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24 min
Juegos peligrosos
Terror |
30.11.17
  • 5
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Sinopsis

Relato escrito con la colaboración del eterno Ricardo Zamorano. a quien le agradezco enormemente su participación.

La fiesta de cumpleaños de Daniel ya estaba terminando; solo quedaron seis chicos. El reloj marcaba las tres de la mañana y en el jardín solo quedaban papelitos, restos de tortas y bebidas en la gran mesa central. Era el cumpleaños número dieciocho de Daniel y lo festejó con todos sus amigos en el patio de su casa. El padre le dijo que empezara temprano porque no quería que estuvieran hasta tan tarde haciendo ruido con la música.

De los seis chicos que quedaban, tres vivían en la misma calle, por lo tanto, no tendrían problema de transporte; de los otro dos, una era la prima de Daniel, que esa noche se quedaría a dormir, y el otro era su mejor amigo, quien tenía planeado quedarse hasta el amanecer porque no le gustaba manejar por la noche y menos con el auto de su hermana, quien se lo había prestado con la condición de que al día siguiente se lo lavara. Como no podían hacer ruidos, los chicos (Daniel, Marcos, Claudia, Andrea, Maxi y Marcelo) decidieron contar historias misteriosas. Claudia conocía varias, ya que vivió muchos años en el campo, a las afueras de Buenos Aires, y realmente pasaban cosas raras y misteriosas, según ella.

La conversación se ponía interesante y por momentos terrorífica. Marcos (el mejor amigo de Daniel) era muy miedoso, de esos chicos que se le pone la piel de gallina enseguida, por lo que intentó cambiar el curso de la conversación, pero no le dieron pelota. El padre de Daniel se aproximó a la mesa y le dijo a Dani que apagase la luz principal, pues él ya se iba a acostar.

Los chicos se quedaron con una luz muy tenue, y siguieron contando historias de espíritus y de muertos.

Fue entonces cuando Claudia sugirió hacer el juego de la copa.

— ¿Qué? Vos estás loca —dijo Marcos.

— ¡Pero dale! No seas cagón, Marqui —replicó Clau.

Daniel, por su parte, dijo que él no creía en esas cosas pero que no tenía drama en hacerlo.

Todos estuvieron de acuerdo menos Marcos, quien no quería saber nada de nada. Andrea intentó convencerlo diciéndole que tenían que ser número par, pues de lo contrario sería peligroso hacerlo...

— ¿Por qué sería peligroso? —preguntó Maxi.

—Porque si realmente bajamos algún espíritu y somos número impar, sería muy difícil hacerlo ir —respondió Andrea.

— ¿Y vos cómo sabes? —preguntaron los chicos.

—Porque tengo una prima espiritista que sabe mucho de estas cosas, y me dijo que nunca lo hiciera y menos si somos impares.

—Bueno, suficiente razón para no hacerlo... —dijo Marcos.

Pero los chicos le insistieron. Hasta que finalmente lograron que estuviera de acuerdo, con la condición de que harían un solo intento y nada más.

Claudia, que era conocedora del tema, comenzó a preparar todo lo necesario. Colocó varios papelitos con letras y números en cada uno formando un círculo y le pidió a Daniel que trajera una copa limpia. Daniel fue a la cocina a buscar la copa, pero de vuelta al patio, se tropezó con la puerta y cayó al piso, haciéndola añicos.

Marcos dijo:

—Me parece que hay alguien que no quiere que juguemos con fuego.

Pero Daniel fue a buscar otra copa y de paso se trajo el colgante con el crucifijo de oro que le regalaron en su comunión hacía diez años.

Una vez todo listo, Marcelo pidió permiso para hacer la primera pregunta. Claudia empezó a convocar al espíritu de turno y la copa comenzó a moverse lentamente. Todos tenían un dedo ligeramente apoyado en la base de la copa, la cual estaba bocabajo. Al percibir el movimiento, Marcos se asustó pero no retiró el dedo. Entonces Marcelo hizo la primera pregunta.

— ¿Eres hombre o mujer?

«HOMBRE», respondió la copa deslizándose sobre las letras.

