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24 min
LA CAJA DEL DESTINO (primera parte)
Infantiles |
15.06.19
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Sinopsis

Después de mucho tiempo vuelvo a publicar un relato en la web. Mi hija de 11 años Carmen, sabedora de mi afición por publicar relatos en la web, me escribió un cuento, Después de leerlo aprovechando su esencia, sirviéndome de fuente de inspiración estoy escribiendo este cuento... Espero que os guste su primera parte.

Siempre que alguien le preguntaba su nombre y ella respondía. – Esmeralda. La respuesta era siempre la misma… ¡Que nombre tan bonito!

Sin embargo su vida, no era ni tan bonita, ni tan brillante como su nombre. Un día como otro cualquiera, salió un poco más tarde de lo habitual, de la escuela unitaria donde estudiaba. Se había quedado boquiabierta, al ver un extraño gusano multicolor, subiendo por la cerca de madera que rodeaba la escuela. Los extraños andares zigzagueantes del gusano la habían hipnotizado. 

Cuando recobró la consciencia, miró su reloj – ¡Dios!  Casi eran las tres de la tarde.  Para llegar a  su casa desde el colegio, tenía que cruzar el bosque, por un angosto camino  lleno de baches y grandes piedras. Se adentró en el bosque a paso ligero, Esmeralda sabía que sus padres, podrían preocuparse si llegaba más tarde de las tres. Siempre era muy puntual. Un pensamiento irrumpió en su mente. – Las prisas no son buenas consejeras Esmeralda.

Esmeralda tropezó con una piedra y se cayó al suelo, un dolor agudo en su rodilla derecha, hizo que las lágrimas brotasen de sus ojos. Se incorporó rápidamente y se sentó en una piedra llena de musgo, que estaba en el borde del camino. Observó disgustada como la sangre salía de su rodilla, sin embargo algo distrajo su mirada, de la rodilla maltrecha y ensangrentada. El gusano multicolor que había visto en el colegio, estaba erguido encima de la piedra causante del tropiezo.

Una voz de alarma gritando su nombre, desvió su mirada hacia el fondo del camino. Trató de levantarse, pero un fuerte dolor en la rodilla le impidió el movimiento. – Estoy aquí papá. Gritó con cierta desesperación. Aliviada, vio como su padre se acercaba a ella. Sin decir nada, con una mirada tierna en el rostro, su padre  la cogió en brazos y la llevó a casa.

Después de limpiar la herida, y aplicarle un ungüento que  alivió el dolor de su rodilla por completo, su madre sirvió la comida. Mientras comían, Esmeralda relataba todo lo sucedido, ante la atenta mirada de sus padres. Aunque ella esperaba que sus padres se sorprendiesen al contarle lo sucedido, ellos no mostraron ningún gesto de extrañeza. Al acabar de comer, como de costumbre, sus padres se quedaron tomando café, y Esmeralda subió a su cuarto a leer un libro. Cuando subía por las escaleras, escuchó un ruido muy extraño en el desván. Aunque el desván le resultaba un lugar desagradable, por lo oscuro que era, decidió subir a mirar que sucedía. Entró en su habitación, cogió la linterna que guardaba en el cajón de su mesilla y se dirigió al desván. Abrió la puerta con un cierto temor, las bisagras de la puerta emitieron un leve chirrido. Asomó la cabeza dentro del desván, iluminó el  interior  con la linterna, y observó que encima de la antigua mesa de la cocina, había una extraña, pero hermosa caja de porcelana. No salía de su asombro ante tal descubrimiento, jamás había visto esa caja, se acercó lentamente, su corazón comenzó a palpitar, temerosa toco la caja, levantó la tapa y…

Una fuerza indescriptible, la absorbió hacia el interior de la caja y sin saber como cruzó a otra dimensión, a otro mundo.

Esmeralda estaba confusa, asustada, miró a su alrededor y no podía ver nada. Se percató de que tenía la linterna en su mano, la encendió con la esperanza de que vería un portal mágico que la condujese de regreso a casa. La tristeza, el vacío se apoderaron de ella. Las lágrimas inundaron sus ojos, corrían por sus mejillas como ríos.

