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14 min
La botella
Reales |
16.05.18
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Sinopsis

La sala de un cine es el escenario perfecto para dejar que fluya la pasión y se resuelva la tensión sexual de dos personas en fase de descubrimiento. Se atraviesa esa línea morbosa que en numerosas ocasiones imaginaste, pero que nunca llegaste a experimentar... Y todo aderezado con el delicioso sabor de una botella de gominola,.

LA BOTELLA

 

   Había quedado en pasar a recogerla a las nueve, con el sol aún presente calentando la ciudad y las máquinas de aire acondicionado escupiendo fuego desde los balcones. No me había dado tiempo a limpiar el coche, así que aproveché que aún era pronto y dediqué unos minutos a tirar envoltorios vacíos de comida, botellas, papeles y puede que incluso fósiles del pleistoceno.

   Yo iba impoluto, con los rizos en su sitio, aseado, perfumado, las axilas sin nidos de aves migratorias, los genitales en estado neutro… Es importante oler bien, o por lo menos oler a otra persona que huela mejor que tú, aunque sea por unas horas.

   La puntualidad consiste en llegar siempre cinco o diez minutos tarde, fuera de ese margen ya se considera impuntualidad, por lo que pasé a recogerla como un clavo, más o menos a la hora indicada. Era nuestra segunda cita informal (o formal, eso solo Dios lo sabe) y estaba algo nervioso, masticando chicle con sabor a aliento fresco y dándole pequeños tragos a una botella de agua fría. Paré en la rotonda que daba al parque y enseguida apareció ella a lo lejos, como si alguien hubiese dictado aquello de “luces, cámara y acción…” Llevaba un fino vestido negro de tirantes, corto, apenas llegaba a taparle los muslos.  Abrió la puerta y una deliciosa fragancia impregnó todo el habitáculo, el coche se convirtió en un carruaje del Medievo tirado por majestuosos caballos blancos…

   La idea era ir al cine a ver una de esas películas que olvidas casi al ínstate, algo sencillo de digerir sin necesidad de llorar de emoción, gritar de miedo o bostezar de tedio.

         Pensé en besarla, pero iba demasiado concentrado al volante, por la carretera, pensando en cómo besarla de verdad. Hablamos un poco mientras nos mirábamos de reojo, aún no había confianza como para aguantar la mirada más de uno o dos segundos, solo sonrisas de complicidad y palpitaciones generalizadas. El cine estaba a unos cincuenta kilómetros de distancia, y no porque no hubiera otro más cercano, me gustaba la idea de viajar en coche con ella y cambiar de aires. En los cines que había cerca de donde vivíamos, las probabilidades de encontrarnos con algún conocido gilipollas eran altas. Y uno de estos te jode la película y la cita sí o sí, es aquello de: “Hombre, pero mira quién está aquí…” (y ya no hay manera de despegarte de él). Si de mí dependiera, los cines deberían tener aforo para una sola persona (a lo sumo dos, si es de mutuo acuerdo). No me resulta interesante sentarme junto a un montón de gilipollas en una sala enorme donde la gente mastica y sorbe refrescos haciendo ruido, tosen, se tiran pedos o comentan en voz alta la película que se supone que están viendo. Por eso suelo sentarme en la primera o segunda fila, porque es donde menos gente hay, al menos tengo espacio libre y los escucho a lo lejos, aunque solo pueda ver un trozo de la pantalla porque mi capacidad visual no da más de sí.

  En poco más de media hora ya habíamos llegado al centro comercial donde se encontraban los cines. Atrás quedaron esas viejas y entrañables salas de barrio donde por un módico precio echabas la tarde o la noche, en sesión doble con dos películas de la serie B o Z y palomitas empaquetadas con cierto sabor a rancio. Lo siguiente es “Amazon Home”, que básicamente consiste en vivir por medio de Amazon, desde casa o el trabajo. No necesitas moverte para hacer la compra, viajar, ver una película, cagar, follar… Amazon lo hace por ti. Si quieres follar, pero no te apetece moverte, Amazon te lo pone fácil, incluso puede hacer que folle otra persona en tu nombre, por ejemplo, o si estás cagando y te has quedado sin papel del culo, con tan solo entrar en su aplicación, tienes en pocos segundos a un “Dron” con papel higiénico en el baño, a tu disposición…