— ¿Eres bueno o malo?

«DEPENDE»....

Claudia también quería hacer unas preguntas, y sugirió hacer cada uno una pregunta de derecha a izquierda.

— ¿De dónde eres?

«DE ABAJO».

¿Hace cuánto tiempo que moriste?

«NUNCA».

— ¿Cómo es el lugar dónde estás?

«HERMOSO».

— ¿Estás en el cielo o en el infierno?

«ABAJO», repitió.

Entonces, Andrea dijo:

— ¡Manifiéstate!

Y la copa empezó a levitar unos centímetros y a girar sobre su propio eje para luego volver a su lugar de origen.

Cuando le tocó preguntar a Daniel, la copa no respondió nada.

— ¿Te fuiste? —preguntó Andrea.

«NO», respondió esta vez.

— ¿Por qué no le respondes a Daniel?

«RESPONDO A QUIEN QUIERO».

Marcos, al llegar su turno, dudó un poco, pero al fin preguntó:

— ¿Eres un Ángel o un Demonio?

Y la copa, luego de estar unicelular durante unos segundos, respondió:

«666».

Marcos se asustó tanto, que retiró los dedos.

—No loco; yo no juego más a esto.

—Pero vení, tonto, que tenemos que decirle que se vaya —dijo Maxi.

A pesar del miedo, Marcos puso nuevamente el dedo sobre la copa y Claudia comenzó a decir unas palabras para que el supuesto espíritu abandonara el juego y regresara a donde perteneciera.

Cuando todo terminó, se quedaron un rato en silencio.

—Es la primera y última vez que hago este juego tonto —dijo Daniel—; la verdad, me cagué en las patas.

— ¿Viste? —Le espetó Marcos—. Te dije que no lo hiciéramos.

—No pasa nada, chicos; ya se fue —agregó Andrea.

— ¿Cómo sabes que se fue? —preguntó Daniel.

—Se supone que se fue, ¿no? —inquirió también Marcelo

Claudia habló aparentemente tranquila.

—Sí, se tiene que haber ido. Aparte, los espíritus que se bajan con la copa son almas en pena que no tienen ningún poder. Son pobres espíritus.

Los chicos se quedaron hablando un rato más hasta que amaneció, y, mate de por medio, se despidieron hasta la noche.

***

Cuando Daniel y Claudia se fueron a dormir un rato, ya eran las seis de la mañana. Se acostaron en el cuarto de Daniel; él en su cama y Claudia en el sillón cama.

A los pocos minutos de quedarse dormidos, Claudia empezó a tener una pesadilla. Daniel la despertó.

— ¿Qué soñaste, loca? —le preguntó.

—No sé… —Se la veía un tanto asustada—. Soñé como si alguien quisiera meterse en mi cuerpo. Dios qué miedo.

— ¿No me digas? —Ahora él también estaba asustado—. Al final Marcos tenía razón. No sé para qué hicimos ese juego.

—No pasa nada, Dani —dijo Claudia más tranquila—. Fue solo un sueño. Menos mal que ya es de día.

***

La madre de Daniel se disponía a arreglar el lío que había en el patio, cuando al llegar el momento de levantar la copa, esta se le resbaló de las manos y cayó al piso, derramando un líquido rojo muy semejante a la sangre. Ella no se había cortado con los cristales, por lo que le pareció extraño y avisó al marido. Una vez allí, el padre de Daniel palpó el líquido con su dedo y lo olió.

—SÍ, aparentemente es sangre —dijo—. Después les pregunto a los chicos si se cortó alguien.

***

Eran las dos de la tarde cuando sonó el teléfono. Lo atendió la madre de Daniel. Él y Claudia estaban comiendo algo, y esta le había comentado que la pesadilla no le había dejado dormir, pues se había repetido una y otra vez. Pero en ese momento detuvieron la plática y escucharon la conversación:

— ¡¿Qué?! Dios mío, no lo puedo creer…

— ¿Qué pasó, ma? —preguntó Daniel.

—Era el hermano de Marcelo. Dice que Marcelo se cayó de la cama y se desnucó.

