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4 min
Jerarquía de Amor
Amor |
09.02.19
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Sinopsis

El amor que él le daba era pura jerarquía. El, cómo superior, siempre obtenía las cosas buenas de la relación, su corazón era un plebeyo, pues le tocaba de él lo que sobraba y su cuerpo terminaba en el final de la distribución, siendo el esclavo, que recibía de él, una paliza si se quejaba.

Así fue por años, meses y días, una esclavitud desalmada. Él sabía que estaba metido en sus sentidos, estaba metido en su piel, por eso hacía con ella lo que le venía en gana, por eso hacía con ella lo que nadie más podía hacer.

Él le pedía e que brincara, ella solo preguntaba qué tan alto. Él le ordenaba dormir, ella solo confirmaba por cuantas horas. Él le ordenaba hincarse, ella solo pedía saber en qué rincón de la casa.  Así la dominaba hoy en día, así la ha dominaba desde siempre, desde aquel mismo instante cuando se le entregó por primera vez en un pequeño cuarto de hotel.

Pasó el tiempo y ella solo vivió para honrar a su rey, hasta que después de una fuerte tormenta de sentimientos y pensamientos, de esas donde el cuerpo no puede más, encontró en el horizonte la fuerza necesaria para al salir al solo en la mañana. Su cuerpo no aguantó más y hubo que tomar una decisión, era morir a manos de “su rey” o correr a ser libre y construir su propio reino.

Sabía cuál era la decisión correcta, la sabía desde mucho tiempo atrás, pero sentía miedo, miedo a verse sola enfrentando la vida. Y ni hablar de su corazón, este lo había asumido como único amor, sintiéndolo tan vital para su vida como el aire que respira.

Mientras él dormía en el sofá, convertido en toda una mierda, ella, entre lágrimas llenas de miedo hizo su maleta, camino hasta la puerta, se detuvo y volvió a dudar. Un miedo visceral le inundo y volvía a temblar, temblaba como tantas noches lo había hecho cuando él llegaba borracho haciendo añicos todo a su paso. Volteó a verlo y lo vio claro. Vio reflejada en el su vida, una vida que se convertía en solo pura mierda.

 

Un primer paso se necesitaba, un primer paso pensaba, el más difícil se decía para sí y era como si los pies estuvieran clavados al piso, no podía levantarlos. Sabía que si salía era para no volver, porque de volver le esperaba la muerte, pero también, sabía que era tiempo de hacerlo.

Un respiro profundo, llenó sus pulmones de aire, cerró los ojos y caminó, caminó fuera de esa casa llena de tanto dolor en recuerdos, dolores marcados en la piel, camino sin mirar atrás, sabía que no podía hacerlo porque era débil, porque sabía que podía sucumbir a ese amor que por el sentía.

Caminó por largas horas, sin rumbo, no sabía a quién acudir. Había por el perdido a sus amigos, dado la espalda a su familia, se había convertido en una esclava solitaria, solo vivía para servir a su rey, pero una luz siempre existe al final del camino y era su madre quien la sostenía, sabía que allí siempre tendría un lugar donde vivir, una cama donde descansar y unos hombros donde llorar.

Y así fue, ahí estaba, frente a la casa que la vio crecer y se llenó de valor. Años habían pasado desde la última vez que entró al que nunca había dejado de ser su hogar. Bajó la maleta, subió los dos escalones, tocó la puerta y esperó. La puerta aun de color verde esperanza no tardó en abrir y ahí estaba ella, la misma mujer que la trajo a la vida, la misma que llevó a la escuela por primea vez, la misma mujer que la vio crecer. Seguía siendo bella, seguía reluciente, seguía siendo su más grande amor. Sus brazos la recibieron como ella sabía que sería recibida, le brindaron el calor que tanta falta le hacía y se permitió llorar, llorar por los golpes de la vida, llorar por el miedo que había conocido y más aún llorar porque pese a que sabía a su madre haber traicionado esta la una vez más la recibía.

 

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