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4 min
La boda
Terror |
08.12.17
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Sinopsis

Rosa se sintió ultrajada cuando recibió la invitación. Manuel su novio de toda la vida iba a casarse, pero no con ella, sino con aquella furcia a la que habia conocido hacia menos de un año. No era justo. Ella había sacrificado los mejores años de su vida con él hasta que le dio la patada y ahora esa otra, esa maldita Elena, se lo llevaba al altar. Y encima tenían la desfachatez de invitarla a la boda.
Rosa había sufrido mucho cuando Manuel la dejó. Su ánimo se vino abajo y su razón se desquebrajó. Tanto fue así que tuvo que recurrir a la ayuda profesional de psiquiatras. Incluso tuvo dos intentos de suicidio y estuvo internada en un psiquiátrico durante más de un año. Ahora cuando ya parecía por fin recuperada venía este otro revés en forma de invitación a una boda. Rosa sintió que se venía abajo y de nuevo tuvo ganas de quitarse la vida.
Pero no, no iba a ser tan tonta, no iba a permitir que ese miserable de Manuel y la puta de su prometida le afectasen de tal modo. Se vestiría de dignidad y acudiría a la ceremonia como si no le importase en absoluto. No iba a permitir que nadie volviera a ser testigo de su dolor, del dolor de su corazón ultrajado.
El día de la boda se presentó con sus mejores galas. Felicitó a los novios y les deseó lo mejor. Pero por dentro seguía la ira y el odio, un odio cada vez mayor. Tenía que reconocer que Elena era bonita, con su cara angelical y su cabello rubio que le caía hasta la espalda. Normal que él se hubiera enamorado de ella tan rápido. Pero no era justo. No era justo que ellos fuesen tan felices y ella se viese tan desolada.
No fue al banquete que los novios dieron. En lugar de eso, Rosa esperó pacientemente a que terminara la fiesta. Sabía en que hotel se alojarían los novios, pues era el único que había en todo el pueblo, y se apostó cerca de la puerta hasta que los vio llegar. Cuando ellos entraron, Rosa los siguió. Pensaba alocadamente como podría introducirse en su habitación.
Resultó más sencillo de lo esperado. El hotel solo tenía una planta y el vestíbulo de entrada. En un momento dado vio que Manuel bajaba por la escalera y encargaba una botella de cava. Ese momento fue el que aprovechó Rosa para subir a la planta donde estaban las habitaciones. Solo le quedaba confiar en la suerte y en el dios de la venganza.
Y tanto la suerte como el dios de la venganza le sonrieron. Una de las habitaciones tenia la puerta entornada. Tenía que ser esa. Rosa se arriesgó y entró. Elena estaba sobre la cama, probablemente desnuda. Las cortinas estaban corridas y apenas si había luz. La voz de Elena, medio adormilada, sonó para decir : “Ven Manuel, ven conmigo, mi amor”.
Pero no fue Manuel, sino Rosa la que se lanzó sobre el cuerpo desnudo con el afilado cuchillo jamonero que clavó una y otra vez sobre su carne esponjosa. Elena apenas si pudo emitir un pequeño grito de terror antes de que la vida se le fuese a cuchilladas. En menos de un minuto todo había acabado y la cama era un amasijo de carne destrozada y sangre que lo cubría todo. No quedaba casi nada reconocible en aquel cuerpo desgarrado. Aun después de muerta, Rosa siguió dando puñaladas al cuerpo de su víctima. Luego salió de la cama y se escondió tras las cortinas.
Un silbido alegre rompió el silencio de la habitación. Era Manuel que entraba con la botella de cava. Cerró tras de si la puerta y le dijo a la carne inerte que yacía sobre el lecho si estaba preparada para un nuevo asalto de pasión. Rosa no pudo evitar reir al escuchar aquello. Y rió, rió a carcajadas, carcajadas que inundaron aquella habitación de hotel al propio tiempo que los restos de su razón huían para siempre.

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