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34 min
La cabaña Noé
Amor |
11.06.15
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Sinopsis

La cabaña de Noé no era una cabaña propiamente dicha; al principio ni siquiera se la conocía con ese nombre.

 

I
La cabaña de Noé no era una cabaña propiamente dicha; al principio ni siquiera se la conocía con ese nombre. Se trataba de un pequeño chalet con el tejado de brezo que construyó un antiguo marino mercante para su amada imitando el estilo de las casas de las Islas Fiyi. Mas nadie llegó a residir en aquella casa de ensueño hasta muchos años después. Un mes antes de estrenarla, la prometida del marinero enamorado lo dejó esperando su llegada a la puerta de la iglesia donde iba a celebrarse sus esponsales, mientras ella huía, nunca se supo de qué, hacia a algún lugar desconocido.

Durante diez años la cabaña de Noé estuvo cerrada. Al principio conservó su esplendor. Daniel, si quisiera, podría hablar de sus primeros años en la escuela, cuando pasaba ante la verja de la casa solitaria y veía las abejas libando el néctar de humildes florecillas: caléndulas, dondiegos, zapatitos de la reina, dientes de león, margaritas o varas de san José; mientras rosas de color fucsia mostraban vanidosas sus espléndidas corolas. Con el tiempo, la casa empezó a dar muestras de deterioro. El brezo, cual negra cabellera por la que no pasan indiferentes las estaciones, se llenó de las canas de la vejez. En primavera llegaban las oscuras golondrinas que hacían nido en el alféizar de las ventanas y en el alero del tejado; en verano los diminutos polluelos de estas aves esperaban el alimento que les traían sus madres mientras el aire se llenaba con el canto de las cigarras; en otoño el jardín se cubría de una alfombra de tonos rojos, ocres y amarillos; y en invierno un manto de nieve cubría la soledad de la cabaña a la espera de que una nueva primavera le trajera de nuevo la compañía de las oscuras golondrinas. Daniel se acostumbró a ver la casa abandonada a su suerte. Cuando pasaba por su lado al volver del instituto, no reparaba en ella, pues sus pensamientos andaban entonces enredados en el siguiente partido de fútbol. A los trece, catorce, quince años, no tenía ojos para el jardín, que se iba poblando de ortigas, ni para las gatas del barrio que buscaban entre sus habitaciones un rincón acogedor donde dar cobijo a sus crías.

Daniel siempre fue un niño del montón. Nunca destacó por sus éxitos, más tampoco por sus fracasos. No era ni demasiado guapo ni demasiado feo; ni demasiado listo ni demasiado torpe. Los días transcurrían para él sin que apenas se diera cuenta de ello con la misma simplicidad con la que la corriente de un río desciende por una pendiente escarpada y con esa misma simplicidad aceptaba los acontecimientos de cada día: el beso que le daba su madre cuando cada mañana le despedía antes de que hiciese su entrada en la escuela, la sonrisa de su padre cuando le contaba los goles que había metido su equipo favorito de fútbol en la portería rival, los caramelos de limón con los que le endulzaba los domingos su abuelo... Mas, igual que la cabaña de Noé, un día se sintió abandonado y le pareció que el alegre jardín de su corazón se llenaba de malas hierbas.

Su vida cambió pocos meses después de cumplir quince años, aunque entonces aún no se percatase de ello. Un lunes por la mañana su padre, por primera vez desde que tenía memoria Daniel, no se levantó de la cama para ir al trabajo. Extrañado por tan insólito acontecimiento, le preguntó a su madre si estaba enfermo, pero ésta, por toda respuesta se encogió de hombros con un gesto indefinido que hubiese podido tomar como indiferencia, mas también como preocupación. Pese a lo singular del proceder de su padre y la reacción de su madre, en cuanto salió de casa, los pensamientos propios de un joven de su edad le hicieron olvidar lo sucedido en casa. Mas al día siguiente, su padre tampoco fue a trabajar, ni tampoco al otro día ni al otro y al otro... Su padre dejaba pasar el tiempo sin darle ninguna explicación y su madre nunca iba más allá de un gesto que no la comprometía a nada. Así que dejó de preguntar. Cuando Daniel llegaba del instituto, encontraba al autor de sus días sentado en el sofá frente al televisor con una cerveza en una mano y el mando a distancia en la otra. Y el buen hombre, al ver a su hijo, apenas si le dirigía un saludo sacudiendo la cabeza. Él, que siempre fue tan atildado en el vestir, deambulaba por la casa con unos pantalones medio descosidos, una camiseta de tirantes y el pelo enmarañado.

