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6 min
La cancha del Deportivo Morón
Varios |
06.03.18
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Sinopsis

recuerdos

 

Recuerdo una tarde de invierno de hace mucho tiempo, era 1958, yo tendría un poco más de 5 años  y supongo que era invierno porque  en el verano del 59 nos mudamos. Esa tarde fuimos con mi mamá y mi hermana menor a comprar algo para la merienda, vivíamos a media cuadra de la fábrica textil La Castelar y enfrente de la fábrica había un almacén. La imagen en el recuerdo es sobre todo la de estar cobijados en  la cocina iluminada y tibia, pero lo extraño es que yo —que sé— que estaba adentro y al abrigo, veo la imagen desde afuera, observando la escena  a través de la puerta vidriada. Nuestra calle chocaba con uno de los laterales de la fábrica y terminaba en un gran zanjón que cuando llovía mucho se desbordaba. En ese zanjón muchas veces descansaba algún linyera;  recuerdo que mi viejo decía  “croto” en lugar de linyera; un ministro o alguna autoridad de apellido Crotto, había sacado una ley para que los trabajadores golondrina pudieran viajar gratis en los trenes de carga. Él (mi papá), de joven había vivido eso de la cosecha y de trabajar de sol a sol, pero no estoy seguro de que haya sido un croto. Yo con mis cinco años estaba fascinado con ser linyera y mi decisión era serlo algún día. Tenía una imagen idílica de esa forma de vida; después se me pasó.

  Ese día de la merienda en la cocina calentita y luminosa mi papá no estaba, estaría trabajando  o en algún lugar que no puedo hoy después de tanto tiempo precisar. La Castelar estaba siempre en actividad, uno de mis tíos trabajaba allí, a veces la sirena de la fábrica anunciando el cambio de turno lo despertaba y tenía que salir corriendo, era un buen tipo mi tío pero no muy cumplidor con el trabajo, eso le traía problemas con los jefes, finalmente lo echaron.

La sirena de la Castelar me generaba sentimientos encontrados, un poco de miedo —creo que las sirenas siempre dan miedo— o locura, (recordemos la Odisea y a Ulises) también seducen  y obligan a uno taparse los oídos.

De la casa vecina nos separaba un alambrado que nos permitía  vernos y comunicarnos, allí vivía una pareja, el marido era mayor que la mujer bastante más joven; seguramente debía ser atractiva porque mi papa que era un tipo muy reservado para las cuestiones sexuales un día hizo un comentario que aún recuerdo muy bien.  Dijo que el marido  al que le gustaba tomar y se hacia sus escapadas a bares, muchas veces lo había dejado solo con la mujer, sin importarle (al marido) dejarla allí con él. Deduzco entonces —aunque mi viejo jamás lo admitiría— que allí existía una fantasía sexual. Por eso creo que la mujer debía ser atractiva y el deseo aunque reprimido se despertó en mi viejo.  Yo la recuerdo alegre  y divertida  y a  pesar de mi edad exigua creo que también me sentía atraído, claro que no lo relacionaba con algo sexual, pero ahora me doy cuenta que era así.

La entrada principal de La Castelar, estaba sobre la avda. Ceballos, una avenida importante que corría de sur a norte.  Por allí pasaron los tanques de los golpistas del 55 y por allí alguna vez pasó Gálvez  en una carrera de Turismo de Carretera; yo los fui a ver, a los tanques y a la carrera. Nunca  me gustó el automovilismo, pero si pasa por la esquina de tu casa lo vas a ver, además me llevaron así que no tuve alternativa, tenía apenas cinco años, como ya dije.

Por la misma avenida hacia el sur  estaba el matadero y casi pegado el cementerio de Morón, parece casi una broma, el matadero y el cementerio. ¿Lo habrán hecho a propósito?  A veces hay cosas que parecen un chiste, o un mal chiste.

Esa avenida era y aun hoy es muy transitada, colectivos, autos, camiones. En esa época por la noche los camiones de hacienda pasaban uno tras otro, con las vaquitas (siempre ajenas) hacia el matadero.

La Castelar  vendía directamente al público por la entrada principal sobre  la avenida. Los sábados se juntaba mucha gente.

Ese día de 1958 lo recuerdo muy claramente y siento que allí en la cocina con mi mamá y mi hermana estaba a salvo de todo, a esa edad uno cree que si está con su madre o su padre nada puede pasarle.  Nos mudamos y la textil siguió allí. Recuerdo que nos llevamos al gato en el camión de mudanzas y también me acuerdo que el gato se escapó  y mi viejo o no sé bien quien lo encontró y lo trajo a la nueva casa, lo encerramos unos días hasta que se acostumbró, era un gato blanco hermoso.

La Castelar ya no existe más,  hay historias feas asociadas a ella—negociados, desaparecidos, vaciamiento— en fin.

La cancha del deportivo Morón estaba pegada a las vías del Ferrocarril Sarmiento  y desde el tren, si se estaba jugando se podían espiar unos pocos segundos del partido  por el precio del boleto de uno de los primeros ferrocarriles eléctricos del país después de la estatización del 49.

Desde la cocina de mi casa cerca de la fábrica además de la sirena de los cambios de turno, se oía el paso del tren como un eco lejano y uno a los cinco años se sentía cobijado y tranquilo allí tomando la lecha con pan y manteca, arrullado por el calor de las hornallas y los mimos maternos.

Durante muchos años pasé con el colectivo por el frente de La Castelar; no podía evitar mirarla, le habían cambiado la fachada y seguía activa, claro que un día se acabó, la fábrica cerró y seguramente fue una tragedia para muchos, como muchas otras tragedias que se cristalizaron con el devenir. ¿Alguna madre o algún padre amoroso podrán salvarnos de tragedias como creíamos a los 5 años?

De La Castelar quedó la cascara vacía.

Ahora ya no se pueden espiar algunos segundos de partido desde el tren. La cancha del deportivo Morón hoy está en los terrenos de la entrañable fábrica y desde el tren se puede observar otro de los excecrables monumentos que se erigen por doquier en estos tiempos: Un ostentoso hipermercado dentro del cual no es posible sentirse cobijado.

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Soy psicólogo social y docente en actividad. Me jubilé en una empresa de energía, después de 42 años tengo 64 años

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