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12 min
La bolsa
Suspense |
14.09.18
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Sinopsis

Aquí os dejo la primera parte de este relato, que espero os guste e intrigue. Saludos a todos.

Ocupan un rincón en la parte central de la plaza, apoyándose en la sombra de un plátano y la ayuda desinteresada de un banco de mampostería. En un carrito de supermercado llevan todos sus enseres, incluida una raída maleta que alguien abandonó un buen día junto al contenedor de la basura. No tienen prisa por levantarse, es domingo y el movimiento de coches alrededor de su estancia no se producirá hasta bien entrada la mañana. Hay un perro color canela enroscado sobre sí mismo, atado con una cuerda al carro de los enseres. Duerme. A veinte metros, lo que da si dos filas de vehículos aparcados más una estrecha calzada hay un edificio de tres plantas con las ventanas y puerta tapiadas, aunque conserva un pequeño jardín donde crecen los jaramagos como en el más espléndido de los paraísos. Su fachada conserva restos de pintadas de cuando el movimiento okupa campaba a sus anchas por todo el inmueble. Ahora son sólo las tórtolas y las palomas las que tratan de compartir vecindad para desesperación de una cotorra vecina que se exaspera con los desplazamientos de sus parientes alados y no cesa de emitir voces de alarma. En medio del arrullo del palomo y el canto de la tórtola suenan las campanas llamando a los fieles a que cumplan con el precepto divino que les compete cada cierto periodo de tiempo. Esa es la señal que esperaba Rogelio para desprenderse de la parte de manta que le correspondía e incorporarse del suelo. El perro levanta la cabeza, mueve el rabo y emite un leve gruñido; dicho lo cual, vuelve a hincar el hocico entres sus nalgas sin deshacer la rosca. El hombre se sienta en el banco, se calza unos botines deportivos y se cubre la cabeza con una gorra de color rojo en sus orígenes, que le aplasta la melena sin necesidad de sentir el paso del peine entre sus mechones esponjosos. Sin mediar palabra comienza a explorar sus dominios a la búsqueda de un hueco disponible para aparcar o de algún transeúnte al que pedirle un cigarro para cubrir las necesidades de primera hora. El guitarrista sentado en una silla en lo alto del pedestal lo mira sin decir nada, sabe que cuando le venga bien, vendrá a saludarlo, a darle los buenos días y a contarle lo triste que fue su infancia, no como tú, Manuel, que recorriste el mundo sólo porque aprendiste a tocar ese cacharro sonoro, pero ya ves la vida coloca a cada cual en su sitio, a ti en mitad de la plaza, más parao que el caballo de los jardines, el del retratista, pero feliz, y a mí hecho un desgraciao rodando más que una pelota en una cuesta, sin saber en que sitio colocarme para no estorbar.

Al tercer toque de campanas, se despereza la compañera del hombre, toma una botella de agua y se acicala, mirándose en un pequeño espejo que tiene clavado en el tronco del plátano de sombra. Luego despliega una butaca playera y se sienta aprovechando unos rayos de sol que penetran a través de la floresta. Trata de encender una colilla pero el mechero no le funciona. Desiste. Se entretiene con los restos de una botella de vidrio que en el mejor de los casos puede que contuviese unos centilitros de cerveza. El perro color canela se desenrosca, se pone a cuatro patas y realiza unos estiramientos propios de un deportista que estuviese a punto de llevar a cabo la carrera de su vida. Luego emite unos leves gruñidos y se acerca a la rodilla de su dueña. Ésta le acaricia al tiempo que lo libera de la cuerda. No se lo piensa dos veces, el coche más cercano le parece el lugar más adecuado para llevar a cabo su primera micción. No hay nada como el atrayente olor a caucho para aliviar la vejiga. Luego se da un par de carreras para ir entrando en calor y por último se dirige hasta la posición de Rogelio con la sana intención de ayudarle en su tarea de aparcacoches. Un par de caricias y de nuevo a corretear, ahora a la búsqueda urgente de un lugar donde depositar algo más que orines. Su vida de perro pasa en la actualidad por unos momentos grises, nada que ver cuando aquella casa de tres plantas estaba ocupada. En ella cohabitaban media docena de canes, entre machos y hembras y al menor descuido las orgías eras escandalosas. La gente se dedicaba a entrar y salir del edificio, a organizar no se cuantos eventos culturales, a cocinar para la colectividad, a pelearse con los dueños del edificio, con los municipales y hasta con las fuerzas de orden y entre tanto movimiento no había nadie encargado de la vigilancia perruna, así que a pillar toda cuanta perra se dejase. Luego venían los partos y las discusiones con la propiedad de los animales y las intervenciones del veterinario para evitar no sé que cosas, pero el animal que iba a decir, meneaba el rabo, obedecía a la voz de su amo y poco más.

