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6 min
La Calle de los Cines.
Ciencia Ficción |
23.02.14
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Sinopsis

Había que pasar por el "convertidor", pero los niños no recordaban bien los cómo y los por qué.

        Los dos niños, al parecer de unos diez años, caminaron por la Calle de los Cines. Ésta serpenteaba de aquí para allá, ostentando las fachadas de innumerables cinematógrafos, donde se exhibían carteleras con dibujos y fotografías en profusión. Se podría decir que cada frente, con su marquesina de luces y vidrieras de batientes, era como una gigantesca golosina.

        Los dos chicos amigos, entre centenares de tantos otros, iban examinando la multitud de afiches y fotos, enumerando las películas. Por aquí se veía "El Heroico Bonifacio", con Pepe Iglesias y Fidel Pintos; por otro lado asomaba "Sansón y Dalila", con Víctor Mature y Heddy Lamarr; más allá aparecía "Scaramouche", con Stewart Granger, Eleanor Parker, Vivien Leig y Mel Ferrer. Después de dar unas vueltas se aprestaron a ingresar en alguno de los "continuados de 14 a 24 horas", y los carteles decían "El Espectáculo Comienza Cuando Usted Llega".

         Por fin decidieron ver "El Día que Paralizaron la Tierra" con Michael Rennie y Patricia Neal, "La Guerra de los Mundos" con Gene Barry y "Una Noche en Casablanca" de los Hermanos Marx.

         ¡ Qué felices eran los chicos, sumergidos en las películas entre tanta aventura !  Hasta les parecía sentir que una electricidad les impregnaba los cuerpos, el aire, las butacas, todo. En los intérvalos, se escuchaba entre el bullicio de la sala, la cantinela intermitente de los carameleros: "helados... caramelos... pastillas... chocolates..."

          Después salieron de ese cine y se metieron en otro, donde la cartelera anunciaba "Tarzán Contra el Mundo", con Johnny Weissmuller y Maureen O´Sullivan, y "El Enigma de Otro Mundo", con Margaret Sheridan y Kenneth Tobey. Una de las películas la vieron de nuevo y al fin salieron del continuado cerca de las once de la noche.

          --¿Viste, Cacho? --comentó estusiasmado uno de ellos--. Pasaron las colas de "Shane" con Alan Ladd y "El Pirata Hidalgo", en ésa trabaja Burt Lancaster. Las van a dar el sábado que viene.

          --Me parece, Lito, que se nos hizo tarde --contestó el otro--, en el reloj del cine ya eran las once. Me acordé que tenemos que volver a pasar por el "convertidor".

          --Yo quiero volver a mi casa bien directo, y no voy a pasar por el "convertidor" --repuso Lito decidido.

          Cacho lo miró con la boca abierta. --¡ Pero, estás loco !  ¡ No se puede salir de la calle sin pasar por el "convertidor".

          Lito hizo un gesto despectivo. --Yo sé cómo salir, y nadie se va a dar cuenta. Conozco el lugar y voy a salir por allí. Chau, me voy a mi casa. Mis padres me están esperando.

          El niño se separó de su amigo, perdiéndose entre la marea infantil, que se volcaba hacia la calle desde las numerosas salas de cine.

          Cacho quedó un momento indeciso en medio de la calle. Le parecía que estaba mal. Que algo andaba mal. Finalmente se encogió de hombros, encaminándose hacia el "convertidor".

       .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .

          En el salón de un café automático, fuera de la Calle de los Cines, un hombre bebía de su tazón y esperaba sin saber por qué

          Era un individuo inmensamente alto y muy mayor, como de más de ochenta años, aunque en buen estado físico.

          El hombre terminó su café y enfiló caminando hacia la playa de estacionamiento. Una vez dentro de su automóvil, condujo muy tranquilo, a través de cantidad de cuadras hasta uno de los tantos edificios torre.

          Ya guardado el vehículo y dentro de su departamento, se dedicó a comer algo; en eso estaba mientras miraba distraído el holovisor, cuando tuvo un violento sobresalto.

          El viejo se lanzó muy precipitado hacia el videófono e hizo una apurada llamada, dando precisos datos de nombres y direcciones. Enseguida y sin perder tiempo, salió del edificio corriendo hacia su automóvil.

          Manejando desesperado, atravesó la urbe a toda velocidad, moviéndose en el centro de la medianoche. Arriba, en el cielo de la ciudad, eclosionaban los coloridos hologramas publicitarios, como un dosel fantasmal.

          Casi enseguida el vehículo irrumpió en un lugar de los suburbios, donde una ambulancia hacía girar sus luces duras y despiadadas.

          El hombre de más de ochenta años hizo chirriar los frenos casi rozando el furgón.

          El sitio era una vieja casa, a oscuras y abandonada. En un rincón de la galería polvorienta, cercada por malezas, flanqueada por vetustas y tétricas habitaciones desoladas, el viejo se encontró con los paramédicos y camilleros.

          Los hombres se movían, transportando un cuerpo cubierto sobre una camilla, esquivando matorrales y baldosas rotas.

          --¿Usted es el señor Ballesteros, el que dio aviso? --le preguntaron cuando lo           vieron--, ¿puede reconocerlo?  Está muerto.

           El paramédico apartó la sábana por un momento. El hombre muy alto pudo ver un rostro pequeño, pálido, que lucía aún su juventud antigua e indefensa.

           Apenas conteniendo el llanto, el señor Ballesteros habló a los hombres: --La tarde pasada... fuímos juntos a la Calle de los Cines. Él quiso regresar sin pasar por el "convertidor"... claro... como todos... no recordaba nada. Sólo quería volver con sus padres, sus hermanos... y todos sus amigos del viejo barrio, de hace más de setenta años. Volvió a la casa de su infancia y... no encontró a nadie. Su corazón tenía casi noventa años... no pudo superarlo... el "ahora" lo aplastó sin piedad.

                                                 .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .   

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nacido 1943-estudio de dibujo ar tístico e historietas, retratista y ca ricaturista trashumante 2000/0l-afincado 2002- 1985 estudios de biología- escritura desde 1972.

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