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27 min
La Elección I
Varios |
18.05.14
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Sinopsis

Primer capítulo de una corta serie de relatos sobre un joven periodista catalán residente en Ibiza que acaba de ser despedido. Decide aprovechar para disfrutar la isla con sus amigos, cuando unos sucesos le implican en una pequeña red de tráfico de productos robados. O eso es lo que piensa. Amigos que no son lo que parecen, el sacrificio de la propia vida para hacer lo que es correcto, y una amor no correspondido se entremezclan con la aparición de una nueva mafia en la Isla Blanca.

Se levantó de la cama de un salto, se puso encima lo primero que encontró y salió de su casa corriendo. Al salir de la verja se cruzó con el vecino de arriba, Jon, que llegaba con la bolsa de la compra.

- Ay, siempre con prisa, Simón – bromeó éste-. Ya te compraré yo un buen despertador. No sabes lo que es levantarse tranquilamente, desayunar, duchar...

- Vete a la mierda, Jon – le espetó. “Siempre con una sonrisa, este tío. Menudo capullo”. Reanudó su marcha otra vez.

Cuando salió del camino de tierra, jadeando, faltaba aún toda la bajada hasta la cala, a unos diez minutos corriendo, como había comprobado en anteriores experiencias. Eran las nueve y veinte. “Ahora mismo está pasando el autobús “, pensó, “acabo de perder mi trabajo”.

Era la tercera vez esta semana que se dormía, y la octava este mes, así que en realidad era un hecho previsto. La última vez llegó a la oficina cuatro horas tarde. Entró en el despacho del editor a grandes zancadas y posado orgulloso, dejándole encima de la mesa todos los artículos que tenía pendientes.

- Aquí están todos los reportajes que le debía, señor Lunas . Léase detenidamente el del caiman escapado del zoo y el de la señora que detuvo al ladrón en el supermercado, son brutales – empezó, entusiasmado -. Disculpe mi falta de modestia, pero creo que son de lo mejor que he escrito hasta ahora. Fíjese sobretodo en el cambio que he hecho en mi redacción, verá que hay difer...

- Simón...

Éste alzó drásticamente la vista hacia su jefe, cómo si hubiese sido interrumpido en una tarea de vital importancia. Pero su expresión le hizo olvidar todos los detalles y innovaciones que había introducido en sus nuevos reportajes. Tenía los labios apretados, pálidos de la presión, y los ojos brillantes lo miraban con una furia diabólica. Agarraba una pelota de goma con la mano, la cuál tenía guardada en un cajón de su escritorio y sacaba para apretarla con fuerza cuando se ponía nervioso. Un medio de canalizar su ira, como le había dicho su terapeuta. Y es que el adulterio y posterior abandono de su mujer con su mejor amigo le había repercutido en su carácter, y dentro de poco lo haría en su salud, como no cambiase su vida.

Cuando Simón fijó sus ojos en los suyos, éste no aguantó más y explotó.

- ¿Pero tu quién te crees que eres? ¡Estos reportajes tenían que estar sobre mi mesa hace una semana! ¡Y encima llegas otra vez tarde! Me es absolutamente igual los cambios en tu redacción, ¡no está permitido llegar tarde en mi o-fi-ci-na!

“Está realmente enfadado, Simón, cuidado con lo que dices”, se dijo éste a si mismo.

- Lo siento mucho, señor Lunas, es el transporte, que usted ya sabe que aquí en la isla es pésimo...

- A mi no me cuentes chorradas, ¡pedazo de embustero! ¡Cojo el autobús cada día y nunca llega tarde! Que el transporte en Ibiza es pésimo, dice...¡serás embustero!

- Pero señor Lucas, si usted viene en coche...

