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6 min
LA CASA
Suspense |
29.11.13
  • 4
  • 10
  • 1934
Sinopsis

La casa vacía

 

En el sueño, alguien toca la puerta con vehemencia en la madrugada. Me levanto adormilado, atravieso el zaguán a oscuras, y abro. El molesto visitante soy yo mismo. Al fondo, la noche densa. No le permito entrar. Yo insisto y forcejeamos. Finalmente consigo echarlo. Se queda plantado, ahí, bajo la luna, en medio de la calle inhóspita. El sueño suele presentarse con algunas variaciones; a veces es la abuela quien pretende que le abra. Igual se lo impido, pero me siento culpable por dejarla en plena noche, indefensa, con su batola de dormir blanca. En ocasiones soy yo el que se queda a la intemperie. Entonces me asalta el terrible miedo a los delincuentes nocturnos, y despierto.

Lástima lo de la casa, con el tejado que se hunde sin remedio. La casa toda, vencida, agotada, inclinándose sobre la esquina del patio, como buscando el reposo de sus siglos. Lástima lo de la abuela que se apaga, día tras día, como si anhelara la paz primigenia donde sus fluidos serán un todo con el adobe de las paredes; cuando éstas ya no sean paredes si no un sustrato de terrones, arcilla, arena y trozos de caña.

Antes de la decadencia de la abuela y la ruina progresiva de la casa, la única molestia que sufríamos tenía que ver con los vecinos. Andaban sobresaltados por los ruidos y las voces que provenían de la casona. Había presencias con las que vivíamos en contubernio, decían. A los ojos de estos buenos cristianos, ese trato cotidiano era un asunto diabólico. Nos miraban con recelo y jamás recibíamos una visita. Hasta que la abuela tuvo alientos para salir a la calle, caminaba hasta una iglesia alejada del centro a sus dos misas semanales, y así evitaba acusaciones y señalamientos. Cuánta perfidia hay en éste mundo: los embrujos y los fantasmas eran invenciones de la gente. Jamás oí nada extraño, aparte de los ronquidos de la abuela, o de las asechanzas amorosas de los gatos en el tejado. ¿Cómo es posible que desde las casas aledañas se escucharan llantos destemplados y gritos delirantes? Por el contrario, nuestra vida discurría en el silencio más espeso. Un silencio favorecido por la profusión de espacios: entre el zaguán y el patio; entre el patio con su pila abandonada y la sala; entre ésta y el pasillo de las habitaciones, entre las habitaciones y la cocina. Vivíamos la abuela y yo en mundos divergentes y pacíficos.

Una mañana de noviembre encontró a la abuela en su cama. Le había extrañado no verla en la cocina a la hora del desayuno. Si bien estaba fría, como es normal, su semblante tenía la calidez del que ha muerto con la paz de la conciencia. Después de un entierro solitario, regado por una lluvia dispersa, tomó la decisión de abandonar la casa. Ya no tenía sentido seguir habitando una vivienda tan grande: por más que se limpiara, el polvo cubría todas las superficies; se mezclaba con la humedad y generaba una capa babosa. Además, la soledad era una presencia corpórea, gélida y sombría. Aun así, permaneció una semana más por lo de los arreglos legales y la búsqueda de un domicilio pequeño, lejos del centro.

La muerte de la abuela parecía haber acelerado el desplome de la casa: las paredes blanquecinas lloraron de humedad y las vigas apolilladas incrementaron de una manera notable sus crujidos. Escogí mis posesiones indispensables y me largué dejando la puerta asegurada con dos candados enormes. Lo hice sin pensarlo, como un hábito inútil, pues no tenía ninguna intención de regresar. Y ahí se quedó, como un pez gigante y moribundo arrastrado por las olas a una playa desolada.

Consiguió un apartamento en el cuarto piso de un edificio moderno, al norte de la ciudad. Todo era tan distinto y novedoso: un ascensor revestido de espejos; una piscina en forma de corazón en el luminoso verde del jardín; un sendero adoquinado que cruzaba un bosque de eucaliptos. El slogan de la urbanización parecía fidedigno: “Un paraíso natural, a un paso de la ciudad”. El recuerdo de las calles mustias e inseguras del centro se hizo lejano, como una fotografía a blanco y negro olvidada entre las páginas de un viejo libro.  

En su mayoría, el edificio está habitado por parejas jóvenes con aspecto de triunfadoras. Visten ropa fina y andan en vehículos nuevos. En la puerta del frente vive una simpática estudiante universitaria que se alegra de tenerme como vecino.

A pesar de una vida que se colmaba de buenos augurios, las noches empezaron a llegar impregnadas de cierta pesadumbre. Se sentía observado, y en esas miradas etéreas percibía una carga de reproche. Débil y nervioso, acabó restringiendo sus salidas del apartamento.   

