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4 min
La casucha
Varios |
17.10.20
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Sinopsis

Nuestro protagonista busca refugio en la casucha abandonada de su tío abuelo. Pero está abandonada realmente?

La casucha La montaña se reía de su desgracia. El frío helado prometía congelarle la totalidad del cuerpo en pocos segundos, por lo que se encaminó hacia la precaria vivienda, se astilló el dedo con algún pedazo de madera, y frunció el ceño con pesar al ver a lo que se enfrentaba. La cama era baja, las tablas estaban medio rotas y el colchón parecía enmohecido. Las paredes rojas brillaban en un aparente intento de dignificar lo deplorable. Un tesoro de fósforos aún no mojados lo motivó a trasladarse repentinamente mientras se abrazaba a la frazada, encendía un fuego en la garrafita, calentaba un poco de agua en la olla vieja que descansaba sobre el lavaplatos, e improvisaba un lamentable té con sobres viejos que encontró en el único estante que todavía sobrevivía a la debacle. Difícil imaginar cómo su tío abuelo Pedro había vivido en aquel sucucho. Pero bueno, recapacitó, Pedro no estaba muy bien de la cabeza, y todos sabían que esa casucha había sido el único patrimonio del loco. La taza rota terminó arruinando la de por sí penosa infusión. Se tranquilizó pensando que por lo menos allí podría dormir, ahorrándose las inclemencias del tiempo y, sobre todo, la absoluta incomodidad que sufriría en aquella carpa. Salir de allí había sido lo mejor, aunque hubiera sido descalzo, de buzo y de calzoncillos y en el medio de la madrugada lluviosa. Mientras deslizaba sus grandes manos por el rojo reboque, lo escuchó nuevamente. No otra vez, se dijo con impaciencia mirando en dirección a la pared como si pudiese traspasarla con su intención. Ya te dejé el lugar, ahora dormite y no me molestes… Para el gran animal, sin embargo, eso no parecía haber sido suficiente. Abriéndose camino con el hocico, el perro resolvió que iría tras su amo y cubrió los pocos metros que lo separaban del feo rancho y se presentó en la puerta, apenas protegido por una imitación de techo de lata. -¡No me jodas! Ya me echaste de la carpa. ¡Ahora quédate allá y déjame dormir! –ordenó con la máxima voz de mando que pudo producir. El animal lloriqueaba como un cachorro; rasqueteaba la puerta y miraba en derredor con angustia; observaba la carpa, y volvía a mirar hacia la puerta. -Te agarraste todo el lugar para vos y no me dejaste dormir… Ya está, me vine para acá. Ahora vos aprovechá el espacio… Como era de esperar, el labrador no sólo no volvió a la carpa sino que, luego de fructuosos esfuerzos, logró ingresar a la casucha. Tendría que soportarlo allí, acostado sobre la cama junto a él, mojado y con olor a tierra. Los rayos hirvientes de sol lo despertaron de mañana. Lo primero que notó fue la ausencia del perro y el cese de la lluvia. Con el corazón un tanto agitado, descubrió también que la carpa no se encontraba ya en el lugar donde la había dejado. Haciendo lo posible por controlarse, notó entonces que la puerta estaba trancada. Desesperado, repasó todo lo que sabía había ocurrido. El perro nervioso, la lluvia, su decisión de salir de la carpa, la casa, la cama, el perro, el sueño. La secuencia parecía inalterada. Sin embargo, el animal había desaparecido, la carpa también, la puerta se encontraba trancada y tampoco veía rastros ni de la olla, ni de su té, ni de la garrafa. Haciendo uso de la poca calma que le quedaba, se acercó sigilosamente hacia la ventana y miró para afuera. Aguzando la mirada para no perderse detalle, lo comprendió. La carpa se encontraba afuera, el perro ladraba, y su sobrino nieto asomaba con dificultades. La montaña se reía de su desgracia. El frío helado prometía congelarle la totalidad del cuerpo en pocos segundos, por lo que, admitiendo su avergonzante derrota, se encaminó hacia la precaria vivienda, se astilló el dedo con algún pedazo de madera, y frunció el ceño con pesar al ver a lo que se enfrentaba. Parado junto a la ventana, su tío abuelo Pedro lo observaba.
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Soy Virginia; profesora de lenguas, traductora y actriz. Me encanta escribir. Un gusto compartir por aquí.

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