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15 min
La Caja de Pandora: Winter.
Drama |
19.07.19
  • 5
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  • 304
Sinopsis

5. "Winter" — Daughter.

And we were in flames, I needed you
to run through my veins, like disease
and now we are strange, strangers.

 


El reloj marcaba las tres y media de la madrugada pero para Shawn y Gary habían pasado días, meses, e incluso años. Aquella conversación les hizo viajar al pasado y mirar hacia del futuro sin antes haber disfrutado del presente, las últimas tres horas resultaban cruciales en su relación, habían compartido más vida en aquel bar que en cualquier otro momento o recuerdo. Podrían pasar horas hablando, indagando en las cajas de Pandora que cada uno posee, pero las puertas no hacían más que abrirse para colar historias y personas con el viento nocturno y el olor a lluvia.
En el hilo musical sonaba "Winter" de Daughter y junto a su melodía una mujer con rostro cansado y canas vividas se aventuró a entrar en aquel local y sentarse frente a Gary.
— Perdona, ¿podrías ponerme una cerveza? — preguntó aquella mujer.
— Por supuesto. — respondió Gary. — ¿Cómo va la noche? No es algo muy común ver a personas como tú por aquí a estas horas.
La mujer sonrió mientras cogía el botellín y tomaba un trago. Le gustó el descaro del joven, la seguridad en sus palabras.
— Tienes razón, ¿qué hace una mujer de cuarenta y ocho años en un pub, rodeada de espíritu joven, a las tres y media de la madrugada? No he tenido un buen día, no he podido dormir y necesitaba distraerme. La oscuridad no es una buena compañera.
Gary hizo mueca, una sonrisa que se quedó a medio camino.
— ¿Cómo te llamas? — preguntó Gary.
— Robin. — respondió la mujer. 
Sus ojos estaban cansados, las ojeras y bolsas bajo los ojos eran testigos de aquello. No parecía una mujer con cuarenta y ocho años de experiencia en sus espaldas pero sus arrugas de expresión y preocupación, sus manos gastadas de trabajar y fumar, su alma rota y quemada hacían dudar a tu vista de aquello que veía. Lo único juvenil que podías destacar de aquel cuerpo tan menudo era su flequillo, sus ondas estaban desordenadas y se teñían con pequeños hilos de plata.
— Un placer, Robin. Yo soy Gary. — dijo éste tendiendo la mano. — Y, ¿qué ha ocurrido?
— Es largo de explicar, ni siquiera sé cómo expresarme, siento tantas cosas que tengo la sensación de que no hay suficientes palabras en el vocabulario que pueda usar. Verás, hoy he firmado los papeles del divorcio.
— Vaya, siento oír eso. Sé que los divorcios no son fáciles, y menos para los hijos. ¿Tienes hijos?
— Una hija, aunque no creo que le afecte demasiado. He perdido la cuenta de cuántas veces nos pidió que hiciéramos esto, no parábamos de discutir, ella ya estaba cansada.
— Mis padres nunca se divorciaron pero los de mi amigo Shawn sí. — dijo Gary señalando a Shawn. — Aunque le conocí hace unos años me contó aquello por lo que había pasado, su padre era muy duro con él y su a su madre no le agradaba. Discutían muy a menudo y eso agotaba a mi amigo, puede que para tu hija esto sea una liberación, dejar de escuchar y ver situaciones tan ruidosas y desagradables.
— Lo sé, no puedo culparla. Estamos muy unidas y hablamos de todo, incluso de estas cosas, puede que esto sea mi culpa. Puede que le haya provocado ese sentimiento, un día me dijo que no quería casarse porque tenía la sensación de que el matrimonio arruinaba las cosas. Supongo que eso lo ha visto en nosotros, y tiene razón.
— No deberías ser tan dura contigo misma, es cierto que los hijos actuamos y nos fijamos en nuestro entorno, pero estoy seguro de que no es culpa tuya. No eres una mala madre, a mí me hubiese gustado tener esa relación con mi padre, poder hablar con él de cualquier cosa.
