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18 min
LA CARTA
Amor |
02.10.13
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  • 1582
Sinopsis

Sufre por amor todo lo que puedas, ahora que eres joven, que la felicidad no dura toda la vida

 

LA CARTA

 

Llevo tres semanas oculto en esta casa ruinosa, aguardando algún movimiento definitivo en la vivienda número trece. Comparto la espera, entre escombros y humedad, con veloces roedores fugitivos. De día intento moverme lo menos posible, y en la noche aprovecho el insomnio para vigilar. Hasta ahora no he conseguido un indicio válido que permita marcharme. Ganas no me faltan; últimamente la vigilancia pasiva es una verdadera agonía, no hay día en que no me asalte esa antigua sensación de inutilidad. Las horas muertas convocan molestas plagas de recuerdos. Los registro en papel y después los quemo. Así plagio el olvido. Hoy, por ejemplo, desperté pensando en los días que te seguía, días que ahora, desde los años, me parecen turbulentos y felices, y sobre todo ajenos, como si los hubiera vivido otra persona, como si fueran fotogramas de una película, y yo, un personaje anodino. No te olvidé, y estas líneas son como una carta, una carta que no leerás jamás, antes se la tragará el fuego.

La estrategia consistía en esperarte a las seis, a la salida del colegio. Seguirte, luego, hasta la parada del autobús. Allí, volver a esperar. Subir, viajar de pié detrás tuyo, a una distancia que me permitiera rastrear algún efluvio de tu pelo, entre el vaho corrosivo de obreros y estudiantes que se apretujaban para volver a casa. Cuando no tenía dinero para el pasaje, o si me faltaban arrestos para soportar la desazón del solitario trayecto de vuelta, me consolaba esperando a tu lado en la parada, mimetizado entre los viajeros, hasta que llegaba el viejo Dodge verde, Ruta 4, ronroneando entre escupitajos de humo negro, y te engullía entre puertas oxidadas. Los fines de semana te seguía hasta la casa de tus amigas, o a donde te llevaran los recados de tu hermana.  Esos seguimientos eran menos frecuentes, porque requerían largas esperas, a veces en vano.  Apostado en el parquecito de la esquina de tu calle, me asaltaba una inquietud recurrente: carecía de una justificación verosímil para explicar mi presencia. ¿Cómo afrontar a un eventual vecino que se acercara a interrogarme? Me catalogaría de inusual, de sospechoso, y la condición de sospechoso, de cualquier asunto, siempre me espanta, como si llevara a cuestas una culpa congénita.

De esos días me queda un minúsculo residuo de nostalgia; el rescoldo inofensivo de una esperanza echada a perder. También me dejaron las primeras experiencias en técnicas de espionaje, las mismas que después me servirían en el sentido opuesto: tuve que empezar a huir y los días se hicieron desapacibles. Con el tiempo, estos asuntos dejaron de importarme. Aun así, me pregunto, por necedad y por ocio: ¿cuál fue la causa de la alteración? Podría decirse que me arrastró la inercia del que se siente acorralado. Tal vez la incomoda posibilidad de provocar comentarios sobre mis intimidades emocionales. ¿Pero comentarios de quién?, se preguntaría la mente perspicaz, si no tenía amigos fuera del colegio, y por estar éste, tan “a las afueras de la ciudad”, no debería contar dentro de un hipotético círculo social. Además, el secretismo en el que me movía me guardaba de cualquier exposición. En fin. Para qué darle tantas vueltas; en el fondo sé que solo buscaba defender las migajas de dignidad que me quedaron después de lo sucedido con la dichosa carta. Aunque dudo que alguna vez haya albergado alguna estima sólida por mi propia persona, así que prefiero creer que dejé de andar tras tu sombra solo por vergüenza, por una vergüenza íntima que disfracé de orgullo, para no sentirme humillado. Un círculo que no se quebrantaría hasta que alguno de los dos desapareciera, o se marchara a otra ciudad. Y como esa solución no parecía probable, simplemente empecé a huir.

