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10 min
Karma mortal. Pinceladas budistas
Varios |
21.09.18
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Sinopsis

      La primavera ya hacía semanas que había aparecido. El gran cerezo enfrente de la casa de Masato se obstinaba en no florecer…al contrario que sus otros hermanos del bosque que ya ofrecían multitud de flores blancas y rosas, preludio de lo que serían posteriormente las rojas cerezas. El árbol se empecinaba en no ofrecer vida. Un par de palomas marrones con rayas negras en el plumaje, se hacían arrumacos en una de las ramas secas del cerezo, distantes  a la ausencia  de flores del árbol.

     Por la senda de enfrente del la casa de Masato, caminaban, muy espaciados, peregrinos hacia el gran templo budista de Kotokuin.  También se divisaban algunos monjes con  túnicas granates cuyo color se mezclaba con el anaranjado de la puesta de Sol que se veía en la montaña de enfrente.  Entre los peregrinos me encontraba yo, como único occidental y mi compañero monje budista. Acababa de terminar la guerra mundial y los lectores de mi diario, desviaban sus ojos hacia el oriente y querían saber cosas del budismo.

      Hicimos un alto en el camino.  La pequeña casa del samurái Masato  nos observaba cerca del camino. Me pareció llamativo saber cosas del budismo a través de un samurái.

      Masato, hombre de mediana edad con las carnes muy  firmes, impuestas por su dieta vegetariana y la práctica diaria de artes marciales,  vestía de forma tradicional japonesa con su kimono oscuro y sus sandalias de madera; había salido a despedir la tarde, como cada día, colocando una esterilla en el césped justo a la entrada de su casa, para poder meditar y alejar cualquier pensamiento de su mente.

Durante una hora entera se colocó sentado en el suelo, en la posición de loto y con la punta de los dedos anular, corazón y medio, juntos, para no dispersar la energía de su cuerpo. Las piernas cruzadas y la columna vertebral  recta. Dejó que la respiración, fuera la única guía de su actuación y que los pensamientos no aparecieran por su cerebro. Ya nada mandaba en su interior… La armonía en concepto de paz y equilibrio  le había visitado. Siguió en este estado cercano a la felicidad, durante un buen rato, e iba llegando al fin de su meditación cuando irrumpimos a alterar su tranquilidad.

      -Perdone que le molestemos en su meditación, pero al dirigirnos a pié al templo de Kotokuin, estamos sedientos y nos preguntamos si podría ofrecernos un poco de agua.

      -No os preocupéis por mi meditación, ya estaba acabando, además también se agradece  la compañía-dijo Masato dirigiéndose al interior de su casa a por la jarra de agua con dos vasos. Al salir se reanudó en dialogo

       -Nosotros,  la meditación, la haremos en cuando lleguemos al templo…tengo entendido que en la entrada hay una enorme estatua de Buda, en bronce de más de tres metros de alto.

         -Sí…pero este  elemento  y el bullicio que hay en el templo pueden ser contraproducentes para conseguir lo que realmente se busca con la meditación

          Mi compañero  preguntó. -¿Y qué  fin hemos de buscar?

          -El silencio y la unidad con el Todo- contestó Masato.

          -¿El silencio?-interrogó de nuevo

           El samurái, calló durante un breve tiempo y añadió –Aparte del silencio, creo que lo más importante, es que la meditación, os ayude a destruir el yo.

           -¿destruir el yo?

          -Ahora he comprendido que la afirmación y la vanagloria del yo, es negativa…hay que procurar suprimir el yo.

           Añadió- no persigáis beneficios en la meditación, pues aunque todo en ella es beneficioso, lo útil no llegará si es buscado…hay que dejar que se presente sin buscar nada.

         Diciendo esto, la mirada se le extravió de nuevo hacia el cerezo y sus palomas…viendo su mirar perdido hacia el cerezo,  me atreví a hablar

     -Nosotros creemos  que las personas somos una parte de la naturaleza y que hemos de aprender a respetarla.

      Masato, sonrió…-dices lo correcto. Aparte si sabes escuchar a la naturaleza, ella, te dice muchas cosas… solo hay que saberla escuchar.

      -No le entendiendo…

      -No tienes edad para entenderlo todo. Pero mírame a mí, me esfuerzo por escuchar a mi cerezo y mis palomas. Piensa en ello. Además el karma me ata de una forma determinante que tú como occidental no puedes entender. Mis vidas pasadas no las puedo esconder.- Volví    a no comprender lo que me decía. La mirada de compañero me sugirió que nos despidiéramos, así que añadí  -Cuando regresemos de templo, ¿Podemos pasar de nuevo, para hablar con Usted?

        -Será un placer recibiros, si todavía la vida me sustenta.

        Masato, entró en su sobria casa, casi no habían muebles…no los necesitaba. Dejó la jarra de agua y lavó los vasos, arregló algo el futón de su dormitorio, cuando un par de detonaciones le asustaron. Se habían oído claramente un par de disparos en su jardín.

        El samurái salió y llegó a divisar como un cazador miraba a las dos palomas marrones muertas por su escopeta y tras desecharlas por no comestibles emprendía el camino del sendero. Masato, fue a contemplar cómo sus dos palomas yacían en medio de un inútil charco de sangre. El samurái japonés pensó como era posible que existieran seres humanos con una sensibilidad tan alejada de la suya. Tampoco entendía como la evolución de la conciencia, puede estar tan confusa en algunas personas.

