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8 min
justificación de mi amor por el fútbol corregido
Fantasía |
11.09.21
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Sinopsis

lo subo nuevamente con algunas correcciones para vuestra consideración

Justificación de mi amor por el fútbol

 

 

Conocí al flaco Di Pietro un sábado jugando un partido de fútbol. Me había convocado un amigo y yo era el único nuevo en el grupo.

El me preguntó  en que puesto  jugaba. Volante por derecha. Le dije con algo de timidez; porque imaginé que el puesto ya estaría cubierto.

— Buenísimo, necesitamos a alguien en ese puesto— dijo.

 Esa respuesta me tranquilizó, ya que era un alivio no competir por el lugar siendo uno el recién llegado y sobre todo porque nadie sabía cómo jugaba yo. Por supuesto deseaba demostrar que era indicado para esa posición. Para mí era evidente que el líder del equipo era él; por eso su aprobación inicial, me animó muchísimo. Cuando empezamos a jugar confirmé que el flaco Di Pietro era además del líder, un gran jugador. Nos entendimos de inmediato, me percaté que teníamos una idea del juego muy similar o más bien idéntico, solo nos diferenciábamos en la técnica. (Él era mejor)

 A los dos minutos combinamos unos pases en paredes veloces y precisas, la jugada terminó en gol. Él la empujó a la red con un zurdazo admirable.

Terminé el día muy contento con el partido y por haber encontrado un alma gemela futbolística. De ahí en adelante todos los sábados era infaltable. Con cada partido nos afianzábamos como dupla. Jugábamos para ganar, pero a la vez nos divertíamos.   No soy demasiado comunicativo, producto de mi timidez, o estupidez; a través del fútbol logro esa conexión imprescindible.

Por  cuatro meses, jugamos todos los sábados, durante todo ese tiempo yo apenas conocía los nombres de mis compañeros de equipo, ignoraba  donde vivían, en que trabajaban, que pensaban sobre cualquier tema común; en realidad no sabía nada de ellos. Solamente había cruzado algunas palabras, siempre referidas al partido; pero un día mientras nos cambiábamos en el vestuario, el flaco Di Pietro  me bautizó: —Rusito. (En alusión a un gran jugador de huracán,  Francisco “fatiga” Russo)

 Según él yo le recordaba a ese jugador por mi manera de correr en la cancha. Me sentía halagado con esa comparación, aunque no me la tomaba muy en serio.

 La cosa es que ese día me dijo:

 —Rusito, ayer fue mi cumpleaños y hoy nos reunimos en casa para festejar; me gustaría que vinieras; vamos a ser pocos—. No me atreví o no supe decirle que no, pero la idea de encontrarme con personas que no conocía, me quitó la tranquilidad. Anotó la dirección en un papel y me pidió que no faltara.

 

 Volví a mi casa rabiando contra mí mismo, por no haber sabido decir que no.

 

Di dos golpes titubeantes en la puerta y no tuve tiempo de arrepentirme; al instante abrió el propio flaco. Sonrió alegremente dándome la bienvenida.

Luego me presentó a algunos amigos y a los padres. Seríamos diez en total. Eso me tranquilizó, las grandes reuniones me abruman.

Me ubiqué en un sillón individual cerca de la mesa y me acercaron un vaso con gaseosa y un plato  con queso y fiambres.  Desde allí un poco a resguardo de todo, observé el panorama. Poco a poco me fui calmando, ya que nadie reparaba en mí. La tranquilidad me duró poco. No sé cómo ni de donde apareció, pero una chica; bueno más bien una divinidad de pronto se me acercó, me besó en la mejilla y dijo con voz celestial, con desenfado y frescura:

 —Hola, seguro vos el famoso rusito, Ale siempre habla de vos.

 Comprendí que Ale era el flaco Di Pietro, porque aún no conocía su nombre.

 —Yo soy Lucrecia, la hermana de Ale. — prosiguió la aparición divina.

 Mi turbación era tan grande que no pude articular palabra. Estaba muy mareado, confuso incapaz de reacción alguna. El entorno había desaparecido, escuchaba el murmullo de las voces cercanas sin distinguir que decían.

— ¿Por qué te dicen rusito? Preguntó con una sonrisa cautivante.

Agradecí interiormente  la pregunta que me daba la oportunidad de decir algo con cierta coherencia.  Antes de poder contestarle, un muchacho se acercó a nosotros y besó a Lucrecia en la boca.

 Me miro y dijo:

—Hola, soy Julián el novio de Lucrecia—

Algo que no me importaba en lo más mínimo.