Escuchó aterrorizada unos pasos, parecía que alguien o algo se acercaba a ella oculto entre las sombras. Gritó. – ¿Quién está ahí? ¿Quién eres?

De repente sintió un aliento frío, cerca de su oído, y una extraña voz que le susurró. – ¡Corre! Presa del pánico, linterna en mano  Esmeralda comenzó a correr sin percatarse de que estaba al borde de un precipicio, se frenó en seco y su pie derecho se quedó suspendido en el aire. Aterrada, observó como el haz de luz de la linterna, se perdía en medio de la oscuridad del precipicio.

La voz extraña le susurró de nuevo. – Si no saltas morirás ahora mismo, ¡decide!, salta o muere.

Esmeralda no vaciló ni un instante, saltó al vacío mientras gritaba un conjuro que le había enseñado su madre. – Salta sen medo, que non te venza o temor, porque  o becho, e o trasgo teñenlle medo o solpor.

De pronto algo detuvo su caída. Su camiseta se quedó enganchada por la espalda en la rama de un árbol. Se giró como gato panza arriba y trepó por la rama, una vez se puso de pié en el árbol, enfocó con su linterna hacia abajo y pudo ver que parte de las raíces, el tronco y ramas de aquel majestuoso árbol estaban suspendidas en la nada. Se iluminó los pies y vio que estaba descalza, los zapatos. Oteó el lado opuesto del árbol  y pudo ver que había tierra firme, se descolgó por las ramas con cuidado. Cuando tocó el suelo estaba húmedo y pegajoso, caminar por aquel suelo no era una sensación muy agradable.

Estaba agotada, visualizó sobre el suelo una gigantesca hoja de árbol seca, y decidió echarse a dormir sobre ella.

Una agradable sensación de calor acarició su cara, abrió sus ojos. Estaba amaneciendo, la alegre sinfonía de una bandada de pájaros despertó en ella una sensación de alegría. La suave brisa matinal rozó su cara agudizando sus sentidos. Se levantó, salió de la hoja y comenzó a caminar, no muy lejos de la hoja pudo ver unas escaleras recubiertas de musgo. Subió lentamente, cuando llego a la cima de las escaleras, un asombroso valle, yacía a sus pies. Bajó por una ladera hasta entrar en una hermosa pradera, la hierba era de un color verde intenso, su tacto suave como el del algodón, grandes arbustos con pintas rojas y formas redondeadas, decoraban la pradera como si de un gran jardín imperial se tratase. Su estómago rugió por el hambre. Se acercó a uno de los arbustos, y se quedó obnubilada por las setas multicolores que lo rodeaban. El arbusto tenía unos frutos semejantes a las fresas, la prudencia de no saber si eran comestibles fue superada por el hambre, sin resistirse al encanto de aquellas frutas de apariencia tan apetecible, introdujo un buen puñado en su boca. – ¡Dios, que ricas están! Gritó. – ¡Saben a cerezas frescas!

Aquel grito, hizo salir de en medio de los arbustos, a un montón de pájaros con los brillantes colores del arcoíris. Una extraña cresta dorada, coronaba la cabeza de aquellos pájaros. – ¡Que hermosos! Susurró.

Después de saciar el hambre con tan rico manjar, caminó alegre durante un buen rato, hasta que divisó un enorme lago de aguas cristalinas. Corrió hacia el lago girando sobre si misma, mientras corría. Perdió el equilibrio y fue a parar dentro del lago. El agua estaba caliente. Peces multicolores, con formas singulares nadaban ajenos a su presencia.

Estaba impresionada por la hermosura de aquel paraje. Se giró y pudo ver como algunas pequeñas criaturas con formas insólitas, bebían en la orilla del lago. Algunos parecían conejos con cara de león, otros eran como unicornios enanos.

