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5 min
La bailarina y el pájaro de la peste (segunda parte)
Drama |
10.12.17
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Sinopsis

"

Después de aquella noche, los días para mí no eran más que una mera ilusión. Mi percepción de la realidad se alteró hasta tal punto que solo vivía para soñar con Alina. Y aún estando despierto, no paraba de imaginarme entre las limpias calles de Venecia, paseando con mi onírica bailarina.

Seguía ejerciendo mi labor de médico, como era de costumbre. Ahora la peste mataba con una furia insaciable, pero ya era casi imposible evitarlo. Tan solo me limitaba a sentarme al lado de cada lecho, esperando a que la muerte vestida de negro se llevara las almas de los inocentes de una vez por todas. Podía pasarme incluso horas sentado, casi sin moverme, escuchando súplicas, toses y respiraciones dolorosas. Y cuando llegaba el momento, recogía en silencio y me marchaba, sintiendo que una paz inmensa plagaba todo mi ser, pues ya se acercaba la hora de reunirme con ella.

Al principio de cada sueño siempre recorría la radiante ciudad con todas mis fuerzas, hasta llegar al callejón en el que Alina me esperaba. Al llegar, me tomaba de la mano y me llevaba a un nuevo lugar, nunca antes visto. Yo contemplaba cada paisaje posando mis ojos en cada hueco, esquina o grieta, analizando con precisión cada detalle. Pero he de decir que cualquier rincón del mundo me hubiera parecido increíble si es que lo visitaba en su compañía.

-Una vez, cuando era pequeña, fui a un espectáculo de danza en La Fenice- dijo un día, mientras descansábamos en el interior de una casita abandonada. 

La miré fijamente y la escuché con atención, dejándome caer en un viejo catre de la habitación. El mueble crujió. 

-Es el mayor teatro de toda Venecia -prosiguió, sentándose a mi lado- Ese día, tras ver a los bailarines moverse con tanta agilidad y belleza, decidí que quería dedicarme en cuerpo y alma al baile. Cuando se lo dije a mis padres, se rieron de mí y me prohibieron entrar en ese mundo. Por eso, siempre estoy huyendo.

Las luces que entraban por los cristales rotos de las ventanas proyectaban rayos de luz sobre la piel pálida de Alina. 

-Es triste, ¿no crees? Tener que huir para hacer aquello que amas. 

-El mundo no es un lugar confortable, eso está claro. Pero con esfuerzo incluso aquello que te resulte más irrealizable se cumplirá -contesté, con un hilo de voz. 

Ella sonrió débilmente y luego encogió las piernas, rodeándolas con los brazos. 

-Bueno, a veces en mis pensamientos siento que todo eso podría ser posible algún día. ¡Oh, Dios, te juro que daría lo que fuera por escapar de esta maldita vida llena de absurdas restricciones! No sueño con otra cosa desde que era tan solo una niña. Poder tomar yo misma las riendas de mi vida y...

Hizo una larga pausa. Permaneció quieta en el sitio, sin mirarme ni un instante. Su entusiasmo se desvaneció tan rápido como una llama tras una ráfaga de viento. En su rostro pude ver que se dibujaba un atisbo de decepción y tristeza. 

-¿Y por qué no tomarlas en este mismo instante?-espeté, quizá demasiado esperanzado. 

-Es muy fácil decir algo así cuando eres un pájaro fuera de la jaula.

La miré, incrédulo, pues no acabé de comprender en ese momento a lo que realmente se refería. En ciertos momentos, Alina acostumbraba a dejarme sin palabras.

Lentamente, recogí tras su oreja un mechón de cabello negro que le cubría la sonrosada mejilla. Acerqué su cuerpo fino y ligero hacia mi pecho y la rodeé con mis brazos. Podía sentir su respiración, débil y pausada. 

-Estoy completamente convencido de que algún día llegarás a ser la bailarina más célebre de toda Europa. Y entre tanto, yo estaré contigo, observándote desde el público. ¿Qué te parece? 

Su verde mirada se clavó en la mía, como de costumbre. Dejé escapar una temerosa carcajada, a la cual Alina se unió, dejando caer su cabeza sobre mi hombro.

-Eso suena precioso-musitó, sonriendo.

Fue entonces cuando nuestros rostros se encontraron. En ese momento éramos como dos extraños mirándonos a los ojos por primera vez. Nerviosos. Avergonzados. Temí despertarme. Casi parecía que no iba a ocurrir nada más y que el tiempo se congelaría para siempre en ese instante. Pero Alina se adelantó. Me besó aceleradamente, casi con violencia, colocándose encima de mí. Todo ocurrió fugaz, ligero. Casi no me di cuenta de que mis manos desceñían su corsé y recorrían cada rincón de su cuerpo incandescente. Quizá fue algo apresurado, pero realmente todo lo que acontecía al lado de Alina lo era. 

Ya casi en el crepúsculo, aún estábamos tumbados en la cama, fantaseando y hablando acerca del futuro.

-Eres muy misterioso-me dijo, en la penumbra. 

La miré en silencio, mientras ella seguía hablando. 

 -A veces pienso que todo esto es un sueño del que no me puedo marchar. 

Sus palabras se clavaron en mi pecho como puñales. Me mordí el labio inferior con fuerza durante largo rato.

-¿Y si lo fuera? 

-Pues jamás querría despertarme. 

Alina se despidió de mí y se perdió entre los callejones, mientras la misma voz femenina del final de cada sueño la llamaba desde fuera. 

Antes de que mi idílica Venecia se desvaneciera por completo entre las luces del alba, tuve una idea. 

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