— ¿Cómo que se desnucó? —preguntó Claudia.

Daniel, con lágrimas en los ojos, le dijo que él dormía en una cama marinera.

Un día después acudieron al funeral de Marcelo. Todos estaban muy angustiados. En cierto momento, Marcos comentó que tuvo pesadillas, lo mismo que Maxi, Andrea y Claudia.

Daniel confesó que le parecía que esto tenía algo que ver con el maldito juego de la copa.

—No nos hagamos la cabeza, chicos —dijo Andrea—. Fue un lamentable accidente.

Tristes y asustados, se dirigieron al cementerio a enterrar a su amigo. Una vez allí, una mano tocó el hombro de Andrea. Esta se pegó un susto terrible. Se dio la vuelta y se encontró con su prima Mónica, una chica de más o menos treinta y tres años. Lo primero que dijo al hablar fue:

—Ustedes estuvieron jugando con la copa, ¿no?

—Sí —respondió Andrea— ¿Cómo te enteraste?

—Una vez te dije que nunca jugaras a ese juego. Tengo un muy mal presentimiento.

— ¿Qué presentimiento? —le preguntó Marcos.

—Me parece que bajaron un espíritu maligno que será muy difícil hacerlo subir nuevamente. Pero no es un tema que debamos hablarlo en un cementerio.

— ¿Pero el juego tuvo algo que ver con la muerte de Marcelo? —quiso saber Claudia.

— ¿Qué? ¿Marcelo estaba con ustedes?

—Sí —respondió Daniel.

—Dios mío —dijo Mónica—. Creo que están en un grave problema. Nos vemos en la casa de Daniel hoy por la noche.

Los chicos se quedaron un rato más en el cementerio, mirando la tumba de su amigo. Ya se habían ido todos, solo quedaron los cinco chicos, asustados y con lágrimas en los ojos. La muerte de Marcelo fue un golpe muy duro.

Unas horas después, decidieron regresar a casa. Fue entonces cuando Marcos vio a un hombre vestido con traje y sombrero negro parado al borde de una tumba. Se preguntaba quién sería, cuando el individuo se dio la vuelta y le miró fijamente. Marcos, asustado, les dijo a los chicos:

—Miren a ese hombre qué extraño es.

— ¿Qué tiene de extraño? —le preguntó Daniel.           

—No sé. Recién me estaba mirando y no logré ver bien su cara… Miren, ahora está nuevamente mirando.

Maxi hizo un gesto con la mano para saludar al extraño y este se quitó el sombrero y también lo saludó; luego se retiró caminado rápidamente. Los chicos sugirieron ir a ver la tumba donde estaba el pelado (el extraño no tenía pelos en la cabeza). Al llegar, se sorprendieron porque no había nadie enterrado en ese lugar; la fosa estaba cavada pero no había ningún ataúd.

—Vámonos rápido de aquí —dijo Andrea.

Cuando se estaban retirando, se les acercó el cuidador y les preguntó:

— ¿Vieron qué hombre más raro el del sombrero?

— ¿Por qué «raro»? —inquirió Daniel nuevamente.

—Porque llevaba parado en esta tumba vacía un buen rato —contestó el cuidador.

— ¿Y? —Agregó Andrea— ¿Qué es lo raro?

—Ayer estuvo parado en aquella tumba... —El dedo del cuidador señaló la lápida de Marcelo.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de los chicos y se fueron del lugar caminado muy rápido, a medio correr.

En el auto de Daniel, Claudia le preguntó a Andrea:

— ¿Que tu prima conocía a Marcelo?

—No sé —respondió Andrea—. ¿Por?

—No, digo: como estaba en el cementerio, seguro que lo conocía...

 —Tal vez, como es espiritista, tiene  un sexto sentido —agregó Maxi.

—No sé —intervino Daniel— Lo que está pasando no me gusta un carajo. Más vale que tengamos los ojos bien abiertos. Hoy, cuando veamos a esa tal Mónica, tengo varias preguntas para hacerle.