— Los hombres son básicos, solo quieren hablar de cosas sencillas y no pensar demasiado... Perdón, no quería ofenderte.
Gary rio, Robin tenía razón: los hombres eran básicos, su padre y el padre de Shawn lo eran. Los padres de sus amigos e incluso de sus clientes. "Supongo que es nuestra naturaleza”, pensó Gary.
— No te preocupes, no me he ofendido. Es más, creo que tienes razón.
Robin sonrió, aún creía que no debería haber dicho eso pero se encontraba más aliviada. No había pasado un buen día y hablaba sin pensar, con rabia e ira, no quería herir nadie ni estropear el momento.
— Al menos tienes a tu madre, seguro que tenéis una buena relación. — prosiguió Robin intentando cambiar de tema.
— Mis padres siempre estaban de acuerdo en todo, o casi todo. Mi padre no quiso pagarme la carrera por no ser "suficientemente ejemplar", mi madre no le llevó la contraria: si él no aportaba, ella tampoco. Supongo que era una forma de evitar confrontaciones, somos una familia de triunfadores y los triunfadores no discuten.
— ¿Qué querías estudiar?
— Informática.
— Y, ¿por qué eso no es ejemplar? Tienes que aprender y conocer mucha información.
— Mi padre es policía y tenía la esperanza de que yo siguiese sus pasos, o los de mi madre o mi hermana. Carreras como psicología o medicina, algo que aporte a la sociedad, que me dé reconocimiento y dignidad, Supongo que pasar mi vida reparando ordenadores o programando no me hace digno.
— Yo nunca le haría eso a mi hija, debería estudiar aquello que desea, trabajar en aquello que le haga feliz. Siempre le ha gustado el cine, está estudiando Audiovisuales y aunque no tenga un futuro cierto, se siente completa y eso me vale.
— Por estas cosas no puedes ser una mala madre, no es tu culpa.
Robin miró a Gary con complicidad, sus palabras curaban esas heridas que se habían creado por tanta decepción y baja autoestima. Bebió un trago de su cerveza, el sabor era amargo pero familiar, no había podido desprenderse de él desde hace años. Su vida era un constante sabor amargo.
— ¿Cómo os conocisteis tu ex-marido y tú?
— Los dos somos de Irlanda, nos conocimos es un bar muy similar a éste. Mi amiga había cancelado nuestros planes, así que mi hermana me invitó a salir con ella y sus amigos, siempre había tenido una buena relación con ellos. Podía entrar en bares y pubs pero no beber ya que no había cumplido la mayoría de edad, solo tenía diecinueve años. Le pude ver entre la multitud, destacaba por una cazadora amarilla chillón. Eran los ochenta, todo era eléctrico y chillón. Todos llevaban ropa más discreta para lo que se consideraba en aquella época, nuestra hija siempre comparó nuestra historia con la de Ted y Tracy de "Cómo Conocí A Vuestra Madre".
— ¿Por el paraguas amarillo?
— ¡Sí! Solo que en vez de un paraguas, fue una cazadora. Mi hermana me sorprendió mirándolo y decidió presentarnos, nunca había sentido vergüenza. El tenía veintidós, comenzamos a hablar y no paramos hasta que me fui. Por suerte, quedamos en volver a vernos. A partir de aquello comenzamos a salir, estuvimos años saliendo hasta que nos casamos cuando tenía veinticinco años. Ninguno había estudiado una carrera universitaria, yo era dependienta de una tienda y él había estudiado Artes Gráficas durante dos años en una escuela. Con veintisiete ya estaba casada, tenía una hija de un año y vivía con mi marido. Decidimos venir a Chicago tres años después de la boda, él había conseguido un trabajo mejor aquí.
Robin bebió otro trago, la cerveza comenzaba a calentarse en sus manos.