 Cada vez que andabas por una calle cercana, (en esa ciudad de fachadas de un blanco erróneo, con sus vetas mohosas, como mierda de paloma), se ponía en funcionamiento un infalible radar orgánico que me anunciaba tu presencia con temblor de piernas y desesperación. Volvía a ser el hombre primitivo que se escabulle entre las rocas ante el estremecimiento de tierra que provoca las pisadas del monstruo asesino. Me ponía alerta. Ubicaba las esquinas y las puertas comerciales que expulsaban tumultos. Me apertrechaba, era lo que se dice, “un genio del camuflaje”. Buscaba ángulos muertos con amplias perspectivas, hasta que te localizaba. A veces ibas en compañía de tus malditas amigas; las compinches de tus burlas, las que antes no hubieran dado razón de mi existencia y que ahora me veían como atracción estrafalaria. Me alejaba a toda carrera hasta sentir que la angustia declinaba: estaba a salvo de tu círculo tóxico. Es curioso que el rastreo y las ganas de ser invisible se valgan de las mismas técnicas, aún teniendo objetivos antagónicos. Pero eso no importa a estas alturas: por tu culpa me convertí en un animal instintivo y me vi empujado al delito. Punto.

El sentido común sostiene que el arrepentimiento es un sentimiento negativo. Para mí es un quiste irremediable del carácter; siempre ando merodeando en las infinitas encrucijadas del “y si hubiera hecho esto y no aquello”. Entre esas divagaciones ociosas me domina la de la carta, claro está. La carta. ¿Pero qué otra cosa podía hacer en esos días, cuando el aire se me atragantaba en el pecho cada vez que me mirabas desprevenidamente? Cuando despertaba de madrugada con el impulso alucinado de ir a buscarte: caminar las cuarenta calles que separan mi cama de tu casa; mi soledad de animal aguijoneado de amor de tu ventana, de tu carita enmarañada por el sueño que asoma entre cortinas, mirándome allí, de pié, en medio de una noche de estrellas, luna y delincuentes. Madrugada tan fría que estruja los huesos, madrugada gélida en la que puedo sentir tu aliento, redentor y mortal, a través de los cristales; tu aliento tibio que invade mi cuerpo, que lo calienta, que le da vida, que lo mata.

Nunca obedecí esos impulsos febriles. Se volvían a diluir en las aguas cenagosas del sueño. En cambio, noche tras noche, la gravedad progresiva del insomnio se fue asentando en mi conciencia y me alentó a diseñar una declaración formal. Dediqué las horas muertas de mi vida a inventar cadenas de palabras; románticas y clásicas, frescas y decididas, sugestivas y tiernas, que encenderían un fuego imperecedero en tu corazón. No hubieran bastado los insomnios de todas las noches para encontrar el tono perfecto en el que el amor sonara en tus oídos como una obra concluida, como el último e ineludible llamado de desalojo ante un desastre natural. Al acabar cada sesión, la noche me estafaba con un adormecedor consuelo de lo que parece fácil, del agua fría al alcance del que muere de sed. Entonces dormía, y soñaba con el encuentro diurno, expedito, liberado de zozobras. Me abrazabas, y la vida se transformaba en una aventura interminable donde no necesitábamos a nadie. Éramos los únicos habitantes de una ciudad nueva, donde la soledad aun no había puesto sus pies. ¡Cuánta certidumbre!, pero también ¡cuánta realidad al despertar! El sol alumbraba un campo salpicado de dudas, como minas mortales. Si en esos momentos hubiera contado con un alma confiable en quien apoyarme, un amigo de quien recibir un consejo esclarecedor, una complicidad hermana, tal vez habría podido encontrar alguna sensación de fuerza que se pareciera al valor. Pero no la hubo; solo la obsesión, el espejo de mi habitación, y la noche con sus jaurías de gatos vagabundos azuzándose en la cornisa de mi ventana.