Tuvieron que pasar semanas para que su madre reuniera todo el valor necesario y le contase a Daniel lo que estaba sucediendo. A su padre lo habían despedido de la empresa en la que trabajaba como contable después de acusarlo de manipular las cuentas y quedarse con parte del dinero de una transacción. Pese a que las pruebas que tenían contra él no fueran definitivamente concluyentes, tampoco supo defenderse y, aunque los responsables de la empresa no pusieran ninguna demanda contra su empleado, acabaron despidiéndolo alegando unos supuestos errores contables. El pobre hombre no pudo sufrir la injusticia cometida contra él y se sumió en un estado de tristeza que lo aislaba del resto del mundo.

Daniel, educado en la creencia de que la honradez, la bondad y la rectitud siempre tienen recompensa mientras que la indecencia, la maldad y la vileza acaban siendo castigadas, sufrió una fuerte impresión al enterarse de la injusticia cometida. Al principio, intentaba persuadir a su padre de que luchase contra aquella infamia, de que buscase entre sus antiguos compañeros aliados que defendiesen su causa; mas su progenitor fingía no oírlo o respondía con desmesurada acritud a sus sugerencias. Así que Daniel acabó acostumbrándose a verlo en casa rumiando su malhumor. De vez en cuando lo veía salir de casa lleno de contento por haber logrado un empleo, mas a las pocas semanas, volvía a una hora inusitadamente temprana con una nueva carta de despido en el bolsillo y un montón de explicaciones tan increíbles que más bien parecían excusas apenas improvisadas. Después de cada despido, Daniel iba perdiendo cada vez más la fe en su padre; iba perdiendo la fe en la bondad de los hombres y en la justicia del mundo. Las primeras pérdidas le causaban un gran dolor, mas, con el paso del tiempo, su corazón se fue endureciendo hasta no sentir sino una sorda frustración y un sentimiento parecido al odio hacia no sabía quién.

El joven adolescente no podía decir cuando comenzaron las broncas en su familia. Su padre se tomó como una afrenta que su esposa buscase un empleo de limpiadora en la casa de un matrimonio de ancianos. Al principio se trataba de reproches porque la comida no estaba en la mesa a la hora en que quería comer o porque se le había caído un botón de una camisa y ella no lo había cosido; pero con el paso del tiempo, las voces subían de tono por cualquier excusa con la sola presencia de su esposa en la misma habitación en la que él se encontrara. La madre de Daniel tampoco permanecía callada y contestaba a los reproches de su marido con más y más recriminaciones, con voces más y más elevadas.

Debió de ser por entonces cuando Daniel empezó a cambiar. El ambiente hostil que encontraba en su casa le llenaba de amargura, así que pasaba el mayor tiempo que le era posible en la calle con un grupo de muchachos célebres en el barrio por su comportamiento desvergonzado y violento. Sus calificaciones escolares que, hasta entonces, aunque no brillantes, habían sido buenas, bajaron de manera alarmante y hubo de repetir más de un curso antes de dar por finalizados sus estudios. El trato con los profesores, siempre respetuoso y cortés, se volvió insolente y con los demás alumnos del instituto se comportaba de manera pendenciera, buscando cualquier ocasión para iniciar una pelea. Antes de cumplir veinte años, ya le conocían en el barrio por su pertenencia a una banda que trapicheaba con papelinas de heroína. Participó en algún que otro robo de bolsos a mujeres que, incautas, los llevaban colgados al hombro como bandolera. Y, aunque no llegó a ingresar en prisión, pasó más de una noche en los calabozos de la comisaría por peleas o borracheras.

El tiempo iba transcurriendo con su inexorable monotonía y el corazón de Daniel envejecía y se colmaba de hastío. Le parecía que nada a su alrededor tenía sentido; que a nadie le importaba si su vecino vivía o moría. Y al no encontrar salida al sinsentido, se dejaba llevar por el grupo de delincuentes, pues toda búsqueda de un mundo mejor no era para él sino una quimera.

II
Después de diez años de abandono, una mañana de abril la casa del marino enamorado cambió de dueño y se llenó de gente venida de algún lugar del otro extremo de la ciudad. En los siguientes meses un enjambre de jóvenes ataviados con tejanos, camisas blancas y zapatillas de jugar al tenis emprendió la ruda tarea de convertir aquel lugar desolado en un rincón acogedor. Lo primero que hicieron fue colocar en su fachada un enorme cartel en el que rezaba la siguiente leyenda: “La cabaña de Noé, reducto de paz y armonía”. Desbrozaron la maleza que se había apoderado del jardín que rodeaba la casa y plantaron césped en su lugar; pintaron de color crema la fachada y de azul los marcos de las ventanas y las persianas; y, por último, reemplazaron los cristales y el brezo que cubría el tejado. Muchos de los habitantes que hasta entonces habían poblado la casa huyeron en busca de parajes más sosegados y, en su lugar, la ya cabaña de Noé se llenó de risas juveniles y cascabeleras.

