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16 min
La Casa Embrujada
Varios |
27.05.16
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Sinopsis

El descubrimiento de Gastón hace que se pueda resolver un crimen que el tiempo ha silenciado, encontrando una gran verdad que cambiará su vida por completo y de todos aquellos que lo rodean.

Capítulo 1

 

VIENTOS DE CAMBIO

 

  • ¡Tenés que irte! – decía un hombre de unos cuarentaicinco años a su mayordomo.
  • ¡No puedo dejarlo señor! – decía el joven - ¡No ahora!
  • ¡DESAPARECE! – insistió el hombre – ¡lleváte a tu familia!
  • ¡Pero señor! – decía
  • ¡Basta! – espetó - ¡No lo entendés! ¡él ya lo sabe!

El joven no podía creerlo. ¿Escapar con su familia? ¿A dónde iría?

  • Sé que no es algo que estaba en mis planes – el hombre interrumpió los pensamientos de su mayordomo – creí que estarías a salvo conmigo.
  • ¿Pero por qué? – el joven se acercó a su señor.
  • Tenés que proteger a tu familia. Andate y… cuando llegue el momento – los rostros de los hombres eran indescriptibles. No sabían que sentimiento expresar – cuando llegue el momento Lucio, debes estar listo.
  • ¿Está seguro señor? – preguntaba el mayordomo.
  • Completamente – contestó – es más, ya cumplí la primera parte de lo que tenemos planeado. Mañana será la cremación de mi esposa y después de eso… - al hombre se le cruzó por la cabeza su esposa – solo será cuestión de tiempo para que se haga justicia.

Justicia ¿habría justicia para todo lo que sucedió? El plan era macabro y arriesgado pero salvarían así la vida de muchos.

  • Señor – decía Lucio – ¿cuándo llegará?
  • Él vendrá pasado mañana y con respecto a lo otro… - hizo una pausa – te lo haré saber a tiempo. Ahora prepará a tu familia ¿ya tenés un lugar a dónde ir? – preguntó con preocupación.
  • Eh… pues, si – decía Lucio –
  • ¿Es un lugar seguro? – cuestionó su jefe.
  • Sí, señor – dijo con firmeza.

La sala de la casa se iluminaba por el sol matutino y Lucio observaba como su señor caminaba por cada rincón con actitud pensante.

  • ¿Pasa algo señor? – dijo ansioso.

El hombre no lo miró pero habló – hay algo que… - decía – algo que me tiene muy preocupado. Algo de lo que no estoy seguro y puede echar a perder todo – Lucio no entendía de lo que hablaba su señor y le pidió que fuera más específico – Cuando lo encontré con ella en la habitación e interrumpí su plática, no me di cuenta de lo que hablaron. No fue hasta su muerte que ella quiso decírmelo – el hombre no habló por un momento pero  siguió – “Ya lo sabe” eso dijo. ¡Solo eso!

  • Pero ¿qué es lo que realmente lo inquieta señor? – insistió Lucio
  • ¡Que te conozca! – espetó
  • Si es eso señor, no se preocupe – dijo Lucio con intención de calmarlo – nunca lo vi en mi vida.
  • Ese es el problema Lucio – dijo – no lo conoces, el sería capaz de buscarte a vos para tener lo que más quiere. Pero te encontré primero – dijo con tono triunfante – me aseguré de que no se cruzaran y lo envié al exterior ¿sabes? Siempre tuvo esa manía de querer expandir la empresa.
  • Bueno entonces eso es algo a favor de usted – dijo el joven animándolo.
  • No sé – contestó – el siempre está a dos pasos de mí. Si lo conocieras Lucio, entenderías por qué te digo que escapes. 
  • Lo creo, señor – dijo.
  • Tengo una idea, Lucio – el joven mostró interés – haré algo que usaras en caso de que las cosas no salgan como esperamos. No sé cuánto tiempo pasará hasta que se haga público lo que… - el hombre no siguió. Sus ojos brillaron pero se lo ocultó al joven.
  • Comprendo, señor – dijo.
  • Me fue tan difícil, Lucio – dijo – tan difícil hacerlo.
  • Usted es un hombre fuerte señor – dijo el mayordomo.

El hombre ignoró el alago y siguió – a veces me pregunto qué es lo que hice mal ¿sabes? ¿Por qué me debería estar protegiendo de él? ¿Por qué tengo que hacer esto?

