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6 min
LA CHICA DE LA CURVA
Reales |
16.12.17
  • 4
  • 2
  • 732
Sinopsis

Esto es un hecho real ocurrido en los años 70, fue relatado por un testigo directo, el único.

 

Se dirigían a pasarlo bien en un pueblo más pequeño, pero por eso mismo con más gente junta, más ambiente, y sobre todo birras y birras sin pagar. O al menos la mayoría, pues era tal la multitud agolpada en las barras de los puestos que los pobres camareros no podían controlarlo, menos aún a los forasteros. Así que las dos parejas de jóvenes decidieron recorrer los catorce kilómetros que les separaban del paraíso y pusieron rumbo a eso de las doce de la noche a Villaconejos.

 

El Simca 1200 que Germán le había birlado a su padre comenzó a tomar velocidad nada más atravesar el estrecho puente del río donde termina la calle de La Reina. Pisó hasta el fondo para comprobar si era cierto lo que le habían dicho: que el cuentakilómetros cuando llegaba a los ciento sesenta la aguja se detenía pero el coche corría más y más.

 

Tito, el que sobrevivió junto a su novia para contar este suceso, iba cada vez más cabreado, comenzó a sujetarse a su chica sin darse cuenta de lo que hacía. Cuando ya se iban acercando al embocador comenzó a darle golpes en el hombro a su amigo, pero éste rió divertido.

 

—Vamos a tener que buscar unos pantalones para Tito, chicas —y soltó una carcajada apretando más la punta del pié sobre el acelerador.

 

Tito miró a su novia muy cabreado porque también estaba riendo. De los golpes en el hombro pasó a las collejas y a gritar muy seriamente a Germán. Pero no sirvió de nada.

 

Cuando Germán dejó de reír y se concentro en la curva que ya estaba ahí mismo, no pudo frenar lo suficiente y el vehículo no giró sino que fue directo al árbol. El impacto fue brutal, Tito perdió el conocimiento unos segundos pero enseguida se irguió en el asiento como pudo y trató de salir del coche arrugado, la puerta no se abría pero el cristal se había roto y por ahí abandonó el coche.

 

Quedó allí aturdido, mirando la oscuridad, no se oía nada, era como si el fuerte ruido del impacto hubiera dejado mudos a todos los bichos nocturnos. Tampoco se oía ningún motor, nada. Corrió al otro lado a sacar a su novia de allí, lo hizo también por la ventanilla rota, pero ella no se despertó, tuvo que tirar de ella con mucha fuerza, era un peso muerto. La buscó el pulso y notó algo muy débil, puso el oído en el pecho de la joven y ahora notó los latidos perfectamente, estaba viva. La posicionó en la cuneta lo mejor que pudo y corrió de nuevo al coche.

 

Se quedó quieto, con los ojos muy abiertos de puro miedo. Ante la ventanilla delantera rota estaba lo que quedaba de su amigo, Germán solo tenía parte de su cuerpo a la vista, de cintura para abajo no se le podía ver nada, lo tapaban unos hierros y el volante retorcido clavado en su abdomen. Respiraba como si cada vez fuera la última, esta agonizando, nunca había visto algo así y no podía soportarlo. Tito se fue a ver a la otra chica para no tener que ver a su amigo con un sufrimiento que él no podía evitar.

 

Celia, así se llamaba la novia de Germán. Si ver a su amigo agonizar era un espectáculo insoportable, lo de la novia de éste resultó algo dantesco. El capó del vehículo había entrado por el parabrisas y había penetrado en la boca de Celia, los dientes clavados en la chapa daban a la muerta, por sin duda lo estaba, un aspecto atroz, surrealista. Los ojos los tenía casi fuera de las órbitas, el impacto la había matado en el acto dirían después los forenses, menos mal porque su novio sí que debió sufrir lo suyo antes de morir allí mismo también pero poco a poco y sin que nadie pudiera ayudarle.

 

Tito y su novia salieron adelante, él apenas tenía unas pocas contusiones sin mayor importancia, ella tuvo que ser operada para reducir varias fracturas, pero quedaron perfectamente. Poco a poco fueron olvidando el macabro episodio, ella apenas recordaba nada y su novio se alegró por ello, dado que a el le costó no dormir bien durante mucho tiempo.

 

Habían pasado tres años cuando Tito escuchó por casualidad en un bar un relato en grupo de amigos que se quedaron de piedra, al igual que él. Le impresionó tanto la descripción que salió corriendo de allí y se dirigió al lugar del accidente. Esperó estacionado en la entrada del embocador a que oscureciera más. Estuvo allí hasta las tres de la mañana esperando que apareciera Celia, porque era a ella a quien aquellos dos tíos habían descrito, sin lugar a dudas.

 

Se marchó meneando la cabeza como para despejarse de locuras y volver a la realidad, recuperar la cordura que parecía querer irse de paseo. Pero los rumores no cesaron, eran ya un grupo, aunque reducido, pero que coincidían en la descripción de la chica y el lugar donde se les aparecía.

 

Pasaron otros cuatro o cinco años y ya lo tenía olvidado, iba a casarse pronto y su vida futura ya ocupaba toda su mente. Pero una noche, poco antes de la ceremonia Tito decidió salir solo a tomar una cerveza. Sin pensarlo tomó dirección Villaconejos. Y fue entonces cuando tuvo que tragar saliva, cerrar y abrir varias veces lo ojos, frenar casi en seco por el susto, respirar hondo y pasarla por encima o mejor dicho atravesarla con el coche. Al volver la cabeza ya no estaba, pero no le cabe ninguna duda de que era ella, con el rostro completo y tan guapa como siempre, solo la ropa parecía estar rota, y lo más curioso de todo: Tito no consigue recordar los pies, está seguro que no tenía.

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