A principios de julio, terminaron la tarea de convertir el abandono de la casa en la alegre cabaña que la gente contemplaba con asombro al pasar. Un día los jóvenes que habían trabajado sin descanso dejaron las brochas, las escaleras de mano, los martillos y azadones para llenar las calles con su presencia. Con una sonrisa asomando a sus labios, abordaban a los viandantes y les regalaban unos dulces de jengibre al tiempo que les hacían entrega de unas octavillas. Aquel día, cuando Daniel llegó a su casa, se encontró que tenía tres de esos panfletos en sus manos sin que pudiese recordar quién se los había entregado. En ellos se invitaba a todo el que quisiese asistir a la inauguración de “La cabaña de Noé”. Prometían a los que acudieran una espléndida merienda campestre y diversión para los más pequeños. Un payaso y un ilusionista amenizarían la tarde de los niños mientras los adultos podían deleitarse con las palabras de Jakob Pike, el líder del grupo que acababa de establecerse en la ciudad. Como todos los que recibieron las octavillas, Daniel pensó que se trataba de alguna troupe de titiriteros y se presentó ante el reclamo de un posible espectáculo y de un festín. Mas, como el resto de adivinadores, se confundió en sus suposiciones.

Cuando cruzó la puerta de la verja, creyó entrar en una feria. Desperdigados por el césped, había puestecillos en los que los jóvenes habitantes de la cabaña repartían vasos de refrescos y granizados de limón, sándwiches y helados. Debajo de un roble, un payaso atraía las miradas de los niños con cuentos y juegos malabares y, junto a una fuente, un joven con frac y chistera dejaba asombrados a los que se detenían a contemplarlo con trucos portentosos de magia. Daniel pidió en uno de los puestos un gin tónic, pero la joven que le atendió le dijo que tenían prohibidas las bebidas alcohólicas. Fue esta joven la que le explicó que no eran artistas sino una hermandad de personas que buscaban la paz y la armonía con el universo. Aquellas palabras no le gustaron nada a Daniel por parecerle paparruchas para embaucar a incautos e incrédulos. No obstante, como le gustaba la muchacha, permaneció junto al puestecillo de las bebidas dándole conversación.

La joven se llamaba Úrsula: como hermana Úrsula la conocían en el grupo. Y tenía veinticuatro años, uno menos que Daniel. Había terminado los estudios de Enfermería aunque nunca había llegado a ejercer como tal. Hacía tres años, le contó, había muerto su hermana gemela en un accidente de tráfico cuando ella, Úrsula, conducía el automóvil. Aquella noche, habían estado hasta altas horas de la madrugada en una fiesta en la que las bebidas alcohólicas corrían a raudales y, cuando cogieron el coche, no eran conscientes de que iban ebrias. Así que a la joven conductora le fallaron los reflejos cuando en la curva de una carretera no vio el camión que iba en dirección contraria. La culpa por la muerte de su hermana la sumió en un estado de autodestrucción que la llevaba a beber más y más y a tomar un somnífero tras otro para poder conciliar el sueño. Hasta que encontró a Jakob Pike y su cabaña de Noé, y le habló de la armonía del universo y la paz interior. Entonces su vida recobró el sentido.    

Daniel se sentía hechizado por la dulzura que irradiaba la voz de Úrsula. Él, que no tenía paciencia y se aburría cuando le contaban historias que no le atañían directamente, por oírla, estaba dispuesto a hacerla hablar de cualquier tema incluso de aquella extraña fraternidad que vivía buscando el camino de la bondad humana. Pero, cuando más entusiasmado estaba escuchando las palabras de Úrsula, una mano fuerte y vigorosa se posó en su hombro. Al volverse, sus ojos se encontraron con una mirada afilada y una sonrisa esplendorosa; aunque, por un instante, le pareció ver cómo pasaba por encima de sus labios un aire de ironía.

Úrsula hizo las presentaciones. El recién llegado, un hombre con la altura de un cíclope que aparentaba unos cuarenta años, no era otro que Jakob Pike, el líder de la fraternidad “La cabaña de Noé”, como él mismo se proclamaba. Con una voz seductora, se ofreció a enseñarle las dependencias de la casa. Aunque el joven hubiese preferido permanecer en el puesto de bebidas en compañía de Úrsula, fue incapaz de sustraerse al poderoso magnetismo del hombre, en cuya invitación parecía ocultar una orden. Cuando se despidió de la muchacha, vio no sin cierta decepción, que en lugar de molestarse por dejarla, Úrsula parecía alegrarse de que se marchase con Jakob. Una idea pasó por su pensamiento, tan fugaz que apenas tuvo tiempo de apresarla antes de darse cuenta de su presencia: no era otra que la sensación de que todo el ser de la joven se había desvanecido tras la llegada de Jakob, como si su sola presencia hubiese absorbido el alma de la muchacha, empequeñeciéndola hasta tal extremo que la había hecho desaparecer. Mas, apenas tuvo unas milésimas de segundos para darse cuenta de ello; luego, lo olvidó.