  • No es su culpa, – interrumpió el joven – señor, usted no lo sabía.
  • Si lo hubiera sabido – contestó – habría hecho lo mismo.
  • Pero no entiendo – dijo Lucio - ¿Por qué debía ser de esta manera? Déjeme decirle que no estuve de acuerdo con usted en el método.
  • ¡Ella me lo pidió! – espetó – pero fue mi culpa. Yo le pedí nuestra cremación a él y la única manera era… esa.
  • Pero puede evitarlo señor – contestó.
  • Es imposible – dijo - ¡Ya lo hice! Tuve que convencerlo de velarla con el ataúd cerrado – hizo una pausa – pero tengo más miedo por vos Lucio.

 

________

 

  • Vamos hija levántate – decía Eduviges a la pequeña Patricia.
  • Déjame dormir un poco mas mamá – protestaba ella cubriendo su cabeza con las sabanas para taparse de la luz que entraba por la ventana.
  • ¡Ya son las diez de la mañana! ¡Arriba! ¡vamos! ¡tenemos que preparar las cosas para la mudanza!

Patricia se había olvidado por completo de la mudanza. Se levantó rápidamente porque no quería que su madre tocara sus cosas – Ya voy mamá – se vistió y se limpió la cara después de su higienización bucal - ¿Cómo es la casa mama?

  • Ya sabía que ibas a comenzar con eso – contestó Eduviges acomodando la cama – No sé hija – contestó – solo vi fotografías que tu padre me trajo.
  • ¿Puedo verlas? ¿Dónde están? – la niña estaba entusiasmada.
  • Trae las cajas para empacar y después las vemos ¿sí? – negociaba Eduviges.
  • ¡Mamá! – protestaba Patricia –
  • ¡Patricia! – Eduviges parecía perder la paciencia.
  • Bueno, bueno ya voy – decía mientras salía de la habitación.

________

 

  • Muéstrame la casa a la que te mudarás – pidió el señor.
  • Déjeme buscar – el joven tocaba sus bolsillos – aquí la tengo, tome.

El hombre miró la foto y habló: - ¿es una broma? – Preguntó mirando fijamente a Lucio – es arriesgado. Buscá otra.

  • No señor – se defendió – lo estuve pensando y me parece mejor estar cerca para cuando las cosas ocurran. A demás creí que él no volvería a vivir aquí. Usted me dijo que siempre odió este lugar. Me aseguraría de que lo que tenemos planeado ocurra – dijo – no quiero que pase demasiado tiempo, señor.
  • ¡Te dije que no debes acercarte a ésta casa! ¡tenés que irte lo más lejos posible! – reclamó el hombre.
  • Pero señor piénselo bien.
  • Es una buena idea pero es peligroso, Lucio.
  • Yo haré correr un rumor señor, nadie se acercará a esta casa.
  • Lucio – el hombre se acercó a él y puso sus manos sobre sus hombros – me has sido tan útil, querido – lo miró a los ojos – presta atención – la voz del hombre se puso más seria – múdate cuando todo haya pasado. Cuando estés seguro de que él no volverá, ve a esa casa.
  • Sí, señor, como usted diga.

En ese momento sonó el teléfono.

  • ¿Quiere que atienda yo señor? – se ofreció el joven.
  • No – dijo el señor – déjamelo a mí, debe ser él.

El hombre se acercó lentamente al teléfono como si no quisiera atenderlo. Lo tomó en su mano y habló:

  • ¿Hola?          

____________

 

  • Aquí están las cajas mamá – decía Patricia
  • Bueno – contestó - ¿quieres que te ayude con tus cosas?
  • No, no es necesario – aseguró – yo puedo.
  • Entonces hazlo ahora ¿sí? –propuso Eduviges
  • Bueno – dijo mientras comenzaba a elegir una caja - ¿Cuándo nos mudaremos? – preguntó.
  • Tu padre no me lo dijo aún – contestó la mamá – pero no pasará de esta semana la mudanza. Es mejor tener las cosas preparadas.
  • Si, entiendo – dijo Patricia mientras separaba su ropa en las cajas - ¿Y con la escuela mamá? ¿iré a otra?

Eduviges la miró y contestó – me temo que sí hija, vas a ir a una escuela que está cerca de la nueva casa.

  • ¿Y mis amigas? – preguntaba preocupada la niña.
  • Podrás visitarlas cuando quieras Patricia, eso no será un problema.  
  • ¿Y cómo haremos cuando nazca mi hermanito? – preguntó viendo la pansa de su madre.
  • La nueva casa tiene habitaciones suficientes hija – sonrió
  • ¿Y allá hay muchos niños?
  • Vi algunos, varones, pero debe haber niñas también.
  • Espero que sí – dijo la niña –

 

__________

 