Se acercó a ellos temerosa, los animalillos siguieron bebiendo como si nada, estiró su mano y acarició a uno de ellos. El numeroso grupo de criaturillas observaba a Esmeralda con mirada tierna, uno a uno los acarició a todos. Se sentó tranquila en la orilla del lago y permaneció en silencio rodeada de sus nuevos amigos.

Al cabo de un buen rato, decidió seguir su camino, a lo lejos divisó lo que aparentaba ser un bosque frondoso. Se adentró en él, pero el bosque se cortaba en seco, un enorme tronco tumbado en el suelo, hacía de puente entre el bosque y la ladera de una montaña.

De en medió de unos arbustos que estaban a ambos lados del tronco, salió un pequeño ser que se asemejaba a un gnomo, aunque también tenía un cierto parecido con un trasgo.

            – ¡El puente es mío!, ¡no lo puedes cruzar!, para pasar, un acertijo has de acertar. Gritó.

          -Esmeralda se sobresaltó, dio un pequeño salto hacia atrás. Su corazón comenzó a latir a gran velocidad.

         -¡Déjame pasar bicho gruñón! – Le  gritó Esmeralda malhumorada.

         -Si quieres pasar, éste acertijo has de adivinar. – Dijo de nuevo el pequeño ser, ignorando la orden de Esmeralda.

         -< ¡Que  pesado!, ¡Que cara más dura! Pero si quiero seguir mi camino, tendré que contestar > Pensó Esmeralda. – Está bien. – Le dijo finalmente.

          -¿Qué es aquello que te pertenece, pero que el resto de personas que te rodean lo utilizan más que tú?

Esmeralda se quedó dubitativa, mirando de manera desafiante a la pequeña criatura, esbozó una sonrisa y contesto…

             –Mi nombre. –Contestó.

            – ¡Has acertado! Puedes cruzar – Respondió el ser, apesadumbrado.    

Esmeralda se subió al tronco y comenzó a cruzar el “puente”  lentamente, sin mirar atrás, cuando se estaba aproximando al final, dio un salto y cayó del otro lado. Se levantó y se percató de que había un rastro de huellas que marcaban el camino que atravesaba la ladera de la montaña.

Estaba cansada y hambrienta, recordó que había guardado en los bolsillos de su pantalón, frutos rojos del arbusto, se los comió y decidió quedarse a dormir apoyada en el final del tronco.

Al día siguiente se despertó, y vio que el rastro de huellas había desaparecido, se sintió confundida y desorientada. Unos misteriosos cánticos, alertaron a Esmeralda. Su instinto le dijo que debía guiarse por aquella suave melodía. Recorrió apresurada el sendero que atravesaba la montaña, al principio el camino iba en pendiente. Después de un buen rato, la ruta empedrada, comenzaba a descender hacia una ciénaga. Asombrada escuchó, que la melodía era entonada por unas horribles plantas carnívoras, que se movían como una cobra cuando escucha el sonido de una flauta. De pronto el cielo se oscureció, una enorme nube negra, se movía emitiendo un enorme zumbido, la nube descendió formando la figura de una flecha, en un instante las enormes plantas carnívoras se dieron un festín, con lo que parecían ser abejorros gigantes. Un enorme eructo provocado por las plantas, retumbó en los oídos de Esmeralda. – <Ahora es mi oportunidad para cruzar la ciénaga, las plantas están saciadas>. Pensó.

Con mucho esfuerzo logró cruzar la ciénaga, a pesar de estar cansada, el recuerdo del eructo gigante, le provoco una risa descontrolada. No muy lejos de allí, vio un sauce, rodeado de arbustos llenos de fruta. Sus tripas rugían de nuevo, había perdido la noción del tiempo, pero estaba oscureciendo de nuevo. Aquel lugar le pareció perfecto para comer y descansar. Estaba tan cansada que se tumbó en el suelo y se quedó dormida mirando lo que parecían ser estrellas. Soñó que estaba rodeada de seres mitológicos, de preciosas hadas, de unicornios, vio como Pegaso el caballo alado, descendía hasta su lado y la empujaba levemente con su cabeza,  cientos de duendes formaban un coro y  jugueteaban sonrientes a su alrededor. Una suave caricia la despertó.

