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4 min
La Casa
Suspense |
11.01.17
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Sinopsis

Era oscuro, e incluso aquella página de blanco papel se hayaba en la más absoluta noche que caía con enorme peso y silencio absoluto, o no, absoluto no, pero casi. Solo se podría percibir el roce del hierro oxidado contra la bisagra de bronce, que chirrió primero con levedad, y luego con el orgullo de una verja vieja y ornamentada.

Aquel escritor entró en su jardín, cerrando tras de si la vieja puerta, con respeto, así como con la mirada vacía de un hombre que sabe lo que ha hecho.

Se aproximó a la puerta de su casa, raída y mágicamente sostenida por pilares de madera corroída. Aún así, era una casa majestuosamente pequeña, y es que no tenía nada que envidiarle al resto. Ella era diferente, era una señora que te habría acojido con una sonrisa y con un abrazo si lo hubieses necesitado, incluso te habría resguardado del frío y de la lluvia, siempre que escogieses bien la habitación correcta, aquella que aún no era un observatorio espacial casero, claro.

El escritor acarició el pomo de la puerta, y esta se abrió un instante después, dejando los zapatos en la entrada, dentro de la casa, pero lo suficientemente alejados de ella. Y es que ella era orgullosa, como el escritor, pero uno debe saber cuando debe aceptar las normas de cortesía si se es un invitado, al fin y al cabo.

Saludó al espejo del recibidor, que le devolvió el saludo de forma amigable, y colgó el sombrero y el abrigo en la percha, preguntando primero por supuesto.

El escritor bajó al sótano, que tenía un fuerte olor a humedad, y tras discutir como de costumbre con la caldera, esta accedió a encenderse, eso sí, con cierto rencor, y no sin una condición. La caldera lo único que quería era comer, simplemente tenía hambre, y el escritor le dió madera, complaciéndola.

Las tuberias de plomo vibraban con excitación ante aquella inesperada corriente de agua caliente, y le dieron las gracias al escritor por convencer a aquella tacaña caldera. Este sonrió a las tuberias y les instó a que compartiesen el agua con los radiadores, que recibieron esta noticia con doble sorpresa, despertando de su larga hibernación con un cosquilleo en su interior.

El escritor subió los peldaños de la escalera y pidió perdón a cada uno de ellos por pisarles, algunos de ellos quejándose más de la cuenta al ser más viejos y más gruñones.

A su paso por el pasillo, los cuadros reaccionaban ante su presencia, cobrando vida unos instantes para, despúes de bostezar, volver a quedarse inmóviles. Alguna lampara le hizo un guiño un tanto atrevido, y finalmente llegó al dormitorio.

Esta habitación respiraba a través de la ventana, y las grietas en el suelo susurraban un discreto afecto por aquel hombre, que tantas vueltas había dado sobre ellas sin saber que hacer en ciertos momentos difíciles.

El majestuoso armario de caoba le miró con respeto y el escritor le devolvió la mirada, mostrándole que estaba en un aprieto bastante gordo. Una puerta del armario se movió mecida por el viento, mostrándole una manta peluda y confortable, que el escritor aceptó con gratitud.

Sentándose en la silla, que intentando aparentar cierta indiferencia, ya notaba el peso del tiempo en sus patas, quejándose levemente. El escritor le aseguró que sería solo un momento, y esto la tranquilizó enormemente.

Cojió con suave firmeza a su viejo amigo, aquel bolígrafo de acero, cuyo nombre tenía grabado en él, a modo de tatuaje "Parker". 

"Hola Parker, te he echado de menos y necesito hablar contigo." -dijo el escritor.

"Ya sabes que yo siempre he estado aquí, que te pasa colega?" -respondió Parker.

"Creo que he matado a una persona... " -confesó el escritor.

"Bueno, seguro que se lo merecía. Además, siempre has sabido distinguir a quien tratar con respeto y a quien no. Creo que se lo merecía." dijo el bolígrafo..., rozando frenético contra aquella hoja de papel, casi traspasándola con rabia y lágrimas azules.

 

 

 

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