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12 min
El ciclo de vida de una carta
Amor |
24.11.17
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Sinopsis

Después de 15 años reconoce en un autobús la carta de amor que escribió a una niña que no ha podido olvidar.

Tenía la carta en la mano y por ella estaba unida a la mano de Miguel. Dos mujeres mayores aparecieron en el pequeño cielo de los niños que permitieron que las dos se les acercaran, la mayor tomó a María Eugenia por la cintura y tiró de ella hacia arriba hasta separarla del niño y provocar que la carta cayera al fondo poblado por tablas, sillones, mesas, una pluma estilográfica azul marino con remates dorados, abandonada en la caja de un camión de juguete, y diversos enseres distribuidos sin orden ni concierto sobre un suelo también desconcertado. Mientras las ojos se le cubrían de lágrimas a Miguel, María Eugenia ascendía raptada con una sonrisa de desconfianza y la carta; la carta planeando, como un avión de papiroflexia,  se mezclaba con el revoltijo del fondo y se perdía de vista.   

Volvía a casa a grandes pasos, con tanta sed o tanta ansiedad que estuvo a punto de internarse en el pueblo y tomarse una cerveza en alguno de los dos bares que estaban abiertos a aquella hora, pero decidió seguir caminando y mantener íntegra su sensibilidad y sus sentidos. La mujer que amaba desde que tenía 10 años había aceptado y devuelto sus caricias. 

En la misma tarde creía haber avanzado en la solución de una de las dos incógnitas que más habían estimulado su imaginación, esas historias que desde la infancia nos atormentan y, al mismo tiempo, nos hacen vivir intensamente, porque se refieren a nuestro yo, a nuestra autoestima, a aquellas de nuestras pasiones que conocemos porque vemos reflejadas en los otros.

Su primera carta de amor, la más sincera y quizás la más hermosa no había sido respondida,María Eugenia no había dado ninguna respuesta. Aquella misma tarde la receptora le había dicho que la carta no había llegado a ella.  Aquella era sólo una parte de la solución del enigma. Faltaba saber por qué no había llegado a quien estaba dirigida.

La reconoció, el mensaje que iba leyendo aquella chica en el autobús era de su primera carta, había leído las primeras líneas por el rabillo del ojo. La muchacha la sujetaba como si se tratara de un talismán. Estaba escrita con la pluma estilográfica que le regaló su madre  en su primera comunión y los trazos ahora los percibía infantiles. “Esta tarde me fijé en tus trenzas que caen a lo largo de tu espalda como si fuesen las ramas de un sauce. A veces las cogen tus manos que acarician sus extremos con tus dedos largos y delgados. Mientras,  me quedo colgado de tus ojos, buscando tu aprobación. ¿Cuándo volveremos a vernos aunque sea en la rebotica de Catalina?

 Quizás porque la postura de las manos lo inducía, o por la emoción que le provocaba la lectura de la carta, las manos le temblaban a la joven, tanto que Miguel no consiguió leer las últimas palabras escritas en aquel papel amarillento. Ella terminó por darse cuenta de que el muchacho que estaba sentado a su lado estaba haciendo esfuerzos por leer el papel que sujetaba como si fuera un rosario y movió sus brazos de modo que impidieran la visión de la carta a su compañero de asiento.

  • Ese carta la escribí cuando tenía diez años y creo que no iba dirigida a ti, por eso deberías dármela.
  • La carta me la ha dado su dueña y la llevo para leerla en un programa de radio. Quiero aprendérmela de memoria para entonarla bien. María Eugenia, la dueña de la carta cree que ella no podría leerla porque la emoción no la dejaría articular palabra. Hemos quedado en la emisora. ¿Quieres venir? A lo mejor quieren que la leas tú?
  • No sé si querría leerla, pero sí que me gustaría ver a María Eugenia

Los juntaron a todos en uno de los estudios de la pequeña emisora. Una de las más nuevas de una cadena nacional. El estudio, rectangular lo llenaba una mesa oval capaz para 15 personas. Estaban en el estudio cuatro grupos de dos personas, el único chico era Miguel que suponía que todas eran destinatarias de la carta que venían con una amiga o un familiar.

