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7 min
La barba de José
Terror |
16.02.16
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Sinopsis

A un barbudo no le hables de su barba. Pequeño relato que lo confirma. Estaré fuera de servicio...me he quedado sin pc.

 La señal fue recibida por José, un `Bip´ en su muñeca le recordó que tenía algo pendiente.

 

En ese momento, perfilaba con sumo cuidado los pelos que sobresalían de su barba. Mientras, como si pudiera hacer varias cosas a la vez, no dejaba de admirar unas cejas demasiado pobladas, que hacían de él la viva imagen de un garrulo. Según reflejaba sus últimos estados de Facebook: Aquella barba producía la mejor de las satisfacciones en las partes íntimas de las mujeres.

 

La madre de José, que no había estado de acuerdo nunca en nada de lo que hacía; no dejaba ni un solo instante las intenciones de borrar aquel acumulo de pelo que cubría, según ella, su hermosa cara. Incluso, cuando el Psiquiatra le adjudicó un trastorno esquizofrénico, ella no estuvo de acuerdo con su nueva enfermedad.

< Me parece una estupidez lo que ha dicho el doctorcillo ese. ¿Tu esquizofrénico? Eres demasiado tonto como para tener ese rango.>

 

 Cuando la señal volvió a sonar, aun se encontraba en el cuarto de baño. José había terminado de dibujar a la perfección la espesura de su barba.  Sabía de antemano que la hora estaba a punto de llegar. Se puso una bermuda de tallaje ancho y de una longitud adecuada a la época de año. Se cubrió la parte superior del cuerpo con una camiseta color oscuro, dejando entrever su delicada gordura. Antes de salir del baño, volvió a mirar su tupida barba, no podía salir con los pelos descuidados ¿Qué dirían de él? Afirmó con un leve movimiento de cabeza que todos sus pelos estaban bien apuntalados y con un roce sobre ellos, sonrió.

 

Abrió la puerta con grandeza, con aires poderosos, digamos clamorosos. Surcó a un ritmo lento la longitud del pasillo, hasta que lo derivó a la cocina. Observó todo a su alrededor. Un pájaro en la esquina de la encimera enjaulado como se enjaula a los políticos corruptos; una ventana de unos dos metros y medio de altura, que iluminaba toda la estancia, con una felicidad que solo podía ser digna del día que era. El frigorífico, color gris mate, esquinado en un rincón. Los muebles, que se distribuían por todas las paredes, hacían de la cocina casi un restaurante. Se acercó a la parte baja del fregadero, abrió las puertas del mueble y sacó una cafetera. La desenroscó, vertió algo más de un vaso de agua en su interior, rellenó el filtro con un potente café aromático y apretó con fuerza la cafetera; cerrándola fuertemente. Buscó entre los fogones el más pequeño. Pulsó una ruleta enumerada, posicionándola en el número seis y colocó en aquella luz rojiza calorífica la cafetera.

              

  El café se hacía a lentitud paranoica. El olor tardó no menos de diez minutos en impregnar la estancia. Aquello era un paraíso. Un lugar perfecto para morir, o para perder la virginidad. O para ambas cosas a la vez.

 

             Mientras el café hacia presencia, José rebuscaba en los cajones de la encimera, nada en concreto, simplemente dejaba agonizar el tiempo. Al aburrirse con aquella actividad, entreabrió la puerta corrediza de la ventana y se asomó.

 

En la calle, la gente hacia vida cotidiana. Las marujas del hogar fregaban sus puertas. El panadero repartía el pan a domicilio. Un hombre, entrado en edad, paseaba a un Bulldog Francés color atigrado con una mano y en la otra, otro de color baquita. Las nubes, pocas y muy clareadas, viajaban por aquel cielo azul.