- Calla, calla. Mira, chico, la única razón por la que consiento que un muchacho prepotente como tú trabaje en mi redacción es porqué, a pesar de la repulsión que me causas, creo que tienes potencial, y quiero estar allí cuando los demás se den cuenta. Pero periodistas con proyección abundan en cada esquina, así que te doy una oportunidad más. Otro retraso en la entrega o incumplimiento del horario marcado y no hace falta que entres otra vez por esa vieja y sucia puerta. Por cierto, hay que cambiar esa mierda de puerta. ¡Esther! – entró su secretaria, una mujer miedosa que temblaba cada vez que hablaba con su jefe – Llama a quién tengas que llamar, pero quiero esa puerta fuera antes de que acabe el día, ¿entendido?

- Sí señor Lunas – le contestó ella, saliendo rápidamente y en silencio del despacho.

Simón seguía allí, de pie.

- ¿Y tu qué coño haces aquí aún? ¡Desaparece!

- Sí, señor Lunas.

Salió del despacho y ese fue el último contacto que tuvieron hasta muchos años después.

 

Eso había sucedido tres días antes. Y acababa de perder otra vez el autobús, el próximo no pasaba por la cala hasta las tres de la tarde, cinco horas después.

Recordó las palabras airadas de su jefe: “¡Otro retraso y no hace falta que entres otra vez por esa vieja y sucia puerta!”.

Otro trabajo desperdiciado. Otra oportunidad perdida.

Tenía veintiséis años y nunca había durado en un puesto más de tres meses; en la obra, de pintor, camarero, fregador y ayudante de cocina… después de trabajar de todo menos de periodista, era la primera vez que conseguía un empleo que tuviese relación con sus estudios, y acababa de echarlo todo a perder.

Se detuvo unos instantes, pensando detenidamente. Tenía unos ahorros guardados y, aunque no muchos, le permitían pagar el alquiler durante un par de meses más. Hizo mentalmente un cálculo rápido de sus gastos mensuales básicos, y quedando satisfecho del resultado se decidió a bajar igualmente a la cala a tomarse una cerveza bien fría delante del mar para celebrar su libertad.

Así que siguió por el camino ya pavimentado, dejando atrás la casa de los gitanos y las pistas de tenis abandonadas, El Sol estaba alto ese lunes, reafirmando la llegada del verano. Cuando llegó a la cala, y vio la maravilla de lugar en la que vivía, se alegró de haber tomado la decisión de marchar de Barcelona. “Aunque no me quedó otra opción, en realidad”. Pero quiso quitarse estos pensamientos de la cabeza, y se dirigió a la terraza del bar de la cala.

Se acercó rápidamente Juan, un viejo camarero con alma juvenil, siempre enérgico  y alegre, para tomarle nota.

- ¡Buenos días, chaval! Hacía días que no te veía, ¿cómo va el reportaje de la señora que detuvo al ladrón del supermercado?

- Qué pasa, Juan. Bien, la terminé hace un par de días, quedó sensacional, gracias. Aunque de todas formas, no importa mucho – Juan le miró, inquisitivo -. Me he dormido otra vez, y el jefe me dijo que a la próxima ya ni me presentase.

- Lo siento, muchacho. No sé que decirte, ¿por qué no vas allí y le pides disculpas?

- No, ya no puedo pedirle más disculpas. Tengo que ser consecuente con mis actos.

Juan echó una ojeada al bar, que estaba vacío, y se sentó en una silla a su lado, pensativo.

- ¿Y ahora que vas a hacer? – le preguntó.

- No lo sé, sinceramente. Estoy harto de hacer trabajos que no me gustan – miró al viejo camarero -. Quiero ser escritor, Juan. Creo que voy a ponerme a escribir en serio.

Juan no contestó al momento. Al cabo de unos instantes de acariciarse el bigote, le dijo:

- Chico…mírame. Yo estudié para piloto de aviones mercantes. Era mi sueño. Y era un buen piloto. Pero el día antes del examen final de graduación, un camión atropelló el coche en el que íbamos Carlos, mi compañero de prácticas de vuelo, yo y nuestras respectivas chicas. Yo fui el único que sobrevivió… - se quedó unos instantes callado, mirando el mar -. Perdí la mitad de visión en cada ojo y, evidentemente, la oportunidad de ser piloto algún día.