En el interior, la cabaña estaba decorada con colores que incitaban a la alegría: amarillos, celestes, naranjas, verdes lima.... Colores que contrastaban con las fotografías que, enmarcadas en blanco, colgaban de las paredes y que transmitían suaves sensaciones de tranquilidad: relajantes amaneceres en el mar, playas desiertas, cascadas de agua bordeadas de abundante vegetación... De fondo, se oía una música con una melodía armoniosa en la que se percibía el sonido del arpa, de la guitarra y unos violines, matizados con los arcordes de unos sintetizadores. A cada paso que daban, se encontraban con jóvenes sonrientes cargados con bandejas de sándwiches y refrescos que entraban y salían de la casa. De vez en cuando, Jakob se paraba ante uno de ellos para hacerles alguna indicación, que se apresuraban a cumplir como si complacer al líder fuese lo que les hiciera más dichosos.

Mientras le mostraba las distintas estancias, le iba explicando que eran una hermandad que buscaba la armonía del espíritu con el universo a través de la meditación. A ella acudían jóvenes que habían perdido el sentido de la vida para compartir sus experiencias y sanar las heridas del alma. Algunos no pasaban más que unos días, pero otros se quedaban a vivir con ellos y podían acabar convirtiéndose en guías de otros muchachos que necesitaban que alguien los escuchase. Cuando enseñó los talleres de artesanía, le explicó cómo obtenían los medios necesarios para subsistir confeccionando objetos de arpillera, como cojines, cajitas de distinto tamaño, manteles individuales, adornos navideños, bolsos, sombreros de playa y hasta muñecas, que luego vendían en mercadillos.

Al salir de la casa, le presentó a unos jóvenes de la hermandad en tanto que se dirigía a otros invitados para seguir con su papel de buen anfitrión. Daniel buscó a Úrsula entre el gentío pero no volvió a verla en toda la velada.

Pasaban las diez de la noche cuando Daniel partió hacia su casa después de prometerle a Jakob que volvería alguna tarde. Se sentía confuso por todo lo visto y oído aquella tarde. Le desconcertaba la paz y felicidad que transmitían los jóvenes que vivían en “La cabaña de Noé”, a él, que sólo había encontrado violencia en la vida; que no creía más que en la lucha por sobrevivir, en la ley del más fuerte; a él, que los años le habían enseñado que la mansedumbre no era sino cosa de cobardes. Así que, aunque se sentía atraído hacia aquel rincón de la ciudad, no acababa de fiarse del todo de ellos. Y, pese a ello, volvió un día de la semana siguiente.

Al principio, Úrsula era el único motivo de sus visitas a la cabaña, pero con el paso del tiempo se fue involucrando cada vez más en el grupo. No podía dejar de sentirse atraído por el ambiente de fraternidad que se respiraba en aquel lugar. Por entonces, no tenía ningún trabajo y estaba cansado del mundo sin futuro que le ofrecía la banda de delincuentes a la que pertenecía: así que, como desde niño se le dieron bien las tareas manuales, muchas mañanas acudía para ayudarlos en labores de mantenimiento de la casa y el jardín. A su llegada, lo primero que hacía era ir en busca de Úrsula, que lo recibía con su dulce sonrisa y la mirada alborozada; y eso pese a que después de su primer encuentro, no habían vuelto a tener una conversación a solas. Con el paso de las semanas, también intentó intimar con uno o dos de los muchachos que ayudaba cuando arreglaban pequeños desperfectos de la casa. Pero tampoco le fue posible trabar amistad con ellos. Tan pronto como alguno de ellos se enfrascaba en alguna conversación que rozase temas personales, aparecía Jakob y conseguía alejarlo de allí con algún pretexto.  

A medida que se hicieron más frecuentes sus visitas a “La cabaña de Noé”, fue siendo más y más consciente de que, detrás de la alegre cordialidad de sus habitantes, había un muro infranqueable que impedía unas relaciones sinceras con los que no pertenecía al grupo. Cada vez que intentaba saber algo más sobre ellos, alguien se interponía entre su interlocutor y él. En alguna ocasión, intentó llevar a Úrsula a algún lugar apartado, mas siempre acababa encontrándose con su resistencia; y, cuanto mayor era la fuerza que se oponía entre ellos, mayor era el deseo de atraerla hacia sí. Además, tenía el convencimiento de que Úrsula sentía por él el mismo sentimiento que llenaba sus pensamientos.