Alargué los planes para no encararme con mi cobardía, pero el dilatar el ataque definitivo me estaba consumiendo. Había que verme; no tenía paz, los nervios me estrangulaban. Mi estómago olvidó sus ansias devoradoras y adquirí un aspecto desvalido. Fue en esos días cuando se me ocurrió lo de la carta como un sucedáneo del coraje. Al fin y al cabo tenía cientos de líneas chamuscando papeles y papeles. Solo hacía falta una caligrafía inclinada a la derecha, como la de los libros de poemas, un par de hojas finas, un orden, un ritmo tendencioso. Destruiría, con una explosión pirotécnica, todas las fortalezas que nos separaban. Nos entregaría un campo baldío, cual íntimo universo primordial. Y así lo hice, mil noches exprimiendo la belleza esencial de cada pensamiento y cada pesadilla. Logré un nivel excelso de enaltecimiento anatómico de la mujer por la que moría. Describí cada centímetro maravilloso; la lluvia de estrellas de tu pelo bajo la reverberación del sol de mediodía; la curvatura sublime de tu cuello; cada dedo de tus pies como joya culminada; el veneno delicioso de tu olor. Los fantasmas de los malditos poetas románticos, leídos desde niño en la biblioteca de mis padres, pusieron de su parte. Pletóricos, tomaron mis manos y mi conciencia trastornada, y tejieron una seda de palabras perfumadas con un arrebatamiento suicida. El resultado fue un mensaje contundente, y absolutamente desquiciado, en el que mi amor por ti vagaba en el limbo del abismo. Era releerlo y sufrir accesos de pánico por los evidentes excesos. Sin embargo no quité una coma, y me apresuré a meterlo en un sobre estampado con tu nombre.

Tanto efluvio me dejó agotado y con la sensatez pisoteada. Podría haberme parado a discernir sobre las proporciones del escrito, pero ya he dicho que la prudencia se hallaba arrinconada y escaldada por la fiebre. Desandar era imposible: un rio de ilusiones me arrastraba, sumergido y ciego. Ni siquiera me planteé el riesgo de que el escrito pudiera generar un efecto inquietante, teniendo en cuenta la profusión de términos grandilocuentes y obsoletos; al fin y al cabo tú eras una simple colegiala. No acogí la precaución de imaginarte leyendo con la brújula de un diccionario básico. Y peor, olvidé por completo el hecho fundamental de que apenas si me conocías por una simple coincidencia de itinerarios cotidianos. ¿Y yo, que sabía de ti?, si solo tenía una limitada perspectiva de pretendiente pasivo.

Ya está visto que soy un cobarde. Decidí no entregar la carta personalmente. ¿Qué te iba a decir? ¿Y qué haría, si te daba por leer las primeras líneas, ahí mismo? “¿Y esto qué es?”, dirías. ¿Qué te iba a contestar? ¿Qué? ¿Que de un momento a otro me había vuelto medio loco por ti? ¿Que era como un vampiro que no dormía hacía meses, desde que te había visto por primera vez, aquel día, cuando abordaste el mismo autobús en el que yo volvía a casa, y te sentaste a mi lado? ¿Que me habías condenado a llevar para siempre el olor de tu pelo, el cosquilleo de los vellos de tus brazos en los míos, y la imagen réplica de tus uñas esmaltadas en forma de media luna, como arcos perfectos de las columnas majestuosas de tus dedos? ¿Que era una sombra de mi mismo desde que me dijiste “adiós”, sin conocerme, como quien se despide de un niño chico, amigable, familiar? ¿Que desde entonces mi vida no era otra cosa que seguir el rastro de tus pasos? ¿Que a veces rogaba que sucediera un cataclismo que arrasara esa maldita ciudad de soledad, para que no quedara un solo ser humano, solo tú y yo, día, noche, día, sol, luna, sol? Imposible. Entregártela y salir corriendo, me parecía aun más ridículo. Ya había hecho todo el esfuerzo que mi machacado espíritu me permitía y decidí otra genialidad: busqué a una de tus compañeras de colegio, lo que me resultó muy fácil, teniendo en cuenta toda la información conseguida en mis andanzas, y le pedí, “por favor”, que te la hiciera llegar, con carácter de urgente. ¡Ay!, con carácter de urgente, como si tuviera prisa de convertirme en un desterrado y en un bufón. Claro, me hizo el favor. “Con mucho gusto”, dijo. Cómo odié la cara que puso mientras guardaba la carta en su bolso. Qué ingenuidad me hizo creer que la abstracción más pura que jamás había sentido por alguien, no se iba a convertir en el tema de la semana entre tus secuaces. “Con mucho gusto”, claro. Debí haberme asegurado que no vivíamos en los tiempos de La María, en los que seguramente la misiva hubiera sido acogida con respeto y sensibilidad. Nunca conoceré tu reacción, ni el ambiente de intimidad en que fue leída, si es que lo hubo, o si directamente se descifró en grupo, entre rechinantes risas de perversas colegialas del San Agustín.