Se contemplaron mutuamente, y viendo la cara de confusión del joven, Juan aclaró:

- Con esto quiero decirte que hasta donde te permita tu cuerpo y tu mente, persigas tu sueño, y no dejes de luchar por él. Por que en cualquier momento puede llegar el final del sueño, despertarte bruscamente y hacerte daño. Te traigo una cerveza bien fría ahora mismo – se levantó, dándole una palmadita en la espalda -. Invita la casa.

 

 

Los clientes habituales empezaron a llegar a su hora, con la parsimonia habitual y justificada de los habitantes ibicencos, justificada por la tranquilidad y placentero entorno natural en el que viven.

Terminaba ya su cerveza cuando llegó Pablo, un simpático argentino instalado en la isla desde hacía cinco años que tenía una pequeña empresa de pintura, aunque últimamente no le iba muy bien el negocio.

- ¡Buenos días!

- Pero bueno, ¿ a quién tenemos aquí? Ayer nos despedimos a las cuatro de la mañana y se suponía que tenías que entregar no recuerdo qué. ¿Por qué no estás en…

- Me despidieron, capullo.

Pablo se calló, miró a Simón unos segundos a los ojos…y se echó a reír.

- ¡Te lo mereces, boludo! Siempre andabas durmiéndote, nunca llegabas puntual… bueno, no te preocupes, así no tendrás que aguantar más al imbécil de tu jefe.

Viendo la expresión de tristeza que tenía su amigo, Pablo continuó:

- Oye, ¿qué es esta cara? Anda, pero si estabas cansado de ese trabajo. Y además, eres buen escritor, ya encontrarás algo. Ahora relájate y disfruta un poco, tío.

- No lo sé, Pablo, no lo sé… me siento un poco perdido. No tengo ni idea de cuál es mi siguiente paso.

Éste suspiró, con expresión melancólica. A todo eso ya se había sentado a su lado y pedido dos cervezas bien frías.

- ¡Ay!, si yo pudiera estar en tu lugar… joven, sin compromisos, todo por ver y descubrir.

- Pablo, no alucines, que tienes treinta y dos, me llevas sólo seis años. Tienes una empresa de pintura, tu casita de alquiler, un coche decente…

- Y mil cosas que pagar, Simón, mil cosas que pagar.

- ¡Pues no vayas tanto al bar! – bromeó éste.

Siguieron riendo y bebiendo cerveza hasta la hora de comer. Cuando salieron del bar, con seis cervezas más que al entrar, se despidieron afectuosamente. Cuando Simón ya empezaba a subir la cuesta dirección a su casa, Pablo volvió corriendo.

- Oye, si no tienes nada que hacer, pásate por mi casa esta noche después de cenar, a las once. Y se marchó.

Simón siguió con la subida, que no era poca como para andar perdiendo el tiempo pensando tonterías. “Ya veré que hago luego; a saber qué quiere hacer éste”.

Cuando llegó a su casa, se encontró un montón de gente en el jardín, y recordó que el casero le había comentado que harían una fiesta y asado. Se planteó unirse a ella, pero al entrar en su casa descartó la idea. Se sentó un momento en el sofá, antes de preparar la comida. Era muy cómodo ese sofá. Y los cojines. Suaves, que se adaptaban a la forma de la cabeza. Entraba un aire fresco por la ventana entreabierta, que le erizó los pelos de la nuca de placer. Se tumbó sólo un momento, para disfrutar del momento. “Es tan cómodo este sofá… muy cómodo eres tú, querido sofá”, pensaba. Se quedó ahí dormido, tal cual iba vestido, borracho y sin comer. Pero a gusto, con su querido sofá.