Me tendió la mano, respondí con un apretón  fuerte, aunque el desánimo me ganaba totalmente. Ya no había razón para quedarme en la fiesta, decidí irme de inmediato.

Primero fui al baño, me refresqué lavándome la cara, respiré profundo y salí, le avisé al flaco que me iba, mentí diciéndole que estaba cansado; lamentó que me fuera tan temprano, pero no se opuso.

Camino a mi casa, comprendí que había perdido la tranquilidad y que la imagen de Lucrecia y Julián besándose me perseguiría durante mucho tiempo.

Pasó la semana y el sábado fui a jugar el partido, ansioso porque lo vería al flaco, tenía la tonta ilusión de que tal vez me dijera algo de Lucrecia; por supuesto ni una palabra de mi amigo se refirió a su maravillosa hermana. Jugamos un gran partido, que terminamos ganando, pero lo lamentable fue que  Ale salió muy lastimado unos minutos antes del final, recibió un golpe desde atrás muy duro, no pudo seguir.

No quiso que lo llevásemos al hospital y le pidió a un compañero del equipo que tenía automóvil que lo acercara a su casa.

Durante la semana no tuve noticias de él; al siguiente sábado, me enteré de lo grave de su lesión, lo habían enyesado. Sentí vergüenza, recién comprendía mi desatención; no me lo perdonaba, tampoco encontraba justificación a mi lamentable conducta. Después del partido que empatamos lastimosamente, mi amigo me dijo que el flaco quería verme; que me esperaba hoy mismo después del partido

Mientras me bañaba comencé a sentirme intranquilo, se acercaba la hora de visitar al flaco y posiblemente encontrar a Lucrecia y si bien deseaba verla; reconocía que ese encuentro posiblemente me dejaría un sabor amargo.

Cuando llegué a la esquina de la casa, vi a Julián que apresuradamente, dando grandes pasos, subió a un auto estacionado y salió velozmente haciendo rechinar los neumáticos, tuve la impresión de que se iba enojado.

Di golpes a la puerta tímidamente, abrió Lucrecia con gesto de crispación, pero al verme sonrió y me saludo amablemente.

Me hizo pasar diciéndome que su hermano estaba recostado y me indicó la habitación.

El flaco me recibió con alegría; le pedí disculpas por mi conducta desatenta, le expliqué que recién hoy me había enterado, aunque dejé en claro que eso no me eximía  del descuido. Él restó importancia a la cuestión; comenzó a preguntarme como había sido el partido, le comenté que lo extrañamos y que habíamos sufrido mucho para apenas empatar. Se rio

—Bueno, no perdieron— dijo en tono de burla.

—Casi— le dije resignado.

En ese momento entró Lucrecia con unas gaseosas frías.

—Hace calor, les dejo estas bebidas—dijo muy sonriente

Le agradecimos y salió. Quedamos unos minutos en silencio; yo para recuperar la compostura perdida por la presencia de Lucrecia, ignoro porque él no siguió hablando.

Me aterraba, que el flaco descubriera mi interés por Lucrecia, por lo tanto ni la nombraba, no preguntaba y fingía una total indiferencia; sin embargo le dije al flaco, que al llegar había visto a Julián, saliendo de la casa, y que me pareció que estaba contrariado.

 Lanzó una carcajada y dijo que por fin su hermana  había fletado a ese imbécil. Agregó que esta vez era definitivo.

—Un pillado de tal calibre, no merecía a Lucre.

No me atreví a opinar, la noticia me conmocionó tanto, que no lograba reaccionar.  Me embargaba una mezcla de alegría, emoción y miedo.

 Ya no logré escuchar lo que me decía. Solo podía pensar en Lucrecia diciéndole a Julián, que todo había terminado entre ellos.

Necesitaba estar un rato solo, para procesar la noticia y pensar que pasos tendría que dar y fundamentalmente que esos pasos no fueran en falso. Pesimista como soy, me imaginé que ella ya tendría algún candidato en vista, que mi alegría debía ser cautelosa, porque nada indicaba que yo pudiera tener alguna oportunidad.  Hice un esfuerzo por tranquilizarme y poder poner todo en su justo término.

Después de algunos minutos dije que me iba, protestó por la corta visita. Lo tranquilicé diciéndole que volvería al día siguiente.

 Llamó a Lucrecia para decirle que me acompañara a la puerta —El rusito se va, Lucre—

Ella se acercó presurosa.

—Te acompaño. Me dijo 

Tenerla cerca me alegraba, pero me sentía inhibido. Deseaba decirle algo, pero no sabía qué.

Abrió la puerta, se apoyó en el marco y sonriendo seductoramente me preguntó:

— ¿Te contó Ale?

 

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