***

A la noche, todos esperaban a Mónica en casa de Daniel. Eran como las doce de la noche y Mónica no llegaba. Como no tenía teléfono, no se podían comunicar con ella. Cansados de esperar, decidieron ir a sus respectivas casas a dormir, pues el día había sido muy agitado.

Marcos le preguntó a Claudia si quería que la acercara hasta la casa, pues le quedaba de paso.

—Bueno —convino Claudia.

— ¿Seguro que no te quieres quedar a dormir? —le preguntó Daniel.

—No. Les dije a mis viejos que hoy iba para casa.

El padre de Daniel se preparó para llevar a Clau, pero Marcos le dijo que se quedara tranquilo, que él la llevaría.

Cuando Marcos llegó a casa de Claudia, la despidió con un beso, y Clau se lo agradeció dándole un leve beso en la boca (un piquito).

—Nos vemos mañana —dijo Marcos.

—Seguro —respondió Claudia— Pero ahora apúrate que parece que va a llover.

Marquito se fue muy contento a la casa.

En el camino se largó una fuerte lluvia. Él se preocupó porque no le gustaba manejar de noche y menos con semejante lluvia. Entonces, de repente, el auto se paró en un lugar muy oscuro con casas muy alejadas entre sí.

Marcos tomó una linterna y bajó del auto para ver qué sucedía, ya que él entendía mucho de mecánica, pues justamente trabajaba en el taller del barrio.

Levantó el capot y no vio nada raro, así que subió nuevamente y al sentarse vio por el espejo retrovisor a un extraño hombre con paraguas que se acercaba por el medio de la calle. Marcos, sin dudarlo, rápidamente, intentó arrancar el auto. Pero no lo logró.

El hombre se aproximó al auto y le golpeó el vidrio.

— ¿Necesitas ayuda? —preguntó.

Al darse la vuelta, Marcos se asustó, pues el hombre era el pelado del cementerio.

—No, no, gracias. —Y el extraño hombre siguió caminando.

De pronto, el auto arrancó y Marcos se alejó a toda velocidad.

Más adelante, el pelado volvió a aparecer en el borde de la calle, haciendo dedo. Marcos, sin la menor intención de parar, aumentó la velocidad.

En un semáforo, ya a dos cuadras de su casa, miró a su costado y vio al hombre pelado manejando un auto. Inmediatamente, Marcos aceleró bruscamente el coche y miró para atrás para ver si el pelado lo seguía, y al mirar nuevamente para adelante, se topó con una bicicleta que venía de frente manejada por el pelado. Marcos pegó un volantazo y apretó fuertemente el freno. El auto se estrelló contra un árbol y se incendió.

Marcos murió instantáneamente.

***

Al otro día, al enterarse del accidente, los chicos no se lo pudieron creer. Se desesperaron, pues nuevamente tuvieron pesadillas; todos, menos Daniel.

Le comentaron lo sucedido a sus padres, quienes se sintieron como sus hijos.

Nuevamente otro amigo fallecido, otro velorio, y otra vez todos juntos en el cementerio.

Cuando enterraban el cuerpo de Marcos, Maxi se dio cuenta que ese era el lugar en el que estuvo parado el misterioso pelado la otra vez.

Los chicos estaban con los nervios de punta, por lo que Daniel le contó al padre lo del juego, lo del pelado, y todo lo que les estaba pasando. El padre no le dio mucha importancia, pero cuando se retiraban, Maxi vio al hombre pelado parado en otra tumba.

—Ese es el hombre —le dijo al padre de Daniel.

El padre de Daniel (Ernesto) trató de llegar hasta el hombre, pero este se alejó  rápidamente y no pudo alcanzarle.

Claudia miró la tumba donde estaba parado y… ¡oh!, también estaba vacía.

Por la noche, todos los chicos, junto con Ernesto, visitaron a Mónica, quien los hizo pasar pidiéndoles disculpas por no haber podido ir la otra noche a casa de Daniel.

Ernesto le preguntó si ella creía en las casualidades, y más precisamente, si creía en eso del juego de la copa.

—Sí —respondió Mónica—. Aparentemente los accidentes están ocurriendo a causa del juego. Evidentemente ustedes no eran número par, por eso el espíritu que bajaron no pudo retirarse, y lo que está tratando de decirles es que quiere irse.