 

Cuando despertó el Sol casi había desaparecido. Se incorporó, miró la hora: las nueve y diez. Perfecto, se ducharía, comería algo e iría a ver a Pablo, a ver qué quería su amigo. Alguna fiesta de las suyas, supuso, aunque ese día no tenía ganas de mucho movimiento.

Después de ducharse y, ya bien fresco, cocinarse unos spaghetti con mantequilla y nueces – tenía que controlar los gastos a partir de ese día -, salió a la terraza a fumarse un cigarrillo tranquilamente mirando las estrellas. En Ibiza el cielo nocturno es un espectáculo precioso; el cielo totalmente negro, llenado por multitudes de estrellas que hacen inútiles los faroles de las calles con su fulgor. Siempre que Simón observaba las estrellas se quedaba absorto, inmerso en un estado de calma y placer.

El jardín estaba despejado de gente, y solo rompían el silencio los grillos y algún ladrido. Prendió el cigarrillo. Aspiró profundamente, una buena calada. Dejó escapar el humo poco a poco, disfrutando la sensación. Le dio otra buena calada. Hacía años que había dejado de gustarle el tabaco, pero le encantaba sacar el humo por la boca, no podía resistirse.

Mientras fumaba el cigarrillo, pensó en su próximo paso; no podía volver a Barcelona, eso lo tenía muy claro. Pero los payeses de la isla no parecían apreciar su talento como redactor, así que tampoco creía que se hacía ningún favor quedándose en Ibiza. Por unos instantes se le cruzó por la cabeza un pensamiento que le horrorizó; “¿y si realmente no valgo como escritor? ¿Tendré que estar toda la vida trabajando de asalariado en sitios inmundos? “. Pero apartó rápidamente esa idea de su mente, arrinconándola y enseñándole las uñas. Le dio la última calada al cigarrillo, cerró la puerta de su casa con llave y salió por la verja del jardín en dirección a casa de su amigo, muy cerca de allí, decidiendo ir a la mañana siguiente a pasar unos días a Formentera; acabaría su libro de una vez por todas.

“No puedo ser escritor sin un escrito acabado” – pensó. Entonces se echó a reír de si mismo a carcajadas, mientras caminaba por el camino de tierra sumergido en una absoluta oscuridad.

 

 

Pablo vivía en una casita a cinco minutos de allí, entremedio de los árboles. En la cala no había un núcleo residencial, sino tan sólo diferentes pequeñas urbanizaciones o barrios de pocas casa, separadas por árboles y terrenos sin edificar. La zona donde ellos vivían era El Ranchito, formado por un conjunto de unas ocho casas, todas con la tradicional edificación ibicenca: absolutamente cuadradas, pintadas de blanco y de pared gruesa, caliente en invierno pero sorprendentemente fresca en verano.

Pablo vivía al otro lado del barrio, pero aún así era muy cerca. Se reconocía fácilmente porqué era la única que siempre parecía recién pintada; el hecho es que solía estar recién pintada: él creía que un pintor tiene que mostrar ejemplo desde dentro.

Aparte de eso tenía el mismo aspecto que las demás. No tenía timbre, con lo que al llegar entró directamente en el jardín y picó a la puerta varias veces.

- ¿Quién es? – preguntó Pablo desde dentro.

- Soy Simón, venga tío, abre ya.

Abrió la puerta al momento, con su habitual sonrisa despreocupada.

- ¡Bienvenido, hermano! Estoy con un par de amigos, entra que te los presento – se saludaron, y le dejó entrar-. Acaban de llegar de Argentina y se van a quedar por aquí un tiempo… - en el salón estaban sentados dos hombres -. Este es Enrique, “el Gordo”, y él es Juan, “el Chico”.

Los dos hombres se levantaron y le dieron la mano respectivamente cuando oyeron los nombres. Acto seguido volvieron a sentarse sin mediar palabra, y restaron ahí, callados.