Tal vez por hacerse merecedor del amor por ella, tal vez por el deseo de dejar tras de sí la azarosa vida que había llevado hasta entonces, Daniel se dispuso a buscar un trabajo honrado. Tras recorrerse todos los lugares donde contrataban a quienes, como él, carecían de cualificación alguna, encontró un empleo en una carpintería. Pese a no desempeñar en ella más que tareas sin importancia, como barrer el serrín o tener a punto las herramientas, se sentía feliz de poder ofrecerle a Úrsula una vida en la que no reinase la incertidumbre por el mañana. Más trabajo le costó abandonar la banda de delincuentes que en los últimos siete años había constituido su familia. Aún así, logró distanciarse más y más con la esperanza de que algún día no lo añorasen en su ausencia.

Un día pusieron un mercadillo de artesanía cerca de la carpintería en la que trabajaba. Sabiendo que “La cabaña de Noé" iba a poner un puestecillo con los artículos de arpillera que ellos confeccionaban, se acercó con la esperanza de ver a Úrsula durante el descanso que le daba su jefe a media mañana. Aunque conocía la regla de la hermandad que los obligaba a salir al exterior acompañados de un guía, confiaba en su habilidad para despistar un rato al lazarillo de Úrsula y poder disfrutar de unos momentos con ella. Aun así convenció a otro de los aprendices de la carpintería para que fuese con él y, así, tener quien le diese conversación al acompañante de Úrsula mientras él hablaba con ella. Afortunadamente, la joven guía que le había tocado en suerte no era de las más inflexibles y no le fue difícil al aprendiz de carpintero distraerla con su charla después de invitarla a un helado. Daniel pasó los minutos que tenía contándole a su amada cómo estaba rehaciendo su vida para hacerse digno de ella y, así, poner ante ella un porvenir que compartir. A medida que iba hablando, veía por el rabillo del ojo como la joven lo escuchaba complacida. De vez en cuando, sorprendía una mirada cargada de amor, medio vergonzosa. Le tomó la mano y se la llevó a sus labios, mas en el mismo momento en el que sus ojos colmados de amor se encontraron, una mirada de espanto asomó a las pupilas de Úrsula, soltó la mano que aún guardaba entre las de Daniel y salió huyendo cual si el más pavoroso peligro la persiguiese. Cuando el joven enamorado quiso correr tras ella, una mano férrea se asió a su brazo impidiéndole dar un paso. La joven guía, que más bien parecía un cancerbero, conocía bien su misión y no iba a permitir que Daniel, un extraño ajeno a la hermandad, se acercase a Úrsula. Lo agarró por la manga de la cazadora y con una fuerza inusitada para su frágil apariencia, le impidió salir en su búsqueda.

Aquella misma tarde, acudió a "La cabaña de Noé" con la esperanza de ver a la joven aunque sólo fuese unos instantes. Sin embargo, cuando preguntó por ella, en lugar de llevarlo dónde se encontraba, lo condujeron al despacho de Jakob Pike.

Si hasta entonces había encontrado en el líder de la hermandad un trato afable y considerado, aquella tarde no lo recibió sino con unos ojos acerados cuya frialdad no lograba ocultar tras la cortés sonrisa que le dedicó. Le hizo sentar frente a su mesa y, con una voz sin ningún matiz de calidez ni cercanía, le dijo que ya no era una persona grata para el grupo y, por tanto, debía marcharse para no volver más. Le acusaba de haber abusado de la confianza que habían puesto en él pese a ser una persona del exterior. Él debería haber comprendido que en la hermandad de "La cabaña de Noé" buscaban la armonía a través de la pureza del cuerpo y del alma; con sus deseos de satisfacer sus pasiones egoístas sin tener en cuenta ninguna otra consideración, había confundido a Úrsula y a punto había estado de contaminarla. Jakob Pike siguió hablando de la importancia de protegerse del mundo durante casi un cuarto de hora, pero Daniel sólo entendía una cosa: que no le iban a permitir ver a Úrsula. Cuando el líder finalizó su perorata, llamó a uno de los guías para que acompañase al joven a la entrada de la cabaña y le cerrase las puertas para siempre. Pero antes de darle la espalda, le dijo una última cosa: Durante un tiempo, había considerado la idea de iniciarle en las enseñanzas de la hermandad, aunque pronto comprendió que el joven estaba demasiado apegado al mundo para plegarse a la disciplina de la hermandad.

Unos jóvenes vinieron a buscarlo. Cuando Daniel se dio cuenta de sus intenciones, trató de rebelarse. De nada le sirvieron los gritos, las súplicas ni los intentos de atraer a Úrsula llamándola a voces. Lo cogieron entre dos muchachos y lo dejaron al otro lado de la verja.

