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5 min
La cangurera
Terror |
20.08.20
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Sinopsis

Me pasó el 27 de diciembre del 2019

Esta historia es real, sucedió el año pasado. Estaba esperando en la sala de abordar cuando pasa un muchacho muy sospechoso con una mochila. Caminaba de un lado a otro con prisa y miraba a su alrededor, sujetando su mochila en el pecho. Por un momento pensé que era una bomba, así que me acerqué a él y le pregunté si necesitaba ayuda. Me respondió que perdió su cangurera en el baño, qué alivio; no explotaríamos.
Se metió al baño, se quitó la cangurera y la colgó en la puerta, puso la mochila en el piso, hizo lo suyo, se puso la mochila, salió a lavarse las manos, se compró un café con el dinero de su bolsillo, se sentó a disfrutar su bebida y cuando buscó su celular recordó que dejó la cangurera colgada en la puerta del baño. Fue corriendo al baño a revisar y no la encontró. Salió desesperado, ahí fue cuando yo lo vi.
Me contó que en la cangurera traía su celular; el iphone más nuevo, pero eso no era lo que le preocupaba. El problema era que además de los dos mil dólares en efectivo, traía su cartera, pasaporte y pase de abordar. Le dije que la aerolínea podía imprimirle otro pase de abordar pero que no lo dejarían subir al avión sin pasaporte, y aunque lograra colarse no podría entrar a ningún país sin pasaporte.
Pero el problema era más grande todavía, en el pasaporte tenía la visa de estudiante para una universidad en Europa. Era muy joven, apenas 18 años. Había logrado, después de varios exámenes y entrevistas, conseguir una beca para estudiar una ingeniería en una de las mejores universidades del mundo. 
Era jueves y las clases comenzaban el lunes, podrían esperarlo una semana, talvez dos; pero no más. Si quisiera sacar un nuevo pasaporte tendría que hacer cita para dos o hasta cuatro semanas después, hacer el trámite y recogerlo en una semana. Después de eso tendría que hacer cita a la embajada europea y tratar de que le volvieran a dar la misma visa, pero para eso tendría que volver a sacar todos los papeles que tramito desde hacía meses atrás.
Su familia no tenía mucho dinero, habían puesto todos los huevos en esa canasta: el papá pidió un préstamo, la mamá le dio su herencia en vida para solventar todos los gastos, todos los tíos le adelantaron su regalo de cumpleaños de los próximos 10 años… se habían acabado todo el dinero para que el pudiera cumplir su sueño. Una mala cagada lo había arruinado todo.
Traté de ayudarlo, le dije que la cangurera aparecería en las cosas perdidas o en un basurero porque quien sea que la haya tomado solo quería el dinero. Ni el pasaporte, ni el pase de abordar, ni su identificación nacional, ni su licencia de conducir le servirían. Seguro alguien la agarró, se la llevo a otro baño, sacó el dinero y tiró el resto en un basurero. Juntos corrimos y revisamos lo que pudimos pero nada. Hablamos con los de seguridad e intendencia, pero todavía no aparecía.
El pobre entró en pánico, se puso blanco y casi se desmaya. Se le salieron las lágrimas más atroces que jamás he visto en mi vida. El llanto era una especie de bebé aterrado al que le faltaba la respiración. Le ofrecí mi teléfono para llamar a sus padres pero no se sabía el número de ninguno, estaba acostumbrado a marcar en automático desde su celular. Y aunque se lo supiera, vivía en Monterrey, una ciudad a 1000 km del aeropuerto de la Ciudad de México.
Tuve que dejarlo ahí solo porque se acercaba la hora de mi vuelo. Sentí tanta lástima por el desgraciado, no pude más que darle un tímido abrazo para aliviar mi dolor y dejarle 10 dólares para que pudiera comer algo. Todavía pienso en él y en la conversación que tuvo con sus padres. Algo así como “Mamá, puse todos los documentos importantes en una cangurera y se me olvidó colgada en la puerta del baño. Me la tuve que quitar para cagar porque era muy incómodo sentarse con el bulto en la cintura”.
Talvez solo perdió un año de universidad, ojalá haya el examen para alguna universidad pública y lo hayan aceptado en el primer intento. Cuando pienso en él me da escalofrío pensar en dos cosas, la primera es lo que pasó en las horas siguientes. Al perder su vuelo se tuvo que quedar en el aeropuerto a dormir en una silla. Conseguiría un teléfono para hablar con sus padres y le comprarían por internet el primer vuelo disponible a Monterrey. La segunda es la eterna culpa que tendrá, saber que pudo haber estudiado en una gran universidad, conseguido un gran trabajo y gozar de una vida distinta.
 

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Mexicano viviendo en Japón, gozando de mis dulces 16 (por segunda vez), godin deprimido, rapero frustrado, comediante serio, escritor (bastante malo [maligno, no mediocre]{creo}) Antes escribía puro terror, pero estos últimos años me ha entrado un calorcito que me obliga a escribir puras cosas cachondas, aunque de vez en cuando se me sale el demonio. Solía estar muy activo en esta red pero me cambié de trabajo. Ahora gano mucho dinero pero casi no tengo tiempo libre. También me dio por dibujar más que escribir, casi todos los días dibujo. Checa mi instagran: orashiosensei

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