No tenía previsto ningún plan para después de la entrega, así que dediqué los inusuales días lluviosos de julio, a esperar, a darme un respiro. Me alejé de los puntos en los que el gastado azar nos había juntado. Al principio de la espera llegué a sentir el alivio de quien logra escupir un veneno. Había consumado mis deseos. Era un guerrero, surgido sano y salvo del fragor de la batalla, descansado del esfuerzo y la bravura. Además, sobrevivía cierta llama de optimismo. Pero la carga de la incertidumbre se tornó penosa con los días. Anhelé que me venciera y me aplastara de una vez por todas. Aún así, el suplicio no fue fatal y tuve que seguir mi vida con la sensación de estar hueco por dentro. Fantaseé con la ilusión de haberme convertido en un ser intangible. La llegada de las vacaciones me ayudó a transgredir la rutina. Me aficioné a deambular sin sentido entre los cubículos blancos de la ciudad. Me encerraba tardes enteras en bibliotecas públicas, hasta la hora en que los funcionarios hacían titilar las luces anunciando el cierre. Me sumergí en historias de amores lúgubres y sangrientos, y en novelas policiacas de las que me hice incondicional para siempre. Muchas tardes fui amonestado por quedarme dormido babeando los ejemplares. Igual que en el cine, en mitad de alguna premier vespertina, sobre todo en las de acción, en las que el retrueno de los cañones funcionaba en mi como artilugio hipnótico. Las calles estaban desiertas por el advenimiento del calor y por las ganas de la gente de escapar por unos días de la claustrofobia de una ciudad del interior. Yo andaba a mis anchas, sobre todo en las noches, cuando me sentía vigoroso, esencialmente fundido con el universo. En casa apenas notaban mis ausencias; pasaba desapercibido entre los trajines domésticos, o simplemente no me cruzaba con nadie cuando me acercaba a comer algo, o tan solo a dormir, exhausto, días enteros. Nunca me sentí tan liberado, tan ocioso, tan dueño de mi tiempo, tan feliz. Pero el paraíso se hundió cuando reabrieron los colegios, y la ciudad se vio invadida por huestes de estudiantes uniformados.

Pero eso fue después, porque antes, me sobrevino un estado de ánimo novedoso y pasajero: el miedo de encontrarte en mi camino había sido exorcizado en esos días de vacío estival, y por primera vez me supe con arrojo para enfrentarte cara a cara. Me sentía escudado en una indiferencia protectora. Pienso que de haberme visto en esos días, tan aplomado, tan condensado por la soledad, te hubiera cautivado de algún modo. Es posible que te resultara excéntrico y misterioso. Casi ansiaba cruzarme contigo de un modo casual, no premeditado, en una calle cualquiera. Que nuestro asombro fuera espontaneo, y que la escena tuviera un matiz teatral: luces que parpadean y anuncian la noche bajo la lluvia. Tu pelo escurre gotitas luminosas. Me miras unos instantes fabulosos, en silencio. Nuestras manos se aferran, tibias, inseparables. Caminamos juntos, hasta la parada, entre empujones, entre carreras de gente buscando refugio……

¿En qué lugar insulso te encontrabas en esos días, entorpeciendo esa explosión cósmica que ya no viviremos jamás, y que hubiera cambiado nuestras vidas para siempre?  