  • ¡Hijo! – el hombre forzaba el tono de felicidad – te estoy esperando aquí ¿sabes? Estábamos hablando de ti con mi mayordomo.
  • A bueno – contestó la otra voz – yo te hablaba para contarte algo.
  • ¿Qué pasó? – dijo preocupado – ¿estás bien?
  • Si, no es nada malo – contestó – solo que adelanté mi viaje. Estoy llegando al Aeropuerto ¿vienes?
  • ¡Ah! Si, no te preocupes, le diré al chofer que me lleve hasta allá para recibirte ¿está bien?
  • Te veo allá entonces – contestó.
  • Nos vemos hijo – termino la llamada. El hombre se quedó un momento mirando el teléfono y se dirigió a la ventana de la sala – lindo día ¿no?
  • Sí, señor – decía
  • Lástima que se arruine con su llegada – continuó. El joven no supo que decir y guardaron silencio por un momento.
  • ¿Lucio?
  • Si, señor – contestó
  • Deja de llamarme “señor” ¿quieres?
  • Si se… - ya lo decía inconscientemente
  • Tenés que irte Lucio.
  • Si – dijo – ¿necesita algo más?
  • De hecho – contestó – quiero pedirte algo más.
  • Escucho.
  • Desaparece.
  • Entiendo – el joven se dirigía hacia la puerta.
  • Lucio – el joven paro y miró a su jefe – que Dios te proteja.
  • Y a usted también – contestó.

 

___________

 

  • ¿Puedo ver las fotos mamá?
  • ¿Ya acomodaste todo?
  • Todo lo que pude – contestó la niña.
  • Está bien – dijo - están en mi mesa de luz. Traélas.

La niña fue rápidamente por ellas y volvió con su madre.

  • ¿Las encontraste?
  • Si – contestó mientras las miraba – es pequeña – dijo.
  • No, hija – dijo Eduviges – es impresión tuya – contestó – ¿hija, me ayudas con… - la mujer señaló una caja debajo de la cama de Patricia –
  • Ya la saco mamá – dijo la niña. La mujer ya tenía siete meses de embarazo y debía cuidarse, no había sido fácil – aquí está – dijo Patricia.

En ese momento la puerta de la casa se abrió.

  • ¿Hola? – era Lucio.
  • ¡Papá! – la niña salió de la habitación para saludarlo.
  • ¿Lucio llegando a esta hora? – pensó Eduviges siguiendo a su hija. - ¿por qué llegaste a esta hora amor? – preguntó ella.
  • Tengo el día libre, después te explico – contestó
  • ¿Desayunaste? Saliste muy temprano hoy ¿quieres algo?
  • No, está bien así – dijo
  • Papá ¡ya estamos empacando! – decía Patricia
  • ¿Ya guardaste todo? – preguntó él.
  • No, todavía no – contestó.
  • Entonces anda, prepara todo.
  • Si, ya voy – dijo mientras salía de la sala.

Lucio esperó que Patricia no estuviera para seguir hablando - ¿estás bien? – preguntó

  • Si, Lucio – aseveró Eduviges - ¿Cuándo nos mudaremos?
  • De eso quería hablarte – decía
  • ¿Qué sucede? – pregunto ella con tono de preocupación
  • Nada malo – dijo – es solo que vamos a tener que esperar un poco más.
  • No quiero que pase otra semana, Lucio – dijo – ya casi tenemos todo listo.
  • Si todo sale bien, podremos irnos el domingo Eduviges.
  • Ojalá – decía ella con esperanza.

 

_________

 

  • ¿A la empresa señor? – preguntó el chofer.
  • No, no – dijo el hombre – mi hijo adelantó su llegada, llévame al aeropuerto por favor.
  • Enseguida, señor – contestó mientras el auto avanzaba.

Después de tanto tiempo volvería a ver a su hijo ¿lo reconocería?

¿Cuántos años habían pasado desde que lo envió al extranjero? ¿Diez, once? – Lucio – recordó el hombre – debo llamarlo – sacó su teléfono y lo llamó – vamos, atiende.

  • ¿Hola?
  • Lucio ¿estás solo?

Eduviges había salido de la sala recientemente

  • Si señor – contestó - ¿qué sucede?
  • Solo quería decirte que te avisaré cuando tengamos que hacer la siguiente parte.
  • Ya me lo dijo señor – contestó
  • Te lo estoy recordando solamente. Estoy yendo al aeropuerto a buscarlo, no vuelvas a la casa ¿entendido?
  • Sí señor.
  • ¡No me digas “señor”!
  • Perdone – contestó Lucio
  • Ya sabes que hacer - cortó  
  • ¿Quién era? – preguntó Eduviges entrando a la sala.
  • Nada, solo son cosas de la oficina. Nada importante, no te preocupes.

“La oficina”, esa era la excusa. A veces Lucio se preguntaba por qué debía mentirle a su esposa. Hacia unos diez años que trabajaba para el empresario y debía ocultarlo. “Es mejor así” – Lucio recordaba las palabras de su jefe y estaba decidido proteger a su familia si eso significaba mentirle a Eduviges, sabía que lo entendería algún día.