—Sí, pero si nos mata a todos, ¿cómo lo vamos a hacer ir? —preguntó Daniel.

—También existe la posibilidad de que el espíritu no quiera retirase porque está muy molesto, ya que ustedes lo molestaron.

—De todas formas, nosotros éramos seis —agregó Claudia.

— ¿Seguro que eran seis y no cinco? —inquirió Mónica.

—Seguro, seguro —respondió Maxi.

Entonces Mónica hizo la pregunta clave.

— ¿Ustedes son creyentes?

—Sí. Yo creo mucho en Dios —respondió Daniel.

— ¿Y vos tenías una Biblia o algo religioso cuando hicieron el juego?

Daniel pensó un rato y se acordó del crucifijo de oro que había cogido tras romper la primera copa. Se tocó el bolsillo de su pantalón, y se lo comunicó a la chica.

—Entonces fue eso lo que pasó —dijo Mónica—. Lograron bajar un espíritu maligno, y él entendió que ustedes eran cinco, por eso no se pudo ir.

— ¿Y ahora cómo hay que hacer para que se retire? —preguntó Andrea.

—No sé —respondió Mónica.

— ¿Cómo «no sé»? —Dijo Ernesto— ¿Y ahora qué mierda hacemos para que ese pelado se las tome?

— ¿Cómo pelado? —preguntó Mónica.

—Sí —intervino Maxi—. Creemos que es el mismo hombre que vimos en el cementerio.

— ¿Y era un hombre pelado?

—Sí, ¿por? —respondió Andrea.

—Creo que bajaron un poderoso espíritu. Dicen que el espíritu de la copa era un hombre malo que hace varios miles de años quemaron vivo echándole por la cabeza licor o algo parecido con una copa.

— ¿Y ahora cómo tenemos que hacer? —repitió la pregunta esta vez Daniel

—Creo que la única forma es hacer nuevamente el juego, y pedirle que se retire de nuestro nivel.

—Ahora somos seis —señaló Ernesto—. Podemos hacerlo ahora y terminar con todo esto, ¿no?

Mónica negó con la cabeza.

—No somos seis; somos cinco, pues Daniel es creyente. Hagamos una cosa: solo por hoy, traten de cuidarse mutuamente muy bien. Manténganse juntos y mañana temprano nos encontramos en el mismo lugar donde hicieron el juego. Yo llevo a un amigo, pero vos, Daniel, no tenés que estar en la casa.

—Bueno —dijo Ernesto—. Está bien. Te esperamos mañana.

***

Los cuatro chicos se acostaron en el cuarto de Daniel. Trataron de no dormirse en toda la noche; miraban la tele, fumaban, y hablaban de cualquier tema para no caer rendidos. Pero Andrea no aguantó más y se durmió sin que los demás lo advirtieran.

De pronto, en la tele, apareció un pelado similar al del cementerio que decía:

«Yo me voy con la pelirroja.»

Los chicos miraron a Andrea y vieron que estaba dormida. Rápidamente, intentaron despertarla, pero no lo lograron, pues no estaba dormida. Estaba muerta. Aparentemente Andrea tuvo una pesadilla con este personaje y su corazón no aguantó.

Desesperado, Ernesto intentó hacerle reaccionar, pero no pudo.

La llevaron rápidamente al hospital y avisaron a sus padres.

Esperaban en la antesala del hospital, cuando el médico salió y confirmó las sospechas.

—La ciencia lo llama muerte súbita —declaró.

Daniel se tomó la cara, y al levantar la mirada vio al pelado retirarse por un pasillo.

Rápidamente fue tras él. Claudio vio a su primo salir corriendo, y le siguió. Daniel le había perdido, pero a Claudia le pareció ver que alguien entraba en una sala y supo que era a quien Daniel perseguía.

Se lo dijo y se dirigieron hacia ella, entrando lentamente. Se trataba de la morgue del hospital. Estaba totalmente a oscuras, por lo que ambos primos sacaron el celular e iluminaron con sus pantallas. Bajo el débil haz de luz vieron tres cuerpos tapados con sábanas.