Ya había amanecido, el sol brillaba en lo alto del cielo. Desayunó frutos de todo tipo y decidió continuar la marcha. Mientras caminaba reconoció el dulce cantar de las aves arcoíris, miró al cielo y las vio volando, decidió saludarlas con la mano, los pájaros descendieron y acariciaron su cabeza con sus alas. Esmeralda estaba feliz, se sentía afortunada por estar viviendo esa aventura. Escuchó el rumor de agua golpeando contra el suelo, mientras sentía como la suave brisa matinal acariciaba sus mejillas.

Observó que el terreno descendía suavemente, pero de manera abrupta se terminaba convirtiéndose en una especie de acantilado. Se acercó al borde con cautela y del medio del acantilado salía una cascada de agua. Al otro lado del acantilado no había nada. Es como si aquel mundo terminase allí. Se sentó al borde del acantilado y de pronto la tierra empezó a moverse. Al principio se asustó, quiso levantarse, pero debajo de sus pies empezó a deslizarse una enorme escalera de caracol cristalina, que descendía hasta la cascada.

Bajó por la escalera, hasta que llegó a la cascada, se quedó inmóvil delante de ella, a través del agua podía ver que había una cueva. Cruzó la cortina de agua, la cueva estaba iluminada por miles de puntitos brillantes que se movían y setas fosforescentes multicolores. Esmeralda se quedó impresionada por tanta belleza.

Esmeralda escuchó risitas, agudizó la mirada pero no pudo ver a nadie.

           -¿Quién se está riendo? Gritó en tono desafiante.

            – Jajajajaja, si quieres saber quienes somos encuéntranos. –Escuchó decir a alguien, con un tono burlón.

Enfadada empezó a buscar, se arrodilló en el suelo,  y detrás una seta, ¡allí estaba! 

            – ¡Te encontré! Dijo Esmeralda satisfecha.

Un hada, vestida con espectacular vestido azul turquesa, sonría de manera pícara. Al unísono, un centenar de hadas salieron volando, agitando sus pequeñas alas de detrás de las setas fosforescentes.

  • Me llamo Flora. –Dijo el hada burlona.
  • Yo me llamo Esmeralda, y vengo de otro mundo, un mundo paralelo a este, ya estoy cansada de vagar por aquí, ¿podrías decirme como regresar a mí casa?.
  • ¿De verdad te quieres ir? Preguntó una hada con el cabello rizado y vestido dorado.
  • Si, quiero ver a mis padres, seguro que están muy preocupados por mi, hace días que no me ven – Respondió Esmeralda, con lágrimas en los ojos.
  • No te preocupes querida, un día en éste mundo equivale a un minuto en el tuyo. – Respondió Flora, en tono seco.
  • ¿De verdad?, ¿no me estarás mintiendo? – Insistió preocupada Esmeralda.
  • Las hadas nunca mentimos. Por cierto me llamo Veronika. –Contestó el hada de vestido dorado y pelo rizado.
  • No quiero parecer una niña grosera, pero quiero irme de aquí. –Gritó Esmeralda desconsolada.
  • Si quieres irte de éste mundo debes encontrar la caja del destino. – Le dijo Veronika a Esmeralda.
  • ¿La caja del destino? ¿Dónde puedo encontrarla? – Manifestó con voz temblorosa Esmeralda.
  • La caja del destino está en el reino del Becho. – Continuó Veronika.
  • ¿Quién es el Becho? ¿Qué es?
  • El Becho es una horrible mutación, parte duende, parte  trasgo con cabeza de murciélago. Una maldición lo convirtió en lo que es. Una sola mirada y te conviertes en estatua de sal. En tu mundo sería como la gorgona, ese malvado ser, al que también llamáis Medusa. – Concluyó Flora.
  • Seguro que tienes hambre. – Afirmó Veronika

Esmeralda asintió con la cabeza. Las hadas salieron volando de la cueva, como si de un enjambre de abejas se tratase. Esmeralda se sentó, mientras sus ojos verdes se inundaban de lágrimas, quería regresar a casa, necesitaba sentir el abrazo fuerte, que su padre le daba antes de irse a cama, y el beso en la frente que su madre le daba, después de charlar de  sus cosas. Cerró los ojos y se imaginó estar en casa, aquellos pensamientos aliviaban de alguna manera su dolor.