“Sin verte soy capaz de dibujar el ovalo de tu cara, tus labios, tus ojos, tus cejas tu frente, tu pelo. Son la imagen que más aprecio, la que más deseo ver y  la que conservaré en mi memoria”

 Cuando María Eugenia terminó de leer la carta, se hizo un silencio denso y largo y después unos tímidos aplausos que no estaba en el guión del programa. Miguel barrió la mesa con una mirada escrutadora y lo que vio le gustó, ya tenía la satisfacción moral, la opinión de la audiencia no la conocería sin grandes dificultades o, al menos, eso creía.

Los sentimientos que le provocó la lectura de la carta por su destinataria demostraban que los sentimientos, como los buenos peces, se pueden congelar y sólo necesitan unas condiciones apropiadas para volver a sentirlos.      

Pasados los años, cuando cumplió la mayoría de edad, pudo saber que en casa de María Eugenia, sus padres ejercían una censura férrea y que la carta que le dio a su amada se había hundido en el bolsillo de una madre protectora y conservadora que estimó que su hija era demasiado niña para el ímpetu de un niño que estaba saltando del lado de la adolescencia.

Tres días después de su encuentro en la finca, se habían visto en misa, la saludó y ella no respondió al saludo, se puso en plan jirafa estirando mucho el cuello, buscando angelitos en el techo de la iglesia. Sus requiebros debían haberle sentado mal, pero después de lo que habían hablado aquella tarde en la finca no entendía que su carta la hubiera ofendido porque sólo describía sus trenzas y sus ojos y le pedía que le contestara. Se daba cuenta que aquel comportamiento tenía que ver con la carta, pero no encontró las razones.

Lo que sentía Miguel por María Eugenia había pasado por muchas fases.  La había conocido en la rebotica de la farmacia del pueblo. Se la había presentado la hija de la estanquera que era muy guapa, tenía dos trenzas negras que le llegaban a la cintura. María Eugenia tenía unos ojos grandes y pardos, como su pelo, peinado en dos trenzas apretadas que le llegaban hasta la mitad de la espalda.

Su voz era aguda y clara y se esforzaba por pronunciar bien. Estaba en el coro del colegio desde siempre y hacia gimnasia rítmica desde que comenzó el curso. Cuando la conoció en la rebotica llamó su atención y hizo que se fijara en ella el modo en que sus dedos cogían los churros sin que los manchara el azúcar y muchos menos el chocolate y cuando estaba a punto de terminarlos, con un movimiento preciso de sus dedos, largos y delgados se comía el resto. Le pareció una habilidad importante tanto como jugar bien a las chapas o al gua.

Cuando pensó en ella, unos días después, su recuerdo se engrandeció, sus ojos eran más claros, sus trenzas eran doradas y su voz. Bueno, su voz era como él se imaginaba que serían las de los ángeles.

Cuando le dijo su madre que María Eugenia iba a venir de visita a la finca, el recordó que le había dicho a ella que le gustaban mucho las plantas, aunque su verdadera pasión eran las máquinas. Ella le dijo que le gustaban mucho las flores y que las cultivaba en los balcones de su casa y alguna más en el patio que compartía con otras tres viviendas, Su esquina del patio estaba orientada al naciente y tenía mucho sol y a las plantas a las que les iba bien como los geranios o las begonias parece que cogían carrerilla para crecer y florecer.

Le pareció a él que mostrarle todos los cultivos de flores le gustaría y enseguida hizo una lista de lo que podría gustarle a ella.  

Había dos empleados de la finca que podían ayudarle a reforzar el jardín con plantas y flores de temporada, pero el quería decirle a María Eugenia que el arreglo había sido cosa suya.  