—Los destapamos uno por uno —le susurró Daniel a Claudia.

— ¿Para qué? —Le preguntó esta con el mismo tono de voz—. Si lo ves, ¿qué vas a hacer?

Daniel no supo qué decir. En realidad Claudia tenía razón, pero la rabia por lo que le había hecho a Marcelo, Marcos y Andrea vencía al miedo, y solo deseaba encontrar al maldito pelado para plantarle cara.

— ¿Y qué vamos a hacer si no? —dijo Daniel finalmente—. Dejar que se escape y siga matándonos… matándoos —se corrigió.

—Llamemos a la policía.

Otra sugerencia razonable de Claudia. Pero no. Daniel estaba decidido a encontrarle por su cuenta.

—Yo voy a seguir. Tú haz lo que quieras.

Y se acercó a la camilla más cercana.

Alumbrando la sábana con la tenue luz del celular, agarró un extremo y tras respirar hondo y preparado para reaccionar por si se hallaba ahí el hombre, la retiró.

Un rostro pálido-azulado, cuyas cuencas eran absolutamente sombras, surgió frente a él. Un ligero olor acre le echó para atrás, al tiempo que comprobaba que tenía pelo. Volvió a colocar la sábana en su sitio.

Claudia se dirigió a otra de las camillas conforme Daniel iba hacia la tercera que estaba dentro de su campo de visión y que tenía un cuerpo.

Retiró con cautela y alerta la sábana como había hecho antes, y la volvió a poner en su sitio. Era una mujer mayor, tan arrugada como una pasa.

—Aquí tampoco está —dijo.

Entonces escuchó un ruido, como si algo se hubiese caído al suelo. Se dio la vuelta, buscando a Claudia, y no la vio. Tampoco vio la luz de su celular. La sala de la morgue se quedó aún más en penumbras, y el miedo logró tomarle la delantera a la rabia. Durante unos segundos se quedó paralizado, pero finalmente logró mover sus labios.

— ¿Claudia?

No hubo respuesta.

Enfocó la pantalla hacia adelante y aparecieron ante él los bordes de las camillas y las baldosas de apenas diez centímetros frente a él. Caminó pasito a pasito, sintiendo cada vez más sus piernas como gelatina. Una presión aplastaba su pecho con cada paso.

Pisó algo que crujió bajo su pie. Lo alumbró. El celular de Claudia.

Volvió a llamarla.

—Detente.

Una voz áspera, casi susurrada, pero con un cierto eco que la hacía adoptar dos tonos distintos.

Daniel se detuvo de golpe. El corazón le dio un vuelvo, el sudor frío pinchó sus axilas y sienes.

—Sé que estás ahí. Puedo ver la luz.

— ¿Doo-Dónde está Claudia? —consiguió preguntar no sin esfuerzo.

No hubo respuesta. Pero sí un murmullo. De inmediato supo que se trataba Claudia. El pelado le tapaba la boca con la mano.

— ¡Suéltala! —Gritó a la oscuridad—. Sé que la tienes. ¡Suéltale! ¿Me oyes?

Y entonces recordó el día del juego. Cuando él le hizo su pregunta, el vaso no se movió. También recordó la conversación en casa de Mónica el triste día del entierro de Marcos.

«’’ ¿Ustedes son creyentes?’’» Había preguntado ella.

«Sí. Yo creo mucho en Dios.» Había respondido Daniel.

«’’ ¿Y vos tenías una Biblia o algo religioso cuando hicieron el juego?’’»

«Mi crucifijo de oro.» Recordó el chico.

«Entonces fue eso lo que pasó. Lograron bajar un espíritu maligno, y él entendió que ustedes eran cinco, por eso no se pudo ir.»

¡Eso quería decir que…!

La puntera de unos zapatos asomó por el límite del haz de luz de la pantalla del celular. ¡Estaba justo delante!

Pero ¿dónde estaba Claudia?

De la oscuridad, al igual que habían hecho los zapatos, emergieron dos manos blancas de dedos delgados y uñas largas y negras, agitando el aire, como tratando de asir algo que no veían.