  • Despierta, la cena está lista. – Dijo un hada gordita, vestida de verde.

Esmeralda, no salía de su asombro, en un abrir y cerrar de ojos, delante de ella tenía frutas multicolores, y una pequeña hoguera, en donde se estaba asando algo con forma de conejo. 

            – Come, tienes que recuperar fuerzas, te espera un largo camino. – Dijo con voz melosa, un hada con cabellos rojos.

Mientras Esmeralda cenaba, las hadas revoloteaban alegres a su alrededor, cuando terminó, se acurrucó en el suelo y se quedó dormida profundamente. A la mañana siguiente un terrible alarido la despertó. Se incorporó de un salto, las hadas revoloteaban nerviosas, con cara de preocupación.

             – ¡Vete! El Becho sabe que estás aquí, ¡debes de huir! – Gritó desesperada Flora.

Las hadas rodearon a Esmeralda, frotaron sus manos y cubrieron el cuerpo de Esmeralda con polvos mágicos.

            – Sal de la cueva, el portal que hemos abierto, te conducirá a la tierra de los duendes, ellos te ayudarán, ¡corre!  ¡debes irte ya!.  

Esmeralda salió de la cueva como alma que lleva el diablo. Al salir de la cueva, en medio de la nada, una circunferencia plateada brillaba a menos de dos pasos de ella. Cruzó el portal y apareció en una pradera llena de tulipanes y rosas gigantes de todos los colores, la hierba estaba alta, su aspecto era como el de una nube de algodón. Algo se movió detrás de una rosa azul, Esmeralda se acercó desconfiada. De pronto un hombrecillo con sombrero picudo, salió de detrás de la rosa gritando con las manos en alto. Esmeralda el susto se cayó de espaldas. El hombrecillo comenzó a reírse a carcajada limpia. Esmeralda se incorporó con la agilidad de un gato, enojada, agarró al duende por el pecho y lo lanzó por los aires. – ¡A ver si te ríes ahora!  –Gritó Esmeralda.

De detrás de las flores comenzaron a salir cientos de duendes gritando al unísono. –¡Deja a Traste tranquilo! –Empezó él, me asustó y sigue mirándome con cara de burla. –Les contestó Esmeralda. Un duende de barba blanca se acercó a Esmeralda y le tendió la mano. –Me llamo Argay, y soy el consejero duendil, estás en Nubergay la tierra de los duendes, ¿Cómo has llegado aquí?. –Las hadas de la cueva abrieron un portal, lo crucé y aparecí aquí.

Argay miró a Esmeralda fijamente a los ojos. –Sígueme. Esmeralda obedeció al anciano duende. Detrás de la pareja,  iba Traste murmurando y el resto de duendes. Caminaron un rato y donde parecía acabarse todo, donde volvía a estar la nada, el anciano duende pronunció una palabra. –Abretesinonimó.

 Un portal se abrió delante de ellos, lo cruzaron y aparecieron en una aldea llena de casitas en miniatura, al ver ese poblado, los recuerdos poblaron la mente de Esmeralda, aquella mini ciudad era muy parecida a una que había visitado con sus padres cuando era mas pequeña, “la ciudad de los pequeñitos” en Portugal.

En el centro del pueblo había una especie de palco circular de música, Argay se detuvo delante y le dijo a Esmeralda que se sentase. Dio tres palmadas y de todos lados salieron duendes con mesas y sillas. –Vamos a preparar un banquete en tu honor, hoy serás nuestra invitada. –Dijo Argay sonriendo.

