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10 min
La aterradora expedición del profesor James Brook
Terror |
13.04.18
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Sinopsis

Cómo la expedición del profesor James Brook terminó por tornarse demasiado sombría y nebulosa tanto para él, para sus alumnos y hasta para el lector mismo

El profesor James K. Brook y sus diez alumnos se encontraban perdidos, a mitad de las escalinatas petrés del ahora ignoto bosque, pero él no quería mencionar una sola palabra, pese a que el terror se asomaba en su rostro y el espanto en las caras de los jóvenes.

Horas antes, en el comienzo de la mañana, habían salido determinantes para continuar con el segundo día de exploración biológica; para llevar a cabo un estudio de análisis de poblaciones de reptiles, aves y anfibios en la zona.

Pertenecientes a la cátedra de zoología, habían descansado satisfechos, después de una jornada cansada ese mismo día, y habían recorrido un largo camino, entre desfiladeros y agujeros húmedos. Ahora se dirigían de regreso a la estación, lejos del denso bosque, para descansar y terminar con la investigación.

Hollando entre lodazales y podredumbre cenagosa, se sumergían ya a altas horas de la tarde entre las aguas negras del pantano que cubría una pequeña extensión… ¿aguas negras?

Eso fue lo primero que notó Randolph Collins cuando avanzaban pesarosos entre las ondulaciones producidas por su chapoteo, pero no quiso decirlo porque supuso que sería una tontería frente a sus compañeros.

Empero, aunque conocían bien la zona, algo extraño se presentaba en el brumoso paisaje. Alzando la mirada hacia los altos árboles, que formaban una bóveda oscura enmarañada sobre sus cabezas, Wendell Fredrick daba cuenta que ahora la negrura había aumentado considerablemente, y que los árboles, de pronto, habían cambiado su aspecto para tornarse puntiagudos y más frondosos. Luego, al cabo de algunos minutos cercanos a la hora, todos sus compañeros se daban cuenta.

El profesor Brook ahora pudo notarlo: sus alumnos se notaban inquietos, y leves murmullos se intercambiaban a sus espaldas, e incluso él se había percatado mucho antes, pero no quería mencionar nada.

Este cambio en el ambiente no estaba previsto, puesto que en las expediciones anteriores, el profesor conocía muy bien el camino, de memoria, y nunca antes había mirado esa sustancia pegajosa que ahora escurría entre las paredes de rocas a su alrededor.

Se trataba de una materia fangosa, verde y de mal aspecto, que parecía moverse entre las grietas de las piedras, y los alumnos se comenzaron a agitar.

-Profesor James, ¿conoce bien este camino por el que nos estamos dirigiendo? - preguntó de manera tímida Randolph Collins.

El profesor James no supo qué responder, por eso existió una eterna pausa de diez segundos entre la pregunta y su vaga respuesta. En ese instante todos supieron que algo andaba mal:

-Debe de ser algún cambio en el clima, Randolph… no había visto antes que este camino cambiara de esta manera…. -

Pero el profesor había ideado esta falsa respuesta, porque ni siquiera reconocía el sendero de rocas extrañas por el que ahora los conducía.

El cielo caliginoso se abría paso entre los resquicios de los árboles, dando a entender que una lluvia caería. A esa hora, ya era tiempo para que el profesor diera vuelta en el camino y regresaran seguros. Pero nada se veía avecinarse, ningún rasgo conocido, y el profesor comenzó a asustarse.

Sudorosos todos entre las matas de un bosque neblinoso y amenazante, el profesor obligó a que tomaran un ligero descanso, para recuperar fuerzas.

Todos se miraban alarmados y algo horrorizados en sus miradas, porque nadie decía tampoco una palabra ante tal escenario, y porque el profesor se miraba preocupado, limpiando las gotas de su frente.

Se escuchaba el rumor de un arroyo cercano… eso tampoco lo reconocía. Decidió guiarse e ir hacia allá, para refrescar su cabeza y quizás encontrar alguna forma de orientarse en sus aguas cristalinas. Pero no eran aguas cristalinas, porque, cuando lo localizó y se agachó para acariciarlas, a la vista miró que eran aguas legamosas y grises, asquerosas, y entre ellas corrían fragmentos de desconocidos huesos… el profesor tomó alguno, y detectó trozos de huesos afilados, ásperos al tacto, con dientes y prominencias totalmente desconocidas para él…

-Profesor James- lo interrumpió Randolph Collins, asustándolo de repente- creo que es hora de irnos, porque está oscureciendo y mis compañeros quieren regresar.-

El joven Randolph Collins alcanzó a otear el pedazo amarillento que el profesor sostenía entre sus manos, pero no supo bien de qué se trataba, así que todo quedó en un intercambio de miradas asustadas. En ese momento, supo que las cosas se habían comenzado a tornar pésimas, porque detectó el terror en la frente sudorosa del profesor.

Se levantaron y se fueron del arroyo, que desprendía un olor demasiado putrefacto y que llegó a asquear a los alumnos, a tal grado, que muchos de ellos terminaron por marearse.

El profesor seguía firme, pero solo en el exterior, porque sus botas comenzaban a pisar entre una serie de escalones cubiertos de oquedades en la que aguas púrpuras y rojizas se resguardaban.

Los estudiantes también lo notaron, y, fruto de su curiosidad, comenzaban a mirar aquel extraño fenómeno preguntándose de qué se trataría.

Pero el profesor tenía miedo, porque la noche estaba a punto de llegar, y también la lluvia torrencial.