Los días que siguieron regresaba cada tarde al término de la jornada laboral con la esperanza de verla. Mas siempre encontró las puertas cerradas para él. Con acento suplicante, se acercó a los miembros que mejor conocía preguntándoles por la muchacha, pero todo fue en vano. Le volvían la espalda como si no fuesen conscientes de su presencia. Los días y las noches se convirtieron en un infierno para él, que no le abandonaba el recuerdo de Úrsula y el temor de perderla.    

Un día, a la caída de la tarde, se acercó por la parte trasera de la casa. Debía ser al principio del otoño porque el suelo desprendía calor aunque el relente que anticipa la llegada de la noche ya invitaba a ponerse ropa de abrigo. Daniel se escondió tras la oscuridad que dejaba la sombra de un gran roble para ver sin ser visto. En una zona baldía del terreno habían encendido una hoguera, alrededor de la cual estaban sentados en el suelo los doce jóvenes que habitaban la casa y Jakob Pike. En aquel momento, de pie en medio del corro, estaba hablando una muchacha de no más de dieciocho años. De vez en cuando, algún miembro del grupo la interrumpía con comentarios. Desde el lugar donde se encontraba Daniel apenas podía oír lo que estaba diciendo: un extraño ruido, que se repetía rítmicamente cual el batir de un tambor, se lo impedía. Cuando trató de averiguar de dónde procedía el sonido, se dio cuenta de que no era otra cosa que los latidos acelerados de su propio corazón. Procuró calmarse intentando acompasarlos con su respiración y, al volver de nuevo su atención al grupo, vio que la joven había finalizado su intervención y era Úrsula la que se disponía a hablar. Un animal que no pudo distinguir en la oscuridad se movió entre la hojarasca sobresaltándolo. Dirigió su mirada de nuevo hacia la hoguera y comprobó, con alivio, que nadie se había percatado de su presencia.

En ese momento Úrsula ya estaba hablando. Con voz temblorosa, estaba contando cómo se había dejado tentar por sus sentimientos egoístas olvidando que el deber de emprender la búsqueda de la armonía y la paz para lograr un mundo mejor había de estar por encima de sus deseos personales. Apenas podía pronunciar el nombre de Daniel sin que se le quebrase la voz. Cada vez que hacía una pausa, le llovían recriminaciones. La instruían con arengas que hablaban de la incomprensión de los ajenos al grupo sobre la misión que, desde Noé, les había encomendado el Gran Padre a los hombres. Úrsula apenas podía contener la emoción. Cuando terminó de hablar, pidió perdón por haberse desviado de su camino y prometió no volver a caer en el error.

Daniel contemplaba con espanto como Úrsula se iba plegando a la voluntad del grupo. Nadie salió en su defensa, todos parecían querer acusarla de poner en peligro la integridad del grupo. Mientras tanto, Jakob Pike callaba. Sólo cuando la joven rompió en llanto, se acercó a ella, la envolvió en un abrazo y la dejó desahogar su corazón. Después entró con ella en la casa para no volver a salir en lo que quedaba de noche.

Al día siguiente, Daniel recibió una carta de despedida de Úrsula. Apenas dos breves párrafos para decirle que había cometido un error al hacerle creer que sus sentimientos eran los mismos que los del joven. La frialdad de la carta le heló el corazón, mas la letra temblorosa de la misma delataba la emoción con la que fue escrita la misiva.

Daniel no desistió en su intento de hablar con ella. Día tras día, semana tras semana, se apostaba en la acera opuesta con la intención de abordarla. Pero no la vio nunca más. Un día, los miembros de la “Cabaña de Noé” abandonaron la casa. Daniel podía ver cómo el jardín se iba llenando de malas hierbas y en medio del césped volvían a crecer florecillas silvestres: caléndulas, dondiegos, zapatitos de la reina, dientes de león, margaritas o varas de san José, mientras rosas de color fucsia mostraban vanidosas sus espléndidas corolas. Con el tiempo, regresaron las oscuras golondrinas, que hicieron sus nidos en el alféizar de las ventanas y en el alero del tejado, cuyo brezo de nuevo se cubrió de canas mientras las gatas buscaban cobijo para sus crías en los rincones de la casa desolada.

Por un tiempo, parecía que la rabia y la frustración iban a adueñarse otra vez de su corazón. Anduvo errático por las calles sin darse cuenta si era de día o de noche, si hacía frío o calor. Su madre, aunque ignoraba lo ocurrido, no podía dejar de ver cómo Daniel se iba hundiendo más y más en el abismo. Temiendo que volviese a caer en la delincuencia, intentó hablar con él, pero su hijo no le respondía sino con evasivas. Ante las ausencias, a punto estuvo de perder el empleo; pero lo que no consiguió su madre, lo logró el recuerdo de Úrsula. Sólo para seguir mereciendo su amor, se afanó en hacer bien su trabajo y, pasados unos años, ahorró lo suficiente para abrir su propia carpintería. Para entonces, ya habían olvidado en el barrio su pasado tormentoso: para sus vecinos era simplemente Daniel el carpintero. Intentó enterrar su pasado en el olvido y procuraba no pasar ante la cabaña abandonada aunque ello le supusiera tener que dar un rodeo.

