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7 min
La chica cocodrilo
Amor |
22.02.21
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Sinopsis

Un hombre reprimido finalmente encuentra el amor donde más odiaba.

Voy a confesarlo. “Sí, ha sido tú el cocodrilo”.

Esta declaración es, finalmente, una aceptación reprimida que había mantenido oculta por muchos años: Sí, me gustan los “Hombres G”, todas sus canciones y todos sus discos.

Cuando era un jovencito fresco y admirado por mi belleza apolínea (que yo mismo, con modestia, me sabía fuera de los estándares locales), a escapadas, compraba sus casetes a escondidas de mis padres y de los chavales en una tienda de la cuadra que los vendía en formato original. Eran carísimos. Pero no me importaba. Cuando era cogido quizá cantando algún estribillo (mis padres eran furibundos fans de Julio Iglesias, Luis Miguel y Rafael y mis amiguetes unos adictos a Guns&Roses, Megadeth y Sidney Luper), las reprimendas y burlas no se hacían esperar.

-¿Esa “G” es de gay! ¡Estoy más que seguro! -vociferaba mi padre, asustado y constreñido.

Los chavales de la esquina caliente, en cambio, arqueaban las manos mientras hacían mímicas con la boca:

“Ma...ri...po...són...”.

Todo eso había quedado atrás y lo creía superado. Nada más errado.

Ahora que era un buen hombre hecho y derecho, conservador, amante de los valores tradicionales, exigente con el manejo de mi propio autocontrol, y que dirigía incluso un negocio respetable de abarrotería en uno de los barrios históricos de la ciudad, aquella sensación de ultraje, miedo y necesidad de huir no había cesado de atormentarme.

Hasta que me mordió el cocodrilo.

Por razones que no vienen al caso, no había podido casarme, aunque, por las noches de luna llena, lo deseaba de corazón. Siempre soñé con un vestido blanco a la usanza de la era franquista. Pero las cosas simplemente no se daban y no porque precisamente yo fuera un cobarde. Siempre había estado allí para ellas, aparentando ser el alfa en medio de la jauría, esperando a ser escogido por una hembra con necesidad de protección y sometimiento. Incluso me ejercitaba a diario en un gimnasio para estar en contacto de la cultura varonil correcta y tener muy en cuenta lo que verdaderamente las mujeres deseaban de un hombre, un hombre así, digamos, musculoso, bronceado y bien socadito.

Una tarde de invierno, lejos ya de las turbias nevadas, mientras volvía a casa, un viejo de unos 60 años se rió a mis espaldas y le escuché decir:

“¡Anda, qué ahí va la imagen del nuncafollismo español”.

Claro que aquello me perturbó. Incluso giré mi rostro hacia aquella figura encorvada y me señalé a mí mismo con el dedo, en una pose amenazadora y vengativa. Pero el viejo, rotundo, con su cara seria y amortajada, de arriba abajo, me contestó:

“¡Joder, a que sí!”.

Fue decepcionante. Empuñé los dedos pero me resistí. Mi dignidad sobre todo. Empiné mi barbilla y corrí con los ojos llorosos hasta llegar a casa, donde, con el mundo dándome vueltas por la cabeza, puse a todo volumen aquella mítica canción del 89’, “Chico tienes que cuidarte”, hasta que mis nervios quedaron lirondos por ingerir tanta soda y Lorazepam; lo único que recuerdo es que, arisco por un terrible fogaje en las piernas, salí a cantarla como un enloquecido por los pasillos del piso, gritando:

“Fui a casa destrozado me metí en la cama con un Cola-Cao
Y una aspirina puse la televisión, y nada más ponerla
El primer Anuncio ¿¿¿uno de SIDA???...”

Al día siguiente supe que unos tíos bastante guays me habían llevado de regreso a la cama. Ese mismo día supe también que debía probarme que yo era un verdadero hombre: finalmente me atrevería a conquistar a una mujer, a una mujer real.

