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4 min
La Broma y la Muerte
Suspense |
24.10.14
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Sinopsis

-¿Vale tanto la pena como para morir otra vez?

Sobre la mesa, la copa de vino tinto. Alrededor, silencio. El hombre conocía ese bar, había estado allí muchas veces en su juventud. Sabía perfectamente que hacía años ese lugar ya no existía más. También tenía plena certeza de que no estaba soñando.

Recordaba de esa mañana los besos secos a su esposa e hija. Sabía que ellas seguían molestas con él, pero prefirió esperar a la noche para intentar arreglar las cosas. Luego, sus ocho tediosas horas de siempre y después, el mismo rumbo de regreso a casa. Lo único que rompió su férrea rutina de los últimos cinco años fueron las luces repentinas, el sonido del derrape en la autopista, el golpe seco. Fue tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo de sentir dolor.

Ahora estaba la muerte sentada frente a él con su propia copa de tinto, la cual no había tocado. Miraba en otra dirección, como pensando en asuntos más importantes, su guadaña apoyada en el borde de la mesa.

- No es justo – se atrevió por fin a decir el hombre – No merezco esto. Ósea, ¿Tan pronto, de esta forma tan miserable? Aún soy joven y jamás he hecho daño a nadie. A otros por lo menos les das la oportunidad de despedirse de los que quieren. En cambio, mi esposa y mi hija van a tener que enterarse por las noticias ¿Te imaginas como se van a sentir hoy, cuando vean que no regreso a casa como todas la noches?

Pero la muerte no le contestó.

El hombre bajo la mirada. Vio la copa de vino. Se llenó de ira y con un barrido del brazo, la lanzó fuera de la mesa. La copa se perdió en la oscuridad del bar vacío, pero no se escuchó ningún cristal romperse.

Ahora si la Muerte se volvió hacía él. Fijó los negros abismos de sus cuencas vacías en el hombre, pero tan sólo se limitó a apuntar con su huesudo dedo un reloj imaginario en la muñeca de su otro no menos cadavérico brazo. Era hora de irse.

- Por lo menos quiero saber por qué- gritó el hombre – Dímelo

La muerte hizo algo que podría ser interpretado como una sonrisa, tal vez.

- ¿Tienes idea de cuantos hubo antes que tú?- dijo finalmente al hombre- ¿Sabes cuantos habrá después que tú? Ya hemos demorado demasiado. Es hora. Vamos.

- ¿No podrías regresarme, sólo un instante?- suplicó el hombre – nunca veré crecer a mi hija ni volveré a ver a mi esposa, no podrías concederme la posibilidad de verlas aunque sea una última vez, siquiera para poder decirles adiós?

-¿Qué te hace pensar que mereces un privilegio como ése?

El hombre decidió jugar una última carta:

- Te estás tomando una copa conmigo. No creo que hagas eso con cada persona que recoges, o si?

La muerte volvió a quedar en silencio, escudriñándolo desde la profundidad de sus no-ojos.

- Supongamos que sí- dijo de pronto - supongamos que te doy la oportunidad de regresar sólo un instante para que veas a tu esposa y a tu hija por última vez. Si lo hago ¿regresarás luego aquí y abrazarás tu destino sin protestar?

- Si- El hombre apoyó ambos brazos en la mesa- Te lo prometo

- Tendrás que morir de nuevo- le recordó la muerte- Es la única forma de volver a traerte.

- Acepto- contestó el hombre.

-¿Vale tanto la pena como para morir otra vez? - se interesó la Muerte

Él se encogió de hombros:

- No creo haber sido nunca lo que ellas merecían. Sólo quiero despedirme…

- Cierra los ojos- dijo la muerte

El hombre obedeció.

Fue apenas un segundo.

Entonces, abrió los ojos.

Todo lo que vio fue a su hija desde un imposible plano contrapicado, multiplicada por mil sobre él. Trató de hablarle, pero se dio cuenta que no tenía voz. Sólo fue capaz de ver la expresión de horror en el rostro de ella, su mueca de asco, y lo siguiente que sintió fue todo el peso de ese pequeño pie envuelto en un zapato rojo que el mismo le había pagado por su último cumpleaños, cayéndole encima, quebrándolo en mil partes, reduciéndolo a polvo con el simple sonido de un breve crujido mientras sus múltiples patitas se agitaban sin control.

 

Tendría la eternidad para arrepentirse del día que decidió hacer un trato con la Muerte;  fue el mismo infausto día en que, tras centurias de aburrimiento, a la Muerte se le ocurrió jugarle una broma a alguien.

 

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