   Me inserté en el laberíntico parking subterráneo donde todos los caminos conducen a ninguna parte, las indicaciones se contradicen entre ellas en una perfecta desinformación, sabes entrar, pero no salir ni aparcar, porque los novedosos sistemas luminosos que te informan de las plazas libres que hay en cada zona, tienen un desfase en tiempo real de una o dos semanas. Después de varias vueltas, pude aparcar mal en un sitio reservado para gente que lleva varios minutos dando vueltas y no encuentra sitio. Aún faltaba media hora para que empezase la película, y en el coche tampoco se estaba tan mal, así que decidimos quedarnos ahí un rato.

   Después de pasarme todo el viaje pensando en cómo besarla, me dejé llevar por un impulso “homínido” y me incliné hacia su lado para darle un beso. Pero no me había quitado aún el cinturón y lo que podría haber sido un acercamiento natural con final en beso, se quedó en un cómico forcejeo entre el cinturón y yo. Aquello le hizo gracia, no paraba de reírse mientras yo menguaba y me convertía en una miniatura del tamaño de un “click famobil”. El beso no se hizo esperar, ya sin barreras ni obstáculos, y pese al temor de recibir una cobra colosal, acabamos juntando nuestros labios, en la parte delantera del coche con las manos acariciándonos y los corazones latiendo entre las piernas.

   Sacamos las entradas y nos fuimos directos a por un cubo de palomitas, refresco y un saco de gominolas variadas (las calorías necesarias para que dos personas sobrevivan una semana sin problemas). La persona que nos atendió nos dijo que por un euro más podíamos hacer el menú maxi-gigante, y el caso es que la opción “pequeña” ya era descomunal, no existe el formato pequeño en los cines, todo es grande, desde el precio hasta el envase y las propias salas, donde bien podrían darse conciertos multitudinarios, pero aceptamos y cogimos la oferta “tragaldabas”. En total nos salió todo por unos ciento veinte euros, con los descuentos de la tarjeta de fidelización incluida y un ticket promocional para hacer tu menú de palomitas y refresco, extra-mega-espacial tamaño universo, en la próxima visita…

    Apenas había gente en la sala, diez personas como mucho esparcidas por diferentes filas. Optamos por ponernos atrás del todo, en un lateral. Jamás habría elegido este sitio, pero buscábamos algo de intimidad. La película empezaba a las diez y media, aunque en realidad lo que empieza a esa hora son los diez o quince minutos de anuncios. Nosotros aprovechamos para comer palomitas haciendo ese molesto ruido al masticar que no soporto en los demás y que yo también emito sin darme cuenta. El cine sin palomitas no tiene sentido, al menos así lo veo yo, teniendo en cuenta que soy de constitución lechona y de apetito fácil. Y cuando aún no habían terminado los anuncios, el cubo ya estaba casi vacío, pero nos quedaba el saco de gominolas y dulces. También nos dimos algún que otro beso, como si lo viniésemos haciendo toda la vida. Con la mirada clavada en la pantalla, de vez en cuando nos girábamos y dejábamos que las lenguas se enredasen, unos segundos, después seguíamos como si tal, mirando los tráilers y los anuncios de Coca-Cola que te recomiendan apagar el móvil para no molestar durante la película, como si lo que molestase fuese eso, ya podían decirte: “cuando bebas Coca-Cola no sorbas con la pajita emitiendo todo tipo de ruidos y sonidos, cerdo”, o “cierra la boca al masticar si vas a comer a dos manos, que se está enterando hasta el apuntador…” Yo apagué el móvil, en cualquier caso, o bueno, lo dejé en modo silencio, que es como si estuviese encendido, solo que en vez de sonar una melodía si te llaman o si te mandan un mensaje, vibra y retumba por toda la sala haciendo tambalear la estructura…