No les temía. Pero, veamos, seamos sinceros ahora y nunca, a qué sí hay momentos en que sientes algo de asquito por ellas, con sus sobacos peludos y uno que otro día sin bañar. Ojo, lo digo desde una perspectiva higiénica. No homo. ¿Quizá cuando andan con la regla?

Pero hay Dios mío, ¡fuera prejuicios!

Lo cierto es que la mujer española, con su pool genético africano-oriental, voz ronca, ademanes pesados y franqueza, se diferencia en mucho, digamos, de la delicada y agarbada francesa, la lapislázuli alemana o la bella escandinava, pero lo compensa con esa vieja nobleza castellana cautivadora.

Pero más que todo siempre había reculado muchas veces precisamente en el momento en que empezaba a indagar sobre su pasado y sus antecedentes. Tenía un amigo que era de pueblo, Cardona, ahora recuerdo, que se había criado conmigo en el barrio y que era bueno para los temas de investigación. Él me pasaba los informes de todas las chicas que suponía serían mi desafío viril. Cuando una me gustaba, pronto llamaba al tío y le pedía que procediera.

Sin embargo, los informes siempre eran negativos. Todas chortinas. De una chavala morena, pelo corto, gitanaza, supongo, con jeanes rotos y chaqueta recortada, escuché lo siguiente:

“Vale, tío, que quiero sentirme una chama empoderada y dejarles claro a ustedes los espaletos que conmigo no se pueden pasar.”

Me dije al instante que no se podía convivir con una mujer fuera de toda norma de decencia.

De otra recibí este informe:

“Sabes qué, tío, mejor me quedo con el perro básicamente, porque así cuando llego a casa hay alguien racional esperándome”.

Por supuesto, ésta era de una anormalidad tremenda.

De otra escuché:

“Claro que tengo el derecho de cuidar y de hacer de mi cuerpo un templo para mí misma. Para mí el aborto es un derecho imprescindible de la mujer moderna. Y no, no hay confusión entre ‘vida’y ‘persona’.”

Qué horror. Una asesina bastante fresca.

De pronto, por este imaginario femenino local, me invadió otra cuestión que se me presentaba como incontestable: como pertenecía a un grupo de varones que velaban por la existencia de un sano patriotismo franquista, conformado por unas 50 personas en la medianía de edad, me di cuenta de que entre nosotros solo habíamos engendrado a 3 niños. Y lo peor, nadie del grupo se planteaba tener hijos. En cambio, los moronegros y panchitos que entraban en manadas venían con 5 o 6 monitos colgados del hombro. Entré en pánico.

Al parecer el viejo rotundo con cara de piedra tenía razón.

Debía sacrificarme por la Patria.

Una noche fría decidí hacerlo: “Había que acabar con el feminismo y los moronegros”.

Escogí a una puta negra, marroquí, esbelta, de hombros anchos, pelo corto y piernas formidables que vestía una camisa polo Lacoste y pantaloncillo corto a mechas. No le pedí informes a Cardona. Lo que iba a hacer, lo haría en el sigilo. Un cuchillo largo sería mi testigo y mi ejecutor.

-¿Cuánto? -le dije serio sin el previo protocolo callejero. En el fondo quería que me rechazara.

-100 euros -me contestó.

La llevé a un local abandonado en la cuadra siguiente.

-Sacate las ropas -le dije, mientras silenciosamente sacaba el cuchillo.

Pero mi sorpresa fue mayor. Una hermosa verga, parada y puntiaguda, saltó del calzoncillo de la morenaza. Era una shemale.

No lo pude evitar.

Y mientras aquel poderoso instrumento de procreación entraba y salía con fuerza de mi digno y apretado culo, a mi mente llegaba, repetida y alegremente, aquel célebre estribillo por tanto tiempo reprimido:

“Has sido tú, que crees que no te he visto

Has sido tú, chica cocodrilo

Has sido tú, la que me dio el mordisco

Has sido tú, has sido tú, has sido tú”

 

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