 


III
Tenía cerca de cuarenta años cuando un día se tropezó en el periódico con una breve noticia que resucitó con todo su dolor los recuerdos. Habían detenido a Jakob Pike y a cinco miembros más de la hermandad “La cabaña de Noé” acusados de detención ilegal, abusos sexuales, apropiación indebida de bienes y fraude fiscal. La detención había tenido lugar en un pueblo costero donde se habían establecido hacía doce años. El periódico no daba más información ni más nombres que el del líder de la secta. La noticia, no obstante, venía acompañada de una fotografía en la que se veía difusamente a Úrsula llevando de la mano a cuatro niños pequeños. A Daniel le dio un vuelco el corazón cuando leyó lo ocurrido. Quiso saber más. Lleno de ansiedad, encendió el televisor y estuvo saltando de un canal a otro en busca de noticias, mas los informativos no decían sino lo que ya sabía. En alguna imagen, le pareció vislumbrar a Úrsula, pero tampoco estaba seguro que no fuese sino su propio deseo. Navegando por Internet pudo reconstruir un esbozo de los años transcurridos. Así se enteró de cómo se habían convertido en una secta cada vez más cerrada al mundo, que captaba a personas que habían sufrido algún trauma ofreciéndoles la promesa de un mundo mejor. Cuando, tras un período de prueba, entraban en la secta, Jakob Pike se convertía en el padre de todos. A él habían de entregarle todas las pertenencias, la voluntad, los sentimientos, los pensamientos más recónditos. De todo acababa adueñándose el líder y padre de la hermandad. Así había conseguido hacerse con una fortuna, eligiendo a quienes poseían sobrados medios económicos para convertirlos en sus víctimas apoderándose de todo lo que poseían. Al principio sólo aceptaba en la secta a jóvenes vulnerables por ser los más fáciles de manipular, pero, con los años, fue dando entrada a personas de más edad que, por estar inmersas en un gran sufrimiento, les flaqueaba el alma y buscaban quien les aliviase de su dolorosa carga. Y eran de estos nuevos adeptos de quienes obtenía mayor riqueza.

La hermandad acabó convertida en una organización muy jerarquizada en la que sólo unos pocos conocían todo su entramado. Estos elegidos eran los que en un tiempo se llamaron guías y que, en los últimos años, representaban el papel de esposos en su pequeña sociedad, que había adoptado un modelo similar a la poligamia. El propio Jakob Pike tenía más de una mujer, entre las que se encontraban algunas menores, apenas unas niñas que no habían conocido otro mundo que el que se encerraba en la “Cabaña de Noé”. Todo lo que sabían lo habían aprendido entre sus muros; nunca habían asistido ni a colegios ni a escuelas. Y entre las esposas del líder, se encontraba Úrsula, con la que tuvo cuatro hijos.

Cuando Daniel terminó de leer, le pareció que el corazón se le quebraba en mil y un pedazos. Sin saber muy bien lo que hacía, guardó en una mochila unas cuantas camisetas y dos o tres jerséis; llamó a uno de los hombres que trabajaban para él y le dijo que se ocupase de la carpintería los días que iba a estar fuera; y partió hacia la ciudad adonde habían conducido a toda la hermandad de la “Cabaña de Noé” para que declarase ante el juez. Aún no sabía muy bien lo que buscaba, lo que esperaba encontrar; pero sentía que debía estar cerca de Úrsula.

No le fue difícil verla. Todos los miembros de la secta que no estaban detenidos se alojaban en el mismo hostal y nadie había que le impidiese franquear el camino hacia ella. Más arduo fue reconocerla. Cuando estuvo ante Úrsula, sintió como si un manto helado le cubriese por entero. En el lugar de la alegre joven que guardaba en su recuerdo había una mujer avejentada por el sufrimiento con la mirada extraviada no se sabía dónde. Por un momento se arrepintió de haber ido en busca de alguien que no existía más que en sus recuerdos y en su corazón. A punto estuvo de dar media vuelta y regresar al cobijo de su carpintería y a los paseos al atardecer. Pero, en ese momento ella pronunció su nombre, ¡Daniel!, y la radiante sonrisa que iluminó su rostro desvaneció las brumas del pasado y le devolvió a la mujer amada. Ella tomó las manos de Daniel entre las suyas y se aferró a él como si sólo de él viniese la esperanza, la salvación.