Por temporadas cambiaban de emplazamiento, pero cuando se bajaban los humos de unos y de otros, otra vez se veía pegado al mismo árbol y al mismo banco, al fin y al cabo tanto Rogelio como su compañera habían adquirido ya cierto derecho de explotación sobre los vehículos de la zona.

Con las primeras monedas que conseguía, el hombre se acercaba al bar de la esquina y pedía dos cafés con leche para llevar. Caminaba de prisa con sentido del equilibrio, sin derramar ni una gota hasta llegar a las dependencias de su princesa, a la que ofrecía uno de los vasos de papel y una mirada de consideración hacia su ajada testuz. A veces mediaba un beso en los labios, otras no. Ella en la silla y él en un banco, sorbían con divina placidez el contenido de los vasos que al bajar por su tracto digestivo terminaba afectando al don de la palabra. Entonces conversaban. Unas veces mojaban pan sobrante de la noche anterior, otras además de los cafés, los recursos daban para una par de donust o una palmera de chocolate, de esas que lucían con todas sus galas en la pastelería, justo cuando los bolsillos estaban en horas bajas, otras como hoy tan sólo mojan las ganas, me han dicho unos pringaos que hoy dan paella gratis ahí al lado, ¿dónde?, ahí donde la bulla, pues habrá que ir porque la despensa la tenemos canina.

Merche se quedaba sentada en la silla playera contemplando el enorme tronco del ficus vecino, con sus lianas colgantes, por un instante se imagina que es Jane, que trepa como una trapecista hasta el corazón del árbol donde le espera una habitáculo de madera, con muchas macetas, una hamaca y una estantería a rebosar de frutos silvestres. Dentro de un mes fructificará su inmueble, convirtiéndose en un jardín donde trataron las tórtolas de hacerle competencia. Bob, su perro, será Chita y por supuesto, él, ese hombre que tan loca los trae, es Tarzán, no el de los monos, que no quiere oír hablar de animales que le recuerden al anís, ya pasó bastante cuando anduvo tirada como una cualquiera, de esquina en esquina, manoseada por todos los desgraciados del barrio, hasta que llegó él, su Rogelio, un tipo con dos cojones que les dijo a todos hasta donde podían llegar y les explicó que estaban ante una dama venida a menos, eso si, pero una dama y que el derecho de pernada, si es que le correspondía a alguien, era a él, que para eso se preocupaba de ella, la llevaba al médico, al comedor social y a los cajeros automáticos en las frías noches de invierno. Lo quería, sí, estaba enamorada de él, con él se arrastraría por cuantas plazas fuese necesario y hasta dejaría la bebida. Nada de monos. A Chita la consiente porque es distinta, porque tiene cara de perro y porque entiende lo que ella piensa. Se deja caer por una liana, posa sus pies desnudos en las losas del suelo y vuelve a su asiento playero. Toma un pequeño trapo de sus enseres personales y se limpia las uñas tratando de imaginar que un día olieron a esmalte. Piensa en la paella y en algo que ponerse para estar guapa, la novia de Tarzán no puede pasar por una mujer cualquiera. De la última ropa que le dieron seguro que habrá alguna blusa que causará admiración ¿tú que dices Bob?

El perro mira a su dueña, hace un gesto con el hocico y mueve el rabo, ¿tú que dices Bob?, que me parece muy bien lo del arbolito y tus fantasías tarzanescas, pero el papel de mona te lo podías haber adjudicado tú y a mí asignarme otro más acorde a mis cualidades, Rin-Tin-Tin por ejemplo, ¿o que no me ves a mí capacidad de actor?, una cosa es que me pase el día enroscado por falta de estímulo y otra que no sea capaz de enfrentarme a grandes retos, yo te aprecio, por ti daría mi vida si es preciso, ya sabes como me pongo cuando se acerca demasiado algún extraño, pero ten cuidado con tus palabras que también tengo mi corazoncito. Al oír el silbido de Rogelio, levanta la cabeza, se alza sobre sus patas delanteras y olfatea el aire. Sus orejas-rádares se orientan en dirección al oloroso vaho de la gorra de su dueño. Espera un segundo silbido y ahora como un resorte se pone en pie, mira a su dueña y emprende una carrera hasta llegar a los pies del hombre, que comienza a hablarle indicándole que se meta debajo del coche donde parece que hay un objeto del que se muestra interesado en conseguir. El perro no lo duda, su cerebro transforma la palabra de su jefe en órdenes imperativas, se agacha, se arrastra y se introduce bajo la carrocería del vehículo para sujetar con sus poderosas mandíbulas una bolsa de color gris, a la que ha logrado hacer presa por una de sus asas. Tendido sobre el suelo realiza una maniobra de retroceso sobre sí mismo, al tiempo que tira con todas sus fuerzas para acercar la bolsa hasta el lugar donde Rogelio la alcanza con una mano. A partir de ahí todo resulta más fácil porque Bob siente menos resistencia y porque la mano de Rogelio era como las mandíbulas del perro: allí donde se asían los cinco dedos, había garantía de trabajo satisfactorio. La bolsa terminó en sus brazos y el perro aunque se moría de curiosidad por saber de qué iba aquel juego, se limitó a lamer la mano de su dueño y a permanecer sentado a la espera de una nueva orden, ¡ya está! ¡ya está, no seas pesao!, vamos con la Merche. Saltaba a su lado como si acabase de descubrir el más guardado de los secretos. Ambos se pusieron en marcha hasta llegar a la base del plátano donde la mujer entretenía su tiempo leyendo una revista de modas que alguien abandonó en lo alto del contenedor de papeles.