                José respiró todo lo hondo que sus pulmones le permitieron, dándose cuenta enseguida de que el café borboteaba en la cafetera.  Entró cerrando tras de él el ventanuco. Volvió a saborear el magnífico olor antes de detener el calor de la vitrocerámica. Retiró la cafetera hacia un lateral, buscó una taza adecuada para la situación y vertió una cuantiosa cantidad de café en ella. Abrió la nevera, que se encontraba repleta de comida, y cogió un cartón de bebida de soja. Hizo una combinación homogénea de ambos productos, añadió algo de edulcorante y removió agitadamente. Dio un pequeño sorbo, estaba caliente, su lengua lo noto, debía agitar más. Esperó unos instantes entre circunferencias descritas por la cuchara. Volvió a probar la mezcla de café y soja; esta vez estaba perfecta, bebió de ella.

 

Miró ceñudamente su reloj analógico. Se quedó absorto unos momentos en el peregrinar de aquellos falos, errantes entre las horas. Cuando volvió en sí, sonrió.

 

            La hora marcada en su agenda se estaba acercando. Los nervios se hicieron presentes en su arrítmico corazón. Buscó en el pasillo un espejo ¿Y si la barba la tenía despeinada? O ¿Si estaba manchada de café? Encontró uno de medio cuerpo cerca de la entrada. Se colocó en mitad, se miró detalladamente. La camiseta bien colocada, ni una arruga. Los pantalones cubrían lo suficiente, juntó las piernas, medió la longitud de ambas peineras y se dijo: Todo correcto. ¿La barba? Inmejorable.

 

             El teléfono sonó. José lo dejó sonar.

Quien fuese volvió a insistir. Esta vez lo cogió.

-Si. - Dijo José sin más preludios. -No, ahora mismo no está. ¿Quiere que le diga algo de su parte? - José intentaba acortar al máximo la conversación. Y tanto que la acorto, que sin mediar ni una palabra más, colgó el teléfono.

 

                Inesperadamente, como si no lo hubiese sentido con antelación, José experimentó la incontrolable necesidad de orinar. Volvió a buscar las agujas del reloj. Aun le daba tiempo para ir al servicio. Corrió por los pasillos hasta encontrarse junto a la puerta del baño. Mientras abría la puerta del aseo, se abría la portañuela y sacaba su aparato excretor de residuos acuosos. Se encaramó a la boca abierta del WC y desechó liquidó. Cuando surgió la última gota, volvió a mirar nuevamente la hora. Abrió preocupado los ojos al máximo.

                Ocho segundos para la hora exacta acordada con su agenda.

                Sin estirar de la cisterna, ni bajar la tapa del váter, salió de aquel lugar a toda prisa. Giró bruscamente al salir por la puerta y retomó el camino a la entrada a casa.

                Tres segundos. Exploró en el paragüero. Ahí estaba, un paragua negro, con mango entre delineado con dibujos uniformes, de material poroso y negro. La punta de metal, atrayente de rayos.   Lo agarró por el asidero.

 

                Un segundo. La puerta comenzó a sonar, como si hurgasen en su exterior. Unas llaves, que, por la sonoridad, José dedujo que era su madre abriendo la puerta. <Mamá llega, se dijo José>. Las llaves cumplieron su misión y abrieron el cerrojo de la puerta. Con un chirrido a bisagra mal engrasada, el postigo se fue abriendo lentamente. 

 

                Cuando se abrió al completo, ayudada por José, entonces fue la hora. José elevó por encima de sus hombros la punta del paragua y la abalanzó. El frio y punzante metal, de la punta de aquel paragua, entró por uno de los ojos de la madre de José; perforándole al completo el rostro.  La sangre se derramó por las mejillas de la madre, creando un pequeño, pero caudaloso reguero de sangre. Espontáneamente, madre, se derrumbó con aquel paragua como lanza en su ojo.

 

                José retrocedió unos pasos sobre sí, alcanzando a proyectar su cuerpo en el espejo de la entrada. Se miró, comprobó el estado de su barba y sonrió.  Jamás había estado tan bien. La felicidad siempre está en las pequeñas acciones.

 

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