Dejó que desahogase su corazón durante horas y horas. Úrsula le habló de vejaciones, de cómo se había sentido cual si fuera sólo un objeto, de cómo había soportado los mayores sufrimientos por temor a que le pudiesen hacer daño a sus hijos. Le habló de sus intentos frustrados de huída y de cómo guardaba en lo más profundo de su ser la reminiscencia de los pocos momentos que pasó junto a él, Daniel. Le habló, le habló y le habló hasta que no dejó ningún resquicio de su alma oculto.

En las semanas que duró el juicio, Daniel no se separó ni un instante de Úrsula. Contra ella no había sino cargos menores de los que el alegato del abogado que contrató Daniel para que la defendiese logró que la absolvieran. Al finalizar el juicio, como si lo hubiesen acordado de antemano, Úrsula y sus hijos se trasladaron a vivir con Daniel. En los primeros tiempos de su convivencia, tuvieron momentos difíciles. Los años no habían transcurrido en vano y había dejado en cada uno profundas cicatrices que les impedía confiar el uno en el otro a pesar de su amor. Él no podía olvidar que los hijos de ella no eran suyos; que tal vez hubiesen sido engendrados con más amor del que ella estaba dispuesta a confesar. Mientras que Úrsula no podía perdonar los años que él vivió sin ella.

Y, a pesar de los celos, a pesar de las dudas, a pesar de los momentos de desconfianza, no había fuerza en este mundo capaz de romper los lazos que les unían.

 

 

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  • El trabajo es bueno, está bien resuelto, pero deberías revisar algunos giros que están mal expresados y no añaden valor. Felicidades.
    ¡ Oh que bueno !...... Es muy hermoso lo que haces soy d eArgentina besos
    ¡ Oh que bueno !...... Es muy hermoso lo que haces soy d eArgentina besos
    Poco se puede añadir ante los comentarios que me preceden. Puedo decirte que los comparto, no obstante hay algo que me hace reflexionar y te lo quiero transmitir, sin ánimo de echar por tierra nada: conforme voy leyendo y metiéndome en la historia, se me va haciendo previsible lo que seguirá a continuación. A lo mejor es un defecto mío, un exabrupto de lector, pero es una sensación que me produce tu relato y por eso te lo digo. Enhorabuena por el trabajo.- Saludos
    Excelente relato. Pero te comento sin ánimo de corregir a nadie y menos a ti, que tienes una prosa excelente, que deberías revisar el texto porque vale la pena por la calidad del mismo. Por ejemplo, donde dices: «Mas nadie», suena un poco feo. Me parece mejor: «Nadie más». En el mismo párrafo inicial dices: «hacia a algún lugar», 3 «a» tan juntas hacen ruido al oído, deberías cambiar un poco esa parte. En el segundo párrafo dices dos veces «oscuras golondrinas», es muy «becqueriano» y creo que no le hace bien al texto. Son pequeñeces que no son críticas ni mucho menos, simplemente sugerencias humildes de un lector de tus muy buenos trabajos. *****
    Fluido diálogo de la imaginación. Cuántos borradores para llegar a este buen trabajo narrativo. Felicidades ...
    Grandisimo relato. Asombroso, muy bien redactado. La evolución de los personajes es perfecta. Te mereces las 5 estrellas, felicidades!!!!
    Tras tu notable incursión en el género del terror, veo que recuperas tu habituales historias románticas y trágicas, magníficamente ambientadas, con los atribulados protagonistas sufriendo frustraciones y desventuras, auunque en esta ocasión, a diferencia de otras, rematas con un final feliz. Por lo demás, retratas muy acertadamente el complejo y oscuro mundo de las sectas o hermandades con la figura del líder carismático e iluminado, y los incautos miembros, hombres y mujeres, atrapados en cuerpo y alma. Saludos, Ana.
    Gran relato que no pierde la esperanza. Me queda el regusto de su final, una situación dura para Daniel que sigue aferrado al amor por ella que creía enterrado. ¿Ella lo sigue amando igual o es por arrepentimiento? Me gusta el cómo no actuar a tiempo conlleva tanta consecuencia, que sin embargo no se antepone ante esa esperanza que digo que no supo morir. Gran relato.
    Hoy terminé de leerlo. Me cansa la vista la pantalla. Me gusta como utilizas la evolución del protagonista para hilar la historia que fluye, tú también lo dices, como el decurso de de un río, siguiendo la geografía, no exenta de accidentes, mas llega a buen destino. Dominas y depuras tu estilo. Un abrazo.
  • Relojes que se paran

    ¿Es o no es ella?

    Hay manos y manos

    *Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras que escribimos” a partir de la pintura Robin de Truls Espedal.

    ¿Quién no esconde un secreto?

    Ejercicio elaborado en el grupo “Nosotras escribimos” a partir de la obra de Liu Yaming Cuaderno de retazos.

    ¿Y si te tomaras el día libre?

Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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