Más adelante, largas telarañas, de exagerados crecimientos, se asomaban entre filosas ramas, de un grosor anormal, y extendiéndose muy por encima de los troncos de los árboles.

También, el terreno empezaba a presentar una apariencia cada vez más cenagosa, como la del pantano que al principio habían pisado.

El frío empezaba a calar en el cuerpo de los discípulos, que seguían sin dudar todavía la profesor. En ese instante el profesor James se preguntaba si había perdido la cordura ya, porque todos se encontraban extraviados terriblemente y nadie decía nada.

¿En qué momento habían tomado la ruta equivocada, y por qué no había regresado para corroborarlo? Desde que el reloj había marcado el final de la tarde, el ánimo y los pensamientos de todos se había tornado extraño.

Pese a todo ello, siguieron adelante, incansables, en medio de aquellas piedras descendientes, que, sin saberlo, los guiaban a su perdición.

Porque bajaban a algún lugar, pero, ¿a cuál?

Las abultadas telarañas ahora se presentaban con arañas gigantescas de igual volumen, y el profesor creyó que se trataba de alguna fantasía cuando los estudiantes empezaron a gritar.

Aunque los arácnidos no iban hacia ellos, algunos se cruzaban el camino, dando cuenta de su temible fisonomía frente a sus narices, con un pelaje de color azulado y gris.

Parecía ser una docena de ellas, escalando cada vez más hacia arriba con ayuda de sus patas, porque habían sido ahuyentadas por el profesor y sus acompañantes.

La verdadera locura comenzó cuando uno de ellos, Gerry Wilbur, dio cuenta de una especie de molusco gigantesco, sin concha, desplazándose demasiado rápido sobre una roca, y luego sobre otra, y luego todos lo vieron; de aspecto gelatinoso, de casi un metro de longitud, nada parecido a los que habían visto antes, escondiéndose entre las lejanas matas.

También, entre la nublada escena, se miraba un crustáceo, de tamaño descomunal, pacífico y retozando entre las plantas cubiertas de rocío.

Willey Winfred y compañía observaron un ciempiés de exageradas dimensiones, inmóvil sobre el tronco de una desconocida planta.

Ahora todos habían perdido el juicio, y el temor que se respiraba era inconmensurable. De allí que, en vez de gritar aterrados, se mantuvieran impávidos y desasosegados.

Una ligera llovizna ahora cubría sus ropas, y el profesor James temblaba por todo lo que había visto, no de frío.

Los estudiantes le preguntaban una y otra vez donde estaban, pero ya no los escuchaba.

Descendiendo cada vez más, ahora grandes charcos se formaban entre los orificios, y raros moluscos que recordaban en aspecto a las lapas, se acumulaban por montones, sobre las piedras, con corazas derruidas de color blanquecino.

Se respiraba un ambiente humedecido, y caían cada vez como en una especie de barranco oscuro y profundo, con los charcos ahora convirtiéndose en pequeñas charcas.

En ellas, observaban raros artrópodos con el aspecto de trilobites, chapaleando entre aquellas aguas oscurecidas.

Finalmente, llegaron a una especie de ciénaga, donde el suelo ahora estaba totalmente cubierto por agua.

Un paisaje totalmente primitivo se abría paso frente a ellos: un fangal bajo, de aguas desconocidas, sobre las que volaban libélulas colosas, y bajo las cuales se movilizaban mandíbulas de anfibios de temible aspecto, como cocodrilos.

Cerca de la superficie, insólitas criaturas con aspecto de plantas florecían con colores vistosos y textura esponjosa.

El profesor se detuvo, y algunos de los estudiantes ya no estaban allí.

La atmósfera recargada y gaseosa se elevaba para cubrir la vista de los alumnos, quienes veían muy poco por la neblina venenosa, y una próxima tormenta se avecinaba. De un instante a otro, parecía que aquella tarde oscura había dado paso a una mañana fría y confusa, en donde asquerosas alimañas se retorcían sobre el barro.

El profesor perdió la razón y supo que probablemente se hallarían perdidos para siempre en esta apesadumbrada dimensión no conocida, avanzando con dificultad y sin ninguna posibilidad de retorno al pacífico bosque en el que caminaban antes.

Accediendo con dificultad y bajando entre los últimos peldaños de piedra humedecida, Randolph Collins iba corriendo detrás del profesor Brook, quién sin embargo fue más allá y se fue a perder en la neblina, sumergiéndose en las peligrosas aguas. Randolph siguió tras su rastro, abandonando a todos sus compañeros atrás, que aullaban ya desesperados. Guiándose únicamente gracias al sonido que sus pisadas hacían en contacto con el fondo lodoso; finalmente le perdió vista al profesor, y Randolph ahora tenía se hallaba metido hasta la cintura, donde temió porque raras sanguijuelas rodeaban su perímetro. Arrepintiéndose, empezó a aterrorizarse y nadó para encontrarse del otro lado de la enorme charca, y contemplar de frente todo el confuso escenario, que constaba de un pantano nebuloso y cargado, deprimente, en donde se escuchaban los gritos lejanos de auxilio de sus colegas atrapados, y, delante de él, un sendero barroso sobre el que las bajas nubes lo cubrían todo.

En ese entonces la angustia errática invadió a Randolph, no sabiendo qué camino tomar, así que solo fue perderse entre aquellos retirados rumbos lluviosos; como sucedería de la misma manera a cada estudiante de la expedición, uno a uno, comenzando por el profesor Brook y luego por Randolph.

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