 

___________

 

  • Llegamos señor – aviso el chofer.
  • Muy bien – el empresario bajó del auto – espere aquí, yo volveré con mi hijo.
  • Como usted diga – contestó.

El empresario llevaba el cartel con el nombre de su hijo, por si acaso. Debía reconocerlo sin ningún cartel igualmente. Comenzaba a alentar sus pasos, se sentía incomodo. ¿Cómo reaccionaría al verlo? ¿Debía sonreír o no?

  • ¿Papá? – el empresario se detuvo al igual que sus pensamientos. Escuchó los pasos de su hijo acercándose y sintió su mano en el hombro. El empresario se dio vuelta y lo miró.
  • Hijo – dijo susurrando
  • Estás un poco canoso papá – dijo riéndose. El empresario estaba más serio que nunca – perdón, todavía no me hago a la idea de que se ha ido. Quise venir antes pero…
  • No tienes que explicarme hijo – dijo el hombre – fuiste su orgullo y siempre será así ¿escuchaste? – el joven asintió – viniste justo a tiempo para la cremación.
  • Quiero verla papá – dijo
  • Me temo que no podrás, perdona pues…
  • Está bien, comprendo – hubo un silencio incomodo hasta que decidieron hablar.
  • ¿Vamos a casa hijo?
  • Si, papá – contestó – vamos a casa – el joven abrazaba a su padre con un cariño inexplicable y se cruzaban con la gente que iba y venía por todo el aeropuerto.

 

____________

 

  • ¿Ya acomodaste tus cosas Patricia?
  • Si papá – dijo – creo que está todo listo ¿Cuándo nos vamos?
  • Quizás el domingo – contestó
  • ¿Me puedes llevar a conocer la casa? – preguntó la niña.
  • Quizás de tarde ¿te parece?
  • No esta tarde, no puedo – dijo
  • ¿Por qué?
  • Es que Flor me invito a su casa.
  • Bueno entonces podemos dejarlo para otro día ¿qué dices?
  • De acuerdo pero no te olvides – dijo la niña.
  • Lo prometo
  • ¡Ya está el almuerzo! – gritaba Eduviges desde la cocina
  • Ya vamos mamá – dijo Patricia.

 

_________

 

  • ¿Te conté que contraté una chef? – decía el empresario mientras volvían a su casa con su hijo
  • ¿De verdad?
  • Sí, bueno – continuó – en realidad la contrató tu madre hace mucho y cocina bastante bien. Le dije antes de buscarte que se luciera con el almuerzo.
  • Espero que sea rico – decía el joven – porque ya me está dando hambre.
  • Ya lo veras hijo, ya lo veras. Pero dejemos de hablar de mí ¿Cómo te ha ido en Uruguay?
  • ¡Muy bien! – dijo con tono de suficiencia – han recibido muy bien en el mercado nuestros productos.
  • Qué bueno hijo.
  • Si – dijo – y vos que no lo veías rentable.
  • Lo reconozco – decía el empresario – pero debes darle el crédito a tu madre, al fin y al cabo ella me convenció de que te diera permiso. ¿Sabes? En realidad no quería dejarte ir porque eras demasiado joven para encargarte solo del negocio, pero ella me dijo que sería mejor que comenzaras así para cuando yo no esté. Como sos mi único hijo, todas las empresas de Argentina serán tuyas y me has demostrado que puedes hacerlo.
  • ¿Por qué hablas así? ¡Mamá acaba de morir y vos hablas de irte!
  • Tienes razón hijo – dijo el empresario ensimismado – es que todavía no me acostumbro a su ausencia. Es difícil
  • Lo sé papá – dijo – pero también sé que eres un hombre fuerte y superaremos esto.
  • Que Dios te oiga hijo.

Después de unos momentos, esperando que cambie el clima de la conversación el hijo habló.

  • ¿Papá?
  • ¿Mmm?
  • Tengo una buena noticia – dijo – bueno, depende como te lo tomes ¿no?
  • ¿Qué sucede?
  • Estuve hablando con grandes empresarios que quieren que nuestros productos entren a Brasil y…
  • Ese es un mercado grande hijo.
  • Si, ya sé, pero sería bueno para apoyar a la sucursal de Uruguay
  • ¿Consideraste la competencia que vamos a tener si llegas a entrar allá?
  • Sí – contestó – en Brasil hay dos grandes empresas que compiten en el mercado y para ganar clientes pensamos en implementar más alimentos a nuestra variedad de productos.
  • Me gusta tu osadía hijo, pero ten cuidado.
  • Sí papá – dijo – no te preocupes.          

 

 

 

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