Entre cánticos y risas los duendes montaron la romería. Todos los duendes parecían contentos a excepción de Traste, que cada vez que pasaba al lado de Esmeralda, la miraba de reojo con cara de pocos amigos. Las mesas estaban repletas de ricos manjares, frutas multicolores, empanadas, grandes bizcochos y tartas.  –¡Comed! –Gritó  Argay. Todos los duendes acudían a un gran barril y llenaban sus jarras. Jarra de barro en mano, Traste se acercó a Esmeralda y se la ofreció, ella la aceptó, sorbió el contenido y una enorme sonrisa se dibujó en su cara. –¡Que rico! –Dijo Esmeralda entre risas. –Es aguamiel. –Le respondió Traste. Ese gesto del duende con la niña, pareció reconciliar a los dos “ofendidos”.

Todos los duendes cantaban y bailaban alegres, hasta que sonó una campana. Ese sonido les dejó paralizados. Argay se acercó a Esmeralda.

            –Debes partir mí niña, el Becho te anda buscando y por nuestra seguridad no te puede encontrar aquí. Es un ser despiadado, el destructor de la inocencia, por eso te busca desesperadamente, quiere devorar tu inocencia. Abriré el portal que te transportará al valle de los unicornios, allí te espera una dura prueba, domar al dragón Ying Yang.

            –Gracias por todo amigos, sois todos muy buenos. –Contestó Esmeralda con los ojos inundados de lágrimas.

Traste se acercó a Esmeralda y le entregó una medalla dorada. –Te ayudará a salir de un mal momento, pero solo lo podrás usar una vez. Recuerda ¡Una sola vez!. –Y se alejó corriendo entre lágrimas.

A Esmeralda se le partió el corazón. Argay pronunció de nuevo la palabra Abretesisonimó. El portal se abrió delante de ella, la niña se levantó, cruzó el portal, posó el pie y no había nada, Esmeralda sin poder mantener el equilibrio, cayó al vacío, gritó desesperadamente, la oscuridad parecía no tener fin.

Un terror irracional se apoderó de ella, la incertidumbre de no saber  lo que le iba a pasar le estaban provocando tal desesperación, que sintió que se ahogaba. Trató de emerger de la nada, se movió como si estuviese tratando de salir del fondo del mar. Se acordó de lo que le había entregado Traste. –<Será el momento de usarlo>. –Pensó. Algo en su interior dijo –¡No! . Luchó con todas sus fuerzas por salir de la nada. Un rayo de luz iluminó su salida.

Apareció en medio de un lago, no muy lejos estaba la orilla, nadó con fuerza hasta que la alcanzó. Cansada, débil, ya sin fuerzas se quedó inmóvil en la orilla del lago. Cerró los ojos esperando a que la nada o lo que fuese se la llevase.

            –¡Levántate Esmeralda!, cuando uno se cae, debe levantarse siempre y seguir adelante.

            –¡Mamá! –Gritó desesperada.

Abrió los ojos y delante de ella, había un unicornio blanco como la nieve, su gran cuerno dorado relucía como el sol y adornaba el centro de su cara. El animal estaba inmóvil  observándola, mirándola fijamente. Esmeralda se levantó, acaricio el lomo del unicornio y de un salto se montó encima, se agarró a la crin blanca de su cuello y el unicornio comenzó a galopar por una verde pradera. Esmeralda se sintió feliz, libre, mientras sentía como la brisa ondeaba su melena. El paisaje era precioso, el valle de los unicornios era espectacular, nunca había visto nada igual.

            –¿Puedes indicarme donde está el dragón Yin Yang? –Le preguntó al unicornio.

            –Yo te llevo guapa, pero antes pararemos a comer. –Le contestó el unicornio.

            –¿Como te llamas? –Le preguntó la niña.

            –Antas. –Respondió el unicornio.

            –Yo soy Esmeralda.

            –Lo sé. –Respondió el cuadrúpedo mientras detenía el paso.