   Por fin se apagaron las luces del todo y comenzó la película, con unos veinte minutos de retraso respecto a la hora de inicio. Era una especie de Thriller romántico con final incierto (no quise consultar la sinopsis en internet porque te cuentan la película, miras en cualquier página especializada en cine, y lo primero que pone: “el protagonista muere, pero la película está bien…”) Aunque yo solo quería besarla. No podía estar a todo, y pese a no ser nada lanzado, apoyé mi mano sobre la suya, en el lado de su butaca, con total naturalidad, y no la rechazó. Me apretó suavemente los dedos, los acariciaba (si hubiesen sido los pies, habría tenido un orgasmo allí mismo). Estaba excitado, nervioso, mientras la película transcurría por otros derroteros que yo no conseguía seguir. Observaba la pantalla como cuando ves la televisión en casa con el móvil en la mano mientras charlas y cenas a la vez. Le di un trago largo a la botella de agua, después al tanque de refresco “Zero” y acto seguido me inserté una gominola en la boca. Ella seguía jugando con mi mano, masajeándola y apretando un poco más fuerte.

  Cogí otra gominola de la bolsa, y esta vez la llevé hasta su boca, la aceptó con una sonrisa, masticándola despacio y mostrándomela con los labios entreabiertos y humedecidos. Lo tomé como una invitación y volví a besarla, nos pasamos el dulce de una boca a la otra con las manos deslizándose por todo el cuerpo. Paramos y recuperamos la compostura. Después de la tempestad siempre viene la calma, aunque nosotros no habíamos llegado ni a tormenta de verano, solo chispeaba entre nuestras piernas. Y a mí comenzaban a dolerme los testículos de tanta tensión sexual no resuelta. Hacíamos la goma una y otra vez, que básicamente consiste en dejarse llevar hasta las puertas del infierno y cortar de seco en el momento más intenso para hacer como que no ha pasado nada y regresar a lo terrenal. Es como si te caes a un río de aguas heladas cuando estás besándote apasionadamente con la persona que deseas, o a punto de hacer el amor (y ojo, el amor se puede hacer suavemente, con ternura y pasión, o fuerte y con la mano metida hasta la muñeca, orinándose encima, con bolas y arneses…)

   Volví a meter la mano en la bolsa de las “chucherías”, rebusqué, palpé a ciegas hasta intuir entre los dedos una botellita alargada y hermosa recubierta de azúcar. Era una de esas gominolas que simulan a un refresco de cola. Me la llevé a la boca y la chupé un poco, lo justo para deshacer el azúcar y saborearla, después la saqué y la volví a sujetar con los dedos. Ella permanecía inmersa en la película, o al menos con la atención puesta en la pantalla.

   Dejé caer mi mano hasta su pierna, a la altura de la rodilla, justo por debajo del vestido, y la apoyé sin más, con la botellita dulce entre los dedos. Me detuve unos segundos sin moverme, inerte y nervioso como si estuviese a punto de traspasar alguna línea prohibida, con la mirada también clavada en la pantalla, como ella. Fueron solo unos segundos, pero se me hicieron eternos. Acto seguido deslicé suavemente la botellita aun humedecida en saliva por su muslo, por debajo de la fina tela del vestido. Pude apreciar como sus piernas se separaban y abrían ligeramente, me estaban indicando el camino a seguir, sin mediar una sola palabra, sin gestos. Yo no quería precipitarme, deseaba mojar mis dedos en su sexo, llenarla, meterme dentro, pero no quería correr. Mi pene se apretaba duro como una piedra bajo el pantalón, con la cremallera medio abierta de tanta presión contenida. Ella debió intuirlo y me puso la mano encima, a la altura de la bragueta, empezó a acariciarme por encima del vaquero. En ese punto nuestras bocas volvieron a juntarse, nos comíamos los labios y las leguas con la respiración entrecortada e intensa. Mi mano estaba a la altura de su sexo ya, con la botellita sujeta con los dedos. Aparté ligeramente el tanga como pude y enseguida noté su coño caliente y mojado en mi mano. Se colaron los dedos con la botellita entera hasta adentro, por lo menos tres dedos juntos. Los empujé un poco más, mientras ella empezaba a apretarme la polla por encima del pantalón con más fuerza. No tardó en abrir del todo la cremallera y sacármela. Podía sentir mis latidos palpitando en su mano. La cogió con firmeza meneándola ligeramente, haciendo presión, sin separar sus labios de los míos, cada uno con la mano en el sexo del otro. Nadie podía vernos, la sala estaba prácticamente vacía y solo unas cuantas personas seguían la película varias filas por delante. Nosotros permanecíamos con los ojos cerrados, saboreándonos, ajenos a todo. 