— Cuando vinimos aquí dejé de trabajar — prosiguió. — para centrarme en mi hija. Él comenzó a obsesionarse con el trabajo, los fines de semana se distraía con cualquier cosa, no me escuchaba pero al menos pasaba tiempo con su hija. Discutimos un par de veces por ello, parecía no estar en casa ni en la Tierra, ni siquiera aprovechaba las oportunidades de ascender y ser mejor en su trabajo. Vivía en una rutina, en la comodidad de saber que las cosas no cambiarían. Todo empeoró cuando nuestra hija creció y dejó de pasar tanto tiempo en casa. Estábamos más solos, cuando mi hija estaba en casa apenas hablaban, llegó a tener la sensación de que solo tenía en común con su padre los videojuegos y los superhéroes . Era frustrante hablar con él, era como intentar recibir respuesta de una pared, era muy inocente e infantil, tenía que estar pendiente de él y de sus problemas. A lo largo de los años habíamos traído con nosotros problemas familiares, yo siempre le defendía cuando las cosas se ponían difíciles, pero él no hacía lo mismo por mí. No era valiente.
— ¿Eres de las personas qué creen en los príncipes que rescatan a las princesas?
— No, en absoluto. No necesito a un hombre que me salve, no lo necesito para vivir ni defenderme como a una princesa. Simplemente, estoy decepcionada. Yo me he levantado por él, he combatido las injusticias y los malos comentarios de la gente. Era su mujer, me dolía ver lo mal que le trataban. él nunca ha defendido nada, no solo a mí, tampoco se ha defendido a sí mismo. Tengo la sensación de que siempre doy mucho y recibo muy poco, debería ser directo y más adulto. Defenderse de aquello que le hiere y hiere a los demás, no porque esa sea su función, sino por hacer justicia.
Gary entendía lo que quería decir. Robin no necesitaba que defendieran su honor, solo quería estar con alguien con suficiente valores para levantarse ante las injusticias, alguien capaz de curar y evitar heridas en vez de crearlas. Alguien que no sea indiferente ante el mundo, que quiera más.
— Comenzamos a discutir más a menudo, casi todos los días, él solo se limitaba a asentir cada vez que hablaba, a darme la razón como si estuviese loca. No se tomaba la vida en serio, no era un adulto, era un niño. Solo gritábamos y nos insultábamos, tocando las heridas que más dolían y diciendo las cosas que menos nos gustaba oír. Ni siquiera quería dormir con él, no quería comer con él ni estar en la misma sala que él. Un día discutimos más de lo normal, fuimos más agresivos e hicimos más daño. Incluso nos atacamos físicamente y nos tirábamos objetos, ningún dolor físico podía compararse con el dolor que llevábamos teniendo tantos años. Tuvimos que parar, mi hija sufrió un grave ataque de ansiedad, tuvo que tomarse un calmante muy fuerte. Ahí me di cuenta de que debíamos parar, debíamos hacer algo al respecto; no solo por nosotros, por nuestra relación y salud, sino porque estaba empezando a afectar a alguien más de forma inimaginable... Así que decidí enfrentarme a la realidad y ser coherente, tenía que divorciarme.
— No puedo imaginar como debes sentirte al perder a tu alma gemela, tengo un amigo que cree en esas cosas, en que todos estamos destinados a estar con alguien. Si lo perdemos, no tenemos más oportunidades para encontrar otro amor, pues no existe.
— Yo no quiero otra oportunidad, no necesito otra alma gemela. Me siento traicionada, siempre creí que me había enamorado del hombre que toda mujer quiere: cariñoso, detallista y compasivo. Alguien con quien puedes compartir todo. Ahora creo que me engañó, que me hizo creer todo aquello y cuando consiguió estabilidad se cansó de aparentar y mostró su verdadera cara. Creo que quería a alguien que cuidase de él, que le salvase de aquello que él teme, y yo no quiero eso.
