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4 min
Johnny Cash machaca las pelotas de los corruptos
Varios |
03.12.13
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Sinopsis

Remato mi homenaje de ayer al gran Johnny Cash y le imagino como libertario justiciero ante los perversos corruptos.

Ayer algunos vimos a Johnny Cash morir mientras cantaba ‘Hurt’ (‘Roto’), su balada de expiación por una vida de infringirse dolor a sí mismo y a quienes le rodeaban. Sin embargo, eso fue ayer, en el 12 de septiembre de 2003 en el que se vistió de negro, como siempre, pero para asistir a su entierro, por primera y última vez. Pero, paradojas del tiempo, una década después, hoy, ahora, Johnny Cash está más vivo que nunca. Ruge como un diablo. Clama justicia. Está furioso. Ante él, están el golfo presidente de la patronal que robaba mientras pedía que nos apretásemos el cinturón, el tunante presidente de una comunidad autónoma que se lucró fumándose millones de euros de sus ciudadanos como si fueran un puro y el empresario cabrón que oprimía a sus currantes mientras él se pegaba la vida padre.

 

A Johnny Cash le han tocado las pelotas y ahora él quiere vengarse machacando las de estos malditos corruptos. No le basta con que estos malnacidos estén en la prisión, adonde él ha venido a dar uno de sus legendarios conciertos carcelarios. De sobras sabe que gozan de privilegios, que tienen comprados a los vigilantes y que su poder sigue vigente en este minúsculo Hades. Quiere venganza y la quiere ya. Junto a su profeta del hacha, cientos de reclusos rodean a los tres miserables. Estos, acojonados, se abrazan entre sí. Y es que no les quedan más huevos, pues están amarrados a un palo y sus brazos y piernas permanecen sujetos por una cuerda dura y seca. En sus bocas sostiene cada uno una manzana. Apestan a sudor y meado.

 

Baten las palmas, los pies de la masa enfurecida la toman contra el suelo. Hasta que se hace el silencio y la guitarra de Johnny Cash emite un rugido. Por supuesto, no le hace falta ser eléctrica para estremecer; le bastan los furiosos dedos del justiciero para emitir algo así como un sonido salido de las entrañas de un asesinado a balazos. La energía es brutal. Los corruptos ya se han cagado en los pantalones cuando el autor de este country alocado se postra ante ellos y les suelta a quemarropa: “Hasta ahora se agachaban ante vosotros las putas humilladas y los esclavos a los que arrancasteis el alma. Ahora soy yo el que me abajo hasta vosotros. ¡Pero es para ver mejor la mirada de tres hijos de la gran puta que aquí han devenido en tres corderitos degollados!”.

 

En un abrir y cerrar de ojos, Johnny Cash saca a relucir su dedo corazón y lo erige en un monumento a la justicia. Rígido como un puñal, este se incrusta en las pelotas de los tres forajidos, cuyas respectivas manzanas echan a rodar entre vómitos de vergüenza y culpa. El público preso estalla en un bramido atroz. Mañana seguirán en la puta trena, pero sus compañeros de celda ya no serán jamás poderosos entre las rejas. Vestido al fin de blanco, el bueno de Johnny Cash es sacado a hombros. Antes de llegar a la cantina, ya han caído los más suculentos brebajes. La turba, borracha ya, está dispuesta para una noche salvaje, sin reglas ni vigilancias. Todos levantan el dedo corazón al cielo. Todos menos los tres corruptos, cuyas manos, libertas al fin, solo les dan para agarrarse lo que les queda de las pelotas.

 

¡Larga vida a Johnny Cash!

 

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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Conquense y madrileño, licenciado en Historia y Periodismo, ejerzo este último. Libertario y comunitarista, voto al @Partido_Decente. Mi pasión es escribir.

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