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4 min
La caja
Reflexiones |
12.05.12
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Sinopsis

Reflexión de un individuo durante sus últimos minutos con vida.

 

No soy abominable, ni siquiera soy alguien al que quepa tener un mínimo de respeto. Soy dócil, demasiado humilde y a veces un poco idiota. No os penséis que padezco de  baja autoestima, no, todo lo contrario. Sé que me merezco mucho más…

Vivo solo. Estoy solo. Cada hora que paso, encerrado entre estas cuatro paredes, es toda una eternidad, un inmisericorde infinito derrumbándose sobre mí. No olvido, quede claro, que la eternidad no puede ser toda, sé que es mucho más que eso, ¿y qué?

Un día, mi vida por completo se tornó un disloque… Abruptamente me precipité en el caos, sin ocasión para reaccionar. El tiempo aceleró su marcha hasta sumir al instante, su fiel súbdito, a un transcurrir vertiginoso. ¿Qué iba a hacer yo? No podía responder… quedarme rezagado, abortar toda intención de sobreponerme a las circunstancias…

Si la mirada es el espejo del alma, mi alma está putrefacta. Ya no me queda casi nada, solamente la sospecha de que en el interior de la caja que preside la mesa de mi salón reposa el último minuto de mi tormentosa existencia.

No me preguntéis quién la puso ahí, pues no lo sé. Antes, hace ya algunos años, solía salir a la calle, temprano, a caminar hasta que oscurecía. Llegaba cansado, comía alguna cosa y me acostaba a media noche, ni un minuto antes ni un minuto después. Os confieso, con todo el rigor del mundo, que jamás me fijé en la caja, lo cual, amigos, me lleva a deducir que ésta hubo un tiempo en que no estuvo sobre la mesa (y muy probablemente en ningún otro lugar de mi casa)

No tengo familia, ni amigos, nadie sabe que vivo aquí, es más, nadie sabe que existo. ¿Quién pudo ser? No quiero aferrarme a ninguna esperanza, pero soy agnóstico, debo dejar algún lugar al misticismo.

Paso el tiempo resolviendo puzles, es lo único que me mantiene lúcido, mi pensamiento parece seguir un hilo cada vez que consigo encajar dos piezas, el resto es solo un lapso, un lugar vacío en el que solo se me permite permanecer ebrio a la espera de que la fortuna detenga el temblor de mis manos o de que mi destreza, afianzada a base de costumbre, desafíe a mi connatural ineptitud para solucionar retos de tipo intelectual. 

A veces me siento tentado a ser feliz... Pero ya es demasiado tarde. Nadie aprende a sonreír a los treinta años. Os podéis ahorrar toda esa protocolaria conmiseración, en el fondo sé que me debo sentir afortunado. ¡Si no me falta de nada! ¡Soy dichoso en mi tristeza! ¡Soy un recuerdo olvidado entre los sueños de un viejo fantasma! Y no me duele saberme olvidado, más me dolería que me recordasen así, tan enjuto y sombrío como aparento, tan macilento, tan cobarde…

Terminaré abriendo la caja. Tarde o temprano lo haré. La curiosidad, las ansias por descubrir… serán ellas quienes cometerán el último de mis actos voluntarios. Soy firme en mis convicciones… Y si adentro hay lo que imagino… Si al abrir la caja veo con mis ojos lo que mi razón anhela…  Entonces sabré que hay justicia y que el dolor solamente es dolor si uno, por más que lo intente, no puede desviar la atención hacia otro lugar.

No doy motivos, ni tampoco los tengo… Vivir así es como no vivir, como si mi corporeidad no fuese mucho más consistente que el repiqueteo de una campanilla en la cima de una desolada montaña.

Pese a todo, no me quejo. Dios al menos me ha concedido una caja.

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