No muy lejos de allí, había un árbol repleto de zanahorias y arbustos llenos de grandes fresas. Esmeralda arrancó unas zanahorias del árbol y se las ofreció al unicornio, éste asintió con el gesto típico de un caballo, Esmeralda sonrió, y le vino a su mente la imagen de su yegua Brisa. Mientras Antas comía las zanahorias, ella cogió fresas y se puso a comer, cada fresa que comía era de un sabor diferente, sabían a sandía, melón, manzana, albaricoque, melocotón…

            –Es hora de irnos. –Dijo Antas con un tono preocupante

.           –¡Tan pronto!  –Contestó la niña preocupada.

Esmeralda saltó sobre el lomo de Antas, se agarró a su crin. El unicornio comenzó a galopar a gran velocidad. A medida que avanzaba, la pradera se iba estrechando, llego un momento en que se convirtió en un camino angosto y empedrado. El unicornio relinchó y se elevó sobre sus patas traseras. Un gran tronco les cortaba el paso. Antas se colocó de costado.

             –Sube al tronco y vete de aquí, ¡huye sin mirar atrás Esmeralda! ¡Huye sin mirar atrás! –Gritó Antas

De pronto se hizo el silencio, solo se escuchó el siseo de una serpiente. La niña hizo caso a Antas y corrió desesperadamente sin mirar atrás. Extenuada cayó de rodillas. Cuando recuperó el aliento, continuó caminado por aquel camino lleno de piedras. Al final del camino dos columnas con el símbolo del Ying Yang grabado en ellas, presidían la entrada de lo que parecía una gran cueva. Le dolían los pies y estaba anocheciendo. Temerosa entró en la cueva, estaba oscura. Instintivamente chasco los dedos y de repente se encendieron miles de luces diminutas. Eran luciérnagas, a medida que Esmeralda caminaba, las luciérnagas le iluminaban el camino, la cueva se iba ensanchando y en medio de las paredes laterales de la cueva había una gran escalera de piedra, Esmeralda subía contando los peldaños. Cuando estaba asustada, contar cosas distraía su mente y alejaba el miedo, cuando pisó el último escalón, se quedó asombrada, allí  delante de ella yacía el dragón Ying Yang. Un fuerte bramido resonó con fuerza en el interior de la cueva, y una lluvia de pequeñas piedras que se desprendieron del techo, golpearon la cabeza de Esmeralda.

            –¿Quien osa despertarme de mi sueño?

             –So so soy E e e Es me ralda. –Respondió tartamudeando la pequeña.

El dragón clavó sus ojos con una terrible mirada sobre  Esmeralda, mientras, ella inmóvil sin mover ni un solo músculo, observó que el dragón tenía tatuado el símbolo del ying yang en sus ojos.

            –¿Qué haces aquí?¿A quien buscas?.

            –Te busco a ti, necesito tú ayuda, para derrotar al Becho y regresar a mi mundo. –Le respondió Esmeralda.

            –Ummmm, quieres derrotar al becho y regresar a tú mundo.

            –Si.

            –Yo soy Ying Yang el terrible, protector de la entrada que conduce al reino de los Mouros, no defensor  de niños humanos, al contrario, los devoro si no son dignos de pasar al reino dorado de Dangbala. –Gritó con voz atronadora el dragón.

            –Pero, las hadas, los duendes y Antas me dijeron…

            –Huelo la inocencia, veo la pureza de tu corazón, pero algo está cambiando dentro de ti, estás contagiada por el virus de la oscuridad, detecto el comienzo de una gran lucha interna en tu interior, las dudas te corroen.  

            –¿Qué dices? ¡Estás loco!

             –¿Como osas hablarme en ese tono?, ¿Por qué crees que llevo grabado en mis pupilas el ying y el yang?

Las tripas de esmeralda emitieron un terrible rugido, el dragón, al escuchar el rugido intestinal, comenzó a reírse sin control. Esmeralda no podía creérselo, un dragón de aspecto terrible, partiéndose la caja de risa. Al mismo tiempo que estaba enojada por las risas del dragón, fue incapaz de no contagiarse de aquellas carcajadas. De pronto…

            –¡Échate a un lado! –Gritó  el dragón

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