Simón los miró; realmente no pensaban mucho sus sobrenombres. El Gordo era extremadamente obeso, con cara de pocos amigos y las cejas unidas, probablemente también a causa de la expresión de enfado, y era bastante blanquito, mientras que el Chico era moreno de piel y muy delgado. Aunque el apodo le venía de su cara, que le hacía parecer un adolescente.

- ¿Tienes cerveza por ahí? – preguntó, sentándose en el sillón.

Pablo ya venía de la cocina con cuatro cervezas y una mochila, que dejó en un rincón del salón. Abrieron las botellas, brindaron y bebieron un buen trago cada uno. Se quedaron un momento en silencio.

“Menudo plan me espera esta noche” – pensó Simón -, “ cuatro hombres borrachos encerrados en una casa”.

Tomaron la cerveza tranquilamente, mientras Pablo hablaba con sus amigos compatriotas de su amada tierra, y él escuchaba, deseando bebérsela rápidamente y despedirse con cualquier excusa barata. No sabía por qué, pero no se sentía cómodo con esos dos amigos suyos.

Recién terminada se levantó, y lo mismo hicieron el Gordo y el Chico automáticamente. Cogieron sus chaquetas del sofá y miraron a Pablo:

- ¿Vamos? – le preguntó el Chico.

- Dale, lo tengo todo en la mochila –contestó Pablo.

- Bueno chicos, pues yo voy tirando para casa… - empezó Simón, aprovechando la oportunidad al ver que ellos marchaban.

- No, no, amigo mío, te vienes con nosotros – le cortó su amigo, riendo -. Te han despedido, ¿recuerdas? Mañana no tienes que ir a ningún lado. Tranquilo, vamos a la fiesta de una amiga.

Le dio una palmada en el hombro, y fueron saliendo todos de la casa. Ya le habían engañado para salir, realmente tenía poca fuerza de voluntad cuando se trataba de ir de fiesta. El Honda Civic de Pablo estaba aparcado enfrente de su casa. Subieron los cuatro como pudieron, ya que siempre estaba lleno de potes de pintura, botellas de vino vacías y sacos de cemento.

-¿Dónde es exactamente la fiesta? ¿Yo la conozco, a la chica?

- No, hace poco que llegó. Es una diseñadora de moda rusa, que viene aquí a veranear de vez en cuando. Y tiene muchas amigas… -contestó, mirando a sus amigos y echándose todos a reír.

- Ya… como siempre – Simón ya se conocía el tema. Iban a la fiesta, miraban a las mujeres pasar, no decían nada a ninguna y volvían a casa solos, borrachos y volviendo en coche como podían. Suspiró, y se quedó pensando, mirando por la ventanilla. De pronto, se le iluminó la cara.

- ¿Tenéis hierba? – preguntó. Ellos le miraron -¿Marihuana?

- ¡Ah! – hicieron los tres -. Mota, dices tú. No, nosotros no fumamos.

Se apoyó contra la ventanilla del coche, resignado. “Menudo tostón de noche”.

 

Estuvieron conduciendo durante más de una hora. Era un martes, y no había ni una alma por la calle, ni una rueda en la carretera. Aparcaron en una calle estrecha, en una zona residencial. Simón se desabrochó el cinturón.

- Oye, chico, espera –le dijo el Gordo, cogiéndole el brazo.

- ¿Qué dices? ¿Qué espera a qué?

- Xavi, escucha, no tenemos tiempo y necesito que estés calmado – empezó Pablo, girándose desde el asiento delantero para hablare de cara -. Soy pintor, sí, pero ahora mismo no tengo un duro, y alguien tiene que pasarles la pensión a mis hijos y a su madre.

Simón en ese momento se empezó a poner nervioso. “¿Qué coño está diciendo este tío?”