      No paraba de apretar la botellita de gominola contra su clítoris, pasándola una y otra vez hasta colarla dentro junto con varios dedos que empujaba más y más contra ella. Su mano me masturbaba firmemente a medida que la penetraba restregando la botella por todo su coño. Ella movía las piernas y se retorcía de placer, me mordía los labios mientras su mano me la meneaba a gran velocidad. Gemíamos de placer, controlándonos lo justo para mantenernos ajenos a los allí presentes.

   Junté todos los dedos, sin soltar la gominola y los metí dentro de su sexo jugoso y dilatado, entró prácticamente toda la mano. Apreté sin salirme, poco a poco, presionando las paredes de su vagina. Sentí una ráfaga de calor intenso que salía de su interior y comenzó a correrse y a mearse a la vez sin dejar de menearme la polla, que casi al unísono, empezó a soltar borbotones y chorros de semen caliente. Nos estábamos corriendo a la vez…

   Nos quedamos rendidos el uno junto al otro, hundidos en las butacas, con las cabezas sudorosas apoyadas entre sí y las manos aún entre las piernas. Saqué la mía de su coño, despacio, estaba empapada. La botellita de gominola había resistido heroica todas las exigencias del guion. Me la metí en la boca y la mastiqué ante su atenta mirada. Sabía a sexo, a ella… Su mano estaba llena de semen aún caliente, me sonrió, y se la llevó hasta la boca, lo lamió todo, incluso volvió a cogerme la polla, ya flácida, y se llevó los últimos restos de semen hasta los labios, se chupó los dedos uno a uno y nos fundimos en un largo e intenso beso.

   Casi sin tiempo para más, las luces de emergencia se activaron, habíamos devorado la película sin pestañear, sin enterarnos. El escaso público que nos había acompañado, fue saliendo de la sala. Nosotros esperamos unos minutos a que se fuera todo el mundo, necesitábamos recomponernos, recuperar el aliento, el aire, besarnos un poco más, ya relajados, desfogados, aún humedecidos, con el sabor a sexo aún en nuestras bocas, como si nos hubiésemos tomado una botella de deliciosa pasión…

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  • Divertida, exagerada, y por momentos desopilante. Casi tanto como colocar este relato grotesco en la sección "Reales", cuando más debió estar en "Humor", "Varios", o por último inaugurar una sección especial. Inolvidable. Espero que siga publicando más. Un abrazo.
  • La sala de un cine es el escenario perfecto para dejar que fluya la pasión y se resuelva la tensión sexual de dos personas en fase de descubrimiento. Se atraviesa esa línea morbosa que en numerosas ocasiones imaginaste, pero que nunca llegaste a experimentar... Y todo aderezado con el delicioso sabor de una botella de gominola,.

    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas". Dicho libro reúne una selección de textos publicados en la web: www.rutasybatallas.net

    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas". Dicho libro está compuesto por una serie de relatos, reflexiones, rutas y batallas, que el autor ha ido publicando en su web: www.rutasybatallas.net

    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas" recientemente "Autoeditado" por Javier Pérez Domínguez con (Acuman). Dicho libro reúne una serie de relatos, reflexiones, rutas y batallas que se han ido publicando en la web del autor: www.rutasybatallas.net con la bicicleta, los viajes y las reflexiones como principales protagonistas.

    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas". Dicho libro esta compuesto por relatos, reflexiones, rutas y batallas, que el autor ha ido publicando en su Web: www.rutasybatallas.net con la bicicleta y los viajes como principal protagonista.

    Relato extraído del libro "Rutas y Batallas" (Autoedición). Todos los relatos, historias y delirios que forman este libro son el resultado de una serie de publicaciones que el autor ha ido colgando en su Web: www.rutasybatallas.net a modo de “diario de aventuras”, y que posteriormente se han recopilado y revisado para esta edición.

    Letra escrita para la canción Que no Termine del grupo madrileño Rockambado. Dicha letra está incluida en el libro "Rutas y Batallas" (Ediciones Acuman) donde el autor ha reunido varios textos, relatos, rutas y batallas... todos ellos publicados previamente en su web: www.rutasybatallas.net

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