—Mira lo que traigo, Merche.

—¿Qué es eso?

—Ni idea, estaba bajo un coche, pero al peso podrían darnos unas pelas.

—¿Al peso de qué? ¿Lo has abierto?

Rogelio se sentó en el banco, puso la bolsa en su regazo y de un rápido movimiento descorrió la cremallera. Quiso gritar, pero se contuvo. El color de su cara enrojeció, los ojos querían salirse de sus órbitas, pero la primera reacción que tuvo fue volver a cerrar la cremallera y depositar la bolsa fuera del alcance de sus manos.

—¿Qué te pasa Rogelio? –Merche hizo intención de coger la bolsa.

—¡¡No la toques!!

La mujer interrumpió sus deseos, se acercó al hombre y buscó su mirada.

—¿Qué ocurre, qué hay? ¿Algo desagradable? ¿Algo peligroso? ¿Por qué no quieres que la coja? ¿Muerde? ¿Contamina?

—Mucho peor.

Rogelio volvió a coger la bolsa, abrir la mitad de la cremallera y mostrar su contenido a Merche.

—¡¡Hostias!!

En vistas de que nadie se aclaraba, Bob, quiso intervenir y lanzó un par de ladridos, ¿es que a mí nadie me va a contar nada, luego de haberme dejado la piel para sacar esa bolsa? Sus dueños le calmaron, se prestaron a que les lamiera las manos y le regalaron el oído con algunas frases bonitas. Dos palomas se atrevieron a acercarse e inquietaron al perro que comenzó a gruñir. Rogelio se levantó, se acercó al carrito de sus pertenencias, cogió una pequeña manta y lo más rápido que pudo envolvió la bolsa y le hizo un hueco en lo más profundo de aquel artilugio con ruedas, especie de armario ropero. Merche lo miraba atónita, no se atrevía a pronunciar palabra, pero algo quería decir.

—¿Y ahora qué hacemos con esa pasta?

.../...

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  • Gracias por esas palabras tan alentadoras. Procuro hacerlo lo mejor que se. Espero que en la próxima entrega te guste el desenlace.
    Dices que eres un amante de la literatura, y es una gran verdad. Este relato no sólo está perfectamente narrado, sino que es apasionante. Y me ha hecho pensar pensar que estos personajes son también víctinas de una altivez neoliberal que se ceba en los más vulnerables.
  • Aquí dejo el desenlace de esta historia, que parecía resistirse, pero al final salió. Qué aproveche.

    Aquí os dejo la primera parte de este relato, que espero os guste e intrigue. Saludos a todos.

    Hola compañeros de letras, aquí os dejo este micro para vuestra consideración.

    Desenlace de esta historia que espero les haya gustado.

    Hacer turismo en esta época del año es algo muy corriente, pero no crean que siempre las cosas son lo que parecen...

    Del libro de microrelatos Breviario para tardes de lluvia

    Pues aquí está el desenlace de esta historia. Ha tardardo algún tiempo,pero al final está conseguido. Lo dejo para vuestra consideración, compañeros. Saludos

    Aquí les dejo la primera parte de un nuevo relato, que espero sea del gusto de unos y otros.

    Aquí os dejo un micro de mi última publicación: Breviario para tardes de lluvia.

    Parecía que no iba a llegar nunca, pero al final llegó: Aquí les dejo la tercera y última parte de este relato, que espero puedan disfrutar.

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Tengo a la Literatura por bandera dentro del convulso mundo que nos ha tocado vivir.

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