«A mí», pensó Daniel. Eso confirmó la sospecha que había nacido al revivir la conversación («Mi crucifijo de oro») e introdujo la mano en el bolsillo de su pantalón conforme retrocedía, pues la cara del pelado ya había entrado en el espacio iluminado y sus ojos rojos, nerviosos, buscaban cegados al creyente que debía estar tras esa luz.

Daniel extrajo del bolsillo el colgante de oro, del cual no se había separado en ningún momento desde que Marcelo falleciera, lo miró durante unos segundos, y armándose de valor y sabiendo que aquel ser tampoco podía oírlo, soltó el celular y se abalanzó hacia su cuello.

Atravesó la distancia que les separaba a oscuras (el celular había caído boca abajo). Mientras lo hacía, abrió el broche del collar e impulsado por una intuición poderosa, rodeó el cuello del pelado a la primera y lo volvió a abrochar.

Un grito ensordecedor, aterrador, con la misma característica bitonal de la voz, recorrió las paredes de la morgue y (pensó Daniel) de todo el hospital.

Daniel se alejó todo lo que pudo a gatas, barriendo el suelo con las manos para hacerse nuevamente con el celular. Lo encontró, solo que no lo necesitó como linterna, pues en ese momento, una llamarada quebró la oscuridad, tiñendo toda la sala de naranja y azul y destilando un nauseabundo hedor. Instantes después, el fuego desapareció, y con él el grito del pelado.

El chico trataba de asimilar lo que había pasado, con su dedo tembloroso buscando el botón de desbloqueo del teléfono y pensando en su prima Claudia, cuando se encendieron las potentes luces de la morgue.

La luz blanca lo cegó durante unos segundos, pero al recuperar la visión, vio a Claudia tumbada en el suelo delante de él, a apenas unos metros, y ni rastro del hombre pelado.

— ¡Claudia! —chilló Daniel.

Y se acercó a ella.

— ¿Qué ha pasado aquí? —decía un médico.

—Hijo, ¿estás bien? —Su padre.

—Claudia, cariño —La voz de su tía, la madre de Claudia.

Daniel no escuchaba, solo miraba a su prima, y mantenía el dedo índice y anular en el cuello de la chica.

No tenía pulso.

***

Daniel fue al hospital al día siguiente. Los médicos no habían dejado que nadie entrara en la habitación de Claudia a excepción de sus padres, así que los padres del chico le obligaron a regresar a casa. Él tenía ya dieciocho años, pero estaba demasiado cansado y conmocionado como para negarse. Los padres de Maxi hicieron lo propio con su hijo.

Claudia había sufrido una parada cardiaca que por suerte consiguieron recuperar, sin embargo, habían quedado graves daños cerebrales.

Daniel no pudo evitar que se le resbalara una lágrima al contemplar a su prima tumbada en la cama, con todos esos tubos en la nariz y en el brazo, pálida como las sábanas que la arropaban.

—Hola, Claudia —dijo una vez dentro de la habitación—. ¿Cómo te encuentras?

Comenzó a acariciarle el pelo con ternura.

Ella no le miró, pero sí que se estremeció un poco al contacto de la mano de Daniel.

—Tenía que haberte hecho caso y haber salido de la morgue.

Claudia parecía buscar algo con su mirada. Y lo que era aún peor, no parecía si quiera reconocerle.

— ¿Q-Qué la pasa? —preguntó Daniel a su tía.

—Los médicos dicen que la parada le dañó el cerebro. Vos no sos el único con el que reacciona de este modo. Ocurre lo mismo con la enfermera que la atiende por las mañanas. Es como, no sé…  Es como si no la vi...  …

—Buenos días.

Una bella enfermera pasó a la habitación con unas bolsas de suero en la mano.

Daniel, petrificado, vio el crucifijo que colgaba del delgado cuello de la mujer, y después miró la mano con la que le había estado acariciando el pelo a Claudia.

Lo que vio en ella, le hizo comprender definitivamente, deteniendo la sangre en sus venas, congelándole más de lo que estaba, y cortándole la respiración.

Era pelo.

 

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