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9 min
La casa del pantano
Suspense |
29.08.14
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Sinopsis

Un hombre compra una casa, pero al cambiarse encontrara algo que le dará un terrible susto...

No sabía que la casa estaba ubicada en zonas pantanosas, donde por lo general habitan monstruosas criaturas sedientas de sangre. Sin embargo, cabe aclarar, que esta, era una hermosa casa victoriana, con un amplio patio trasero que verdeaba como el edén en primavera, donde azucenas, violetas y alcatraces sonreían alegres al sol cada día. Era como una mansión encantada en medio de un espeso bosque, en fin, todo estaba dispuesto para conquistar la chequera del hombre millonario más tacaño. El día que la fui a ver, por vez primera, acompañado del agente de ventas, mire las habitaciones; amplias, bien conservadas, las ventanas con cristales venecianos, empapeladas las paredes de azul, y con pesados y antiguos muebles de caoba negra. Al instante me enamoré de la casa, y como ya era tarde, salí afuera y sólo contemple aquel hermoso valle verdeante, aquí y allá sembrado de coposos mangles retorcidos como fantasmas acechantes y repletos de un musgo negro, que cubría completamente los gruesos troncos.  Aquí jugare con Guardián––pensé. Guardián es mi perro, mi fiel amigo ó mejor dicho, él mejor amigo que he tenido en mis treintaicinco años de existencia. Volví el rostro hechizado, extasiado entre sueños futuros. La compro––le dije al agente. Señor, una vez firmado el cheque, al siguiente día puede tomar posesión de su nuevo hogar––me dijo riendo y estrechando mi mano. En eso, al frente, en un pequeño reflejo alcance a ver un extraño movimiento, tal como si la tierra se hubiese abierto y alguien nos observaba ¿Qué fue eso? le pregunte al agente apuntando con mi mano el punto, sin embargo, cuando dirigimos ambos la mirada alerta, ya no había nada. Ha de haber sido una rana que juega por ahí, contesto riendo, y le creí, pues no estaba realmente seguro de haber visto aquella aparición. Suponiendo que no era mi imaginación, se trataba de una especie de ojos brillantes semejantes a las de un gato en la oscuridad, sólo que estas estaban al ras de la tierra. Minutos después, creyendo que sólo había sido alucinación o algún roedor saltando entre los mangles, salimos del lugar con el trato  de la compra completado. Solo faltaba liberar el dinero.

Llegando a casa-como no me fui del todo tranquilo por lo que había visto- empecé a investigar en internet sobre los posibles reptiles que habitan estos parajes. Y encontré datos muy interesantes. Según las investigaciones que se hicieron años anteriores; los tilcampos y las iguanas eran los únicos reptiles que habitaban este estado. Además decía, que hace como veinte años, que los reptiles peligrosos se habían extinguido a causa de la extremada caza, que el hombre les ha dado por su valiosa piel. Ya más tranquilo con mi investigación, decidí comprar la casa. Tres días después hice una transacción a la inmobiliaria, y la residencia era mía.

En la víspera, como las tres de la tarde llegue a mi nuevo hogar. Descargue del coche, las pocas cosas que llevaba, y como había comprado comida china en el camino, comí en la amplia y bien ventilada terraza en una mesita finamente tallada y ornamentada con exóticos dibujos de lagartos, caimanes y cocodrilos, mientras gorriones y cardenales cantaban una sinfonía dulce y alegre, y yo contemplando atónito esa maravillosa naturaleza que Dios ha creado en un perfecto equilibrio, me sumía en un maravilloso ensueño rosado; me buscare una buena mujer, tendremos hermosos hijos y aquí pasaremos los fines de semana, respirando un aire natural, puro, virginal, sin humo de los coches que pueda producir hollín en mis pulmones. Mientras guardián, jocoso, corría persiguiendo a mariposas, lagartijas, tilcampos y moscos gigantes, abajó entre el vello jardín.