Robin hizo una pausa y terminó la cerveza.
— ¿Sabes? Mi hija es una fiel seguidora de la ciencia ficción y la astronomía. Le fascina la capacidad de viajar en el tiempo, la existencia de otros planetas y universos en el espacio. Un día leyó una teoría interesante y, es que, todos tenemos un doble, supuestamente. Ese doble es idéntico a nosotros, lo único que nos diferencia es que vivimos vidas completamente opuestas. No toman las mismas decisiones ni están con las mismas personas que nosotros, es como un universo paralelo: todo lo que nos ha sucedido a nosotros no existe para ellos, nunca viviremos lo que ellos viven y ellos nunca vivirán lo que vivimos nosotros. Eso me hizo pensar, ¿cómo es la vida de mi doble? ¿Es peor o mejor? ¿Es más feliz que yo, más rica y poderosa? Muchas veces me gustaría ser ella, o viajar en el tiempo. Deshacer mis pasos, me gustaría no fijarme en él, no ir a aquel bar. Me gustaría recuperar los años que me han robado, el tiempo que he perdido porque me siento muy vacía. Creo que he perdido oportunidades y vida que nunca voy a poder descubrir, momentos únicos que no van a volver, que me encadené demasiado joven creyendo que aquello era lo correcto. Ahora no tengo a dónde ir, no tengo cosas que hacer o gente con la que hablar, solo me queda esperar a que esto acabe sabiendo que no puedo hacer nada por cambiar, ya he vivido casi la mitad de mi vida. Ojalá esos papeles me permitiesen continuar la vida donde la dejé, me permitiesen volver a ilusionarme y quererme, a cuidarme como una vez hice. Sinceramente, no creo que haya nada en el mundo de lo que me arrepienta más.
— ¿Qué es lo mejor de tu vida ahora mismo? — se atrevió a preguntar Gary.
— Estoy tan desesperada que creo no tener nada.
— Siempre hay un rayo de luz en la oscuridad más absoluta, seguro que hay una razón que te haga sonreír, que te haga ver que la vida no es tan dura.
— Mi hija, es lo único bueno que he hecho.
—Y, ¿por qué no te centras en ella? En fortalecer la relación y ser su aliada. Puede que ella te ofrezca otro punto de vista y te enseñe algo nuevo.
— Es una joven muy inteligente pero no puedo hacer eso, debo dejar que vuele, que sea independiente. Nunca seré su amiga, soy su madre.
— No necesitas ser su amiga, solo deja que cuente contigo y que tú cuentes con ella. No es necesario encerrarla en casa, podéis hablar, puedes explicarle como te sientes y pedir ayuda. Estoy seguro de que no le importara estar contigo de vez en cuando.
Robin suspiró, no era el tipo de persona que compartía sus penas o sus problemas. Siempre guardaba lo que sentía y lo gestionaba cuando podía, no caía sobre nadie, no dejaba que nadie llevase su mochila. Y eso la estaba matando más que los cigarros que fumaba durante el día.
— Busca algo que te inspire, una razón mayor para levantarte por la mañana. Nunca es tarde para empezar de nuevo, tienes una segunda oportunidad, no la desperdicies. 
— Gracias por hablar conmigo, Gary.
— Gracias por confiar en mí, Robin. Siempre serás bienvenida aquí.
Robin le dedicó una sonrisa sincera, puede que la más sincera en mucho tiempo. 
Se había olvidado de como ser feliz, de ponerse en primer lugar. Se dejó llevar por el pasado y lo utilizó para dañar en vez de para aprender, tenía que salir de aquel pub siendo otra persona, y eso hizo.
Gary recogió el botellín vacío y el dinero junto con una pequeña propina mientras "Winter" de Daughter terminaba de sonar por los altavoces.
Solo quedaban dos horas para que el pub cerrase y Chicago escondiese toda esa magia que se escapaba por las puertas de La Caja de Pandora

 

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