Los cajones de madera estaban rebosando de pequeñas petunias de distintos colores. Tenía cajas más pequeñas llenas de dondiegos. Separadas, en una zona protegida del sol por el emparrado tenía rosas de Siria, que habían florecido pese a que sus troncos median menos de un palmo, su flor, de cuatro pétalos rojos era casi tan grande como su tallo que en unos meses sería ya un arbusto.

Todo aquello y unas calabazas ornamentales de colores vivos tenía que ordenarlos en un jardín rectangular cerrado por una cerca de hierro pintada de verde, rematada por un pasamano, soldado a barrotes. Cada uno de estos surgía de dos bucles que imitaban las hojas de un tulipán.

Un emparrado cerraba el jardín frente a la valla. Estaba sostenido por un armazón de hierro, cubierto por cepas añosas y enlosado de rojo. La enorme visera descansaba en la fachada lateral de la casa rematada en cemento encalado que tenía algunos desconchones que dejaban ver el ladrillo. En aquellos momentos su sueño hubiera sido pasear cogidos de la mano por aquel jardín mantenido por él, mientras le contaba cómo había conseguido cada flor o mantenido cada seto o los arriates de romero o boj que dan el olor característico a cada zona. Miguel habría esperado que ella le contara algo sobre sus aficiones y que aprobara las suyas. Durante el paseo habrían hablado de sus lecturas aunque él que se saltaba las prohibiciones de su madre y de su padre sólo hablaría de eso si ella lo consideraría bueno, porque tenía la experiencia de que muchos de su compañeros del colegio consideraban mal leer libros sin permiso. Había parte de su sentimientos por María Eugenia que tenía que ver con su cara, con sus ojos,, con sus trenzas, la raya y su cuello, con sus manos y su forma de andar y con lo que sentía al besarla en las mejillas y el calor que le producía que no era como ponerse colorado. Tumbado en el arroyo, semi cubierto por el agua tibia, mientras los pececillos le limpiaban los poros de sus pies pensó en ella y lo que sintió estaba seguro que nunca se atrevería a contárselo.

Esos sentimientos ¿Habrían sobrevivido o su emoción era sólo el rescoldo de aquel amor infantil?

  • Nunca había conocido a un niño tan valiente e inteligente como tú y me daba cuenta que estabas muy interesado por mí. Hace ya tantos años, en la parroquia no quise contestar a tu saludo porque entendía que no habías querido que lo que empezó en tu finca tuviera continuidad, yo no quería ser tu amiga, sino tu chica.
  • He tenido varios amigos, en el colegio, en la Universidad, en Málaga en el verano. Alguno con derecho a roce, pero cuando imagino mi futuro ahí estas tú.
  • Tu carta la tenía mi madre guardada en su secreter y hace muy poco tiempo, sólo unos cuantos días, la encontré buscando unos pendientes antiguos. Le pedí explicaciones a mi madre y me dijo que en aquel momento la carta podía ser un veneno o un explosivo para mí y decidió guardarla y dármela cuando no me amenazara.
  • María Eugenia, tenemos que encontrar la forma que nos permita mantener ese pasado como una fuente de inspiración positiva y ver si podíamos tener un futuro juntos.
  • Miguel, yo soy más directa y no creo que sea irrespetuosa con ese pasado, ni con nuestro presente si te propongo que elijamos un hotel y pasemos una noche juntos. Sabemos más el uno del otro que la mayoría de las parejas. Es un conocimiento que ha ganado con el tiempo, como los buenos vinos, analizando cada detalle, ahora sólo falta paladearlo, dejar que lo virtual potencie los sabores.. Además, no vamos a dejar que el destino arruine nuestra felicidad, como ha hecho en estos últimos quince años.
  • Si, también creo que a los toros hay que cogerlos por los cuernos para que no nos empitonen. Tu amiga se tiene que marchar sola, lo nuestro no puede esperar.    
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