A cambio de ese reencuentro prodigioso, la fortuna me vapuleó con una jugarreta cruel. Una tarde, a la vuelta de una esquina, que pudo haber sido nuestra misma esquina a media luz,  colisioné con las hienas despiadadas de tus amigas. La desalmada naturaleza de lo inoportuno. Atacaron en manada. Imposible esquivarlas, al menos que quisiera sucumbir bajo el tráfico desatado de las seis de la tarde. El valor alcanzado en mi verano de soledad, se deshojó en un instante. “Hola, pero si es el poeta enamorado”, me saludó la voz cantante. Pero no era un “hola” normal, si no un “hoooooola”, con una “o” larguísima, que marcaba la diferencia entre la cordialidad y la crueldad. Tenían ganas de sangre. Las demás le siguieron con un coro infernal de “hooooooolas”. Risitas y murmullos. “¿Para donde va, mi vida?”, me pregunta otra, que se adelanta con coquetería y me clava sus ojos babosos. Nueva oleada de risas. Otra se atreve a desfigurar en voz alta una de las frases sublimadas de la carta. Percibo la vergüenza como un torrente de risas, licuado con bocinazos de buses y motocicletas. El resultado es un ruido espantoso que me quema por dentro. Desde entonces, asocio vergüenza con la idea de un ruido caliente. Ardiendo, perdiendo el equilibrio, me abro camino a empujones en medio de la jauría y me alejo corriendo. Muy lejos oigo nuevas carcajadas. Veo colmillos, veo sangre. Si, sangre. Allí empezó todo.

Ya he contado que caí de repente de la ensoñación pasajera al estado de vigilancia permanente. Me sentía hostigado por la pandilla. Gracias al automatismo de alerta, y a las habilidades aprendidas, no volvieron a tenerme a tiro. En esos días solo te vi un par de veces. El sobresalto fue apagándose. Un día me acerqué por tu casa. La encontré vacía, desnuda, sin cortinas, como si sus habitantes hubieran salido atropelladamente, huyendo de algo. Era normal. El hecho es que pude seguir transitando, desprevenido, por nuestros caminos comunes, como si nunca hubieras existido.

A veces te recuerdo, no mucho, la verdad. Mi vida se halla inmersa en proyectos que me obligan a una concentración total de los sentidos y el instinto, para no poner en peligro mi vida. Viajo mucho permanezco en el anonimato largos periodos. Hoy mismo, si quisiera, no me costaría averiguar tu paradero; soy un especialista en buscar gente que quiere esconderse. Pero me gusta recordarte, en mis esperas interminables, como antaño. Y si fuera la casualidad la que nos volviera a cruzar en el camino, no sé lo que sentiría. Tal vez nada. Bueno, quizás te pediría que me devolvieras la carta, para sentirme de nuevo entero. De aquel tiempo, solo me queda añadir, que después del escarmiento definitivo que les di a aquellas infames, entregué a la hoguera todos los libros de autores románticos que hallé en mi casa. A cambio, fui acopiando las obras cumbres de la narrativa fantástica y las antologías más exigentes de relatos y novelas policiacas. De paso eliminé cualquier manuscrito que me vinculara con historias de colegialas asesinadas.

 

 

 

 

 

 

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    Muy bueno. Permiteme dejame ir citando autores, recuerdo que André Gide de joven estuvo enamorado de una pelada que en un arranque de maldad le quemô las cartas. Escribe Gide algo asi como "nunca se lo perdonaré, en las llamas muriô toda una parte de mî". Tu clave en tu escrito fue hacernos entrar en la intimidad de tu personaje hasta el punto de imaginarnos la carta. Esa carta termina siendo întima, de todos los que te leemos. Si bien el personaje se quedô sin su carta se ganô esa posibilidad que tiene la literatura de reunirnos a los lectores românticos apaleados de Maria de Jorge Isaacs y otras.
    Y la vida dura apenas un suspiro, ya que estamos. Un personaje obsesivo poseido por un amor que él vuelve enfermizo desde su propia obsesión. El dibujo psicológico trazado con pleno acierto nos acerca a los recovecos de su mente y nos va llenando de inquietud. La escena final nos habla de la explosión del personaje, vencido por su tormento interior y abocado a una locura igual de obsesiva. Muy bueno el relato, me encantó.
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