- Así que ahora tu vas a sentarte en el asiento del conductor – continuó -, y te vas a quedar aquí, en silencio y con las luces apagadas. Los chicos y yo saldremos un momento…

- ¿Pero qué coño…? – Simón estaba en estado de shock - ¿Pablo qué vais, a robar?

- Cállate, tío. Luego te lo explico todo, ahora escucha. No te preocupes, no es nada ilegal, lo que de momento nadie puede saber nada – miró nervioso por la ventanilla, escrutando el exterior -. Continuo, los chicos y yo saldremos, y en unos diez minutos estaremos otra vez aquí. Cuando lleguemos, ten preparado el coche para arrancar al instante. ¿Oído?

- Sí, pero…

- Vale. Vamos, muchachos. Coger la mochila, que está en el maletero.

Salieron del coche y giraron a la primera esquina. No había luces encendidas en ninguna casa de la urbanización. No había fiesta. Estaba ahí totalmente solo, en el asiento de atrás del coche de su amigo, esperando a que volvieran de no sabía exactamente donde ni haciendo qué.

Pero aún así, pasó al asiento del conductor y localizó las llaves. “¿En qué estará metido el argentino pelotudo éste?

Se quedó ahí sentado, en silencio, esperando en la oscuridad.

 

Tras casi veinte eternos minutos de espera y angustia, Pablo y sus dos amigos aparecieron por la esquina de calle, cargados de bolsas, y subieron al coche apresuradamente.

- Arranca ya, Simón– ordenó Pablo.

- ¿Me vas a contar en algún momento que está pasando? – respondió su amigo, mientras encendía el motor y se alejaba de aquellas casas fantasmas.

No hubo respuesta, ni comentario alguno en todo el trayecto de vuelta a la cala por parte de ninguna de los tres pasajeros. Simón gozaba con la imagen de su cama, estaba exhausto, y había sido una noche muy extraña. “Mi buen e inocente amigo el pintor, resulta que se dedica a robar en casas de ricos”, pensó.

- Oye, paso primero por mi casa, me bajo y seguís vosotros, que estoy harto de tanto misterio – le dijo ya mosqueado, a Pablo.

- Ei, ¿qué te pasa? ¿Estás enfadado?

- ¿A ti que te parece? ¿Qué te crees, que soy estúpido? Acabáis de robar en una casa, y me habéis utilizado. ¿Tú cómo estarías?

- Oye, oye, baja el tono, pardillo – le contestó su amigo -. Somos colegas, pero no te pases ni un pelo. No vuelvas a hablarme a así – se lo dijo mirándolo fijamente, con un tono de voz peligrosamente tranquilo. Simón no contestó, se quedó mirando fijamente la carretera. No conocía esa parte de su amigo, pero estaba decidido a no volver a verla si podía evitarlo. “Controla tu genio la próxima vez” – se dijo. Aunque Pablo no le superaba mucho en altura, sus flacos bíceps no podían hacer nada contra los curtidos brazos del argentino, fornido y además muy temperamental, defecto que compartían los dos.

 

No tardaron mucho en llegar a su casa. El Gordo y el Chico permanecían callados, en los asientos traseros. Simón salió del coche y se dirigió a la entrada de la casa, angustiado y enfadado con su amigo. Oyó un silbido, se giró. Pablo estaba frente al maletero, mirándolo sonriente, sus ojos brillando con sorna.

- Ven, capullo.

- Oye, paso de más sorpresas, en serio… - empezó su amigo.

- ¡Ven, tío, es un momento – su sonrisa se iba ensanchando. No parecía estar enfadado.

Simón se acercó al maletero. Pablo lo abrió; ahí estaban las bolsas de basura que se habían traído de la casa. Cogió una de ellas, comprobó su contenido y la alargó en su dirección.

- ¿Qué haces? ¿Qué coño es eso?

