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4 min
La Ardilla Negra
Drama |
21.12.19
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Sinopsis

Un joven atraviesa por una cruda crisis existencial debido a las dificultades que se viven en su país.

Una ardilla negra corría por el palo de mango esa madrugada. Al principio, pensé que se trataba de algún pájaro. Pero al asomarme por la ventana que daba al solar, pude verla, desesperada, extendiendo sus brazos hacia el muro de ladrillos rojos.

La Niña, una perra barrigona, no dejaba de ladrarle, mientras que el Coronel, un perro cabezón y sin cuello, trataba de meter su hocico por la hendija de un ladrillo. -¡Chite!- Les grité a los perros, pero estos me ignoraron por completo.

Llevaba desempleado dos meses. Y si algo es efectivo para que te sientas como una mierda, es eso. Llegas al punto que deseas morirte, para que tu familia te vuelva a tratar como el ser humano que eres. Entonces, planeas mirarlos a los ojos. Decirles que los perdonas. Pero, por dentro, deseas verlos llorar.

Bueno, también es cierto que, con esta crisis, quedarse sin trabajo es una desgracia (y eso enloquece). Yo, para tratar de compensar, me encargaba de madrugar y hacer las colas para comprar. En Makro, en el Mayorista, en Kromi, pero esos malditos bachaqueros acababan con todo. Estuve de cinco de la mañana a seis de la tarde haciendo cola en Makro. Pude comprar algunas cositas. Quedé molido. Menos mal conseguí una camionetica.

Llegué a la casa muerto y me recosté, pero en cuestión de minutos llegó mi mamá.

No tuve tiempo ni de defenderme. En cuanto me vio se estresó. -¡Siga durmiendo! ¡El trabajo le va a caer del cielo! ¿Se le iban a caer las manos si preparaba un miserable, puta arroz?- Sentenció. Se me quitó hasta el hambre, me volví estúpido y  me tropezaba con todo. Sentía una presión que me ahogaba.

No siempre he estado desempleado, pero en estos momentos en el país no hay mucho trabajo. Me despidieron en julio. Trabajaba en un hotel en Chichiriviche. Hacía limpieza y soñaba con ser tan feliz como toda esa gente que se la pasaba en la piscina.

La última semana trabajé mal. Porque después del chikungunya me quedó un dolor en la planta de los pies terrible. Solo Dios sabe el esfuerzo que hacía para no tirarme en el piso y olvidarme de todo. Pero, no fue por eso que me botaron.

Sé que la coño é su madre de Rosa hizo hasta lo imposible porque me sacaran. Su hija, Verónica, se vino del interior porque estaba pasando hambre, y tiene dos niños pequeños. Al lunes siguiente de su llegada, me botaron. Ella se quedó con mi puesto y yo me quedé bien jodido.

Ya era como las nueve de la noche y los perros seguían ladrando. Me asomé nuevamente por la ventana. La ardilla seguía desesperada y Coronel había roto gran parte de un ladrillo con su hocico.

Encendí la luz de afuera. ¡Y se me prendió el bombillo también! Abrí la puerta que daba al solar, corrí hasta la pared de ladrillos, le grité a los malparidos perros, pero fue demasiado tarde. Esas bestias destrozaron a una pequeña ardillita bebé. No pude contener un profundo suspiro.

Esa noche no dormí. Leí un rato la biblia. Sentía  esa desesperación que no me dejaba respirar.

Al rato me decidí. Recogí mis tres trapos, unas fotos de mi mamá. Esperé la madrugada. Preparé café. Escribí una nota. Hice una oración y cogí camino.

Quiero regresar pronto con algo para ayudar a mi familia. Imagino a mi madre como aquella ardilla enlutada extendiendo los brazos pidiéndome perdón. La perdono. No puedo evitar que se me inunden los ojos. Me voy para Colombia. Espero poder volver. Dios permita que algún día pueda volver.

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