En medio de aquella maravilla natural, sentí deseos de tomarme un whisky. Entre a la despensa  por la botella, y cuando mis manos palpaban le cerradura metálica de la alacena, un fuerte golpe seco, acompañado de un escalofriante y agudo aullido me hizo temblar. Era mi perro quien gritaba. Con el corazón palpitante y la sangre agolpada en mi cabeza, baje corriendo, precipitadamente la escalera de caracol, cruce el vestíbulo, él corredor y salí afuera. Nadie estaba. Recorrí alrededor de la casa, llamándolo y nada encontré, parecía como si mi perro lo hubiese tragado la tierra. Me pare en seco y observe detenidamente el enorme jardín, con la manga de mi camisa me talle la sudorosa frente. Cansado de la búsqueda y un poco asustado me dispuse a entrar a la casa para sacar el rifle, cuando de pronto un gemido ahogado, sí, un gemido de muerte broto de la tierra, volví el rostro justamente cuando el verde musgo que servía de césped volvía a cerrarse, semejante a la horrorosa boca del mar en un abismo de terroríficas criaturas marinas. Corrí hacía el punto, ahí terminaba tierra firme, y ahí estaba el pantano con sus mil terrores bajo su negro fondo. A pesar de lo peligroso, no pensé ni por un segundo en lo monstruoso que había ahí abajo, sólo me importaba liberar a mi amigo que estaba siendo atacado por algo extraño. Respire hondo y  me arroje al agua en su auxilio con las manos extendidas. Nadé un rato entre las oscuras y malsanas aguas que despedían un penetrante olor a hojas podridas y pescados muertos. Al no encontrar nada, decidí irme a la orilla, pero de pronto unas garras de acero me aprisionaron el brazo izquierdo. Se nublaron mis ojos con el intenso chapoteo y mis sentidos explotaron dejándome, perdido entre el horror. Sí, se trataba de un cocodrilo de cuerpo mediano, que me tenía fuertemente sujetado. Al instante mi instinto de supervivencia me hizo darle un fuerte puñetazo para que me soltara. Más lo único que hice fue hacerlo enojar. Y como un relámpago se arrojo a la izquierda en una vuelta brutal que si no hubiese girado en su movimiento me habría arrancado el brazo. Gire y gire en su ritmo, golpes contra piedras y troncos de árboles caídos en las fangosas aguas recibía mi cuerpo. Pasaron varios minutos y las brutales embestidas a izquierda y derecha no cesaban. Mis orificios nasales se llenaron de lodo y mientras trataba de respirar por la boca en momentos que salíamos a la superficie, empecé a tragar esa agua nauseabunda y podrida. No lo podía ver con claridad y mis fuerzas se agotaban, ya en mi desesperación reanude los golpes en la cabeza, pero no me soltaba. De repente vino a mi memoria entre pequeños destellos borrosos, el recuerdo de mi maestro de tecnología en la secundaria. Los únicos puntos débiles de los cocodrilos son los ojos––habría dicho.

Hice mi último intento por salvar mi vida, y en cada voltereta que daba, con el hocico del animal aferrado a mi brazo, le asestaba un puñetazo en los ojos, y fue tanta mi desesperación que  se agotaron mis energías después de asestarle los últimos golpes con todas mis fuerzas, a una velocidad que ni yo mismo me explico como lo hice, sin embargo, sentía la muerte entre las oscuras aguas nadando como una serpiente que me enrollaba el cuerpo lentamente hasta ahogarme. Mi voluntad quebrada, el miedo, el horror me habían ganado, afloje mi brazo derecho que cayó sobre el agua pesadamente, y deje de luchar. De repente sentí mi brazo izquierdo liberado y el agua se tranquilizo, los ruidos se extinguieron como por arte de magia. Alce el rostro, abrí los ojos, estaba flotando boca arriba, más ya no tenía fuerzas para tratar de buscar la orilla, seguramente el cocodrilo prepara su ataque mortal, pensé. Vendrá por mí y no habrá escapatoria esta vez. Deje caer la cabeza al agua una vez más, derrotado sin esperanzas de salvar la vida, contemple entre imágenes borrosas el intenso azul del cielo; una bandada de guacamayos pasaron gritando haya arriba y una mariposa se poso sobre mi frente.  Todo ha acabado, pensé, seguramente de mi cuerpo sólo aparecerán los huesos y nadie me reconocerá, y me enterraran con una lapida sin nombre. Mi madre pasara sola el resto de sus días y como soy hijo único, mi familia se extinguirá del planeta sin descendientes, pues los pasos de la muerte están cerca, me ronda como el lobo a la oveja, esperando el momento oportuno para atacar. Al final de unos segundos de horror, nada pasaba, mis pensamientos terminaron en mi subconsciente. Pasaron varios minutos, con el aire que entraban a mis pulmones empecé a arrojar el agua que había tragado y a recobrar mis sentidos. Distinguía claramente la casa a un costado y un ruido, más bien un ladrido me hizo salir de mi terror, volví el rostro al frente, por más que dirigía la mirada hacía el punto donde se movía una mancha negra, no lo podía ver. Pasaron unos segundos y mis ojos se aclararon y entonces supe que la mancha negra era guardián, mi amigo que yacía todo cubierto de lodo y hojas podridas. Él era el que estaba en la orilla tratando de despertarme con sus ladridos. No sé de donde salieron las fuerzas, pero alcance la orilla y una vez afuera me recosté en el césped, mi pecho cubierto de lodo fluctuaba incesante, no podía ver mi brazo, más sabía que estaba dislocado, pues un punzante dolor no se calmaba en mi hombro. Las horas pasaron, entre a la casa, guardián estaba bien, llame a un amigo, vino por mí y me llevo a un hospital, donde un tiempo después me dieron de alta completamente sano...

 

Se preguntaran si maté al cocodrilo. No. ¿Porque habría de hacerlo? Si yo era el invasor…

 

 

FIN

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