- O lo coges o lo dejo en el suelo – le respondió. Simón estaba pasmado, así que su amigo dejó la bolsa en el suelo, le dio una palmada en la espalda, y se despidió.

- Te veo mañana por la mañana, en el bar.

Subió al asiento del conductor, y arrancó a toda prisa, perdiéndose entre la arboleda que presidía la carretera.

Simón se quedó ahí de pie, sólo, enfrente de su casa. Miró la bolsa en el suelo. Curioso, la abrió para ver el contenido. “Al fin y al cabo, es para mí”.

Observó el contenido. Levantó la cabeza hacia la oscuridad. Miró dentro de la bolsa otra vez. Estaba en un buen lío.

Billetes. Montones de billetes. Una bolsa llena de fardos de billetes. Eso había en la bolsa, y eso repetía el joven una y otra vez en su mente, mientras entraba en su casa en estado de “shock”; esa noche la pasó casi toda despierto, sentado en el salón de su casa, medio a oscuras, mirando fijamente los fardos de billetes amontonados encima de la mesa, pensando y preguntándose cuestiones sin respuesta.

“¿Qué hemos hecho? ¿Dónde coño me he metido?”

Se agarró de los pelos, desesperado, mientras apoyaba los codos en la mesa, hundiendo la cabeza entre los brazos.

Así se durmió, después de un día extraño y largo, cuando amanecía y los primeros pájaros valientes sacaban pecho y afinaban su canto.

Y así se despertó, pocas horas después, con unos fuertes golpes en la puerta de casa.

 

 

Primero fueron tres golpes secos. Al despertarse, a Simón le pareció haber escuchado un ruido en la puerta, pero no estaba seguro. Bostezando, estiró los brazos dormidos, aún sentado en la silla. En ese momento volvieron a picar, esta vez seis golpes en dos tandas muy seguidas.

“Golpes nerviosos” –pensó Simón mientras se levantaba, entrándole los nervios al recordar la noche anterior. “La policía nos ha descubierto”. En realidad no sabía qué habían hecho, pero aún así se sentía un delincuente, allí de pie en el salón de su casa, mirando fijamente la vieja puerta de madera como si fueran a tirarla abajo un batallón de policías en cualquier momento.

Picaron a la puerta una tercera vez, esta vez tres golpes muy fuertes. Simón estaba realmente aterrorizado. Miró a su alrededor; salir por la ventana era una tontería, puesto que el jardín tenía una sola puerta de salida. No tenía escapatoria.

Armándose de valor, se acercó a la puerta y la abrió de golpe, echándose un paso atrás por si entraban embistiendo.

Pero no entró nadie corriendo en su salón.

En vez de eso, Simón se encontró a Luis, su amigo del instituto, sentado con aspecto apacible delante de su puerta. Se miraron mutuamente, y Simón explotó de alegría, en parte por reencontrarse con su amigo, al que hacía tiempo que no veía, y en parte por no encontrarse con un arresto. “Que estúpido eres, Simón” – se dijo.

- Yo ya me había sentado a esperarte aquí, pensaba que no estabas – le dijo Luis mientras se daban un caluroso abrazo.

- Estaba durmiendo, sinceramente. Ayer fue una noche un poco extraña.

- Bueno, ahora me cuentas, que tenemos mucho de que hablar – se sentó en el sofá, quitándose la chaqueta.

- ¡Y que lo digas! – exclamó Simón -. Pero…¿qué haces en Ibiza?

- Tengo un concierto en Formentera mañana por la noche, y he pensado en venir a verte. De hecho, espero que me acompañes, que nunca has venido a un concierto mío, mamón pensó unos instantes -. Vaya, a menos que tengas trabajo…

Parecía cosa del destino. Era el momento perfecto para desaparecer unos días en Formentera, y además era ya su plan establecido antes de lo ocurrido la noche del día anterior.

- ¡Pues claro que vengo! No te preocupes, no hay ningún problema por el trabajo, ahora te lo explico. Espera, voy a por cervezas.

