante.

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Sobre mí, no sé qué pensar. Tengo más dudas que certezas, aunque no tomarme demasiado en serio es mi certidumbre favorita

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