        Comprendiéndolo todo y entendiendo las profecías de la naturaleza,  volvió a entrar a su casa, se dirigió hacia su austero dormitorio, se introdujo en el colchón, apartó suavemente las sábanas, cerró los ojos, pensó en lo muy agradable que había sido el fluir de su vida y con esa sensación dulce, finalmente  se durmió.

        Ya en el camino, de noche, le comenté a mi compañero. – No he entendido lo que decía sobre el karma y la sensación que le ataba a sus otras vidas.

 

         El joven monje,  pasando su mano por su afeitada cabeza me miró dubitativo y dijo. –Te voy a contar una historia que tú como occidental no sé si la podrás asumir.

        Este camino al templo de Kotokuin lo realizo varias veces al año y tal como hoy nos hemos detenido en casa del samurái, otros días he parado a descansar y hablar con los  vecinos de este. Varios vecinos me han  explicado un hecho estremecedor… Lo central de la historia es que una mujer joven, extremadamente bella, ataviada con siempre  el mismo kimono azul con bordados dorados, visita al samurái cada noche desde hace un par de años.

-¿Y qué tiene eso de extraño? El samurái es relativamente joven y es normal que tenga una novia

       Mi compañero monje, algo incomodo, se alisó el hábito y me dijo

       -No todo el mundo tiene una novia muerta.

      -¿? ¿Qué quieres decir?

       -Todos sus vecinos conocen que la mujer de gran belleza con kimono azul, faja roja y flores en pelo, murió hace un par de años y está enterrada a las afueras de Kotokuin.

        -A mí, todo esto me suena a supersticiones

        -Los vecinos me han explicado que invariablemente, cada día,  a media noche se escucha el  resonar de las getas (sandalias de madera) de la mujer…tac, tac, tac…audible por el camino y que cesa cuando esta se introduce en casa del antiguo guerrero

         -¿Y?- dije alzando los hombros

     El  joven monje me miró con sorpresa y añadió – Corroborando la suposición     de  que se trata de una novia ya muerta, me han dicho que cuando  ha llovido o hay charcos en el camino, no se escucha el traqueteo de las sandalias, porque sus pies se elevan unos centímetros del suelo…levita hacia el cielo para no ensuciarse.

      Mi cara debió hacer una mueca de escepticismo porque continuó

      -Supongo que del gran sacerdote del templo de Koutikin no dudarás. Se llama Ryoseki, es un hombre cultivado y santo. Mediante visión espiritual es capaz de conocer cualquier  pena ocasionada por el karma. El sumo sacerdote es amigo mío y cuando le expuse la problemática del samurái,  ya la conocía de primera mano puesto que el mismo Masato se la había contado. Rysoto le propuso al samurái que recitara un Sutra santo, continuamente, en su casa, cuando estuviera solo; también le iba a dar un paquete de o-fudas (Pliegos de textos sagrados), para que los pusiera en todas las oberturas de su casa (ventanas, puertas, etc.) para que no pudiera pasar la muerta y también le iba a dar un amuleto (mamori) para que lo llevara siempre con él.

      Pero todo ello fue rechazado por el samurái que se declaró enamorado de la novia muerta y ya conocía el horrible destino que le aguardaba que no era otro que el seguir a su amada al reino de los muertos. Sabía que desde hacía tres o cuatro encarnaciones su karma y destino estaba irremediablemente unidos  al de aquella mujer. Así que su destino consistía en aguardar las señales de la naturaleza y de su amada, para que cuando fuera el momento, partir con ella al reino de los muertos.

       Esta vez empecé a creérmelo todo con más verosimilitud y me inquieté porque yo mismo había visto las señales de muerte de la naturaleza

        Pasamos la noche en el templo de Katouin. Si bien mis pensamientos parecían una máquina de tren desbocada que no me dejaba conciliar el sueño. Si todo era una ficción, no pasaba nada…pero sino…me inquietaba la duda en sobremanera.

        Al día siguiente nos pusimos rápidamente en camino hacia casa de Masato…necesitaba saber cómo iba a acabar todo aquello.

      

       -¡Masato! ¡Masato!- llamamos a puertas de su jardín.

       Nadie respondió. Miré con angustia a mi amigo el monje y dije -¿Y ahora qué hacemos?

       -Las casas, aquí en Japón nunca están cerradas con llave. Pasemos.

       Cuando atravesamos la puerta, unos nervios extraños me embargaron, andamos unos metros hasta el dormitorio principal con su puerta corredera de papel de arroz. Volvimos a llamar a Masato. Nadie respondía. Respiré hondo, miré a mi amigo, este asintió con la cabeza. Entramos

         -¡Hoy, Dios mío! ¡Dios mío! Exclamé entre horrorizado y asustado. La visión me sobrepasaba y corroboraba mis peores suposiciones.

         El samurái esta echado con expresión plácida en su futón, los ojos abiertos.  Entre su barbilla y su hombro, descansaba el cráneo descarnado con todavía algo de pelo y unas flores marchitas de su novia muerta. Las manos, huesudas de la mujer, encima del pecho de Masoto como queriendo acariciarlo. El escuálido fémur de ella entrelazado con el del samurái. Tan solo quedaba de su antiguo esplendor de la  novia, la lozanía del kimono azul con bordados de oro.

         El Karma   de la pareja de enamorados continuaría  en las regiones tenebrosas. La muerta se había llevado al  vivo.                                                                                                                                                                                                  

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