Entonces empecé a soñar con la casa. La casa silente y abatida que algún día prometí no abandonar. Aunque sospechara que ocurriría lo inevitable, determiné ofrecer resistencia. Pero los sueños fueron mutando en pesadillas que me dejaban sentado en la cama, temblando de miedo: unas manos monstruosas arrancan el edificio de la tierra y lo sacuden en el aire como un niño zarandea un juguete sonoro; mi cuerpo se destroza contra las paredes, rompe los cristales de la ventana y se precipita al abismo hecho un guiñapo sanguinolento. Otras veces, unos ojos iracundos en los que se retuercen los gusanos, me escrutan tras las cortinas.

Derrotado, atravieso la ciudad. La noche me aguarda con sus calles cenicientas. Los maleantes me rehúyen como al portador de una peste. Desde adentro aseguro la puerta con los dos candados para que la calle sea la casa y la casa el mundo. En el zaguán y el patio hay un hervor de vida, y por fin el sosiego. Lo único que deseo es dormir. Antes de cerrar los ojos oigo el definitivo chasquido de la madera, como si crepitara en una hoguera. Luego el estruendo, el derrumbe, la nube de polvo.    

     

 

 

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Otros relatos del autor
  • Barbaras imágenes que me llevan a ese escenario decadente que tan bien nos describe
    Muy poético el relato acerca de los sueños persistentes que nos acercan a sucesos que permanecen latentes en los recovecos de la memoria aflorando en los sueños y especialmente en los sobrevivientes después de prolongadas jornadas alcohólicas El sentimiento de tristeza que nos embarga al constatar como con nosotros envejecen nuestros padres, abuelos, las cosas y casas que habitamos está bien recreado con gran poesía. Me gusta ese final a la manera de Poe. Te califiqué con cinco, pero en la pantalla me aparecen cuatro estrellas y no pude cambiarla.
    Un relato que contiene imágenes y sensaciones cargadas de la mejor poesía, frases que, tras de los párpados dejan una huella, un recuerdo de los muchos que ocultamos en nuestro desván del alma. Me alegra leer de nuevo tus obras. Un saludo.
    Los sitios en los que uno habita dejas huella, no cabe duda, y en la mente inquieta del escritor se transforma en historias dignas de contar, como ésta tuya, que está bien llevada, con sus miedos, sus incertidumbres y ese discurrir entre el sueño y la vigilia en el que en definitiva nos encontramos la mayoría de las veces.- Imaginativo y entretenido.- Un saludo
    Las casas parecen algunas veces seres vivos que heredan la desaparición de sus moradores, cualquier casa por vieja que este mientras esté habitada, aunque tenga achaques aguantará en pie, pero vacíala de gente y empezará a descomponerse a toda velocidad. Felicidades por sacar adelante un relato difícil, un saludo
    Estupendo, Alex. Me ha gustado muchísimo el que intercales narradores: es un recurso que me gusta mucho, y que he usado alguna vez, aunque no tan bien como tú. Te seguiré leyendo. Un abrazo. :)
    Un relato notable que recrea muy acertadamente la imparable ruina del caserón y la decadencia de los inquilinos que se mimetizan con ella. Una narrativa potente con imágenes impactantes y memorables. Yo pondría en cursiva la narración omnisciente. Saludos.
    Es correcto, lo que ocurre es que alterne la primera y la tercera persona absolutamente consciente para generar un ambiente brumoso y onirico tal como dice Boy, a lo mejor no lo consigo como plante Umbrio, pero el riesgo siempre es una constante
    efectivamente, yo también aprecio una alternancia entre la narración en primera persona y la impersonal que en nada beneficia a la historia. No obstante, los detalles de calidad que abundan en la narración me parecen suficientes.
    A partir del párrafo de la muerte de la abuela hay confusión en la persona del narrador, y se alternan por párrafos la primera y la tercera omnisciente. He pensado en la posibilidad de que se trate de la aparición sucesiva de los dos narradores que se enfrentan en la puerta de la vieja casa cuando sueñan, pero no está claro. De hecho en ese sueño el yo que llama a la puerta a veces es en tercera ("no LE permito...") e inmediatamente después es en primera ("YO insisto y forcejeamos"). Yo creo que la historia no pierde si se cuenta toda con una misma voz narrativa. Saludos.
  • Juegos temerarios con pólvora

    tedios y recuerdos

    La casa vacía

    Amigos, quiero compartir temporalmente con ustedes este artículo del escritor Dario Rodriguez publicado por la revista literaria coronica, que de paso recomiendo, y que viene ilustrada con una estupenda fotografia de Edward Gorey y sus gatos. A mi me parece una reflexión muy aguda, lúcida y descarnada sobre lo que es el oficio del escritor. Espero que les interese y puedan aportar sus opiniones. GraciaS

    que más da

    El tiempo circular

    entonces, el dragón se llenó de ira contra la mujer y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia. Apocalipsis

    A andrea..

    Sufre por amor todo lo que puedas, ahora que eres joven, que la felicidad no dura toda la vida

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