Estuvieron charlando un buen rato, explicándose las nuevas noticias; Luis había dejado a su antiguo grupo, y ahora le iba mucho mejor solo, con el blues de su guitarra y su voz, aunque no acababa de llegar el éxito. Vivía donde tocaba, hasta que le surgía un concierto en otro sitio, momento en que se mudaba de nuevo.

- Y poco más, alguna chica de vez en cuando, y hasta aquí. En realidad tampoco ha pasado tanto tiempo…cinco años más o menos – acabó el músico.

- Sí…cuando tu te fuiste a tocar por Europa, ¿qué tenías… veintiún años?

Los dos sonrieron, recordando aquellos momentos.

- Sí, igual que tú, estúpido – le contestó amistosamente su amigo -. Pero bueno, basta ya de hablar de mí. Me imagino que te graduaste en Periodismo… - Simón asintió.

- Me gradué en periodismo, sí, pero después de terminar tuve unos problemas que me hicieron marchar de Barcelona. Estuve un tiempo trabajando en varios sitios, hasta que un colega que trabajaba en un periódico local me comentó que faltaban vacantes, así que me presenté y me aceptaron.

- ¿Problemas? ¿Qué clase de problemas? – le preguntó Luis, extrañado por la actitud reservada de su amigo. Simón pareció no oírle, porqué siguió narrando su anécdota como si no hubiera hecho pregunta alguna.

- Pero el hecho es que últimamente estoy un poco descolocado; me acuesto tarde, no consigo levantarme puntual, llevo el trabajo desorganizado... me echaron, Luis, me echaron.

Luis conocía de toda la vida a su amigo, y conocía todas sus expresiones corporales. Le estaba omitiendo algo sobre lo ocurrido en Barcelona, por lo que había podido descubrir por sus gestos. Dejó a un lado esta preocupación por el momento, apuntándose el indagar en ello más tarde, y volvió sus pensamientos a la conversación.

 

Los dos jóvenes estuvieron hablando durante toda la tarde, riendo y bebiendo sin parar. Al empezar a ponerse el Sol, sus estómagos  gruñeron enfadados, así que decidieron ir a complacerles con una buena ración de pizza en algún restaurante cercano.

Al salir de su casa volvía a entrar por la verja el vecino, Jon, con una chica realmente guapa cogidos de la mano.

- ¡Buenas noches! – saludó sonriendo, como siempre.

- Buenas noches, Jon – contestó Simón -. Mira, te presento a un amigo del instituto, Luis – se dieron la mano.

- Mucho gusto – dijo el vecino, amablemente -. ¿Ya estás de mejor humor? – le preguntó a Simón, riendo. Éste se iba a excusar, pero Jon se adelantó -. No te preocupes, no pasa nada. Todos nos levantamos con mal pie algún día.

Simón le dio la mano, agradecido. “En realidad no es tan capullo” –pensó, divertido, “incluso puede que yo lo sea más”.

- Bueno, marchamos a cenar algo.

- Vale, que aproveche – contestó el vecino. Cuando se giraba para subir las escaleras, al final de las cuales la chica aguardaba con cara disgustada, se paró otra vez, iluminándosele la cara.

- Joder, acabo de recordar una cosa: esta tarde pasé casualmente por delante de la casa de tu amigo, ¿cómo se llama? Ese que viene de vez en cuando por aquí…creo que es pintor, alguna vez le he visto con el mono de trabajo.

- Pablo, sí, un argentino, pelo negro y moreno de piel, bastante fuerte.

- Clavado. Pues he visto dos coches de la Policía Nacional aparcados delante de su casa, y dos agentes haciendo guardia en la puerta. No sé que estarían haciendo, pero pensé que quizás deberías saberlo – dicho esto se giró otra vez y subió las escaleras hacia la puerta de su casa y esa rubia tan impaciente.

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